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                                       TIEMPO DE VIAJAR

 

                                       Salvador E. Subirá Turró

 



VIDAS PARALELAS
Homo Sapiens / Oncorhynchus Tshawytscha

El mapa registraba un pueblo de Oregon con letra muy pequeña. Nada que llamara demasiado la atención. Pero los naturales del lugar, aunque estuvieran lejos, sabían que para llegar a él había que atravesar bosques inolvidables y bordear un río que mantenía riveras verdes como jardines. Nacer allí era un privilegio porque ya los ojos se tenían aprendida la belleza.

Visitar el manantial que originaba el río implicaba ascender por un camino agreste que había sido la primera aventura de muchos pobladores. El arroyo se iba estrechando en la altura mientras su corriente murmuraba con mayor rapidez entre las piedras. Y el paisaje se completaba con unos enormes pinos que se venían salvando del aserradero a lo largo de los años por el intrincado acceso para los equipos mecánicos. Pero además había algo heroico en el paisaje, y era cuando los salmones regresaban a su río para el desove. Eran esforzados atletas que misteriosamente regresaban de la andanza de los mares a su río, para remontarle la corriente hasta la cuna de su propio nacimiento. Lo hacían con esfuerzo admirable, y hasta ejecutando increíbles saltos acrobáticos en las cascadas, hasta que iban logrando vencerlas, unas tras otras, para cumplir su épico destino. Desafortunadamente también llegaban para morir. Pero los huevos allí fecundados volverían a descender río abajo por la corriente, haciéndose alevines en el camino, hasta llegar juveniles al océano. Y terminada la inmediatez del río, que permitía seguir su fugaz presencia, se les perdía en la inmensidad del mar. Así de simple, sin importarles cambiar el sabor de las aguas dulces por las saladas.

Allí permanecerían bajo una superficie tersa o picada, que definía la frontera entre dos mundos. El líquido de los mares y el aéreo de los vientos. El mundo de los salmones estaría limitado por una superficie llana y clara arriba, y un fondo accidentado que se oscurecía por la degradación de la luz hacia las profundidades. En él había espacios ilimitados habitados por cardúmenes de todas las especies, amenizados con jardines de coral, valles y cordilleras, pero también era inevitable el vivir escurrido por la espesura del silencio. Allí transcurrirían sus vidas ignoradas hasta su previsible retorno por los caminos de la memoria.

Arriba era el mundo del hombre, con sol y luna, lluvia y arco iris, pero sobre todo sin techo y abierto a los abismos siderales. Un ámbito donde se podía imaginar y asombrarse del infinito. Donde los días se definían con sol caminando toda la bóveda celeste, cada noche se veía avanzar la coreografía de las estrellas, y donde un aire leve era fiel mensajero de músicas y voces. También era privilegio del hombre navegar sobre mares que le ofrecían todos los caminos y todos los rumbos de la rosa náutica. Y hasta podía violar esa frontera para echar vistazos a la belleza y los misterios de las aguas profundas.

Por mucho tiempo fue feliz, hasta que un día comprendió que su señorío tenía vedado el espacio abierto del cielo. Con razón y honestidad, reconoció tener envidia de las aves que sí podían volarlo, y por tanto, poseerlo mejor que él mismo.

Esperó siglos interminables, hasta que al fin le llegó el tiempo de echar alas. Fruto del deseo y de su razón, el hombre analizó que las cosas tenían explicación. Luego descubrió que la ciencia estaba escondida dentro de todas las cosas. Y finalmente, concluyó que las fórmulas eran un conjuro para producir milagros. Fue entonces que pudo y quiso vencer la quimera de siempre. Y se fabricó unas alas que no tenían la gracia de las aves, pero le permitían escapar del celo posesivo de la Tierra.

Luego, en un día designado, un aldeano de Oregon abandonó su esquina del mundo, y en su andadura del planeta, recorrió los laberintos del saber y descubrió el placer que da el sacrificio para alcanzar los sueños. E, incorregiblemente humano, no se detuvo, y traspasó al siguiente umbral de la aventura humana. El de los retos. Y quiso el destino que fuera en amoríos con la Luna.

Entonces vistió armadura espacial, se ciñó alas bruñidas y convocó un trueno para viajar más allá del hermoso azul del cielo y los rebaños de nubes. En su partida dejó atrás al sonido y se fue adentrando en el susto de la ingravidez. Pero, hombre con meta, persistió hasta la noche perpetua con su única lámpara de Sol. Allí supo que el espacio se había quedado sin aire por avaricia de los planetas. Conoció que en el infinito no hay soledad, y que el miedo puede ser virtud. Y, ansioso por rendirle su serenata a la Luna, menospreciaba el riesgo de entregarse a los reclamos de otro mundo.

Allí descendió con emoción, pisó la Luna, y se envaneció de la hazaña. Pero, suelo sin vida, la comprendió desierta, y por ello, llena de tristeza. Entonces levantó los ojos hacia el globo azul que era su mundo, e inevitablemente se imaginó unos bosques conocidos y un río guardados en un sitio venerable de su memoria, y se le aguó la mirada. Con premura entonces se dispuso al regreso, se ciñó de nuevo las alas, convocó un trueno que ahora era silencioso, y se fue elevando vertiginosamente al espacio. Y ya con la paz del regreso, el viajero desanduvo olvidado de los riesgos astronómicos.

Pisar la Tierra de nuevo fue alegría mayor que no olvidaría nunca. Pero en el fondo del orgullo sentía apremio por una instancia más íntima dentro de aquel paraíso recobrado. Sabía que necesitaba ir a su bosque y a su río, para volver a mirar su conquistada luna, pero ahora de frente y atrapada entre las redes de los árboles. Y cuando aquello pudo ocurrir, fue tiempo de sorpresa, porque también los peces estaban de regreso y saltaban en las cascadas. Entonces sólo se podía sonreír comprendiendo que también los salmones culminaban hazañas y tenían sed de sus orígenes.

 

AL REGRESAR
Ref: “Al Partir”
G. Gómez de Avellaneda

Cuando todos regresemos
En los atuendos del mundo
Y sin sombrero de yarey
No pareceremos tuyos,
Pero volveremos.
Como retorna un eco
Al exacto nido de la voz,
Sin duda que volveremos
Tozudamente tuyos,
Como un metal de ley
Que no se funde en los crisoles.
Regresaremos por instinto
De paloma mensajera
Que sabe encontrar
Ese palomar inefable
Que llamamos Patria.
Entraremos con disimulo
Como alguien que llega tarde
A ocupar su lugar en la comparsa
Pero pronto descifra el ritmo
Con increíble talento de los pies.
Vendremos de visita
A la intimidad de tu bohío
Para buscarnos la mirada,
Y decírnoslo todo
Con el brillo de los ojos.
Regresaremos
Para escoger mariposas junto al río,
Engordar lechones con palmiche,
A rehabilitar el piropo
Y torear juntos los ciclones.
Volveremos,
Desmemoriados de enfados,
Olvidando nuestros azares peregrinos,
Para criticar los defectos del mundo
Y exagerar el talento nacional.
Llegaremos puntuales
A la añorada asamblea del palmar
De impecable guayabera blanca
Para contestar al pase de lista.
Entonces propondremos empezar
Por el recuerdo obligado de los héroes
Que llevándose su luz a las estrellas,
Y constelando la noche,
Lograron convertirla en alborada.
También es de ley y del decoro
Un obligado desagravio de Martí
Porque lo abandonamos sólo
En una plaza sin alma.
Sólo entonces
Colaremos café fuerte,
Encenderemos tabaco de clase
Afinaremos las cuerdas del tres
Y en controversia de poetas
Discutiremos los planes del futuro.
Declararemos de nuevo el 20 de Mayo
Gran Día de Guateque Nacional,
El 10 de Octubre y 24 de Febrero
Como valientes gritos libertarios,
Cada Nochebuena nacerá Jesús
Con fiesta de lechones y turrones,
Y para disfrute del cuerpo y del oído
Echaremos a pelear los ritmos
En nuestra valla musical.
Entonces los días
Nacerán llenos de esperanza,
Y retornaran las ilusiones perdidas.
Volveremos a endulzar el mundo
Con la simpatía de nuestra entraña,
A exportar el ruido y la amistad
Como principal riqueza nacional
Que le sacude al mundo la morriña.
Y cuando esto hagamos
Florecerán de blanco los rosales
Y volverá la luz dispersa
A resumirse en estrella solitaria.
Entonces la tierra retoñará su alegría
Subiendo tronco arriba de las palmas
A estallar en sus penachos
Con marejada de frondas rumorosas.
Y treparán los fuegos de artificio
Como palmeras gigantes
A competirle al cielo las estrellas,
Para gritar la noticia en las alturas
De que nos renació la república
Con todos y para el bien de todos.
 

S. E. Subirá

Miami, Septiembre del 2003.

 




DIÁLOGO

En medio de los enredillos que ellas formaban con sus días, hasta tenerlos llenos de nudos, aquellos encuentros cumplían la noble función de matizar los humores de cada jornada. Podían deprimir un día de primavera, pero también exaltar el día más gris del último invierno. Aquellos tête a tête siempre eran un duelo entre el deseo y la realidad, pero casi siempre resultaban una terapia.

Podía haber transcurrido la mañana, y aún la tarde o la noche, en diestra cacería femenina que va parando trampas de coquetería por toda la ciudad, o en una expedición de caminar felino al centro comercial para confirmar el valor de sus acciones en el mercado de la seducción, o permanecido apostada, como al descuido, junto a la vereda habitual del venado que ya tenían en el centro de su mirilla. Había días eufóricos donde algún acontecimiento favorable, o su tonta credulidad en los horóscopos, las llenaba de expectativas y ensoñaciones. Pero desgraciadamente también había días en que las trampas amanecían burladas, sus seducciones se depreciaban en la Bolsa, y las balas se extraviaban entre los arbolitos de las astas del venado.

Lo que fuera se traía inevitablemente al diálogo con toda su carga de emociones. Aunque habría que reconocer que todo resultaba un ejercicio vano porque se conocían demasiado. Una frente a la otra, demostrando las alegrías con orgullo y disimulando los fracasos con astucia. Revisándose el teñido del pelo o estudiando los ángulos que más las favorecían. Comprobando la compasiva caridad de los cosméticos y sonriendo por la victoria de una arruga disimulada. Pero siempre en plan de actuación para un público inexistente. Se parecían bastante, mas no eran familia, y era curioso que ambas tenían un lunar que las favorecía, pero en mejillas opuestas.

Durante el diálogo las palabras eran ociosas, porque no podían atravesar el abismo de silencio que las dos se imponían. Había que valerse de medios más sutiles, como el brillo de los ojos, la intención de la mirada, o un imperceptible gesto involuntario de la ceja o el labio. Lo más frecuente era el encuentro de la mirada en la mirada, con apariencia de desafío o un intercambio de ironías. Pero en realidad era sólo curiosidad de mujeres yéndose ojos adentro de la otra en una mutua infiltración hasta los desvanes más íntimos. Pero eran pocas las veces en que retornaban satisfechas de algún descubrimiento. Ese tiempo no lo registraban los relojes, y duraba hasta que alguna contingencia las regresaba de golpe al mundo de todos.

