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Hillary
Clinton ya salió cloqueando con el anuncio de su
aspiración presidencial. Todo el mundo apostaba a que lo haría y
a nadie ha defraudado, se presentó coqueta en su página web, y
enseguida se puso a corretear, igual que una gallina que hubiese
puesto un esperado huevo, aunque no necesariamente de oro.
La prensa, obsequiosa, destaca estas carreras
de quien algunos profetas ya se han apresurado a ungir como
segura sucesora de George W. Tal vez no lo digan abiertamente,
pero reportan sus idas y venidas con la expectativa de los
advenimientos; detallan sus primeros cacareos, sus chistes, que
la izquierda hilarante celebra como prueba de independencia e
ingenio, así como sus ataques rituales al ejecutivo.
En Iowa, donde acaba de estar tanteando el
agua, ha dicho que es ''el colmo de la irresponsabilidad'' del
actual presidente dejarle el problema de la guerra de Irak a su
sucesor. En inglés, este ''succesor'' , como la mayoría
de los adjetivos, no tiene diferencia de género; pero bien
traducido, puestos en los zapatos de la señora Clinton, quiere
decir ''sucesora'', significa ``ella misma''.
Barak Obama, el exótico aspirante que ya tuvo
sus quince minutos de fama y aspira a más, debe haber hecho un
mohín o haber frito un huevo con la boca. ¿No sabe la señora que
esta guerra apenas ha empezado? Estamos, como quien dice, en las
salvas rituales del inicio de una contienda y ya habla ella de
retirarse, de esconderse en algún idílico país donde no lleguen
las bombas de Al Qaida. El colmo de la irresponsabilidad (mucho
mayor, sin duda, que las pifias de Bush) es esta fiebre de
apaciguamiento que les ha subido a los demócratas (y también a
algunos republicanos) luego de los resultados de las últimas
elecciones y con los ojos puestos en noviembre del 2008.
Infórmese mejor, señora Clinton. La guerra en
que estamos es larga y es mundial, aunque tal vez no se lleguen
a usar armas nucleares (y ni esto último se puede descartar). Se
trata de un conflicto de dimensiones apocalípticas cual nunca
antes se ha librado en el mundo, entre las fuerzas de la
modernidad y del atraso; y Estados Unidos está llamado, por
historia y destino, a encabezar esta contienda a escala
planetaria que rebasará en el tiempo las elecciones del 2008, y
las del 12 y las del 16.
Esto que llamamos Occidente, que no es otra
cosa que la avanzada de la humanidad, se encuentra amenazado por
las rémoras de nuestra propia especie: el fanatismo iracundo y
feroz del extremismo islámico (tanto sunita como chiita), la
utopía marxista que revive en alguna geografía con
vociferaciones de sainete y, un poco más lejos pero no menos
peligroso, el neofascismo chino. Nunca ha sido más prometedor y
radiante el futuro ni, paradójicamente, más ensombrecido por tan
pavorosos adversarios.
Para
sobrevivir, este summun de la raza humana que llamamos Occidente
debe ser firme y drástico, debe creer en los valores que profesa,
en la cultura de que es portador, en el progreso que representa,
y salir a defenderlos con convicción y dispuesto a utilizar sus
cuantiosos recursos y arsenales en ese empeño.
El próximo presidente de Estados Unidos y
quien le suceda y el siguiente tendrán, como primer deber, esta
tarea de ser Occidente y de preservar y extender un orden
fundamentado en la libertad y el desarrollo, que es patrimonio
de toda la humanidad, aun de aquellos que se le oponen.
Cualquiera que salga en los próximos comicios
tendrá que enfrentarse a estos retos, si bien vale la pena
luchar porque no sea una pretenciosa ex primera dama que
confiesa no estar a la altura de ese destino.
© Echerri 2007
El
Nuevo Herald
Posted
on Thu, Feb. 01, 2007 |