LA FE 
TORMENTA...
algo a la deriva.
Entre el lengüeteo furioso y azul,
algo fugaz.
También tres hombres
en un bote pescador.
Dos blancos y un negro
hermanados por los azares del mar.
Hombres espantados de estar solos
entre tanto horror del viento
y tanto temblor de sal.
Y entonces
en un vaivén de las olas,
se entrevieron.
Ella y ellos.
La Virgen que navegaba serena
para llegar a una isla surgida del mar
y los hombres curtidos de sol
sorprendidos por la tempestad
en su pesquería.
Se puede temblar
porque el miedo es muy humano,
pero si hay una mujer desvalida
hay orgullos de varón que
sobrepujan el peligro.
No hubo que consultar
para acercarse a rescatarla
porque los tres eran orgullosos.
Ellos creyeron que fue fácil
por la fuerza de sus brazos,
y ella, discreta
calmó las aguas,
porque a los hombres
les gusta sentirse útiles
y las madres
los protegen sin herirlos.
38
Y cuando estuvo en el bote
callada, entre los tres
hubo un gozo sin palabras,
¡era mulata!,
llegaba con una raza
en que todos la sintiesen cerca.
Sutilezas de la maternidad.
Y los que habían remado
para salvar una mujercita frágil
ahora se sintieron protegidos
por aquella Virgen marinera.
Hay apariencias
que engañan a los ojos,
pero el corazón
siempre conoce los milagros.
Luego, en un puerto seguro
hubo intentos de darle casa.
Un hogar. Y ella callada
a su modo, pero con firmeza
supo decir donde la quería.
¿Es que no hay derecho
a preferir un trozo de tierra?.
Y allí quedó. Callada.
Vestida de criollo.
Dispuesta a recibir siempre.
Y los hijos se fueron acercando,
¡qué sé yo
los reclamos amorosos que usó!.
Las madres
saben muchas cosas misteriosas.
Después,
yo no sé cuantas generaciones
han pasado por allí.
Hombres recios de la guerra
que entre dos batallas
tenían un minuto
para ser hijos.
Guajiros tímidos de guayabera
con el alón de yarey
entre las manos inquietas
y el machete sonando en la vaina
como una semilla madura.
Negritos descalzos
que venían con sus ojos azorados
a ver a su madrecita clara.
Mulatos orgullosos
que la creían más suya que de nadie.
Bobos. Y ella siempre callada
¡pero les decía cada cosa!.
Nadie pasó por allí
que no dejase un pedazo del corazón.
Luego, desde sus casas
en todas las provincias,
y aún sin conocer de mapas
todos sabían que en la patria
había un sitio tierno
entre lomas de piedras
que brillan con el sol.
Y la madre siempre callada.
Con un anhelo en el pecho.
Sin decirlo.