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VICENTE MÉNDEZ. SIMPLEMENTE UN HÉROE Por Ernesto Díaz Rodríguez Secretario General de Alpha 66
La historia de la nación cubana ha sido escrita con páginas de gloria por hombres de extraordinario espíritu de sacrificio, abnegación y coraje. Hombres también de refinada sensibilidad humana. Hoy quiero, en la figura del legendario Vicente Méndez, honrar a cada uno de esos maravillosos héroes que en distintas épocas lo dieron todo, hasta su última gota de sangre, en aras de la libertad de la Patria. Se conmemora el 37 aniversario de su desembarco, junto a un grupo de valientes, en intento supremo por salvar a Cuba de la opresión y el despotismo del régimen de barbarie, latrocinio y maldad impuesto en la isla caribeña por el sanguinario Fidel Castro.
No
fue esa la primera vez que Méndez puso en riesgo su vida por
salvar en nuestro país las instituciones democráticas. Lo había
hecho con anterioridad contra el propio tirano de turno,
comandando núcleos de patriotas que se alzaron en armas, como
él, para combatir la dictadura castrista en la cordillera
montañosa del Escambray. Y lo había hecho, más lejano en el
tiempo, cuando el General Fulgencio Batista, en un acto
desafortunado de ambición, a sólo unos meses de la fecha
establecida para la celebración de elecciones libres, se apoderó
del poder a través de un escandaloso e injustificado golpe de
Estado. Desde mi punto de vista un grave error, que sumado a
otros errores posteriores dieron la oportunidad a un engendro de
monstruo carismático de convertir a Cuba en su finca privada,
sumiendo a nuestra nación en la peor crisis de humillación,
miseria y desamparo.
Conocí a Vicente Méndez cuando en el verano de 1968 vino a Alpha
66, la organización que estimaba él resumía en su breve pero
apasionante historia su ideal de lucha, junto al amor
desinteresado por la libertad de Cuba y el afán de felicidad y
prosperidad para la familia cubana. Lo recuerdo exponiendo sus
ideas en las reuniones compartidas con nosotros, junto al
físicamente desaparecido Andrés Nazario Sargén, irremplazable
líder del destierro y de toda Cuba. Líder con mayúscula,
debíamos de escribir, por su refinada inteligencia y su
sencillez, mezcla de espontánea humildad y comprensión; por la
diáfana honradez en cada uno de sus actos. Pero por encima de
todo, líder por sus siempre claras concepciones sobre la
estrategia de la intransigencia como ingrediente básico para una
libertad sin claudicaciones. Libertad con decoro y dignidad.
Y
recuerdo a Vicente en la fecha 10 de Octubre de 1968, dos meses
antes de mi captura, en combate también, cuando en un estadio de
Miami, frente a decenas de miles de cubanos en solemne acto de
vergüenza y patriotismo anunció su compromiso de regresar a
Cuba con el fusil en sus manos, en lucha por reconquistar las
instituciones democráticas, el respeto a la persona humana, el
irrenunciable derecho a ser libre que por naturaleza y por la
generosa obra de quienes, al filo del machete Mambí, hicieron de
la isla de Cuba una nación con justicia y libertad para todos
los cubanos. Lo recuerdo con orgullo cuando entró como un rayo
de luz, esparciendo sobre el arrecife cautivo chorros de coraje.
Lo recuerdo cuando se apagó su voz, cuando destrenzaron sus
pupilas las balas enemigas, cuando se desintegró su sombra
girando en espirales hacia una inmensidad poblada de esperanzas
futuras y de un renacer de patria sin cadenas, salpicada por las
olas de un mar no de enfurecidas olas, tristemente coagulado de
náufragos, sino un mar apacible, donde el alba sea de luz
multicolor y música de ruiseñores, Un reverdecido mar poblado de
rosas. Rosas blancas.
Ese es el Vicente Méndez que recuerdo yo en las noches de
insomnio, el que recuerdo cuando me siento débil en espíritu y
en disposición para el sacrificio. El que me da fuerzas para
vencer el miedo. El que me toma por el hombro y me sacude si me
falta la fe. El que me sirve de látigo y espuela si el camino me
parece escabroso o demasiado abrupto o largo. Inexplicablemente
largo,
Me satisface saber que su muerte en combate no fue el
fin, ni fue un salto hacia la ingratitud del olvido, sino el
tránsito sublime, simplemente, hacia esa gloria indescriptible que
sólo los mártires y los héroes de la patria, como él, tienen el
privilegio de alcanzar
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