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Ramera a la puerta

Tania Díaz Castro


LA HABANA, Cuba - Septiembre, 2005. - Su nombre de novela viene de los primeros jerarcas hebreos. Dentro de poco cumplirá treinta años. Es bonita. Aún conserva una expresión infantil en el rostro y una ingenua sonrisa. Prodiga su cuerpo por algunos pesos convertibles, equivalentes a dólares en Cuba.

Comenzó a ejercer este viejo oficio después del Período Especial en tiempos de paz. Se vio abandonada por el marido, con un tercer hijo por nacer.

Sus proyectos se han evaporado con el tiempo. Tenía la esperanza de que un extranjero generoso se enamorara de ella y la sacara de Cuba con toda su prole. Se han enamorado de ella, dice, pero no para tanto.

Aún así tiene un magnífico brillo en su mirada, y a lo único que aspira es a llegar al albergue donde vive hace más de diez años (luego que el solar donde vivía, en la calle San Rafael, se desplomó) con alimentos para los niños, "mi amada escalerita", como los llama, porque ya son cinco. El más pequeño tiene dos años.

La conocí cuando estudiaba en la misma escuela de mi hija menor, en Centro Habana. Le regalábamos ropas, y una vez algún dinero para la canastilla cuando quedó embarazada demasiado temprano.

Cierro los ojos y me parece mentira que aquella muchachita sea la misma persona que me detuvo ayer en los portales de la Manzana de Gómez, emblemático edificio de La Habana, frente al Parque Central. Estaba semidesnuda, barrigoncita, quemada por el sol. Me dijo que se acuesta con desconocidos de otros países porque tiene que alimentar a sus cinco hijos.

Le pregunto si no recibe ayuda de los organismos estatales y me responde que sólo le imponen multas, que en ocasiones la llevan a una nave cerrada con rejas, muy cerca del antiguo teatro Martí (en reconstrucción hace veinte años), donde la policía encierra durante horas a las "jineteras", lo mismo de día que de noche.

Observo su vestimenta, nada cara por cierto. Sus zapatos gastados, sus cabellos claros encrespados sin atención alguna, sus manos de trabajo, dedicadas a la atención de su "amada escalerita".

No sé qué decir, qué consejo darle. Pienso rápidamente en el salario mínimo del país: apenas diez dólares mensuales. Le pregunto por qué se expone tanto al sol, que su cutis, tan blanco, está maltratado.

Me responde que el albergue donde viven los seis está en pleno campo, fuera de la capital. Me pregunta por mis hijos. Le digo que están fuera de Cuba. En Europa, en Miami. Le extiendo un billete de cinco pesos convertibles y sonríe complacida. Sólo tenía unas monedas. Me aclara que todo lo que gana es para sus hijos, y le creo.

Nos despedimos como si estuviéramos en un funeral. Ella rumbo al cine Payret. Yo, hacia la calle Neptuno. No fue un encuentro agradable. Estoy segura de que se sintió igual que yo, como si hubiéramos caído en un pozo y nadie nos tendiera una mano desde el brocal.

 

 
   

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