|
|
|
NUESTRA LUCHA NO HA TERMINADO
Por Ernesto Díaz Rodríguez
Secretario General de Alpha-66
Diciembre 2004
Faltan muy pocos días para que se cumplan 46 años del arribo de Fidel Castro al
poder. El experimento de ese engendro diabólico, al que el caudillo de la Sierra
Maestra bautizó con el nombre de "Revolución," ha costado a la nación cubana los
mayores sufrimientos que jamás pueblo alguno en América Latina se ha visto
obligado a padecer. A partir de la fecha fatídica del 1ro. de enero de 1959, las
cifras de prisioneros políticos que han dejado lo mejor de sus vidas en las
cárceles y campos de concentración, simplemente por su amor a la libertad,
resultan impresionante. Decenas de miles de cubanos honrados, que no cometieron
ningún otro delito que el de querer a una Cuba libre, próspera y feliz fueron
asesinados con saña y cobardía en los paredones de fusilamiento. Otras decenas
de miles se vieron obligados a lanzarse, en éxodo desesperado, a las borrascosas
aguas del Estrecho de la Florida. Algunos sobrevivieron. Milagrosamente
sobrevivieron para contar la historia, para narrar sus propias agonías. Otros,
en proporción mucho mayor, se diluyeron entre la sal de una esperanza frustrada,
las encrespadas olas del océano y los famélicos buches de los tiburones.
Y todavía rodamos cuesta abajo. Todavía continúa girando ese carrusel
vertiginoso de la revolución castrista, arrollándolo todo, sin que hayamos
encontrado una fórmula efectiva para detenerlo. ¡Pero tenemos que encontrarla!
Tenemos que juntar todas las fuerzas de los que queremos una solución sin
claudicaciones, sin vergonzosas componendas con el enemigo, porque la libertad
no se conquista de rodillas sino con el filo del machete, con la tea incendiaria
de Máximo Gómez. Tenemos que luchar; luchar con los puños y las uñas, con los
dientes si fuera necesario para enterrar todas las miserias que nos han sido
impuestas. Tenemos que luchar con las armas poderosas del honor y de la razón.
Enterrar las agonías y la desesperanza en una fosa profunda, bien profunda,
junto al lodo, y el hedor y el estiércol que componen la materia del tirano que
encabeza ese brutal y devastador experimento.
Han pasado casi 46 años desde que nos tejieron con cadenas la sangre. Desde que
nos borraron el sol de la libertad y anudaron con cerrojos nuestras ilusiones.
Muchos se conformaron con sobrevivir, aceptaron con resignación las humillantes
fórmulas del acatamiento irreflexivo a la voluntad caprichosa de un déspota,
pensando tal vez que ante una política oficial de trampas y mentiras, cualquier
método de supervivencia era válido. Otros, en proporción significativamente
inferior pero con un sentido mucho más refinado de la responsabilidad que nos
imponía el momento, entendieron que más importante que la preservación de los
valores materiales, más importante inclusive que la propia vida, es no dejarse
aniquilar espiritualmente, porque la aniquilación del espíritu nos hace débiles
y afecta nuestra condición humana. Pone en riesgo, además, la preservación de
nuestra dignidad. Esos seres valiosos, que significan las reservas morales de la
patria, supieron entender el mensaje de Martí cuando dijo: "Un hombre que se
conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que le pisen el país en que
nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado". Y ofrendaron
sus vidas en sacrificio heroico o integraron las honrosas legiones del Presidio
Político de Cuba. Otros, que se vieron obligados a abandonar el país, han
luchado sin tregua desde las trincheras del exilio, sin dejarse deslumbrar por
la libertad prestada y los beneficios personales que nos brinda esta gran nación.
Nuestra lucha no ha terminado. Esta debe ser una conciencia generalizada para
los cubanos, dentro y fuera de Cuba, que aspiramos a un sistema de gobierno
capaz de proporcionarnos el disfrute de cada una de las garantías establecidas
en la Carta Universal de los Derechos del Hombre. Un gobierno donde el
restablecimiento de las heridas espirituales, el respeto a las instituciones
democráticas y la felicidad de la familia cubana sean las piedras angulares de
nuestra nueva nación.
|
|
|