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Una
nueva ley se debate en el Congreso para frenar más drásticamente la
inmigración ilegal, y los inmigrantes --sus hijos o sus nietos--
asentados aquí debemos defenderla. No, no ha leído mal, los inmigrantes
sabemos, acaso más que los nativos, cómo la inmigración ilegal --por la
que a diario se infiltran en Estados Unidos miles de personas, muchas de
ellas sin preparación suficiente y, en consecuencia, fácil presa de la
marginalidad y la explotación-- está descomponiendo aceleradamente el
país de nuestro sueños; nuestra experiencia previa nos prepara para
reconocer con mayor rapidez la presencia de conductas y taras que nos
son familiares y que van infectando de tercermundismo las ciudades
norteamericanas. Si esta nación donde vivimos ha de conservarse como un
paraíso, no puede faltar el ángel de la espada flamígera que impida el
libre acceso.
Este papel de ángeles, es decir, de custodios de la
frontera, lo han asumido en algunos lugares --y ante la ineficacia de
las autoridades-- individuos particulares que están decididos a cortar
este flujo irrestricto de ilegales (no indocumentados, como suelen
llamarlos en ciertos medios, ya que muchos poseen documentos; sólo que
son documentos que no los licitan a entrar en Estados Unidos y, en
algunos casos, son documentos falsos), entre los cuales sin duda hay
cada vez mayor peligro de que ingresen también los terroristas.
En los medios de prensa en español, particularmente en
la televisión, se hacen eco a diario de las protestas de activistas,
promotores o representantes --presuntos o reales-- de la comunidad
hispana quienes, al tiempo que dicen defender la inviolabilidad
territorial de Estados Unidos, se muestran descaradamente partidarios de
quienes la violan y críticos feroces de cualquier ley o acción
particular orientada a revertir ese desaguadero humano en que se ha
convertido nuestra frontera sur. Esa corriente clandestina ya va
alterando, para mal, la fisonomía de varias ciudades norteamericanas, en
la cuales aumenta una población carente de muchas destrezas laborales
que, en la sociedad más tecnificada de la tierra, está condenada a
perpetuarse en esos guetos que se agigantan como auténticas malignidades
y donde el pandillerismo, el robo, el consumo de drogas y de alcohol, el
juego y la prostitución se tornan cada vez más visibles.
Hay que decir no a la falsa simpatía que quieren
inducirnos de manera indiscriminada hacia los que estrenan su ingreso en
este país delinquiendo --no importa que provengan de nuestros países y
que hablen nuestra lengua materna-- y que en gran medida no van a
realizar sino a pervertir el llamado ``sueño americano''.
Estados Unidos tiene no sólo el derecho, sino el deber
de cerrar hasta el último resquicio a la inmigración ilegal y de regular
quiénes entran aquí y qué contribuciones positivas vienen a hacer antes
de que todos los perseguidos, hambrientos y desclasados del mundo
conviertan la bandera norteamericana en algo semejante a la carpa de un
bazar marroquí.
Al
mismo tiempo, Estados Unidos no puede ser indiferente a las causas que
propician esta avalancha humana: la miseria y la opresión que se padecen
en muchos países del mundo y que son móviles de la inmigración a
cualquier precio. Parte de la política migratoria de Estados Unidos a
escala mundial debería ser, pues, la promoción de la democracia y la
prosperidad (propiciando el derribo de regímenes opresores y fomentando
el trabajo que genere el bienestar que no será necesario salir a buscar
en otro sitio): una genuina globalización que respalde los derechos
políticos y económicos de los que viven más allá de nuestras fronteras.
© Echerri 2005 |