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Informe 94 al pueblo de Cuba (Fragmento) 8 de Junio de 1997 ... Prisión de Isla de Pinos Principios de 1964 Era al atardecer, la hora mas difícil del cautiverio. Hablaba con un obrero de Las Villas, de unos veinte y tantos años, delgado, rubio, serio, poco instruído. Estábamos en la celda, cerca de la ventana, un rectángulo abierto en el concreto, con barras hacia el exterior. Hacía poco que nos conocíamos y en esa conversación inicial cada uno daba información somera sobre si mismo. Llano, moderado en su forma de expresarse y gesticular, la honestidad en él era sobreentendida. Daba muestras, al observador atento, de una gran lucha interior, debido quizá a todo lo que había dejado atrás, a las circunstancias que lo llevaron a prisión, a la prisión msma, o a causas que él no mencionaba. ªA mi nunca me simpatizó Fidel Castro”, dijo. “Por supuesto”, pensé en dictamen apresurado, “de no ser así, no estarías aquí.” Pero había algo en la forma en que se expresó que me indujo a seguir en el tema. “¿Por qué nó?” pregunté. Él se había sentado de lado, en el descanso de la ventana, contemplando el paisaje de afuera, que incluía otros edificios de la prisión. Miró hacia mí y contestó: “Porque llegó al poder de rodillas”. Su respuesta me intrigó. ¿Por qué lo decía? Castro había llegado al poder dirigiendo una sublevación armada. Más tarde había consolidado su posición aumentando, multiplicando las fuerzas bajo su control. ¿Cómo podía conciliarse eso con llegar al poder de rodillas? Lo contemplé, esperando más comentarios, pero no habló. Mirando a lo lejos, más allá de las rejas, parecía perdido en añoranzas, ensueños. Curioso, interrumpí su silencio preguntándole: “¿por qué dices que llegó al poder de rodillas?” Volvió el rostro hacia mí. “Porque llegó engañando”, fue su respuesta. Siempre se disfruta la compañía y conversación de los eruditos, pues nos instruye la vastedad de su horizonte. Si, además, podemos aprender del ignorante, recordamos la frase de Hermann Hesse, “el hombre es una maravillosa posibilidad”. Hasta aquì, un recuerdo del presidio de Isla de Pinos. Desde Washington, les habló Emilio Adolfo Rivero
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