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. TIEMPO DE VIAJAR
Salvador E. Subirá Turró
AL REGRESAR S. E. Subirá Miami, Septiembre del 2003.
JUEGOS DEL AMOR
Sembrador sobre tus
piedras.
PROLEGÓMENO CANTO A MIAMI EL ELECTRÓN El electrón dobló por Broadway con la naturalidad que da el recorrer cobres todos los días. Sencillamente, otra diligencia por las entrañas de piedra en la ciudad que no respeta los millones. Su mundo era aquel dédalo de posibilidades que lo enredaba en un complejo nudo irrenunciable. No había otra alternativa que permanecer en New York, y seguir siendo un dócil electrón para servir la voracidad de riqueza que se profesaba en nombre del progreso. Por ello era importante que mantuviera sus capacidades de electrón y siguiera respondiendo a la ecuación de servicio que se le había contratado, así de fácil. Pero no lo era tanto. Precisamente ahora estaba buscando quien lo contratara para una nueva digestión económica de la que luego volvería a ser un residuo desechable. Al llegar a la altura de la calle 42 descendió los escalones del subterráneo por instinto, mientras su inconsciente indagaba sobre la cercanía del metro. Siempre con la cartera apretada bajo el brazo, como pasaporte del que pisa tierra extraña. Con resumée visado en todas las corporaciones anteriores. Allí se definía la verdadera historia de sus capacidades, y las difíciles misiones cumplidas con éxito en las entrañas de complejas computadoras. Religiosamente escrito y ordenado con impresora de laser, que era el tuxedo para demostrar un poco de clase. Y todos estos preparativos eran sólo para situarse al final de una cola de aspirantes a ser aceptados en la Gran Carpa como experto malabarista de la Bolsa. Cada palabra del texto había sido estudiada y pulida como una experta puntada suya en la inmensa telaraña que lo sostenía todo, en la que se balanceaba la vida, y sin la cual se desfondaría la esperanza. Era una cartera muy personal, pero también demasiado ajena. Personal, porque era su medio de conectarse a los circuitos vivos, y ajena, porque siempre estaba referida a beneficios ajenos. Pero había otro film proyectándose simultáneamente en sus íntimos desvanes, y donde él era el protagonista. No al estilo ni con el glamour de Hollywood como esplendía en los carteles de cada nueva producción. El suyo siempre era un film inconcluso y en el que no se podía esperar un final feliz. Precisamente cuando pasaba al andén de espera por el torniquete, le estaba repasando una de las escenas más crudas. Aquella en que tocaba fondo con la trágica vivencia de que era un insignificante electrón con su drama anexo. Un simple y genérico electrón, que nunca sería nominado para un Oscar, y que siempre podía ser sustituido por cualquier extra. Asignado y sin derecho de afectarse a ningún átomo por alguna razón de preferencia. Electrón de masa despreciable y con indeclinable carga negativa que lo consagraba como un perfecto cero a la izquierda. Siempre sumiso, cumpliendo flujos designados, y orbitando algún núcleo poseído de importancias. Las mismas pugnas económicas, o guerras del poder, se empeñaban de núcleo a núcleo con saña de protones o neutrones, y naufragado el más débil, poco importaban las balsas de electrones a su suerte. Aquello hasta parecía determinado por la propia estructura del universo. Pero ¿acaso la ciencia no podría hacer nuevos descubrimientos que redimieran la condición subsidiaria del electrón?. En todo aquel largo andén no había, seguramente, uno sólo que pudiera responder esa pregunta. Y si no tenía respuesta, no hacía sentido la insensatez de estarla rumiando. Pero, precisamente, en ese instante de desconsuelo es que se le rebelaba la fiera que necesitaba defender su esperanza con dentelladas y zarpazos. Y una vez más, forzaba