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Informe 86 al pueblo de Cuba 

4 de Julio de 1997 


Es comprensible que los cubanos, en Cuba o expatriados, influyan unos sobre otros, y que la información correcta, errónea  o incompleta de cada parte contribuya al acierto o fallo de todos. En la emigración y exilio la desinformación tiene orígenes y signos diversos, y hay que tener buena brújula para orientarse en ese universo babélico. En la isla, la omnipresente y ubicua propaganda castrista fabrica un pasado simplista y un futuro de fantasía, a fin de que no se impugne el presente. Además, se pretende que el pueblo, al no conocer el ayer, no pueda juzgar el hoy ni imaginar el mañana. Fidel Castro quiere, por si solo, construir esos tres ámbitos temporales, y después asignar su lugar en ellos a todos y cada uno de los cubanos, y también a muchos extranjeros.

La distorsionada percepción de la realidad que esa situación produce, provoca consecuencias aberrantes entre los cubanos de dentro y fuera del país.  Tanto en Cuba como en el exterior circulan a veces criterios que, en sus diversos matices, son aceptados en forma acrítica, contribuyendo a la confusión ambiental e impidiendo que temas de mayor entidad y consecuencia ocupen la inteligencia de todos. Surgen entonces las quimeras, que adquieren existencia virtual en perjuicio de la consideración que se debe a la oprimente realidad y a la preparación necesaria de un futuro distinto para las generaciones inmediatas.

Una de las últimas quimeras se origina en la anunciada visita del Papa. Se olvida que la Iglesia, institución milenaria,actúa con propósitos y criterios temporales que trascienden, en mucho, la vida de cualquier hombre.Baste recordar que las contiendas civiles o externas del Imperio Romano y, más cerca de nosotros, las de los últimos cuatro siglos, no destruyeron la Iglesia, aunque a veces estuvo forzada a admitir la guerra para defender su propia supervivencia. El caso del dictador cubano y el precio que paga el pueblo originan, a lo más, consideracioes espirituales o humanitarias, pero no son, ni con mucho, una preocupación cardinal de la Iglesia. Y aun si lo fuera, su posibilidad de acción es limitadísima.  Quizá Roma considere el caso de Fidel Castro en Cuba como una especie de aberración histórica, uno de esos flautistas de Hamelin que en vez de seducir niños seducen pueblos, y los llevan a la hecatombe para saciar el apetito de su ego.

Especular sobre la anunciada visita del Papa a Cuba en Enero de 1998, además de distraer nuestra atención de situaciones más inmediatas y urgentes, implica aceptar, y resignarse, a que para ese tiempo Fidel Castro esté aún en el poder, que arruine y endeude más a la República, continúe encarcelando, golpeando y matando, prosiga la venta a pedazos del país a cuanto extranjero los quiera comprar, mantenga el bochorno de cientos de miles de turistas disfrutando a diario lo que se prohibe al pueblo.  Es seguir admitiendo que decenas de miles de cubanas, muchas profesionales, muchas impúberes, se fuguen de la realidad entregándose a la prostitución. Eso pone en entredicho a los hombres de Cuba que han dado el esquinazo a los deberes ciudadanos y han contribuído, con su inacción, su indiferencia, o su cobardía, a que surja una sociedad que promueve el deseo de fuga. Son, en última instancia, los que no han querido pagar, en sangre y sacrificios, el altísimo precio de la libertad.

Quizá fuera útil, en vez de imaginar quimeras, dedicar tiempo a tratar de comprender que es lo que persigue Fidel Castro con ese juramento de lealtad que se pidió a soldados y oficiales de las fuerzas armadas, que espera de ellos mientras los mantiene adormecidos con dólares, que significó la prisión y nuevo encarcelamiento de Patricio de la Guardia, por qué habla de cordero envenenado y de millones de muertos. Pudiera ser que Fidel Castro, aunque ha satisfecho sus ansias de poder, pretenda ocultar la realidad de su fracaso como gobernante por medio de un holocausto, cuyo horror haga olvidar al mundo que Cuba estuvo cerca de cuarenta años bajo la bota de un nuevo Calígula.

Por eso, en lugar de especular sobre la visita del Papá, sería provechoso dedicar la mente y acción de todos a preparar la desaparición, lo antes posible, del virus social y oprobio histórico que consumen a Cuba y que están encarnados en un hombre que se llama Fidel Castro.

Desde Washington, les habló Emilio Adolfo Rivero       

 

 

 
   

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