Cita de mujeres, en fin, podía ocurrir sin hora fija. Llegando con todas las pasiones encorsetadas, y la fogata del corazón asomada en los ojos, para encontrarse con la otra, en quien quizás se realizaba la que se hubiera querido ser. Podía apreciarse que era de carne y hueso, pero envuelta en la irrealidad de una dimensión impecable, serena como un nieve de cúspides e incapaz de turbias transgresiones. Ella tan pura y yo tan llena de pensamientos impublicables. Sin fuego en la mirada, pero con una limpia chispa de rocío. Y le recorría la figura como un propio examen de conciencia de la mujer, que ella misma, no podía ser, la imperturbable y hermosa dama que no tiraba al arroyo y siempre dominaba la circunstancia desde sus celosías de marfil.

O bien, replicaba la impertérrita, como una simple jardinera de arenales yermos, y que había malogrado todos sus semilleros del amor. Soñando novelas románticas que nunca habían despertado de los libros. Suspirando la fértil lluvia de Dánae que podría convertirla en otra turgente mujer como aquella asidua que enfrentaba en todas las citas. Deseosa de arder la vida, y dueña de desabrocharse el deseo. No la lejana de difícil acceso, sino la inmediata que esparcía intuiciones como pétalos frescos. Mas siempre se decidía por seguir tiritando su invierno, tan blanco, pero sólo blanco.

Y como era inevitable que ocurriera, por voluntad de alguna de las dos, la cita llegaba a su final. Entonces ambas mujeres de perdían, opuestamente, hacia sus mundos simétricos.
Y sólo quedaba como testigo el tímpano de azogue de una coqueta, desconcertado e indeciso por conocer cuál de las dos mujeres llegaba desde la parte de la realidad.
 

JUEGOS DEL AMOR

A mi ciudad, La Habana:
“…una ciudad
a quien las aguas le mendigan su gracia
con una mano de mar entre sus calles”.

I.-
Como el molusco,
Caracol a la espalda
Llevo mi ciudad por los caminos.
Como la irrenunciable piel
Que me limita,
Llevo ese enroscado laberinto
De mis ilusiones.
Prensil zarcillo de nácar,
Mi caracol arrolla el lío
De todos mis afanes.
Si perdido estoy
En cualquier playa,
Me acompaña su espiral
Como un eterno camino
Para regresar al centro.
Si heraldo quiero ser
De mis verdades,
Mi caracol tiene vientos
De soplar a los confines.
Si tengo sed de universo,
Podré viajar los espacios
De sólo tensar mi acero
Con vueltas del caracol.

* * *
II.-
La aurora es génesis
Recreando el universo en las mañanas.
Sube un sol japonés
Que trae al orbe en fuegos líquidos
Y vierte su púrpura redonda
En chorros que buscan los moldes del recuerdo.
Mi ciudad de los amaneceres
Es siluetas azules contra el oro de la mañana
Llenándose de luz,
Bruñidas formas de un bronce nuevo
Apareciendo en urbe,
Resurrecta y prístina ciudad
Que se despierta de las neblinas,
Paraíso que se revela
Hasta el pleno edén
Donde despierta la flauta
Su pespunte de todos los aires,
Las heráldicas trompetas proclaman sus urgencias
Y los tambores convocan los ecos generales
Al orquestamiento querido
De mi estrenada ciudad
De otra mañana.

* * *
III.-
Mi ciudad es toda mar,
Filigrana tejida
En el rejuego de las aguas,
Encaje tallado en las rocas
Por el acaso de la concha
O las voces del caracol.
A la aurora
Cuando la concha matinal abre sus nácares
Y del horizonte escapa su perla luminosa,
Mi ciudad es de coral, dorado y rosa,
Dormido jardín crepuscular
Cubierto de aguas claras
Que alguna nube cruza serena.
Después
En el deslumbre solar de la mañana
Mi ciudad despierta azul
Al retozo de peces fantasiosos,
Imaginativos, tropicales,
Penetrando y saliendo
En cortejo ritual de sus esponjas.
Al mediodía, mi ciudad
Se desnuda de las aguas,
La marea a sus pies, siestea su bochorno.
Blanca ciudad que orea sus pólipos
Y rutila su sal,
Y afila los brillos de sus nácares.
Despierta, por el nuevo vestirse de las aguas
Mi ciudad zambulle
Con el vértigo riente
De las burbujas en la tarde.
Y ruborosa, ya ceñida,
En la líquida caricia de las aguas,
Se embriaga de verdes
Con flexibles devaneos vespertinos.
Ya de noche
Mi ciudad es abisal
Creciendo su cuerpo de linfas transparentes
Para cernir la plata cenital de luna,
Y allá, en el fondo de las ondas
Mi ciudad fosforece su misterio de luciérnagas.

* * *
IV.-
Mi ciudad es una y mil ciudades esfumadas,
Una y tropel de las posibles
Que mi fantasía cría en los vientos.
Junto a mi ciudad aprendida
Con el derroche de los pasos perdidos,
Y la conquistada
A besos diarios de sus calles,
Salen a estrenar sus tenues alas
Las dormidas ciudades
Que aún no han despertado de los sueños,
Las imaginadas, que han hecho nido
Por algún lugar de las nostalgias,
Las deliradas con las fiebres azules del deseo,
Las irreales que se burlan de su espejismo
Desde la impunidad fragante de la idea,
Las añoradas, las que se olvidaron, las extraviadas,
Las que se devanaron de los ovillos de una ilusión,
Las que navegan frágiles por los diluvios del recuerdo.
La alumbrada en la fuente misma de las músicas
Que profetiza sones infinitos,
Mi bailarina que esconde su danza a los espejos.
Las ciudades que me negaron
Sobre los puentes vacíos del misterio,
La prohibida, que vigilan con trampas de cascabel,
La imposible, que saltó las tapias de lo eterno.
Y es pájaro fugaz de todos los espacios.
Mi perpetuo colibrí de las resurrecciones
Que se desvanece en remolino de plumas trascendidas.
Cáliz del universo y crisol de mil ciudades,
Mi única y singular ciudad
Las resume todas por los juegos del amor.

* * *
V.-
La ciudad es mujer
A quien la asiduidad de lunas
No logra marchitar.
Ciudad mujer
De los alumbramientos,
Como búcaro madrecido de flores.
Ciudad jarrón
Torneada de pasiones
Que seduce las pupilas
Con la madurez de la mujer.
También ánfora intacta,
Virgen fénix parpadeando el pudor
De tálamos que se evaporan
Y la renacen intocada
En un trasmundo.
Así, en la algarabía
Musitada de sus piedras,
La núbil espera siempre a sus arcángeles

* * *

VI.-
Ciudad,
Aspirar tu Mayo fracturado
En surcos que derrochan tu fragancia
Es despertarme alquimias de otra primavera
Y arderme fuegos que me yerguen

Sembrador sobre tus piedras.
Sentirte implorar con tus perfumes
Es querer desenvainarme
Las ebrias cimitarras de simiente,
Y en pródigas parábolas
Blandir mi tibio grano
Sobre tu calor de tierra.
Cuando me asomo a tus noches ciudad
Y te descubro semillada de luz,
Se me enquista el celo
Que sólo quiere semillarte de mí.
Soñar, ciudad
Con tus polvorines verdes,
Es acecharte siempre
Desde cualquiera y todas partes
Para detonar la vida de tu seno.

* * *

VII.-
Pétalo a pétalo
Sobre la encrucijada,
Creció una rosa de los caminos.
Aguas vivas le trajeron
Aluviones perfumados
Para aquel nido de inviernos
Que quiso tejer el amor.
Y le subieron savias fuertes
Con aspiración de cielos
Que querían derramarse
En una fuente de mieles.
Así, al evocarte
Ciudad de mis ojos,
Corazón de mi pecho,
Nido, fuente y flor,
Aunque te prefiera fuente
O te añore nido,
Te tomo flor
Para embriagarme de ti.
 

 

PROLEGÓMENO

El splash es para espantar al otro YO de las aguas, que quiere mis mismos peces. Bastaba el splash para disolver en ondas el peligro, pero había que apurarse porque luego se iban uniendo de nuevo los pedacitos hasta devolverlo exacto. Era imposible deshacerse del OTRO que siempre sabía los caminos del regreso. Sólo en las noches era posible burlarle, aunque bastaba un poco de claridad para verlo llegar puntualmente, y tan sigiloso como nos asomábamos nosotros mismos al borde de las aguas.

La noche del gran ruido que apuñaló la tierra también lo vi. Tras el estruendo y el rasgón instantáneo de luz, vino el milagro de los árboles retoñando fuego e iluminando la noche. Hojas prodigiosas que me quemaban en los dedos. Pero aquella noche todo se asustó y corrió lejos de la neblina caliente que iba llegando y lo escondía todo. Pues también en la huída, vi al OTRO fugitivo y miedoso, huyendo por el fondo de las aguas.

Es un gran misterio que con los ojos cerrados también puede venir el OTRO. Ocurre cuando siento los ojos pesados y se me cierran un rato largo. Entonces me quedo tranquilo y quieto, porque es agradable, pero estoy en lugares donde YO nunca he estado ni sabría volver a estar. Cuando el OTRO llega no viene curioso ni mirándome, como cuando me sale del fondo de las aguas; sino que viene desentendido de mí, y soy YO quien puede seguirlo a dondequiera que vaya, y vigilarlo sin que me vea. Pero a veces empiezan a llegar también de los OTROS, pero portándose raros, porque no hacen igual que con los ojos abiertos. A veces vienen hasta de los quietos que no se despertaron más y se convirtieron en peste. Algunas noches, y durante los ojos cerrados, presiento que me va a salir el PELUDO, que también es OTRO, pero muy malo. El PELUDO viene lo mismo con los ojos cerrados que con los ojos abiertos, pero siempre para perseguirme y abusar de mí. Cuando en medio del sueño siento que va a salir el PELUDO me asusto mucho, pero no pasa nada, porque enseguida abro los ojos y él se va. Aunque hubo una vez extraña en que yo sabía que podía matar con sólo poner esa fuerza en la mirada, y salí a buscar al PELUDO, mas parece que él lo sabía y se escondió. Pero cuando llega durante los ojos abiertos, él siempre me persigue para agarrarme y hacerme daño, hasta que puedo correr rápido y me voy lejos. Él nunca quiere que YO esté en donde él está. Por eso me fui lejos, adonde él no va a venir. Pero nunca es seguro porque el PELUDO siempre busca cosas buenas y dulces entre las hojas, como YO también, y cuando nos encontramos en el mismo lugar y lo veo, tengo que salir corriendo.

