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Una letal infiltración



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El ascenso de los hispanos --no siempre hispanohablantes-- en Estados Unidos se hace cada vez más obvio. Dos nominados al próximo gabinete del presidente George W. Bush tienen apellidos castellanos tan típicos como González y Gutiérrez, en tanto que otros dos se sientan por primera vez en el Senado. Esto es, sin duda, el ápice de una pirámide social que los inmigrantes de Hispanoamérica y España han logrado escalar completamente.

La satisfacción por ese triunfo, sin embargo, no debe servirnos de excusa para defender o intentar licitar --como hacen muchos columnistas presentadores y comentaristas de nuestros medios-- la inmigración ilegal que a diario invade a este país por su frontera sur, ni para defender unos derechos que el ingreso ilícito ya vicia de origen.

La mayoría de los inmigrantes ilegales (y hasta muchos de aquéllos a quienes se les permite establecerse legalmente) no sólo carece de rudimentos de inglés, como sería lógico, sino que es también analfabeta en español y no posee ciertas destrezas que la capacitaría para insertarse con éxito en la nación más avanzada de la tierra. El resultado inevitable no es, pues, el ''sueño americano'', sino la formación de guetos en casi todas las grandes ciudades del país donde, lejos de sentirse inducidos a integrarse --como ocurrió con las oleadas migratorias del siglo XIX y hasta poco más de mediados del siglo XX-- estos inmigrantes tienden a acentuar la marginalidad que arrastran de sus países de origen y a perpetuarla en amplios segmentos urbanos que, en algunos casos, funcionan como una sociedad paralela que convive con Estados Unidos sin llegar a formar parte de él.

No hay que explicar que esta marginalidad --reforzada por la ilegalidad en el caso de los millones de indocumentados-- tiende a adulterar inevitablemente el carácter de una nación que basó su portentoso éxito en el crisol de la asimilación (el celebrado melting pot) donde todos los inmigrantes, sin distinción de origen racial o religioso, terminaban por hacer suya la ética protestante del trabajo y las dinámicas costumbres del país. La cercanía de América Latina y la afluencia continua de esta inmigración tiende a frustrar los tradicionales mecanismos de integración, aunque las segundas generaciones parcialmente la logren. Los recién llegados de nuestras tierras son cada día más numerosos.

Por caritativos que queramos ser, la lógica más elemental advierte que si todos los millones y millones de hambrientos y perseguidos de todas partes, y particularmente de América Latina, se mudaran para Estados Unidos, este país dejaría de ser lo que es para convertirse en un zoco del tercer mundo, incapaz de promover su liderazgo y de sentar pautas al desarrollo universal. De ahí la urgente necesidad de que se legisle con seriedad y severidad para evitar esta continua y letal infiltración.

Una nueva ley para regular la inmigración tendría que ser una mezcla, creo yo, de legalización, deportación y mayor protección de las fronteras. Cualquiera de estas medidas por separado resultaría parcialmente ineficaz. En consecuencia, el Estado tendría que inducir a los inmigrantes ilegales más aptos y mejor adaptados a integrarse a la sociedad mediante una generosa amnistía, sin perjuicio de recurrir a deportaciones masivas para librarse de los menos deseables, al mismo tiempo de cerrar a cal y canto las fronteras; aunque fuese menester apelar a cercas electrificadas y a criar pirañas en las aguas del Río Grande del Sur.

© Echerri 2005

El Nuevo Herald

Posted Jan 14, 2005

 

 
   

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