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R E N A T O

 

                                           Emilio Adolfo Rivero

 


Pabellón de Castigo,
Prisión de Isla de Pinos.
Verano de 1965.


Ya llevaba más de cuatro años de prisionero y cerca de uno en las celdas de castigo. No imaginaba que aún tendría que estar otros catorce de una cárcel en otra. Pues aunque mi condena era de treinta, uno nunca piensa que la va a cumplir, siempre se espera que algo abra las rejas y nos devuelva al mundo.

El pabellón de castigo estaba aislado del resto del penal, cada hombre en una celda, un calzoncillo por toda ropa, las más de las veces con barba de semanas, o meses. Los carceleros nos sometían a períodos de hambre a fin de, esa era la teoría, quebrar nuestra resistencia. Cuando bajábamos mucho de peso nos aumentaban la pitanza, quizá para evitarse el gasto de enviarnos al hospital. O por aquello de los rendimientos decrecientes, aplicable aun para la tortura.

Ya me creía inmune a los altibajos del ánimo, trascendido al pesar, las aflicciones, los traumas. Había pasado años de conspiración, de compañeros inmolados en la lucha contra Batista, algunos muriendo mientras eran interrogados, y despedazados, por los sicarios. Después, al triunfo, primero el entusiasmo sin límites y después las dudas sobre la Revolución, la indignación ante las pretensiones de otro caudillo más, el rumbo totalitario, la decisión difícil, desgarradora, de volver armas contra lo que habíamos creído era nuestro gobierno. Y otra clandestinidad, y más conjurados muertos.

Contemplaba el derrumbe de mi vida y proyectos, siempre ligados a los de tantos amigos, la distancia de mis hijos, la falta de hembra, el desfase total. Había conocido las celdas del G-2, Seguridad del Estado, la Dirección General de Investigaciones, las prisiones de La Cabaña e Isla de Pinos, la bestialidad de guardias idiotizados y envilecidos por la prédica de odio de Castro, la confusión, la alienación entre los presos, la sospecha constante sobre confidentes...

Y ahora, además, el pabellón de castigo, a cargo de los militares y milicianos más sádicos, más pervertidos, donde los presos recurrían a sus reservas últimas para escapar al colapso moral, a la desesperación.

Para entonces muchos de nosotros habíamos aprendido a esquivar, prevenir, cualquier asomo de debilidad. La vigilancia de cada hombre sobre sí mismo aseguraba la reciedumbre en aquellos que querían sobrevivir enteros.

Se nos cambiaba de celda frecuéntemente.

Hacia mediados de 1965 Alfredo Izaguirre estaba en mi mismo corredor, nuestras celdas no muy distantes una de otra, todas dando de frente a una pared a metro y medio de distancia. El y yo acostumbrábamos jugar ajedrez a ciegas. Como no teníamos papel, ni lápiz, ni material alguno que pudiera servir de tablero o piezas, utilizábamos la memoria, gritándonos las jugadas, manteniendo la imágen de los escaques y trebejos en nuestras mentes. No sé, quizá aquello ayudaba a seguir sintiéndonos persona. Fue en esos días que apareció Renato.

Era un sapito, o ranita, de algo más de una pulgada de largo. Una mañana, al despertarme, lo ví sobre el borde de uno de los dos platos de aluminio que siempre tenía en el suelo, llenos de agua. Me alegró tan inesperada compañía, y tuve cuidado al desplazarme en la celda a fin de no dañarlo o asustarlo. Aparentemente era un ser tranquilo, seguro de si mismo, pues aún cuando me senté en el suelo, cerca de él, observándolo atentamente, se mantuvo sereno, remoto, imperturbable, más allá de cualquier sentimiento que pudiera alterar su compostura.

A fin de darle definición, coordenadas en nuestro mundo fracturado, lo llamé Renato. Y me entretenía en mirarlo. Cuando recibía la comida dejaba algunas gotas o granos en el suelo, por si los quería. Nunca lo ví tocarlos.

Fué una interrupción en la soledad y aislamiento. En aquel tiempo quise pensar que un ser irracional me ofrecía un oásis en el desierto de la brutalidad humana. En los cinco o seis días que Renato estuvo en la celda no me dí cuenta del bienestar, de la compañía, que significó su presencia. ¿Cómo hubiera podido advertirlo? ¿Cómo podían el ánimo, los sentimientos de un ser racional, de un hombre curtido en años de contienda civil cruenta, ser influídos, exaltados, por la presencia casual de un animal insignificante? Que, además, no se relacionaba con los humanos. ¿O se relacionaba? Y hablé del sapito a mis compañeros en el pabellón de castigo.
 

Una mañana advertí que ya no estaba en la celda. Veinticinco años después aún recuerdo la tristeza con que, apoyados brazos y frente en la puerta de rejas, dije a Alfredo: "Se fué Renato..."

 

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