Siempre era así, hasta un día que no sé como llegó, pero las cosas fueron distintas. Ese día me sentía poderoso y tenía deseos tan urgentes que hacían añicos todo lo demás. Entonces, entre los olores del viento, descubrí la presencia de otro cuerpo que me estaba llamando para algo irresistible y profundo. Y fui siguiendo el olor hasta encontrar al OTRO distinto del que provenía. Entonces me di cuenta de que el PELUDO me estaba vigilando escondido, pero sin salir a correrme, porque parece que sabía que ese día YO no iba a correr. El olor era embriagador mientras me acercaba. Y el OTRO distinto fue aceptando mi abrazo, y otro, mientras algo que emergía de mí se iba haciendo firme, y los dos sabíamos que queríamos lo mismo. Por eso nos dimos un abrazo más estrecho y total. Entonces todas las cosas se me perdieron y no me importaban. Al PELUDO tiene que haberle quemado la mirada viendo mis abrazos ebrios y las caricias que estaba inventando. Sabía que el PELUDO estaría rabiando y me imaginaba su mugido y humillación, pero ese día YO podía reírme del miedo. Sobretodo cuando la estrechez de nuestra unión iba terminando de acumular tensiones y urgencias hacia un clímax. Luego, como que quise y me di con un entero vaciarme de la vida, mientras retumbaba mi carcajada triunfal. Fue un gran momento por el que quedé distinto, ya para siempre, en la monotonía de mi tiempo incomprensible. Fue un instante maravilloso que ya era mío para esconderlo en algún rincón de mi YO, y a buen recaudo de las embestidas de ese u otro PELUDO.

Con esto no había pasado, como esas otras veces de excepción, donde se me rasgaban las neblinas del eterno presente con el asomar de una estrella interior que subía desde las propias raíces de mi vida, iluminando mis crepúsculos más íntimos, y que iba creciendo hasta alucinarme y dejarme vibrante de luz. En esos casos había tenido la intuición de que aquella estrella era la puerta de pasar a otro mundo, y había tratado de agarrarla con fuerzas infinitas. Pero inevitablemente, ese inasible deslumbre, siempre había escapado, y era el regresar vencido a la incertidumbre de los bultos torpes y las urgencias inmediatas, donde el deseo era la acción, y no había inquietudes adverbiales que cuestionaran la inercia de no saber a donde iba.

Y, hambre, sólo podía caminar en busca de agachado que corre, o de largo que se enrosca, o perseguir a colores plumosos entre las hojas del bosque,… y hasta el imprudente lugar que me tragó con un gluglú…glu...de tierra blanda…

* * *

Pero una de todas esas veces, se poseyó la estrella. Y efectivamente era la puerta de pasar a otro mundo. En su umbral se estrenó otro YO que fue despidiendo las urgencias. La inercia despertó en voluntad de trasmigrar mundos por los caminos siderales que siempre incitaban nuevas estrellas. Separando el confuso amasijo de adverbios, un filoso cuchillo de razones, pudo rebanar el presente en útiles tajadas del tiempo. Al gruñido se le rebajaron virutas que lo hicieron palabra, y hasta nació el nombre.

Y donde la palabra llegó a sonar Heidelberg, Java o Pekín, dieron en aparecer las jaulas vacías de las conciencias que no atraparon su primera estrella. Así, asomado al pasado por una cala del tiempo, el nuevo YO reencontró su prolegómeno, estableciendo las coordenadas de su viaje en las galaxias. Y se sintió feliz en su itinerario del universo.
 

CANTO A MIAMI

Una ciudad puede surgir
Por padrinazgo de su geografía
Que le bendice el solar
Y abarrota su puerto
Mientras atraviesa el respeto de los siglos.
O tener orígenes inciertos
Y hasta orfandad de destino
Que con el tiempo se redima
Por el talento de sus generaciones.
Pero hay ciudades repentinas
Que sorprenden a los mapas
Y aparecen sin memoria de una víspera.

A Miami no la soñaron poetas
Ni fue melodía soplada de una flauta.
Fue gesto al descuido de la vida
Acaecido en territorios de disputa
Por los turbios intereses de la Historia.

Allá, donde el gélido Norte
Tiende su mano al Sur
Para saludar al trópico,
Donde la tierra firme
Embiste la Corriente del Golfo
Y desnuda sus arenas sin pudor
En playas transparentes,
Allá donde amanecen aguas subterráneas
Charlando un río de yerbas
Que pasea manso al Sur,
Donde una muchedumbre de alas
Regatea en todas direcciones
Y deja los aires agotados.
Allá, donde cocodrilos y caimanes
Encontraron su refugio de la nieve
Y asoman sólo el taimado ojo de reptil,
Donde el pálido Norte
Viene a pintarse de sol
Y vislumbrar el encanto de las Antillas,
Ese arco de tierra intermitente
Que se asoma en islas sucesivas
Como un retozo de delfines
Que delimita las aguas del Caribe.
Allí, al final de esa aventura
La vida engendró a Miami.

Urbe de heráldica reciente
Que custodia la mansedumbre de su río
Y consintió ser venada de canales
Que profanan su intimidad.
Miami es mosaico de agua y tierra,
Tartamudez de península con islas,
Donde en un lugar del tiempo,
Y sin presunción de poderes,
Acampó el género humano
Para componer una epopeya.

Llegaron hombres y mujeres
Tapizados en la piel
De todas las razas,
Con la explicación del mundo
Cifrada en su lengua nativa
Y versión distinta de las artes.
Llegaron como Ponce de León
En busca de tesoros inocentes
Que no despiertan la codicia
Y aproximan la vida del hombre
A su proyecto original.

Primero llegaron cazadores,
Luego conquistadores y frailes,
Fugitivos, traficantes, aventureros,
Empresarios con visión
Y especuladores sin otro oficio.
Llegaban en cabotaje
O sobre los rieles del tren
En caravanas por mar
O navegando los cielos.
Convergían los retirados del Norte
Los esperanzados del Sur
Y los emigrados del Este.
Así tejieron una ciudad a cuadros,
Tímida al principio,
Con diversidad de iniciativas,
Luego discreta y diligente
Para destilar el perfume humano
Que habita de rumores una ciudad,
Con canto coral o zumbido colmenero.
Y más reciente,
Como erupción de volcán
Que despereza sus derechos
Y reclama las alturas.

Y pronto llegaron turistas
A curiosear la Babilonia de las aguas,
Que recibía con guardias de honor
De palmas alineadas en sus calles.
Ciudad que derrocha su simpatía
Por arterias hipertensas de tráfico
Que se elevan zancudas sobre la ciudad,
Y luego pisan con cuidado en el down town.
Ciudad que presta cielos azules
Para las flechas bruñidas
De enormes majestades.
Vienen al lujoso y elegante desfile
De acreditadas pasarelas del diseño
En Brickell, Collins y Biscayne,
A marinas llenas de gaviotas gigantes
Posadas en el contoneo de las aguas,
A ver rascacielos vestidos de cristal
Que narcisan al borde de las aguas.
Vienen a disfrutar las playas infinitas
Que el proceloso océano consiente
Y viste con tules delicados,
O al menudeo de piscinas
Repartidas con largueza por doquier.
Quizás a echar un vistazo
A ciclópeas naves atracadas
Que dominan los periplos del Caribe.
Vienen a convivir con aves marinas
Que conservan residencia en la ciudad,
A avecinarse el respetable bosque
Que tiene derechos de antigüedad
Para presidir los flancos de las calles
Y verdear jardines y céspedes.
Vienen para espiar los neones
Que repintan sus graffitis cada noche,
Y anuncian los sitios de placer.
A volar la noche sobre jardines de luces
Que revelan las coreografías urbanas,
O tal vez, porque al evento formal
Se acude en atuendo deportivo.
Vienen sin temer la impertinencia
De huracanes pendencieros
Que perturben la ciudad,
Y siempre fracasan la pelea.
Así, cercano o distante
Su turismo llega de todas latitudes
Para picotear en el encanto de Miami
Y llevarse el recuerdo de su fábula.

Pero Miami no puede resumirse
Porque es ciudad de plural identidad,
De fuerte diálogo entre sol y sombra,
Donde la amanecida de cada día
No es la misteriosa ciudad de la víspera.
Donde se barajan los idiomas espontáneos
Y se entienden sin doctas traducciones.

Pero Miami no es sólo la frívola ciudad
Del sunshine y el Orange Bowl,
La plebeya del tan y Miami Beach,
No es Cenicienta que despertó princesa.
Ni es la inconsciente y sensual
Que se ajena el dolor y las tragedias.
Miami recibe y cobija
a los que la maldad secuestró en África
Y ahora reclaman dignidad.
A los rechazados de las naciones
Que sostienen y veneran una tierra prometida.
A los refugiados que escapan
De las tormentas del Sur.
Basta que sean peregrinos
Para que ella reciba solidaria
Y les haga sitio a su abundancia.
No importa el amor de otra bandera
O desterrados que tengan prohibido
El más tierno lugar de sus amores.
Tampoco importa un deber pendiente
Que exija el adiós en un futuro.
Siempre ciudad fraternal
Que invita a mezclarse en su cocktail
Y entrega confiada su llave
Para que se pueda abrir la nueva vida.

Por todo, Miami es ciudad
De inexplicable magnetismo
Que recibe con naturalidad
Las más dispares afluencias.
Los everglades, el sol, los vientos,
Aves viajeras, corrientes marinas,
Barcos atestados de carga,
Aviones recién volados del diseño.
Y los humanos llegando en hornadas
De viajeros que siguen y turistas que llegan,
Negociantes con olfato
Que saben donde se multiplica la riqueza,
Los que despiden su vida del trajín
Y vienen a colgar hamacas en las palmas.
Lugar de convergencia indiscutida
Que lanza al vuelo sus talentos ciudadanos
En la puja mundial por las estrellas.
Y así, bajo la sonrisa invisible de Dios,
En Miami se realiza el futuro
De la humanidad reunida en armonía.


© Copyright, 2005
by Salvador E. Subirá

EL ELECTRÓN

El electrón dobló por Broadway con la naturalidad que da el recorrer cobres todos los días. Sencillamente, otra diligencia por las entrañas de piedra en la ciudad que no respeta los millones. Su mundo era aquel dédalo de posibilidades que lo enredaba en un complejo nudo irrenunciable. No había otra alternativa que permanecer en New York, y seguir siendo un dócil electrón para servir la voracidad de riqueza que se profesaba en nombre del progreso. Por ello era importante que mantuviera sus capacidades de electrón y siguiera respondiendo a la ecuación de servicio que se le había contratado, así de fácil. Pero no lo era tanto. Precisamente ahora estaba buscando quien lo contratara para una nueva digestión económica de la que luego volvería a ser un residuo desechable.

