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Transmisión Diciembre 2 de 1995

Los éxitos de Castro

Los observadores internacionales ni comprenden lo que pasa en Cuba ni entienden a Fidel Castro. Se muestran desconcertados ante las políticas económicas que sigue el gobierno cubano y no se explican como los errores se repiten, los planes que se anuncian se llevan a vías de ejecución y son sustituídos por otros nuevos cuando aún los anteriores apenas comienzan a producir resultados. No comprenden como es posible que el gobierno, aún en un sistema que se proclama socialista, limite o anule las ganancias e incentivos de campesinos, obreros y pequeños industriales y empresarios. El gobierno les invita a producir por cuenta propia y cuando tienen éxito se les confiscan las ganancias y se les ilegaliza su actividad. Todo eso reduce la producción de bienes y servicios, con desastrosos efectos para la economía del país. Esto se ha repetido a lo largo de los últimos treinta y cinco años y los resultados han sido la catástrofe que los cubanos tienen ante los ojos y que sufren día a día. Y los observadores extranjeros, como están limitados por sus propios esquemas mentales, llegan a dudar de la inteligencia de Fidel Castro y lo estiman un fracasado, un anacronismo, un dinosaurio político. Y se equivocan completa y totalmente esos observadores y comentaristas, pues se les escapa que hay más de una forma de entender el triunfo. Hay hombres y mujeres que se consideran triunfantes dedicándose a los demás pues al hacerlo se sienten como enriquecidos en sus propías vidas; hay otros que sólo se sienten triunfantes si se dedican a si mismos aunque para hacerlo empobrezcan la vida de los demás. Esas son las dos únicas razas humanas que hacen la historia, para bien o para mal. Y esa forma de entender la vida, y no el color de la piel o el idioma, es lo que diferencia y separa a los humanos. Y para entender a un hombre o a una mujer, y para decir si ha triunfado o fracasado, hay que preguntarse primero a cual de esas dos razas pertenece, pues cada una interpreta el triunfo a su manera.

El fracaso o el triunfo de un ser humano tiene que ser comprendido, esencialmente, por las metas y ambiciones del que triunfa. A veces el triunfo va acompañado de grandeza, es cuando quien triunfa alza a los demás en su éxito, los eleva en su condición humana.. Otras, el triunfo es caliginoso, bajuno, sórdido, es cuando el éxito propio se alcanza disminuyendo la esencia de los demás, limitándolos en su condición. Cristo, el más grande de los revolucionarios, murió en la cruz y fué un triunfador, porque nos hizo mejores. Se propuso, y lo logró, cambiar el corazón de los hombres y su relación con los demás hombres. En las últimas horas de su vida fué golpeado, ultrajado, lanceado, escupido. Y ese camino del Gólgota, por donde llevó la cruz tocada de su sangre, martirio, escarnio y espanto, se reproduce año tras año, en ceremonia religiosa de recuerdo, en las cuatro esquinas del mundo y su mensaje "amaos los unos a los otros", vive, y cambió la tierra. Budha, el compasivo, murió pobre en bienes y rico en sabiduría, bañado en la luz que buscó y encontró. A través de milenios vive en la mente y veneración de cientos de millones de seres humanos. Sus enseñanzas son hoy tan oídas como lo fueron cuando las impartía a la sombra de un árbol, rodeado de sus discípulos, en la India inmensa.

Y en Cuba, ¿necesitamos hablar de nuestro propio Martí? ¿Y de Maceo, el epónimo, el que dió nombre a una era? ¿Y de Agramonte, el abogado aristócrata que hizo causa común con los humildes, romántico, adorado en vida, caído en Jimaguayú, a la mitad de la guerra de los diez años? ¿Y Céspedes, aristócrata, que liberó a sus esclavos, porque donde hay amos no puede haber patria libre? ¿Y aquel que le decían "el loco", ni sabemos su nombre, y que está inmortalizado en la tarja de bronce del Cacahual, porque fué uno de los que rescataron el cadaver de Maceo? ¿Y Máximo Gómez, el Generalísimo, nacido en Santo Domingo, cubano por disposición constitucional que murió, ya en la República, amado, adorado, por todo un pueblo? Todos triunfaron, tuvieron un propósito al que dedicaron su vida. Y el tránsito de ellos entre nosotros nos alzó, nos dió dignidad nacional, patria.

