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LOS DISTINTOS CAMINOS DE CASTRO Y ALLENDE
Por: Enrique Ros
Aunque lo quieran presentar de otra manera Salvador Allende pretendió transitar siempre, opuesto a Castro, por el camino de la política y no por el de la revolución. En su natal Valparaíso, Allende es electo al congreso respaldando la candidatura presidencial de Pedro Aguirre Cerda que triunfa con un frente popular constituido por los partidos Radical, Socialista y Comunista, y es designado por el nuevo mandatario Ministro de Salubridad; el más joven en la historia chilena. Poco después será Secretario General del Partido Socialista y, bajo la presidencia de Gabriel González Videla, es electo senador en 1945, en los días en que Castro ingresaba en las filas de la insurgente UIR (Unión Insurreccional Revolucionaria). Pero González Videla, electo con el respaldo, entre otros, del Partido Comunista, sufrirá luego, en el período de la Guerra Fría, los embates de aquel partido, declara a éste fuera de la ley y lo ilegaliza. No demorará Allende en reconciliarse con el partido que antes lo había apoyado. ¿Razón?. Aspira, ahora, a posiciones mucho más altas. Con el respaldo en 1952 del ya legalizado Partido Comunista, buscando la presidencia de la nación, sufre Allende su primera derrota recibiendo la menor votación de los otros cuatro candidatos (sólo 52,000 votos), pero logra salir senador al tiempo que Castro y su ejército revolucionario, asaltan el Moncada para hacerse una figura nacional. Mientras la UIR en que milita Castro toma el camino de la vía armada, el político Allende es designado vicepresidente del senado chileno. Y en el 57, cuando la oposición subversiva castrista en una sola noche hace explotar 100 bombas en La Habana, el pacífico Allende transita por otros caminos logrando la ansiada unidad de los grupos de izquierda, entre ellos el Partido Comunista, formando el Frente de Acción Popular (FRAP) que lo proclamará candidato a la presidencia. Pero ese año, 1958, mientras el político Allende concurre a las elecciones para ser derrotado por segunda vez, el revolucionario Castro entorpece las elecciones en Cuba con huelgas, atentados y bombas. Están, aún, distantes el conciliador Allende y el agitador Castro. Pero pronto se encontrarán. Ya lo veremos. En 1959 Castro ha arribado al poder. Convierte el triunfo de la Revolución Cubana en el catalizador de los movimientos guerrilleros subvirtiendo a las naciones de la América Latina. A muchas, pero no a todos. No, a Chile. Casi no es necesario recordarlo. Aquel mismo año Castro envía guerrillas a Panamá; aterriza en Constanza, República Dominicana, un avión C-46 y llegan en un barco 200 tropas cubanas y dominicanas que partieron de Cuba. Luego, con la cooperación de Juan Pablo Chang, estrechamente vinculado a Ernesto Guevara, promoverá las guerrillas de Javier Heraud, de Luis de la Puente Uceda, de Lobatón y otras que van a ensangrentar las tierras del Perú al tiempo que, Ricardo Masetti empezará su entrenamiento en Cuba y Argelia para penetrar en Argentina con el avituallamiento que le ofrece el Comandante Abelardo Colomé Ibarra (Furry). Ya antes, en Carúpano y Puerto Cabello, en Venezuela ha comenzado la sublevación de grupos militares contra el gobierno legalmente constituido de Rómulo Betancourt. Surgirán las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y el MIR; y en Guatemala empezarán las guerrillas Frente Alejandro de León comandada por Yon Sosa y Frente Edgard Ibarra, dirigida por Luis Turcios. En Colombia, terminada la presidencia de Alberto Lleras Camargo, surge en enero de 1962 un cruento enfrentamiento entre fuerzas del ejército y los guerrilleros: la “Operación Marquetalia” y recibirá aquel brote armado una nueva base con la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y hacia los países del sur del continente Castro va extendiendo la idea de que “la revolución cubana es la de los pueblos de América Latina”. En Urugüay en 1962 el Frente Izquierdo de Liberación (FIDEL) lo ha creado Ariel Collazo,en su larga estadía en la isla del Caribe. En noviembre de 1964 se convoca por Moscú, para celebrarse en La Habana, la Conferencia de Partidos Comunistas Latinoamericanos, que condenaba “toda actividad fraccional dentro de los partidos” y los alentaban a llegar al poder evitando “el riesgo de las escisiones”. En esos años Allende se preparaba para las prometedoras próximas elecciones. Si en ellas, como muchos esperaban, ganase la presidencia sería obligación de Castro –para mantener la requerida unidad- y, tal vez, la vida- forzar a Allende a entender que el camino no era el de la moderada “vía chilena al socialismo” sino el del camino violento que en Cuba imperaba. Vencedor Allende en las elecciones de 1970, Castro le envía dos convincentes emisarios: el Viceprimer ministro Carlos Rafael Rodríguez y el creador del MININT Manuel Piñeiro “Barba Roja”. Luego le hará Castro una extensa visita. Lo felicitan y le recuerdan la amenaza que para su seguridad personal, y para la causa del Socialismo, representan unas fuerzas armadas hostiles y le hacen ver la responsabilidad que ha asumido como un presidente socialista. Con claridad le explican que no puede someterse a las presiones que sobre él se ejercerán. Tendrá que responder a ellas con coraje, con firmeza, como se espera de un revolucionario. Para sostenerlo le han constituido el Grupo de Amigos del Presidente (GAP). El 11 de septiembre, bombardeada la Casa de la Moneda y destruida por el fuego la mitad de aquel palacio, Allende decidió entregar el mando. Rendirse. No quiso ser “un verdadero revolucionario”. Decisión inaceptable para Castro, para el GAP. Allende había firmado, en ese momento, su sentencia de muerte. De ejecutarla se encargarían los miembros del GAP. Sólo en las falsas palabras de Castro el político socialista Salvador Allende se convirtió en un “verdadero revolucionario”.
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