Al llegar a la altura de la calle 42 descendió los escalones del subterráneo por instinto, mientras su inconsciente indagaba sobre la cercanía del metro. Siempre con la cartera apretada bajo el brazo, como pasaporte del que pisa tierra extraña. Con resumée visado en todas las corporaciones anteriores. Allí se definía la verdadera historia de sus capacidades, y las difíciles misiones cumplidas con éxito en las entrañas de complejas computadoras. Religiosamente escrito y ordenado con impresora de laser, que era el tuxedo para demostrar un poco de clase. Y todos estos preparativos eran sólo para situarse al final de una cola de aspirantes a ser aceptados en la Gran Carpa como experto malabarista de la Bolsa. Cada palabra del texto había sido estudiada y pulida como una experta puntada suya en la inmensa telaraña que lo sostenía todo, en la que se balanceaba la vida, y sin la cual se desfondaría la esperanza. Era una cartera muy personal, pero también demasiado ajena. Personal, porque era su medio de conectarse a los circuitos vivos, y ajena, porque siempre estaba referida a beneficios ajenos.

Pero había otro film proyectándose simultáneamente en sus íntimos desvanes, y donde él era el protagonista. No al estilo ni con el glamour de Hollywood como esplendía en los carteles de cada nueva producción. El suyo siempre era un film inconcluso y en el que no se podía esperar un final feliz. Precisamente cuando pasaba al andén de espera por el torniquete, le estaba repasando una de las escenas más crudas. Aquella en que tocaba fondo con la trágica vivencia de que era un insignificante electrón con su drama anexo. Un simple y genérico electrón, que nunca sería nominado para un Oscar, y que siempre podía ser sustituido por cualquier extra. Asignado y sin derecho de afectarse a ningún átomo por alguna razón de preferencia. Electrón de masa despreciable y con indeclinable carga negativa que lo consagraba como un perfecto cero a la izquierda. Siempre sumiso, cumpliendo flujos designados, y orbitando algún núcleo poseído de importancias.

Las mismas pugnas económicas, o guerras del poder, se empeñaban de núcleo a núcleo con saña de protones o neutrones, y naufragado el más débil, poco importaban las balsas de electrones a su suerte. Aquello hasta parecía determinado por la propia estructura del universo. Pero ¿acaso la ciencia no podría hacer nuevos descubrimientos que redimieran la condición subsidiaria del electrón?. En todo aquel largo andén no había, seguramente, uno sólo que pudiera responder esa pregunta. Y si no tenía respuesta, no hacía sentido la insensatez de estarla rumiando. Pero, precisamente, en ese instante de desconsuelo es que se le rebelaba la fiera que necesitaba defender su esperanza con dentelladas y zarpazos. Y una vez más, forzaba la conclusión de que efectivamente, llegaría el tiempo en que se pronunciaría la dignidad del electrón con una justa proclamación de sus derechos.

Razonar así era subversión en las mismas entrañas de aquella urbe tan parcelada de intereses. Pero se podía verbalizar sin peligro, porque el mensaje sería automáticamente rechazado por la estúpida lógica con que, precisamente, se había domesticado a todos los demás electrones.

El ruido del metro atronó hasta cesar. Absorbió adentro la muchedumbre del andén, y partió con las mismas prisas intestinales de siempre. Dentro, el electrón constató una vez más la presencia de su cartera en medio del tumulto, y recuperada la certeza, volvió a abstraerse de las imágenes que lo circundaban. Nuevamente descendió la espiral de sus recuerdos hasta sentir el perpetuo sabor amargo que le dejaban los días. Él, que se sentía tan lleno de capacidades, pero reprimidas y que nunca podían expresarse. Sólo se le aceptaba por sus capacidades de engranarse al sistema general. Para el resto de su persona, que sabía era lo más importante, no había consideraciones. Y volvía a vivenciar como se estaba malgastando en la perpetua peregrinación de neones en las noches, o incandesciendo filamentos para generar luz, o atravesando selvas magnéticas para comunicar imágenes y mensajes.

Un bache de los recuerdos le hizo deducir la velocidad a que se desplazaba por aquel túnel, y repensó la vieja idea de sentirse servido por tuberías hasta los exactos lugares que le destinaban. Era siempre una aventura en el laberinto de Minos, pero a la moderna, porque el Minotauro no acechaba dentro, sino que esperaba afuera.

En este punto el metro se estremeció ligeramente por una bifurcación de la vía, y reclamó de nuevo la atención del electrón para recordarle que ahora viajaba por el cobre de la izquierda. Salir al Minotauro, era entrar a cualquier calle neoyorquina para ser digerido. Hacerlo tenía toda la magia de ser tragado por un dragón chino de entrañas fantásticas que alucinaba con todas las sorpresas y el encanto de un paraíso increíble con todas las manzanas de la inocencia y el pecado. Pero donde pronto se perdía el control alado de los pasos propios porque se sentía una extraña sobadura que reclamaba, succionaba y aceleraba dentro del verdadero ciclotrón que era cada calle neoyorquina. Sobre la pista de asfalto se apretujaban los campos magnéticos de la competencia, el consumo y el crédito, como anillos eficientes de una anaconda gigante que constreñía e inducía a la velocidad crítica para incrustar electrones en alguna empresa. Así es que se enriquecía la plantilla de las corporaciones para servir las altas finanzas y el desarrollo tecnológico de vanguardia.

El hábito lo alertó en la parada de Pennsylvania Station. Salió en el tumulto al andén con su cartera comprobada bajo el brazo. Maquinalmente se dirigió a la salida. Y sumiso, al menos por aquel día, comenzó a subir los escalones. Ya en la cara sentía el voraz aliento de la calle.

En celebración de los 400 años de la publicación de las aventuras de

"El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha"

LA ISLA FÉNIX

Una salida inédita de Don Alonso Quijano.

Ya el mar había terminado

El hermoso mapa de América,

Concediéndole vastos territorios

Y paisajes de majestad,

Mas quiso añadirle corazón

Para blanco de la flecha

Con que Europa se enamoraría de América.

Así le escogió sitio de prestigio

Digno y apto para diana

De una proeza universal.

La hizo tierra ceñida de mar

Y separada de la tierra firme

Para colmarla con playas

De azules trasparencias.

Entonces Dios quiso, y la bendijo

Con atributos tropicales,

Le dio dote de sol

Soplos de aire ligero y musical.

Y le regaló palmas

Como cordiales doncellas

Para protocolo en los recibimientos.

Y la consagró isla fénix

Para que renaciera de los huracanes

Los del viento, y de los hombres,

Sin importar las temporadas marchitas

Con espejismos del nunca,

Porque siempre le retoñaría el palmar

Para seguir siendo un oasis del Caribe.

Entonces vinieron flamencos

A teñirle de rosa los bajíos,

Las garzas a su picoteo de insectos

Por tierras anegadas,

Y los corales a extenderle

Su primoroso jardín bajo las ondas.

Fue antes que las cotorras

Aprendieran a hablar el castellano,

Cuando el trino del sinsonte aún era original

Y sin rezagos de una música humana,

Todavía los prados ignoraban los belfos,

Y los delfines patrullaban con regatas

Que cosían los aires con el mar.

Así la novia estuvo aderezada

Para su boda con la Historia

Y sólo esperaba a sus galanes.

Con palabras de prestigio

Se inició la epopeya de la ínsula:

Desde un lugar de la Mancha,

Cuyo nombre no es dable recordar,

Un hidalgo caballero,

De triste figura y seso delirante,

Decidió salir a la aventura

En busca de eterno nombre

Que le trajera su honor y fama.

Por las tierras de la Mancha

Triste cabalga el caballero

Deshonrado en soledad

Porque su ingrato escudero

Le desertó a Barataria.

Y fue la infortunada ocasión

Para un nuevo encantamiento

Con que el malvado Frestón

Afligiera su andante devoción.

Absorto de pensamiento

Y con ojos de asombro vio

A sus tierras de la Mancha

Convertirse en mar océana

Y al sufrido Rocinante

Transformarse en un bajel.

También avistó dos naves

Que una flota completaban,

Y ya se adivinó en la derrota

De descubrir Occidente.

Tres naves armó Colón

Con la venia de la Reina

Para mercar las especies

Por la ruta del poniente,

Y junto a la burla del turco

Resolver la gran cuestión

Sobre la redondez de la Tierra

O sumirse en el abismo

Por la cascada final.

"Un hechizo nunca logra

rendir mis armas al mal,

ni obligarme a una contienda

Que pugne por el poder.

Lance de conquista ¡no!

Que mata, viola y rapiña,

Y avergüenza mis blasones.

Que tienten los malandrines

Envidiando mis hazañas,

Y verán que en la mañana

Cabalgaré con la aurora

A devolverle la esperanza al hombre

Y lograrle la justicia al mundo"

Adelantado de Su Majestad

En latitudes extraviadas

Por el Camino de Santiago.

Le prometieron Virreinatos,

Almirantazgo y riquezas

Mas nada de tanto valor

Como discernir la quimera.

Venció al incrédulo, al miedo,

Y para confirmar su destino

Se fue a violar horizontes

Por las fortunas del viento.

Navegó el rumbo de los perfumes

Remontando estelas de música

Que conducían a los pies de Circe

Y a sus artes seductoras.

Por el horizonte de siempre

Asomaron tres carabelas

Con velamen de cruzados

Que hinchaba el favor del viento.

La Santa María al frente,

Capitana y marinera,

Con caballero en su proa

Explorando nuevas tierras.

En la soledad del mar

Se malograban los días

Diluviando las angustias

Y pensando en sediciones.

Sólo sargazos y sol

Componían un paisaje

Donde la ambición navegaba

En busca de los honores.

Cuando unas alas agotadas

Del palomar de Noé

Volaron al palo mayor

E iniciaron con arrullos

Su relato de otras tierras.

Y se desvaneció la contienda

Con una fiesta de risas

Al dulce grito de ¡TIERRA!.

Tan pronto desembarcó

Cesó el encantamiento,

Y quedó como Cortés

Confinado al Nuevo Mundo.

Extraño fue que la isla

No distinguiera al caballero

Con su debido toque de trompetas,

Mas le sorprendió con honores

De altivas palmas gigantes,

Con más gracia y realeza

Que granaderos de Buckingham.

Y entonces disfrutó la primicia

De que ni el Amadís de Gaula,

Ni tampoco Galaor,

Y sólo quizás Palmarito,

Tuvieran hazañas en tal ínsula.

El osado navegante

Creyó llegar a Catay,

O quizás Cipango fuera,

Sin confirmar que el lugar

Difería del propuesto

Y reservaba la sorpresa

De ser un gran continente.

Mas el avezado marino

Ebrio de un sueño cumplido

Ya calculaba mediciones

Por la cintura del mundo.

 

En la nueva andadura del Quijote

No aparecían los torneos del honor

Que abundaban en su árida Castilla,

Y era para regocijo del maltrecho Rocinante

Que estornudaba el polen de América

Mientras zambullía el belfo en prados nuevos.