Fidel Castro se propuso, y logró, adueñarse de una nación, someter a un pueblo, ser dueño de vidas y haciendas, alcanzar nombradía mundial. Los que carecen de brújula moral lo admiran, lo saludan, estrechan su mano. ¿Y cuál ha sido el precio de su llegada y permanencia en el poder? Su triunfo disminuyó a un pueblo. Provocó el exilio de más de millón y medio de cubanos, arruinó y endeudó la república, logró que otros cubanos fusilaran a miles de cubanos, consiguió que, por oponerse a él, decenas de miles de cubanos fueran encarcelados por otros cubanos, y mantenidos en prisión por largos años; inmoló a miles de cubanos en Africa mientras ensayaba a ser estratega militar; comenzó por decir que rescataba la república del imperialismo norteamericano y hoy la vende, a precios de miseria, a cuanto extranjero la quiera comprar, y mendiga tener relaciones con los Estados Unidos para que le den los dólares que nunca pagará; propicia que las jovenes cubanas se prostituyan a los extranjeros a fin de recaudar dólares que el ha dilapidado por miles de millones. Todo eso lo ha logrado Fidel Castro, es el precio que le ha arrancado al pueblo para pagar su éxito personal. Su triunfo es de suma cero. El tiene lo que quitó a los demás, en nombre, hacienda y bienestar. Pero esas fueron sus metas, sus ambiciones, y las alcanzó.

Por eso entendimos como un triunfo de Fidel Castro el que en reciente encuentro nacional celebrado en Cuba, y subsiguientes comentarios de la prensa, se dió a conocer que son necesarios cuarenta mil obreros adicionales para preparativos de la próxima zafra, que se criticaron las costosas movilizaciones para trabajos de corte, que se dijo que andan mal las siembras de caña, y que compañías extranjeras habían otorgado créditos por cien millones de dólares para pagar insumos de la próxima zafra, comprendimos una vez más que aunque todo lo que se hace nada tiene que ver con recuperación económica del país, sino que agravará la situación del pueblo y endeudará más a la nación, si tiene que ver con el mantenimiento en el poder de Fidel Castro. Y ese es su triunfo. No es un fracasado sino todo lo contrario, un triunfador, pues obtiene lo que anhela. No es un anacronismo sino todo lo contrario, un espécimen de todas las épocas y que surge repetidamente en el curso de la historia. No es un dinosaurio político, sino un tipo de personaje que aparece siempre que los hombres olvidan que la vigilancia eterna es el precio de la libertad, según se dijo, ya hace muchos años, en medio de estos Estados Unidos, cuyo himno proclama, con razón y orgullo, que es la tierra de los libres y el hogar de los bravos.

Bravos siempre hemos tenido, y tenemos, en Cuba. Pero, en gran número, han estado dormidos. Ya empiezan a despertar. Cuando despierten todos, haremos libre a Cuba. Nuestro gran orador nos dijo una vez en estas tierras, ya hace más de un siglo: "Para Cuba, que sufre, la primera palabra". Su prédica logró en aquel entonces el milagro necesario, unir a los cubanos. Si recordar todo lo que nos dijo nos impulsa a la acción, podremos pensar que aún vive entre nosotros.

Desde Washington, les habló Emilio Adolfo Rivero.


 
   

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New Cuba Coalition
P. O. Box 14077
Washington, D. C. 20044-4077
Dr. Emilio-Adolfo Rivero — President
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