El
senador Barack Obama, virtual candidato a la
presidencia por el Partido Demócrata, dio pruebas
recientemente de la incompetencia de que le acusan,
cuando, en respuesta a críticas del senador McCain,
dijo que Estados Unidos no tenía por qué no sentarse
a conversar con enemigos pequeños como Irán,
Venezuela o Cuba, cuando no había tenido objeción de
hacerlo con la Unión Soviética, que sí constituía
una amenaza real; que mientras Irán no poseía
todavía armas nucleares, la URSS había tenido miles
de ellas.Los
que comentaron esta noticia fueron prácticamente
unánimes en resaltar la agudeza de Obama que, en un
par de frases, parecía desacreditar no sólo la
opinión de McCain sino también del presidente Bush,
quien, al dirigirse la semana pasada al parlamento
israelí, comparó a los que proponen conversaciones
con naciones enemigas o promotoras del terrorismo,
con los gobiernos apaciguadores de Europa que, en
los años treinta, creyeron posible frenar la
expansión del nazismo sin recurrir a la fuerza. Los
obamistas y sus amigos reaccionaron indignados por
lo que vieron como un ataque del jefe del Estado a
uno de los puntales de la plataforma del senador por
Illinois.
Nadie, que yo supiera,
pareció percibir la sandez en que Obama había
incurrido al comparar precisamente la política que
Estados Unidos debe seguir frente a un enemigo
formidable como fue la Unión Soviética, y otro de
mucha menos importancia como Irán. Alguien debería
explicarle a este improvisado que aspira a
gobernarnos que una potencia imperial como este país
dialoga por obligación con aquellos adversarios a
los que no puede destruir (como fue la Unión
Soviética) sin destruirse a sí misma en el intento;
en tanto no tiene por qué conversar con aquellos
países enemigos lo suficientemente vulnerables como
para poder destruirlos o imponerles su voluntad sin
condiciones. En otras palabras, con el enemigo se
habla --y así ha sido siempre en la historia--
cuando se carece de fuerza para borrarlo. Dialogar
con los rusos --poseedores de arsenales nucleares
que podían desaparecernos del mapa-- era una
obligación, amén de una opción inteligente de este
país en su momento; propiciar el diálogo
incondicional con Irán, Siria o Cuba en la
actualidad es una acción torpe que sólo puede
traducirse como debilidad.
Aunque no se
explicite claramente en parte alguna, el presidente
de Estados Unidos tiene entre sus deberes, no me
cabe duda, la preservación, consolidación y
expansión (esto último de ser posible) de la
hegemonía de este país, de su arbitraje
internacional respaldado por su aparato militar. En
consecuencia, la iniciativa de cualquier presidente
norteamericano de sentarse a conversar con unos
gobiernos de segunda, encubridores si no promotores
del terrorismo y que quieren imponerse a fuerza de
bravuconadas en la esfera internacional, redundará
en menoscabo de los intereses y el poder de Estados
Unidos y en el engrandecimiento y fortalecimiento de
sus enemigos.
La idea que respalda
esta posición del primer aspirante negro a la Casa
Blanca es una mezcla de ingenuidad y truismos de
izquierda que hierven, como en un ponzoñoso caldo de
cultivo, en esa denominación marginal en la que
Obama ha militado por veinte años y que, con menos
estridencia, no están ausentes de las aulas de las
primeras casas de estudio del país, la Universidad
de Harvard, alma mater del senador Obama,
entre ellas. El resultado inevitable es un
demagogo extremista con elocuencia de predicador que
debe creer, como el resto de sus congéneres, que
Estados Unidos está llamado a convertirse en la
Madre Teresa de las naciones aunque esto resulte --o
acaso con ese deliberado fin-- en provecho de las
tiranías del subdesarrollo.
Sería muy lamentable
que el electorado norteamericano, en ánimo de
castigar a George W. Bush por sus desaciertos, le
fuese a entregar el gobierno a alguien a quien
motivan el resentimiento y la ignorancia; porque
cualquiera que tenga en su historial el haber sido
feligrés del pastor Jeremiah Wright durante 20 años
puede colgar en la pared de su casa un certificado
de fundamental ineptitud para dirigir los destinos
de esta nación devenida imperio. Como Roma lo supo
en su momento, y también Gran Bretaña mucho después,
los imperios no pueden aspirar a ser amados, debe
bastarles ser temidos. Los orígenes, trayectoria,
formación, militancia religiosa y consecuente
cosmovisión incapacitan a Obama para entender y
asumir ese destino.
©Echerri
2008