Pero pronto sus ojos de caballero andante

Le permitieron descubrir que aquella

Era tierra de encantamientos,

Pues que otra cosa pudiera ser

Que hubiera pájaros que hablaban,

O mariposas que se convirtieran

En flores de exquisito perfume,

O que pequeñas palmas

Gesticularan en el viento

Con las manos abiertas y expresivas

De las bailarinas orientales.

También había árboles de muchas manos

En lugar de las hojas conocidas.

Y qué del mínimo zunzún

Que se detenía en los aires

Para burlar los reclamos de la tierra.

O ¿qué más prueba

Que el invisible viento

Se arremolinara solo

Para atacar con furia y aullidos de lobo?.

O sus habitantes que parecían condenados

Ardidos por fuegos interiores

Que expelían en densas humaredas.

Pero sobre todo,

Y porque era testimonio

De otro ilustre caballero, supo

Que los numerosos palmares de la isla

Sólo eran doncellas encantadas

Que esperaban el regreso de sus prometidos.

Y de sólo imaginar tal perfidia

Lloró porque su inefable Dulcinea

No pudiera estar también

Prisionera en ese hechizo.

Aquel descubierto Catay

De naturales pacíficos

Y desnudez inocente,

¿Sería acaso la tierra del Génesis?

Y tanto trinar, ¿arpas de ángel?,

Y aquel diluvio de verdes

Que prodigaba frutos y flores,

¿Albergaría aún el manzano del pecado?.

Pero comprendía que era mundo ajeno

Por su propia y aceptada descendencia

De los expulsados del Edén.

Y porque también, además,

Tenía Señor en España

Muy impaciente del regreso.

También conoció

Que por esta parte del mundo

Había otra orden de caballería

Que actuaba sin fronteras,

Y se dió con fruición

A la lectura de sus crónicas.

Allí supo de selvas infinitas y tupidas

Como no conociera Bernardo del Carpio,

De cordilleras que habían crecido

Para fundar ciudades en el cielo,

De ríos que con sus aguas

Habían llenado todos los mares,

Y que se habían fundado países

Donde todos los ciudadanos eran reyes.

Fueron guerras de a caballo,

Renunciándolo todo

Con estilo bayamés.

Desunciendo las bestias del arado

Para cabalgarla en pelo

Y escaparse a inventar la manigua.

Tocaron el clarín de la última centuria

Para descolonizar al mundo.

Lo hicieron solos, ignorados,

La familia bajo acecho y nómada

Y desolados tiempos de tregua.

Pero siempre rumiando

Una mascada de libertad

Y sin apagar nunca el fuego.

Fue guerra con medalla de oro

Sin barrida de fronteras

Que regalaran la libertad.

La suya, fue de gallos en el ruedo

Con ajena gritería de intereses

Que no respetaron sangre ni dolor,

Pero logró la victoria.

"Sean malandrines o gigantes,

Mis luchas son siempre santas

Combatiendo por derechos

Con el valor de un David

Que reta y vence a Goliath,

Porque mi condición no permite

Torcer la senda valiente

Ni disfraces de cobarde"

Tres gigantes te emboscaron

El curso de tu epopeya

Para derrotar la bandera

De tu estrella solitaria

*

El de la sangre egoísta

Desdiciendo lo filial

En contienda sin cuartel.

Y venció tu libertad

*

El de la engreída riqueza

Vanidosa del poder

Que desoye y manipula.

Y le ganaste el respeto.

*

El del canto de sirenas

Que odia la libertad

Porque desnuda su mentira.

Y confirmó tu verdad.

*

Todos tres, gigantes abatidos,

Tiene tu escudo de armas

Para prestigiar tu espada

En los retos del futuro.

Contemplando una aurora

El bienaventurado caballero

Poseyó una luz y comprendió

Que así como el sol

Pastorea las sombras cada día

Para dejar al mundo iluminado,

Así los caballeros andantes

Deben recorrer las aldeas y las villas

Para asegurarse de un mundo mejor.

Había llegado el gran día

Por el cual se había luchado.

El tiempo de regresar a la paz,

A las cosas naturales y sencillas,

El hombre a la mujer, el padre al hijo,

La bestia al pasto y la labranza.

Y aquella mañana fue primavera

Porque el viejo tronco del Morro

Floreció una bandera.

TIEMPO DEPARA VIAJAR

…"hay un tiempo depara permanecer en la Tierra,

y un tiempo de para viajar las estrellas"…

der.: Eclesiastés

[FRAGMENTOS EN LA MEMORIA DE UN ASTRONAUTA]

Poco a poco la conciencia despuntó, y como siempre, fue abriendo su lucidez hasta la plena capacidad. Tras el esfuerzo de las gravedades había cansancio y sudor, pero también euforia por haberse demostrado el valor deal aceptar tripular el primer viaje realmente interplanetario de la historia humana. No se trataba ya del la conocidao satélite Luna en el traspatio nuestro, sino de despegarse de la tutela de la Tierra y evadir el reclamo de la Luna, para seguir viaje enpara buscar de ser atraído por otro mundo una atracción ajena hacia un mundo distante y complejo,. Todo mediantepor un trayectocamino establecido por cálculos, pero no evidente para los sentidos, y a través de un espacio inmensurable encon soledad absoluta y cruel. Marte era vecino inmemorial, pero también un gran desconocido, y en esta aventura, resultaba la diana buscada con nuestro viaje. También le llegó el sentimiento gratificante de saberse parte del equipo científico de vanguardia para la exploración del espacio sideral. Un grupo de colegas de los que dependería su vida y su misión, y en el que sabía que podía confiar. Y cumplidas las primicias del orgullo y la seguridad, pudo ocuparse del compañero de misión que yacía a su lado, y que también debía estar absorto con sus reflexiones. Y atento, le oyó mascullar:-… tus cuentos no eran fantasías... con lo que ya se adivinaba el registro emocional con que se adentraba en la aventura.

No era casual que hicieran equipo. Para medio año de convivencia en el reducido espacio de una nave espacial, y con tensiones fuertes, había que escoger dos científicos competentes, sin rivalidades, cooperativos, analíticos, capaces de sobreponerse al pánico, con temperamentos afines, compatibilidad de carácter y astucia astucia para descubrir cuando su acompañante requería de un diálogo terapéutico. Además, y por supuesto, estaba la salud y el valor, porque el primer viaje interplanetario era para asustar a cualquiera. Nadie les consultó sobre el otro, y la pareja vino formada por los psicólogos del programa. El resto era entrenamientos, y finalmente el viaje que había comenzado.

Los avances tecnológicos continuaban creciendo en forma exponencial. Habían logrado aumentar la velocidad de crucero de las naves espaciales, con lo que se reducía el tiempo de viaje, y se extendía el que se podía dedicar a la exploración de otros mundos, y todo dentro del un tiempo razonable para la duración de la vida humana. Y era de notarsecurioso que aquel primer viaje interplanetario también se podía considerar inscrito en la vieja tradiciónel de género humano iniciase su peregrinarción estelar siguiendo el ancestral "cCamino de Santiago" ., Pero ahora, no como un rumbo en los cieloscaminos de Europa para visitar la tumba del Apóstol en Santiago de Compostela, sino viajando realmente en la Vía que siempre había sido la Vía Láctea del universo.

El primer destino se había decidido que fuera sería Marte, que desde siempre, había estado reclamándonos con sus guiños rojos, y sólo habían podido visitar nuestros robots sin discernimiento.

Con esea dirección rumbo viajábamos a velocidad que nuestros sentidos no podían verificar sin referencias. Recorriendo un espacio inmaterial, incomprensible e infinito que se decíamos vacío, y sintiendo los el retos que ello implicaba para nuestra razón. Y sSólo nos daba paz pensar que Dios debióía crearlohaberlo hecho así para dejarnos una imagen de su condición inmaterial e infinita.sí mismo. Mientras tanto,, seguía nuestro viaje presidido por un sol cegador y distante que iluminaba fuerte pero con sensación de noche. Y las estrellas, que en la noche terrícola rutilaban con picardía de joyas, ahora sólo aparecían como puntos luminosos Una noche misteriosa, imperturbable e intemporal, diríaíase eterna, que hoy era como siempre había sido, aunque nunca la hubiera vistosin que la viera el hombre, y que seguramente aún lolo seguiría siendo., dentro del tiempo humano. Pero, extraviados en lo insondable, también era sitio apropiado para encontrarnos a nosotros mismos, y comprender que, también nosotros somos un misterio.

Sólo confortaba mirar hacia atrás y ver a nuestro mundo alejarse en la distancia, y sentir el cordón umbilical de las comunicaciones garantizando el vínculo con la vida, y confirmándonos nuestra pertenencia a la Tierra. Era el momento de comprender todo el sentimiento que podía conllevar la palabra terrícola, y se me aguaron los ojos. También por extensión, vivenciábamos la ternura que representaban todas aquellas pizarras llenas de relojes, alarmas y luces. Y esta reconocida dependencia, ¿acaso no era también una imagen de unla providencia divina?

Más próximo, junto a él, otro irrepetible humano, su compañero de tripulación. Sería su primer apoyo en las dificultades, y beneficiario de su más encarecido cuidado. Ya durante el entrenamiento imaginó lo que ahora giraba en la ruleta de las posibilidades. Era a propósito de un hipotético error que los dejara peregrinos en el cosmos, sin comunicaciones, y con la sola esperanza de sobrevivir el tiempo de los abastecimientos. Frente a esa muerte a plazo fijo habría una terrible pregunta que hacerse: ¿quién se querría que muriera primero, él o yo?. Era un dilema que daba vértigo enfrentar, pero el sano raciocinio terminaba por preferir la muerte propia, para no conocer una soledad que tenía que ser aniquilante, y daría al traste con su cordura humana. Ésta no sólo era conclusión de un juicio inteligente, también era toda una declaración sobre el valor inestimable de una vida humana. Y era penoso tener que comprenderlo aquí, y como especulación de una situación extrema.

Siempre había creído que los poetas eran la vanguardia de los sueños humanos, que luego más tarde, un Leonardo, un Galileo o un Edison, hacían realidad. Pero ya no, ahora se habían cambiado los papeles. Se había demostrado que con números y símbolos también se escribían poemas, tal vez herméticos, pero donde una estropupila diferente había penetradopodía leer nuevas intimidades del tiempo y el espacio. Algo así como abrir una puerta al nuevos prodigios para que poetas menores los llenaran de expresión.pudieran fabular turismos por el tiempo.

Pero llegaba el punto del destete, que era despedirse de la gravedad terrestre y quedar de cuerpo libre en el cosmos. Entonces la Tierra nos controlaría y dirigiría hasta el camporeclamo gravitacional de Marte. AúnPero habría mucho espacio por recorrer aún, y también soledad para llenarla de pensamiento. Aquel desarraigo del planeta natal ahora nos permitía mirarlo con ojos nuevos, desasidos de rutinas y opiniones aprendidas, y también encendidos de humildad, porque había que agradecerle la providencia de todos los días de la historia humana. Juro que al mirarlo lo hacía con era mi mirada más limpia y más amorosa.