la conclusión de que efectivamente, llegaría el tiempo en que se pronunciaría la dignidad del electrón con una justa proclamación de sus derechos. Razonar así era subversión en las mismas entrañas de aquella urbe tan parcelada de intereses. Pero se podía verbalizar sin peligro, porque el mensaje sería automáticamente rechazado por la estúpida lógica con que, precisamente, se había domesticado a todos los demás electrones. El ruido del metro atronó hasta cesar. Absorbió adentro la muchedumbre del andén, y partió con las mismas prisas intestinales de siempre. Dentro, el electrón constató una vez más la presencia de su cartera en medio del tumulto, y recuperada la certeza, volvió a abstraerse de las imágenes que lo circundaban. Nuevamente descendió la espiral de sus recuerdos hasta sentir el perpetuo sabor amargo que le dejaban los días. Él, que se sentía tan lleno de capacidades, pero reprimidas y que nunca podían expresarse. Sólo se le aceptaba por sus capacidades de engranarse al sistema general. Para el resto de su persona, que sabía era lo más importante, no había consideraciones. Y volvía a vivenciar como se estaba malgastando en la perpetua peregrinación de neones en las noches, o incandesciendo filamentos para generar luz, o atravesando selvas magnéticas para comunicar imágenes y mensajes. Un bache de los recuerdos le hizo deducir la velocidad a que se desplazaba por aquel túnel, y repensó la vieja idea de sentirse servido por tuberías hasta los exactos lugares que le destinaban. Era siempre una aventura en el laberinto de Minos, pero a la moderna, porque el Minotauro no acechaba dentro, sino que esperaba afuera. En este punto el metro se estremeció ligeramente por una bifurcación de la vía, y reclamó de nuevo la atención del electrón para recordarle que ahora viajaba por el cobre de la izquierda. Salir al Minotauro, era entrar a cualquier calle neoyorquina para ser digerido. Hacerlo tenía toda la magia de ser tragado por un dragón chino de entrañas fantásticas que alucinaba con todas las sorpresas y el encanto de un paraíso increíble con todas las manzanas de la inocencia y el pecado. Pero donde pronto se perdía el control alado de los pasos propios porque se sentía una extraña sobadura que reclamaba, succionaba y aceleraba dentro del verdadero ciclotrón que era cada calle neoyorquina. Sobre la pista de asfalto se apretujaban los campos magnéticos de la competencia, el consumo y el crédito, como anillos eficientes de una anaconda gigante que constreñía e inducía a la velocidad crítica para incrustar electrones en alguna empresa. Así es que se enriquecía la plantilla de las corporaciones para servir las altas finanzas y el desarrollo tecnológico de vanguardia. El hábito lo alertó en la parada de Pennsylvania Station. Salió en el tumulto al andén con su cartera comprobada bajo el brazo. Maquinalmente se dirigió a la salida. Y sumiso, al menos por aquel día, comenzó a subir los escalones. Ya en la cara sentía el voraz aliento de la calle. En celebración de los 400 años de la publicación de las aventuras de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha" LA ISLA FÉNIX Una salida inédita de Don Alonso Quijano. Ya el mar había terminado El hermoso mapa de América, Concediéndole vastos territorios Y paisajes de majestad, Mas quiso añadirle corazón Para blanco de la flecha Con que Europa se enamoraría de América. Así le escogió sitio de prestigio Digno y apto para diana De una proeza universal. La hizo tierra ceñida de mar Y separada de la tierra firme Para colmarla con playas De azules trasparencias. Entonces Dios quiso, y la bendijo Con atributos tropicales, Le dio dote de sol Soplos de aire ligero y musical. Y le regaló palmas Como cordiales doncellas Para protocolo en los recibimientos. Y la consagró isla fénix