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    Patricio de la Guardia

¿Cómo puede entenderse la transitoria liberación y ulterior arresto del general Patricio de la Guardia? La parte incial del suceso, y su desenvolvimiento posterior, a la vez que reflejan indecisión, confirman en muchos la existencia de un inescapable marco dialéctico que sella el destino del régimen creado por Fidel Castro. El propio de la Guardia narró la forma en que se le comunicó su libertad. Sin embargo, al producirse su nuevo arresto, funcionarios castristas informaron que eran necesarios trámites adicionales para proceder a la excarcelación definitiva. Más tarde, un vocero de la cancillería castrista afirmó que de la Guardia no había sido liberado, sino que había disfrutado unos días de licencia extrapenal y que había sido devuelto al centro donde extingue sanción.

Según las informaciones que llegan desde Cuba, de la Guardia, durante los días en que estuvo libre, recibió innumerables recados o visitas de funcionarios civiles y militares, en situación de retiro unos y en activo otros. En tales recados y visitas hubo muestras de solidaridad y afecto y también excusas por comportamientos anteriores, todos recordando el juicio en que fueron condenados a muerte el Coronel Tony de la Guardia, hermano gemelo de Patricio, y el General Arnaldo Ochoa. Las impresiones desde Cuba coinciden en señalar que las muestras de afecto y las excusas parecieron sinceras.

Aunque aún no hay información suficiente como para formarse un criterio definitivo sobre este caso, lo sucedido confirma las limitaciones que sus propios objetivos imponen a Fidel Castro. Y es esclarecedor para los que creen en reformas bajo su mando.

Cualquier acción del régimen castrista tiene que ser entendida en función de un único objetivo: la permanencia de Fidel Castro en el poder. La eliminación física o el encarcelamiento de cualquier posible rival político, el halago o supuestas concesiones a enemigos de ayer, la contradicción ideológica entre el decir y el hacer del aparato estatal, las medidas disparatadas o inconsultas de la administración pública, la insistencia en mantener planes que han fracasado una y otra vez y que han conducido al pueblo a su actual nivel de miseria, todo, todo, tiene explicación racional cuando se comprende en función del objetivo de Fidel Castro: mantenerse en el poder. Derrochó cien mil millones de dólares que recibió en subsidios de la desaparecida Unión Soviética, ha arruinado y endeudado a la República, ha llevado al pueblo a situaciones de miseria y escasez que nunca se creyeron posibles, pero con esa actuación se ha mantenido en el poder, que ha sido su objetivo. Lo que venga después de su muerte no le preocupa, y lo ha declarado públicamente en más de una ocasión.

La brutal represión mantenida por Fidel Castro ha logrado producir tranquilidad y estabilidad aparentes en Cuba. Pero esas apariencias ocultan la realidad de un pueblo al que se trata de alucinar con embrutecedora y constante propaganda oficial mientras le falta comida, ropas y zapatos, donde los hospitales carecen no ya de medicinas, sino hasta de agua, sábanas y toallas, donde en las escuelas los niños desconocen la historia de su propio país, donde si existe alguna esperanza es la de irse de la patria, y donde cientos de miles de hombres y mujeres arrastran sus vdas en cárceles o en campamentos de trabajo. Por eso, sabemos que las apariencias ocultan una situación extremadamente inestable y volátil. Y también lo sabe Fidel Castro.

Ahora, con la liberación de Patricio de la Guardia, Fidel Castro cometió el mismo tipo de error que el de 1980, cuando retiró los guardias de la Embajada del Perú, y en pocos días se refugiaron allí 10,800 cubanos, lo que provocó la salida de otros 125,000 por Mariel en unas pocas semanas. Eso fué una bofetada que, ante el mundo entero, el pueblo de Cuba dió a Fidel Castro. Pero la represión, sin límites, le permitió mantenerse en el poder, aunque el bofetón le encendió la cara.

Pero ahora el bofetón que ha recibido Fidel Castro es peligroso para él, pues proviene de sus propios cuadros. Y llegó de forma inesperada, como resultado totalmente opuesto a lo que pretendía con la liberación del General Patricio de la Guardia. Fidel Castro no previó el número de cubanos que escaparían vía Embajada del Perú o Mariel, ni tampoco pudo anticipar la solidaridad hacia Patricio de la Guardia durante los pocos días que permaneció fuera de prisión, solidaridad que fué una manifestación de repudio hacia Fidel Castro. Y que vino desde las propias filas de la nomenclatura, que Fidel Castro considera suya.

La liberación de Patricio de la Guardia, después revocada, puede entenderse como parte de la intención de halagar a las fuerzas armadas, que hace unas semanas llevó a Fidel Castro a publicar la historia de las actividades de militares cubanos en distintos países. Hizo totalmente público lo que era parcialmente clandestino. Ayuda también a comprender ese extraño juramento de adhesión a Fidel Castro que se le pidió recientemente a los oficiales y clases de las fuerzas armadas. Ayuda a penetrar en las intenciones de Fidel Castro cuando menciona millones de muertos en Cuba si cayera la revolución. Todos saben que cuando Fidel Castro habla de revolución, él habla de su propia persona, él quiere decir Fidel Castro. Consciente del enorme repudio popular hacia él, halaga a las fuerzas armadas para que estén dispuestas a asesinar al pueblo a fin de mantenerlo a él en el poder.

Fidel Castro ha creado un marco dialéctico inescapable, para si mismo, y para el pueblo cubano, para la nomenclatura civil, y las fuerzas armadas y de seguridad. No puede permitir ningún tipo de libertad pues por ella se desbordará el repudio popular hacia su estancia en el poder. Mientras Fidel Castro mande en Cuba, seguirán aumentando la ruina y el endeudamiento de la República, los crimenes, la represión, las golpizas, los encarcelamientos. Es la acción del pueblo, impredecible en tiempo y forma, la que puede precipitar a la nomenclatura, y a las fuerzas armadas y de seguridad, a otorgar su lealtad al pueblo y poner fin a Fidel Castro, que lleva la nación a su colapso total.

Desde Washington, les habló Emilio Adolfo Rivero.


 
   

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