Precisamente también era amor, pero amor al conocimiento, lo quequien promovíaió que su nave saliera saliera a curiosear la inmensidad. Y si de amor se trataba, ¿no hacía sentido evocar la similitud de esta misión con el evento primigenio de la vida y su continuidad?, ya que por voluntad del hombre nos dirigíamos a fecundar otro planeta. Y hasta se repetía en nuestra tripulación, la condición binaria de la supuesta célula seminal.

Esta aventura también nos hermanaba con Colón, porque ambos habíamos ido al abordaje de lo desconocido. Sólo los separaba el tiempo de cinco vidas centenarias en sucesión , pero no hacían diferencia. Ambas eran empresas para añadir territorios, y que la dinastía humana avanzase en su regencia del universo. Uno y el otro actuaban en ejercicio arriesgado de la ciencia más avanzada de su tiempo, y ninguno obtendría más que el reconocimiento de la Historia. Y sobre la espalda de nuestros riesgos, ¿qué caza fortunas se haría con los beneficios resultantes de aquella empresarobaría también el tesoro?.

Sabíamos que no existía vida inteligente en Marte, lo decían los robots. Y por ello seríamos nuevos Adanes para iniciar los tiempos humanos de ese mundo. Pero Adanes ya pecadores. Mientras aquel mundo estaba hecho de verdad inocente, con nosotros le llegaría la maldad. Con nuestra presencia lo poblaríamos de ambiciones y mentira, porque estaba incluido en nuestra carne. Mas consolaba que también traeríamos nuestra herencia de redención, el posible ramillete de las virtudes, la belleza de las artes, y sobre todo, el amor.

Era lógico que estrenar un mundo produjera expectativas. Tanto para satisfacer nuestra vulgar y miserable vanidad, como para agobiarnos de obligaciones. Sería como ser padre de un mundo, y una paternidad implicaba siempre el sentirse responsable desde los primeros gestos de lo engendrado. Pero dada nuestra torcida condición, ¿nos apropiaríamos con avaricia de las extensas llanuras y los valles vírgenes?, ¿continuaríamos dirimiendo nuestros regresaríamos a dirimir los conflictos por la fuerza?, o ¿seríamos colonos que respetarían el habitat y no derrocharían los recursos?. ¿Importaríamos las contrahechas leyes de la Tierra o regresaríamos a la sabiduría del simple Decálogo que recibió Moisés?.

Para entonces la esfera de Marte ya era grande en nuestras pantallas. No aparecía azul como la Tierra, sino rojizo como en sus guiños ancestrales. ¿Por qué se había asociado a Marte con la guerra?, ¿por qué lo imaginaron poblado de hostiles a la Tierra?. Esos espectros ¿serían fantasmas de nuestra propia maldad, y que por vergüenza transferimos al mundo distante?. Los famosos canales se evidenciaban con mayor nitidez y se definían alturas asociadas en cordilleras. No cabía duda que aquel viejo planeta era un espléndido regalo para el género humano, una verdadera página en blanco para otro capítulo de sus crónicas, ¿estaríamos los humanos a la altura de escribirla con dignidad?.

Poco a poco nuestra nave se fue acercando mientras tomaba posición para una entrada tangencial a la atmósfera marciana. Para ello no se confiaba tampoco en nuestros sentidos, sino en la frialdad de juicio de los medios tecnológicos. En cualquier momento íbamos a ser atraídos por una gravedad creciente incapaz de ser domada por ningún jinete, y nuestro mejor papel sería el dejar hacer lo que una inteligencia colectiva había programado. Pronto nuestra fragilidad humana fue arrebatada por un vértigo de montaña rusa interminablefinita y extenuante para zambullirnos ¡al fin! en el misterio de Marte.

Tras el amartizaje recibimos de inmediato el homenaje de la Tierra con una bulliciosa algarabía de colegas en la sala de control del Centro Espacial. Entonces se nos anudó la garganta y aguaron los ojos de sentir la simpatía y apoyo de toda nuestra raza humana a través de las distancias astronómicas.

Una mirada por la gruesa ventana de cuarzo no mostraba imágenes diferentes a las trasmitidas por nuestros robots. Pero habíamos venido para explorar y era el tiempo de comenzar. Para ello nuestra tarea estaba programada. Primero dentro de la nave, y luego ya saldríamos a imprimir las primeras huellas humanas que se hacían más allá de la Luna. Teníamos que confirmar la atmósfera, la gravedad, el magnetismo, la posible radiación, llevar información sobre el clima y la temperatura, y todos los parámetros físicos y químicos para evaluar la habitabilidad de este cuarto planeta en el alejamiento desde el Sol. Todo dato debía ser registrado y enviado de inmediato al Centro, porque siempre acechaban errores que invalidaban los esfuerzos.

Lo programado se fue cumpliendo con rigor, meticulosidad y premura para mantenerse en el programa de tiempo que garantizaba un retornogreso al paraíso deseado de la Tierra. Entonces llegó el momento de materializar un paseo peatonal por la superficie recién alcanzada con el fin de escuchar una opinión de los sentidos humanos y recolectar muestras minerales de interés. Claro que lo tendríamos que hacer dentro de la protección de un traje presurizado, y es claro que esa salida les creaba a ambos tripulantes un alborozo qucasi infantil. Y ocurrió con suma sencillez, pues su únicacon la única solemnidad fue del silencio. Y ya sobre suelo firme, girando en derredor para embriagarse de aquel paisaje virgen que por primera vez era peinado por la curiosidad del ojo humano.

Poco a poco iba ocurriendo lo esperado con pocos imprevistos. Arenas y rocas, pero también nuevas y raras cristalizaciones que debían ser objeto de exhaustiva investigación. Nada que revelase seres vivientes, pero…algo atrajo la mirada fija,...como un hormigueo de camuflaje contra el color del suelo, y bien cerca de los exploradores,…que cesaba, pero parecía repetirse de nuevo,…no cabía duda ¡eppur si muove!, que hubiera dicho Galileo, …y definitivamente lo era, ¡era movimiento!, y… ¡estaabaaAAA VIVO!!. No había viento y algo inesperado y pequeño se agitaba. Instintivamente nos acercamos lentamente y no huyó, porque obviamente no conocía el miedo. Por su morfología se parecía a las aves terrestres porque tenía remos, pero no plumas. Su piel tenía cualidades miméticas, pero ¿en prevención de qué predador?, nos avergonzábamos de pensar que pudiera ser el homo sapiens. No parecía tener sentidos al estilo conocido por la fauna terrestre, pero sí tenía puntos notables en lugares del cuerpo que seguramente tendrían funciones específicas. ¡He aquí que estábamos ante una noticia de capital importancia para la ciencia!, ¡¡se había comprobado que en Marte había vida animal!!. Sus características tendrían que definirla los zoólogos, porque nuestra expedición no estaba preparada para esta sorpresa ni para este tipo de investigación. A todas luces el misterioso animal estaba solo y no había indicios de otros semejantes en las inmediaciones. El animal agitaba las supuestas alas pero no abandonaba la pequeña concavidad del terreno en que se encontraba, y debajo del mismo por su costado, se le podían ver unas pequeñas esferas mimetizadas también, lo que con nuestra lógica terrícola confirmaba la impresión primera de que tenía equivalencias con un "ave" terrestre.

Enseguida se nos agolparon en la mente todas las preguntas juntas, ¿sería una especie sexuada o hermafrodita?, orgánicamente ¿provendría también de la química del carbono?, o ¿de qué otro elemento?, ¿de qué se alimentaba en aquel aparente desierto?, ¿cómo había ocurrido su aparición en el planeta rojo?, ¿sería la única especie animal de aquel mundo?. Era lógico que hubiera otras "aves" semejantes aunque ya sabíamos que no formaban bandadas, ¿pero estarían mimetizadas también en el paisaje, y era por ello que no podíamos verlas?, así comprendimos como en las fotos instantáneas que los robots enviaban no se podía percibir el movimiento. Y ¿qué de la emisión de sonido?, porque sin duda que la atmósfera de Marte tenía la capacidad de trasmitirlo, pero nosotros no podíamos captarlo por nuestro traje presurizado.

Obviamente aquella sorpresa absorbía toda nuestra actividad mental, y sin embargo debíamos frenar nuestro entusiasmo y disciplinarnos para no incumplir conen el propósito científico que nos habían asignado. Pero aquello tenía que trasmitirse a la Tierra, y el Centro Espacial debía tomar las iniciativas. Y la noticia se trasmitió junto con una fotografía del hallazgo.

Claro que la noticia hizo titulares en toda la prensa mundial. Como un relámpago, la humanidad se apasionó con el descubrimiento. Sólo la ignoraron comunidades muy aisladas y sin acceso a medios de comunicación masiva. Oír la noticia era sonreír, y empezar a especular en el nivel intelectual de cada cual. ¡Animales en Marte!, esa sí que era noticia importante. Se reclamaban fotos, y la que se publicó no satisfacía toda la curiosidad, porque el "ave" no se percibía con la claridad que hubieran deseado.

Todas las instituciones se sintieron llamadas a ejercer su responsabilidad. Pero algunas, sabiendo que la primera estancia en Marte iba a ser por un tiempo breve, se apresuraron a hacer declaraciones de inmediato para influir en las decisiones que debían ser tomadas con premura.

Los ecologistas, acorde con su defensa del medio ambiente, se apuraron en declarar que en ningún momento debía considerarse la captura y traslado del "ave" para investigaciones en la Tierra. Lo que la naturaleza de aquel planeta nos ofrecía no debía ser removido de su habitat ni malbaratado irresponsablemente, y ¿qué si fuera uno de los pocos ejemplares y estuviéramos contribuyendo a su extinción?.

Pero algunos zoológicos pensaban lo contrario y apuraron su compromiso de crearle un habitat y mantenerlo, si es que se decidía que el "ave" fuera traída a la Tierra.

El Centro de Control de las Enfermedades Infecciosas recordó como el intercambio de gérmenes entre Europa y América, cuando el descubrimiento de ésta última, había creado nuevas y mortíferas epidemias en ambos continentes. Por ello alertó en contra de la posible introducción de los virus y bacterias que siempre albergan los seres vivos, que en este caso serían desconocidos, y podían ser portadores de una epidemia de grandes proporciones que barriera con la población de nuestro planeta.

Por su parte los científicos reconocían los beneficios de traer el "ave" a la Tierra para estudiar y descifrar toda su organización biológica, pero reconocían la imposibilidad de hacerlo sin una preparación previa para reproducirle su atmósfera habitual y sin conocer sus hábitos de alimentación. Pero sugerían que al menos se trajeran las "posturas" que en la fotografía asomaban por el costado del "ave".