Para que renaciera de los huracanes Los del viento, y de los hombres, Sin importar las temporadas marchitas Con espejismos del nunca, Porque siempre le retoñaría el palmar Para seguir siendo un oasis del Caribe. Entonces vinieron flamencos A teñirle de rosa los bajíos, Las garzas a su picoteo de insectos Por tierras anegadas, Y los corales a extenderle Su primoroso jardín bajo las ondas. Fue antes que las cotorras Aprendieran a hablar el castellano, Cuando el trino del sinsonte aún era original Y sin rezagos de una música humana, Todavía los prados ignoraban los belfos, Y los delfines patrullaban con regatas Que cosían los aires con el mar. Así la novia estuvo aderezada Para su boda con la Historia Y sólo esperaba a sus galanes. Con palabras de prestigio Se inició la epopeya de la ínsula: Desde un lugar de la Mancha, Cuyo nombre no es dable recordar, Un hidalgo caballero, De triste figura y seso delirante, Decidió salir a la aventura En busca de eterno nombre Que le trajera su honor y fama. Por las tierras de la Mancha Triste cabalga el caballero Deshonrado en soledad Porque su ingrato escudero Le desertó a Barataria. Y fue la infortunada ocasión Para un nuevo encantamiento Con que el malvado Frestón Afligiera su andante devoción. Absorto de pensamiento Y con ojos de asombro vio A sus tierras de la Mancha Convertirse en mar océana Y al sufrido Rocinante Transformarse en un bajel. También avistó dos naves Que una flota completaban, Y ya se adivinó en la derrota De descubrir Occidente. Tres naves armó Colón Con la venia de la Reina Para mercar las especies Por la ruta del poniente, Y junto a la burla del turco Resolver la gran cuestión Sobre la redondez de la Tierra O sumirse en el abismo Por la cascada final. "Un hechizo nunca logra rendir mis armas al mal, ni obligarme a una contienda Que pugne por el poder. Lance de conquista ¡no! Que mata, viola y rapiña, Y avergüenza mis blasones. Que tienten los malandrines Envidiando mis hazañas, Y verán que en la mañana Cabalgaré con la aurora A devolverle la esperanza al hombre Y lograrle la justicia al mundo" Adelantado de Su Majestad En latitudes extraviadas Por el Camino de Santiago. Le prometieron Virreinatos, Almirantazgo y riquezas Mas nada de tanto valor Como discernir la quimera. Venció al incrédulo, al miedo, Y para confirmar su destino Se fue a violar horizontes Por las fortunas del viento. Navegó el rumbo de los perfumes Remontando estelas de música Que conducían a los pies de Circe Y a sus artes seductoras. Por el horizonte de siempre Asomaron tres carabelas Con velamen de cruzados Que hinchaba el favor del viento. La Santa María al frente, Capitana y marinera, Con caballero en su proa Explorando nuevas tierras. En la soledad del mar Se malograban los días Diluviando las angustias Y pensando en sediciones. Sólo sargazos y sol Componían un paisaje Donde la ambición navegaba En busca de los honores. Cuando unas alas agotadas Del palomar de Noé Volaron al palo mayor E iniciaron con arrullos Su relato de otras tierras. Y se desvaneció la contienda Con una fiesta de risas Al dulce grito de ¡TIERRA!. Tan pronto desembarcó Cesó el encantamiento, Y quedó como Cortés Confinado al Nuevo Mundo. Extraño fue que la isla No distinguiera al caballero Con su debido toque de trompetas, Mas le sorprendió con honores De altivas palmas gigantes, Con más gracia y realeza Que granaderos de Buckingham. Y entonces disfrutó la primicia De que ni el Amadís de Gaula, Ni tampoco Galaor, Y sólo quizás Palmarito, Tuvieran hazañas en tal ínsula. El osado navegante Creyó llegar a Catay, O quizás Cipango fuera, Sin confirmar que el lugar Difería del propuesto Y reservaba la sorpresa De ser un gran continente. Mas el avezado marino Ebrio de un sueño cumplido Ya calculaba mediciones Por la cintura del mundo.
