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Informe 24 al pueblo de Cuba 18 de noviembre de 1995 El conflicto entre las relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas, enunciado por Marx el siglo pasado, y que señalaba como conducente a la crisis y caída de un sistema político, se hace cada día más evidente en Cuba. Las estructuras gubernamentales de Fidel Castro están en pleno y abierto conflicto con el desarrollo e intereses de las fuerzas productivas del país –profesionales, funcionarios, empleados, obreros, trabajadores agrícolas. La nueva clase dirigente defiende sus privilegios e intereses, los de Fidel Castro y sus incondicionales ministros, miembros del politburó, generales, almirantes, y jefes del Partido y Asamblea Nacional, sostenidos en el poder por las fuezas armadas y de seguridad. Mientras tanto, prosigue la depauperación económica del país, el creciente endeudamiento de la República, y la desesperante lucha y agonía de las grandes masas de la población para obtener los productos necesarios a la supervivencia diaria. Es esa gran masa de la población la explotada por la nueva clase, es esa masa la que ve sus hijas prostituídas a los turistas, es la que paga los privilegios de Fidel Castro y sus incondicionales. Y a consecuencia de esto, y preocupados ante el abismo en que Fidel Castro precipita a Cuba, ya empiezan a advertirse vacilaciones e inconformidad en muchos miembros de esas fuerzas armadas y de seguridad que sustentan el poder de la nueva clase. La diferencia de la situación cubana con los esquemas clásicos marxistas estriba en que los miembros de la nueva clase en Cuba no han llegado a esa posición por un proceso evolutivo que los ha hecho usufructuarios del producto social. No son dirigentes por derecho propio, cualquiera que sea su ejecutoria, sino que lo son por la aquiescencia, designación o capricho de Fidel Castro, quien hace, deshace, e inventa tanto la historia de los individuos como la de la nación. Los presidentes Urrutia y Dorticós, los líderes comunistas Aníbal Escalante y Joaquín Ordoquí, el primer secretario de la CTC revolucionaria, David Salvador, los generales Ochoa y La Guardia, el Ministro del Interior José Abrantes, el hasta ayer omnipotente Carlos Aldana, son casos notables, pero en forma alguna los únicos, de hombres que Fidel Castro hizo y deshizo de una u otra forma cuando los consideró útiles u obstáculos para sus caprichos del momento, o cuando los vió como posibles apoyos o rivales en el poder. Esos hombres, una vez llegados a sus altos cargos, se creyeron tan seguros en los mismos como hoy se creen seguros los que rodean a Castro. Aquellos llegaron y cayeron, sacrificados a la locura por el poder de Fidel Castro. Muchos de los que hoy han llegado, y se sienten poderosos, también caerán, sacrificados a esa misma patología. Pero sea como fuere, permanece la realidad de que la cúpula gobernante, formada por Fidel Castro y sus incondicionales, es el obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas del país. Esta nueva clase es la que, para defender sus intereses y crear los medios que la sustenta, llevó soldados cubanos a morir a tierras extrañas en guerrras insensatas, estuvo treinta años exacerbando la animosidad entre los Estados Unidos y el bloque comunista, medrando de esa animosidad, y ahora, finalmente, desaparecidas las ubres de la Unión Soviética, y para mantenerse en el disfrute del poder, vende Cuba, pedazo a pedazo, a inversionistas y bancos extranjeros. Y al pueblo se le anuncian nuevos planes y se le piden nuevos sacrificios, como se ha estado haciendo por treinta y seis años. Y esa es la realidad a la que tiene que despertar el pueblo cubano, incluyendo a las fuerzas armadas y de seguridad y todos los miembros de la nomenclatura, pues Fidel Castro, para tratar, inutilmente, de pagar los siete mil millones de dólares que despilfarró de los préstamos de naciones no comunistas, recurre ahora al expediente de hacer concesiones a inversionistas y banqueros que ensayan a hipotecar el futuro de Cuba por varias generaciones. Fidel Castro está vendiendo el país en un intento desesperado de permanecer en el poder. En cuanto a la deuda de alrededor de veinticinco mil millones de dólares con los países que formaban la antigua Unión Soviética, eso también obliga a Fidel Castro a hacer concesiones, esta vez a los rusos, pues necesita que le compren productos cubanos y le vendan petroleo. Ante esa situación, cubanos del exilio y la emigración hemos advertido públicamente a los que quieran oír, a los que están comprando Cuba a precio de liquidación, que consideramos las inversiones bajo Castro como un crimen económico y que el pueblo cubano en su día, acudirá ante los tribunales en reclamación por daños y perjuicios. Así se resarcirá la nación de todo lo que perdió y todo lo que se sufrió por la ayuda que esos inversionistas y banqueros proporcionan a Fidel Castro, invirtiendo en el país en momentos que éste apenas puede sostener sus estructuras de poder. Esa declaración sobre crimen económico, iniciativa de la Coalición Cuba Nueva, fue respaldada primeramente por la Coordinadora Internacional de Ex-Presos Políticos Cubanos, que la hizo suya, y posteriormente por el Frente Unido, cuyo comité ejecutivo de 18 miembros representa a cerca de doscientas organizaciones del exilio y la emigración. Es útil a Cuba que se estudie con detenimiento toda la inversión que se está haciendo en el país, pues la información que se pueda acumular será usada por el pueblo cubano en el momento de recobrar, por daños y perjuicios, todos los bienes de esos inversionistas, cómplices de Fidel Castro y explotadores del pueblo de Cuba. Esos estudios tan necesarios, que en gran parte se realizan por economistas del exilio y la emigración, pueden y deben ser complementados en Cuba por los que realicen los heroicos miembros de los grupos disidentes, los funcionarios públicos involucrados en cuestiones de inversión, los abogados de los bufetes colectivos, los miembros del poder judicial, y todos los cubanos que se preparan para reconstruir la patria cuando quede atrás la catástrofe republicana que ha sido Fidel Castro. Desde Washington, les habló Emilio Adolfo Rivero.
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