La presión sobre el Centro Espacial era enorme. Además de todas las instituciones involucradas en el tema, había todo un diluvio de opiniones editorializadas por todo tipo de prensa. Y cuando ya era inaplazable la decisión, el Centro optó por la sugerencia de los científicos como la más apropiada.

En dos días se anunció que la nave espacial había iniciado el viaje de regreso a la Tierra y que era portadora de las debatidas "posturas". Mas esto no concluyó el debate, porque había muchas instituciones para las que el tiempo no había sido de precisión, sentían que su voz no podía faltar en el debate, y disponían de los seis meses que duraría el regreso.

Las asociaciones feministas reconocían el valor del conocimiento científico, pero expresaban que la solicitud de remover las posturas obedecía a una intención machista de poseer y manipular todo lo que existía en el universo, y que al "ave" se le debía respetar la existencia y sus instintos de vida. Inclusive las activas defensoras del "pro choice" aprovechaban la ocasión para suscitar buena voluntad en la opinión pública en contra de las campañas que llamaban "de los fundamentalistas", aclarando que su "pro choice" sólo defendía el derecho de la mujer a escoger, y que si el "ave" había escogido, aunque fuera sin libre albedrío, el seguimiento de su instinto, esto se le debía respetar.

Los religiosos tuvieron que incluir el tema en sus homilías, y predicaban el agradecimiento que debíamos a Dios por habernos llenado el universo de maravillas y prodigios. Añadían que este descubrimiento era una bendición que Dios daba a nuestro coraje y obediencia por seguir su mandato de poseer todo el universo.

La Comisión de Presupuesto del Congreso tomó nota de que el descubrimiento requeriría una nueva asignación de fondos en el presupuesto del año siguiente, porque iba a ser imposible negarle la aprobación.

Pero nadie más entusiasmado que los comerciantes. Enseguida se imprimieron affiches del "ave", aunque con algunos hábiles retoques para no defraudar la demanda de una imagen nítida. Se produjeron millones de T-shirts reproduciendo la única imagen que se tenía del "ave". Y pronto aparecieron en el mercado diferentes modelos de muñecos de trapo para juegos de los niños representando al "ave", y bajo la denominación comercial de Marty.

La Academia de Ciencias Naturales inició sesiones sobre la novedad aparecida, porque no había duda de que la ciencia se enfrentaba a un descubrimiento de capital importancia, y que sus miembros eran los llamados a dirigir todo el trabajo científico. Si había vida en Marte no había que suponerle las mismas características que en la Tierra. Primero habría que tener una visión global de los seres vivos en el planeta rojo, y estudiar cada especie, para poder clasificar su fauna y decidir una nomenclatura adecuada. Hasta el momento las referencias eran mínimas, y tomaría muchos años el poder ampliarlas. También era claro que debían estar pendientes de toda nueva información que se pudiera derivar del análisis de las "posturas". No obstante, provisionalmente, para identificar al "ave" en sus sesiones y actas, y aunque se había testimoniado que no tenía plumas, se acordó referirla por su similitud con un ave terrestre de los caprimulgiformes, que aunque tenía plumaje, también lo tenía mimetizado y anidaba sobre la tierra, la Chordeilis minor, pero añadiéndole martensis para identificar su procedencia.

Por su parte, el regreso hacía progresos en el espacio interestelar. Duraría igual, seis meses pero a la inversa, custodiando el tesoro de las tres posturas congeladas. Sus portadores se confesaban profanos en el tema, pero opinaban que no se les podría "empollar". Y también se ufanaban de descubridores y de aportarle a su planeta un verdadero tesoro del que se podría obtener mucha información.

El viaje de vuelta no tenía la expectación de la ida, aunque sí el mismo peligro. Sin embargo tenía la agradable perspectiva de volver a casa para encontrarse con el mundo al que se pertenecía, a poder moverse en la comodidad de la costumbre, y sin la omnipresente precaución de todas las cosas.

La agenda del viaje de retorno se había planeado que estuviera llena de comprobaciones astronómicas que hacer, y que llegaban a ser tediosas. Afortunadamente también existían las comunicaciones periódicas con el Centro Espacial, que era evidente, estaban dirigidas a hacernos sentir la compañía humana, pero también nos ambientaban con los aconteceres del planeta. Mas de todas formas, aquel tiempo indiviso, sin ritmo de días y noches, se hacía oneroso y torturante.

Ahora que se había visto otra posibilidad de planeta, nada sería igual. ¡Por qué aquella enorme perla azul estaba extraviada en el misterioso espacio!. ¡Qué hermosa era la Tierra!, ¡qué privilegiado ser terrícola!. Un planeta que recibía la luz omnipotente del sol y la transformaba en magia de colores. Donde el regalo diluvial del agua se escondía y asomaba para darle amenidad al paisaje. Una flora hermosa, acogedora, multiforme, pródiga de flores y frutos. Fauna que vuela, trepa, galopa, nada, salta o repta, con un lujo de pieles deslumbrantes. Aire para la voz y la música. Un majestuoso cielo azul que corona el esplendor del día. Y misterios para estimular la inteligencia. ¿De qué paraíso fue que expulsaron al hombre?. No cabía duda que nacer en la Tierra fue premio por méritos desconocidos, y sin duda alguna, expresión de mucho amor.

Y a medida que se acercaban al globo azul, la impaciencia trasmutaba al científico en hombre común, a quien se le despertaba la necesidad de afectos, la esperanza de recibir un reconocimiento por su valor, y un orgullo desordenado por saberse pionero.

Cuando llegaron a percibirse los continentes estampados entre los jirones de nubes, todo fue rutinario porque ya lo habían hecho otras veces. La entrada en el ángulo exacto para capear la resistencia de la atmósfera, la pérdida de contacto con el Centro, la vibración vertiginosa hasta la inconsciencia, con el dulce despertar para pilotar un aterrizaje perfecto, y la estruendosa ovación de los compañeros del Centro..

Sabían que el planeta los estaba esperando con emoción para aplaudirles la hazaña y saciar su curiosidad con preguntas. Por su llegada del histórico viaje, y a pesar del tiempo transcurrido, el "ave" descubierta volvió a los titulares de la prensa. Mas por suerte el Centro estaba acostumbrado a estas cuestiones y todo estaríalo tendría planificado. Sólo tendrían que obedecer los procedimientos. No tendrían ni que preocuparse del desembarco de las "posturas" que ya tendrían un destino decidido. Además muy pronto sería el contacto con la familia, que habría sido avisada previamente, y finalmente el escrutinio con la prensa y sus insospechadas preguntas.

Así llegó el momento de rodar nuevamente por los caminos de la Tierra para llegar al ámbito privado de su felicidad. La ciudad bullía de actividad con todos sus quehaceres diarios, pero también comentando el tema del día. Pudo ver una valla comercial gigantesca colocada en una intersección importante, donde se leía la palabra "bienvenidos" con el rostro de ambos tripulantes en el extremo izquierdo, y en el otro extremo aparecía la foto del "ave" con una frase debajo que decía "Marty, los terrícolas cuidaremos tus crías", y en una esquina el logotipo comercial que pagaba el anuncio. También le dijeron que estaba anunciada una concentración de mujeres frente a las dependencias judiciales que estarían en su camino, y le preguntaron si quería desviarse para evitar las demoras. Pero se negó, aclarando que después de casi un año en la soledad del espacio, quería volver a ver gente y llenarse los ojos con las mejores imágenes de su ciudad. Cuando se acercó vió una muchedumbre femenina y pudo leer algunas pancartas anunciando el propósito de la manifestación, y también voces enérgicas que atronaban por los altavoces. Era una manifestación del "pro choice", en reclamo del derecho de la mujer para poder decidir sobre la vida o el aborto de un embarazo no deseado. Entonces el cansado astronauta meneó la cabeza con una tristepequeña sonrisa, y en voz baja se dijo a sí mismo,…"es bien curiosa la condición humana". Pero no se sintió con derecho a desencantarse de la especie que había conquistado a Marte, y siguió rumbo a casa.

EL FANTASMA

Violeta no era sólo un color. Ni siquiera una luz aséptica cernida del ultra. También era un pueblo fantasma que un día partió para siempre, y sólo queda cada vez más ambiguo, en unas cuantas nebulosas personales. Pero Violeta justificaba su condición inmarcesible porque allí, las mismas y acostumbradas cosas de todos los días, siempre eran capaces de trascender en nuevas ilusiones.

Durante mucho tiempo Violeta tuvo misterios por resolver y que desafiaban la sana comprensión. Sólo, cuando la ciencia estableció con certeza la deriva de los continentes, es que esos misterios pudieron hacer su entrada al reconocimiento lógico. Y si Varadero había viajado desde los Mares del Sur hasta el Caribe, ¿qué no podría haber ocurrido con Violeta?.

Si Angkor y Violeta fueron una misma cosa, es algo difícil de establecer, porque en la memoria del pueblo, sólo se recordaban unos pocos elefantes de circos trashumantes. Pero si Bagdad y Violeta lo eran, tenía fuerte evidencia en detalles de Las Mil y Una Noche, porque no admitirían duplicado aquellos fragantes jardines ofrendosos de mariposas, con mullidos céspedes y palomas con miradas de joya. Pero además en nuestro fantasma se conservaban tres alminares funcionando como torres del central, y durante las zafras, un almuecín convocaba seis veces a los deberes del azúcar.

Mas el trabajo arqueológico se hacía arduo porque también se revelaban evidencias romanas en unos exuberantes arcos de triunfo florecidos sobre sus calles, para el supuesto regreso de legiones victoriosas por la Vía Apia. Aunque tampoco faltaban anuncios de intención profética que los designaban para la llegada de nuevos héroes desde el otro confín del tiempo. Y también dos enigmáticos enfriaderos que ponían una fuente romana y un estanque versallesco en los paisajes del pueblo.

Pero si Violeta tenía estos destellos, su amatista también sabía bromear de otros colores. Desde su corazón le rutilaba la esmeralda en demostración de todos los matices del verde. Tenía troncos mitológicos, desarraigados del tiempo, que charlaban la leyenda de sus hojas con un luengo navegar de eternidades. Las Majaguas Eliseas flanqueando la ruta de los mercaderes, para quién sabe qué comitivas partidas o esperadas desde aquel otro fantasma que sólo dejó el inefable nombre de Georgina. Los guardianes amazónicos que vigilaban el camino de las arcas millonarias con sus deliciosos ojos almendrados. O la caoba artrítica que podía hacer los cuentos de cuando los días empezaban con campanas. Y presidiendo la farmacopea, la fuente remedial del tamarindo, con su ascetismo de espinas, conjurando la salud de los aires desde un hipotético centro del pueblo. Pero los más cordiales de todos los verdes eran, sin duda, los que estallaban al tope de las palmas con que Violeta recibía o despedía por la entrada de honor del pueblo, y que era su estación de trenes. Por allí llegaban los dichosos que arribaban, y desde allí curioseaban los viajeros que se afanaban por vislumbrar la fábula del pueblo.