En la nueva andadura del Quijote No aparecían los torneos del honor Que abundaban en su árida Castilla, Y era para regocijo del maltrecho Rocinante Que estornudaba el polen de América Mientras zambullía el belfo en prados nuevos. Pero pronto sus ojos de caballero andante Le permitieron descubrir que aquella Era tierra de encantamientos, Pues que otra cosa pudiera ser Que hubiera pájaros que hablaban, O mariposas que se convirtieran En flores de exquisito perfume, O que pequeñas palmas Gesticularan en el viento Con las manos abiertas y expresivas De las bailarinas orientales. También había árboles de muchas manos En lugar de las hojas conocidas. Y qué del mínimo zunzún Que se detenía en los aires Para burlar los reclamos de la tierra. O ¿qué más prueba Que el invisible viento Se arremolinara solo Para atacar con furia y aullidos de lobo?. O sus habitantes que parecían condenados Ardidos por fuegos interiores Que expelían en densas humaredas. Pero sobre todo, Y porque era testimonio De otro ilustre caballero, supo Que los numerosos palmares de la isla Sólo eran doncellas encantadas Que esperaban el regreso de sus prometidos. Y de sólo imaginar tal perfidia Lloró porque su inefable Dulcinea No pudiera estar también Prisionera en ese hechizo. Aquel descubierto Catay De naturales pacíficos Y desnudez inocente, ¿Sería acaso la tierra del Génesis? Y tanto trinar, ¿arpas de ángel?, Y aquel diluvio de verdes Que prodigaba frutos y flores, ¿Albergaría aún el manzano del pecado?. Pero comprendía que era mundo ajeno Por su propia y aceptada descendencia De los expulsados del Edén. Y porque también, además, Tenía Señor en España Muy impaciente del regreso. También conoció Que por esta parte del mundo Había otra orden de caballería Que actuaba sin fronteras, Y se dió con fruición A la lectura de sus crónicas. Allí supo de selvas infinitas y tupidas Como no conociera Bernardo del Carpio, De cordilleras que habían crecido Para fundar ciudades en el cielo, De ríos que con sus aguas Habían llenado todos los mares, Y que se habían fundado países Donde todos los ciudadanos eran reyes. Fueron guerras de a caballo, Renunciándolo todo Con estilo bayamés. Desunciendo las bestias del arado Para cabalgarla en pelo Y escaparse a inventar la manigua. Tocaron el clarín de la última centuria Para descolonizar al mundo. Lo hicieron solos, ignorados, La familia bajo acecho y nómada Y desolados tiempos de tregua. Pero siempre rumiando Una mascada de libertad Y sin apagar nunca el fuego. Fue guerra con medalla de oro Sin barrida de fronteras Que regalaran la libertad. La suya, fue de gallos en el ruedo Con ajena gritería de intereses Que no respetaron sangre ni dolor, Pero logró la victoria. "Sean malandrines o gigantes, Mis luchas son siempre santas Combatiendo por derechos Con el valor de un David Que reta y vence a Goliath, Porque mi condición no permite Torcer la senda valiente Ni disfraces de cobarde" Tres gigantes te emboscaron El curso de tu epopeya Para derrotar la bandera De tu estrella solitaria * El de la sangre egoísta Desdiciendo lo filial En contienda sin cuartel. Y venció tu libertad * El de la engreída riqueza Vanidosa del poder Que desoye y manipula. Y le ganaste el respeto. * El del canto de sirenas Que odia la libertad Porque desnuda su mentira. Y confirmó tu verdad. * Todos tres, gigantes abatidos, Tiene tu escudo de armas Para prestigiar tu espada En los retos del futuro. Contemplando una aurora El bienaventurado caballero Poseyó una luz y comprendió Que así como el sol Pastorea las sombras cada día Para dejar al mundo iluminado, Así los caballeros andantes Deben recorrer las aldeas y las villas Para asegurarse de un mundo mejor. Había llegado el gran día Por el cual se había luchado. El tiempo de regresar a la paz, A las cosas naturales y sencillas, El hombre a la mujer, el padre al hijo, La bestia al pasto y la labranza. Y aquella mañana fue primavera Porque el viejo tronco del Morro Floreció una bandera. TIEMPO DEPARA VIAJAR …"hay un tiempo depara permanecer en la Tierra, y un tiempo de para viajar las estrellas"… der.: Eclesiastés [FRAGMENTOS EN LA MEMORIA DE UN ASTRONAUTA] Poco a poco la conciencia despuntó, y como siempre, fue abriendo su lucidez hasta la plena capacidad. Tras el esfuerzo de las gravedades había cansancio y sudor, pero también euforia por