Hace pocos años, este indigno papel lo monopolizaban los cubanos, y no sólo en la persona del déspota. El castrismo era, más allá de cualquier ideología, esencialmente vulgar, una gestión política que, deliberadamente, había suprimido y perseguido casi todos los modelos de refinamiento. Sus dirigentes eran una caterva de chabacanos que habían expurgado de su conducta cualquier prurito de corrección. Estas maneras se advirtieron desde el mero principio, cuando aquella pandilla de facinerosos llegaba a imponer su desaliño y sus hedores en los mismos ambientes donde hasta un rato antes primara el bien vestir realzado por las fragancias de Guerlain y Patou.
Después, la degeneración fue indetenible. Cada nueva generación de dirigentes fue peor que la anterior. El rostro de Cuba en los foros internacionales no hacía más que afearse. Sus cancilleres durante casi cinco décadas han sido una retahíla de patanes. Los cubanos, que nos avergonzaba aquel carnicero devenido canciller que fue Isidoro Malmierca (cualquier errata en el apellido es permisible), tendríamos aún que asombrarnos con el híbrido de torero y mensajero de botica que fue luego Robaina, para quedarnos mudos frente a la grotesca figurilla, lumpen toda ella, desde la suela de los zapatos hasta el pelo, que es el tal Pérez Roque: el más cabal modelo de ''hombre nuevo'' producido por el socialismo castrista.
Ahora, gracias a la reciente pujanza de la nueva izquierda latinoamericana, vemos como ese modelo se reproduce y se hace oír en la escena latinoamericana. Su más acabado ejemplar, como bestia que hubiesen cazado a lazo en la selva del Orinoco para investirlo de poderes, es sin duda Hugo Chávez: voz, gesto, estridencia, desprecio por la verdad y ausencia casi absoluta de decoro. Cuando se ve enfrentado a sus delitos, como lo hiciera recientemente el gobierno de Colombia, o a sus desaguisados de mandante corrupto e ineficaz, apela al insulto y al sarcasmo, al manido expediente de descalificar a sus adversarios o acusadores con injurias.
Los ministros de Chávez y los nuevos mandatarios amigos suyos no han demorado en imitarlo. Haciendo buena la máxima de que ''la mejor defensa es el ataque'', no pierden ocasión de mostrar su crispada soberbia en cualquier foro donde se les cuestiona. A este perfil de canalla tonante responde Nicolás Maduro, el canciller de Venezuela, con un insulto de lupanar a bocajarro; o el presidente Correa, con su cara de buldog ofendido que espera liquidar cualquier crítica con una sorna altiva; o su ministra de Relaciones Exteriores, que parece haber encontrado en la iracundia un permanente estilo; o esa plebeyez personificada que es Daniel Ortega, individuo sin un átomo de nobleza, que exuda indignidad y provoca una invencible repugnancia.
En manos de esta gavilla de pelafustanes está buena parte de América Latina y, con la excepción de Castro, todos han advenido al poder legalmente, valiéndose de la vía democrática que en el fondo detestan. Es decir, que han sido electos --en el caso de los mandatarios-- por la mayoría de sus conciudadanos, quienes, de alguna manera y en algún momento, se han identificado con ellos.
Estos resultados revelan no sólo el cansancio de algunos pueblos con sus élites políticas tradicionales (lo cual podría ser obvio), sino su abandono de ciertos criterios de refinamiento que, auténtica o falsamente, las clases dirigentes en nuestros países, y durante mucho tiempo, intentaron representar. Que las clases menos cultas hayan exaltado a sus iguales a las primeras magistraturas e incluso hayan llegado a imponer sus ''maneras'' en palacio y en el debate público (nacional e internacional) sólo revela una profunda incapacidad de la democracia en nuestra región para preservar un modelo político y social que surgió con la Ilustración.
©Echerri 2008