En las tardes, y junto a los rieles, se agrupaba el pueblo, más por cortesía que por interés de echar un vistazo al resto del mundo a través de la ventana encristalada del tren. Y sobre todo para consolarles el adiós a los viajeros mientras su tren se alejaba con el aullido triste de quien deja atrás al paraíso.

Claro que en aquel tiempo los aires de Violeta no eran promiscuos como lo fueron luego, porque el éter sólo se musicaba con talento y discreción. Aún los aires eran vientos puros que se barrían con aguaceros torrenciales, donde las auras giraban su majestuosa geometría de las alturas, y las garzas, escapadas de las lacas chinas, podían descender a posar su gracia sobre espejos de lluvia. Los diluvios de entonces creaban mares, que no sólo duplicaban el cielo, también rendían homenaje a toda belleza que los hollara con un amplio visaje de ondas circulares creciendo a proclamarla al mundo, si es que sus líquidos alcanzaran. Pero también las aguas arrumbaban el pueblo con el palpo sabio de sus sensibles dedos azogados, para servirle espléndidamente las calles con biajacas asustadas y extraviados camarones. Y finalmente los líquidos terminaban escurriéndose con urbanidad en las lagunas de prestigio del Charcazo o de Pijoán, tan reconocidas que hasta la temporada de seca las respetaba.

En ese destino final las aguas ya se fundían en la serenidad con que se emparentan todas las aguas. Y sobre ellas parecía posible la llegada en cualquier momento, y con el pabellón de Castilla en los cordajes, de la última carabela fletada en Cádiz, o una góndola extraviada del Gran Canal de Venecia, o emerger el más misterioso submarino de alguna guerra leída en los periódicos, que siempre ocurrían en una lejanía inmensurable y de la que sólo se añoraba un vistazo.

Claro que toda esta amalgama de aconteceres era posible, porque el camino de la Historia no pasaba por Violeta. La Loma de Cunagua no había prestado su cumbre para recibir las Tablas de una Nueva Ley, y los grandes nombres de Thompson, Músico, Soto y Yeyo, todavía no habían sido proclamados como patriarcas. Por lo demás, Violeta era un fantasma perfectamente satisfecho de sí mismo que siesteaba la digestión de su propio orgullo.

Pero cuando Violeta se perfumaba y vestía de tarde para salir a su hora espléndida, era cuando se le revelaba la esencia de urbe que sabía atarear sus calles con afanes de prestigio como los de París o La Habana. Entonces el regular trazado de sus calles se concurría de un circunspecto tráfico de bicicletas que iban y venían con ingenuos vaivenes de Penélope. Unos cuantos autos llegados milagrosamente por caminos imposibles, disfrutaban de un tráfico sin restricciones. Y el sol se despedía con aullidos de los perros cazadores que lloraban impotentes, por el olímpico vuelo con que cruzaban las yaguazas.

La noche llegaba a Violeta destapando su frasco de perfumes entre los luceros fijos del cielo y los cocuyos voladores del batey, hasta que todo se apaciguaba con el sueño. A veces se violaba la madrugada con un trepidar de trenes misteriosos que galopaban como un rebaño de búfalos en la pradera, hasta que se iba degradando nuevamente en el silencio. Y excepcionalmente, había noches de delirio con carrozas y princesas de gala, que bajo el pretexto musical, iban a triunfar su belleza en los espejos del Liceo.

Pero si apartamos todos estos afectos como hojarasca para descifrar el significado último de Violeta, tenemos que recordar la presencia del gigante que presidía con sus sabios metales de saberlo todo del azúcar, y siempre con hambre inaplazable, que en cada zafra asolaba las colonias y reclamaba un río de trenes. Entonces el central se volvía colmena que salía a libar en los cañaverales para llenar sus panales con la miel que el mundo estaba esperando para endulzarse. Para ello el azúcar debía realizar un complicado viaje de barcos que navegaban por una procelosa economía, y que merecía todos los respetos de no ser comprendida. Pero, si bien el central proyectaba una sombra decisiva sobre el pueblo, no es menos cierto que sólo le correspondía una participación secundaria en el fantasma del recuerdo.

Después, a ese fantasma le salió un sol que lo sorprendió en descubierto. En el pánico se le escapó un jubo de asfalto que fue buscando la Carretera Central. Los trenes empezaron a demostrar poco interés. En el simbólico campo de aviación, la manga de los vientos quedó solamente para cazar mariposas bobas. Y un día, todos estuvieron de acuerdo en reconocer la fuga del adorable fantasma en la elemental flecha de luz con que el planeta de entonces resumió su transmisión al infinito.

 

 

CÁNTICO DE LA HERMANA AGUA

Con autoridad

Se le ordenó que fuese,

Y la Hermana Agua,

Con obediencia ejemplar,

Todo lo inundó con abundancia.

Agua original, sagrada, diluvial,

Prístina, inviolada,

Enviada para abrevar los cielos y la tierra.

Líquido primordial

Rebosando los manantiales

Para correr el maratón de todos los ríos,

Saltar con bríos las cascadas,

Reunirse en lagos pasivos,

Y allanarse en mares insondables.

Eres Hermana hacendosa

De todos los ciclos,

Elemento de la prestidigitación,

Nube que viaja intemporal,

Océano que sostiene el viaje de todas las naves,

Hermético glaciar que almacena muchas nieves,

Sudoroso vapor de músculo incansable,

O simple lluvia, que es arpa transparente

Para que taña el sol arcos triunfales.

A ti Hermana,

Se te concedió majestad

Y la ubicuidad del mundo,

A ti se te dio fuerza

Para configurar las costas,

Esculpir nuevas bellezas del paisaje

Y hasta cambiar el color de mi planeta.

Mas tu designio mayor es el materno,

Como suave seno de acunar la vida.

Por ti se engendraron los helechos,

Las hayas, los cedros y los terebintos,

Tú abriste la primera flor del cosmos,

Y cimbreaste la primera tentación

En la dulzura suprema de una fruta.

De tu matriz rebulleron los peces,

Se desplegaron las alas de las aves,

Y desde ti, con inseguro movimiento,

Inició sus pasos todo lo que alienta.

A ti, Hermana Agua,

Necesaria, presta y diligente,

Servidora de buenos y malos,

Gracias por tu paciencia y sencillez,

Y esa humildad proverbial

Con que sirves y pronto te escurres

A los niveles más bajos.

Gracias porque nunca te niegas

A los oficios más pobres

Y los haces con amor y perfección.

Gracias porque nos lavas el cuerpo,

Arrastras lo sucio,

Y sabes regresar a tu pureza.

Gracias porque eres

La mejor esperanza del desierto

Y escudo del fuego abrasador.

Gracias por tu docilidad

En obedecer todas las formas,

Del recipiente que te recibe,

Por tu puntual asistencia

A las fuentes que sacian la sed,

Por el riego generoso de las siembras,

Por recordarnos siempre el cielo

Reflejado fielmente en tus espejos.

Y sin olvidar, también,

Por tu sagrada misión

De iniciar nuestra fe con el Bautismo.

 

Gracias, te doy todos los días

Por confirmarme a Dios cada mañana.

Tú, como el Sol, eres su rostro.

El Sol, al centro,

Como Padre presidiendo,

Y tú, maternal, solícita,

En los detalles de la providencia.

El Hermano Sol trabajando en la distancia,

Y tú Hermana, la más inmediata.

El Sol, que engendra y dirige,

Tú, el Agua que aviva y sostiene.

Hermana Agua, generoso don,

Supuesto y poco agradecido,

Agua lustral de todas las generaciones,

Quiero rendirte homenaje

Como esponja saturada de ti.

Llegué en la caricia de tu seno,

Y navegas todos los ríos de mi vida.

Tengo torrentes, géyseres, cascadas,

Lagos escondidos,

Y simple humedad que me rezuma.

Estas en el latido tibio de mi carne,

El brillo amoroso de mis ojos

Y la lágrima que expresa sentimiento.

Por ti, Hermana, existo peregrino

En el escogido planeta de la vida,

Y agradecido por tu compañía y tus ejemplos,

Te ofrezco mi pobre bendición.

LA SELVA

El hombre llegó caminando desde más allá de la memoria. Con su paso pequeño y sin saber que conquistaba un planeta privilegiado del universo. Recibiendo del horizonte, cada mañana, un viático de sol con el que hacer su jornada hasta el poniente. Entonces no tenía, ni le hacía falta nombre. Aunque con el tiempo pudo llamarse Abraham y entrar por los umbrales eternos de la Biblia, que con iguales derechos podía ser Rama irrumpiendo por la gracia del poema indio. No era cuestión de nombres, porque todos provenían de una misma carne llegada para incendiar los siglos con su paso.

Ningún azar fue obstáculo para su curiosidad, ni pudo impedir su diligente caminata por el tiempo. Muy al contrario, las huellas de sus pies eran cada vez más firmes en el barro de los caminos. Si desmayaba, tuvo manantial en el exacto sitio de su sed. Si hambre, cornucopia de frutas a la mano. Estaciones, para amenidad de climas. Otras especies para comprender su jerarquía. Y desde el evangelista Juan hasta Rousseau, siempre tuvo sábanas limpias en las más ilustres páginas que le permitieran restañar sus fatigas con siestas seculares.

Cuando el hombre dio su primer paso en el tercer milenio, ya el planeta se había convertido en una selva. No era fácil comprender como la tierra podía generar tanto verdor y mantener vestido a tanto tronco. Pero la hojosa realidad lo demostraba. Desde la tierra tenía que ir subiendo la savia que lo hacía posible. Pero la exuberancia vegetal indicaba algo más allá de lo necesario. Era como si los bosques originales también hubieran sido invadidos por las pasiones. Sólo así se podía explicar la codicia del espacio, la gula de la savia y la soberbia ilimitada de los troncos. Su resultado era una atronadora dialéctica de hojas en debate simultáneo, y cada cual, desde una circunstancia irrepetible de la economía silvestre. No era diálogo por la verdad, que hubiera enojado al egoísmo de vivir, sino pura y desalmada contienda de gladiadores que luchan por su vida.

Una simple ojeada a aquella nerviosa suspensión de hojas bastaba para descubrir las corporaciones que se discutían el mejor derecho al sol. Por lo bajo malvivían las gramas proletarias reducidas a mendigar las manchas de sol que escapaban al suelo. Luego las que preferían vivir pobres y modestamente en la media luz, porque era territorio de escasa competencia. Después venían las plantas sibilinas, que no tenían fuerza propia para erguirse, y lo hacían adulando troncos mayores con abrazos enojosos. Y más arriba las que ya nacían en la altura por padrinazgo de algún poderoso que también las aceptaba como clientes en sus ramas. Pero la verdadera selva estaba regida por los troncos.

Estaba el crecido con una recta intención original que la selva habí