haberse demostrado el valor deal aceptar tripular el primer viaje realmente interplanetario de la historia humana. No se trataba ya del la conocidao satélite Luna en el traspatio nuestro, sino de despegarse de la tutela de la Tierra y evadir el reclamo de la Luna, para seguir viaje enpara buscar de ser atraído por otro mundo una atracción ajena hacia un mundo distante y complejo,. Todo mediantepor un trayectocamino establecido por cálculos, pero no evidente para los sentidos, y a través de un espacio inmensurable encon soledad absoluta y cruel. Marte era vecino inmemorial, pero también un gran desconocido, y en esta aventura, resultaba la diana buscada con nuestro viaje. También le llegó el sentimiento gratificante de saberse parte del equipo científico de vanguardia para la exploración del espacio sideral. Un grupo de colegas de los que dependería su vida y su misión, y en el que sabía que podía confiar. Y cumplidas las primicias del orgullo y la seguridad, pudo ocuparse del compañero de misión que yacía a su lado, y que también debía estar absorto con sus reflexiones. Y atento, le oyó mascullar:-… tus cuentos no eran fantasías... con lo que ya se adivinaba el registro emocional con que se adentraba en la aventura. No era casual que hicieran equipo. Para medio año de convivencia en el reducido espacio de una nave espacial, y con tensiones fuertes, había que escoger dos científicos competentes, sin rivalidades, cooperativos, analíticos, capaces de sobreponerse al pánico, con temperamentos afines, compatibilidad de carácter y astucia astucia para descubrir cuando su acompañante requería de un diálogo terapéutico. Además, y por supuesto, estaba la salud y el valor, porque el primer viaje interplanetario era para asustar a cualquiera. Nadie les consultó sobre el otro, y la pareja vino formada por los psicólogos del programa. El resto era entrenamientos, y finalmente el viaje que había comenzado. Los avances tecnológicos continuaban creciendo en forma exponencial. Habían logrado aumentar la velocidad de crucero de las naves espaciales, con lo que se reducía el tiempo de viaje, y se extendía el que se podía dedicar a la exploración de otros mundos, y todo dentro del un tiempo razonable para la duración de la vida humana. Y era de notarsecurioso que aquel primer viaje interplanetario también se podía considerar inscrito en la vieja tradiciónel de género humano iniciase su peregrinarción estelar siguiendo el ancestral "cCamino de Santiago" ., Pero ahora, no como un rumbo en los cieloscaminos de Europa para visitar la tumba del Apóstol en Santiago de Compostela, sino viajando realmente en la Vía que siempre había sido la Vía Láctea del universo. El primer destino se había decidido que fuera sería Marte, que desde siempre, había estado reclamándonos con sus guiños rojos, y sólo habían podido visitar nuestros robots sin discernimiento. Con esea dirección rumbo viajábamos a velocidad que nuestros sentidos no podían verificar sin referencias. Recorriendo un espacio inmaterial, incomprensible e infinito que se decíamos vacío, y sintiendo los el retos que ello implicaba para nuestra razón. Y sSólo nos daba paz pensar que Dios debióía crearlohaberlo hecho así para dejarnos una imagen de su condición inmaterial e infinita.sí mismo. Mientras tanto,, seguía nuestro viaje presidido por un sol cegador y distante que iluminaba fuerte pero con sensación de noche. Y las estrellas, que en la noche terrícola rutilaban con picardía de joyas, ahora sólo aparecían como puntos luminosos Una noche misteriosa, imperturbable e intemporal, diríaíase eterna, que hoy era como siempre había sido, aunque nunca la hubiera vistosin que la viera el hombre, y que seguramente aún lolo seguiría siendo., dentro del tiempo humano. Pero, extraviados en lo insondable, también era sitio apropiado para encontrarnos a nosotros mismos, y comprender que, también nosotros somos un misterio. Sólo confortaba mirar hacia atrás y ver a nuestro mundo alejarse en la distancia, y sentir el cordón umbilical de las comunicaciones garantizando el vínculo con la vida, y confirmándonos nuestra pertenencia a la Tierra. Era el momento de comprender todo el sentimiento que podía conllevar la palabra terrícola, y se me aguaron los ojos. También por extensión, vivenciábamos la ternura que representaban todas aquellas pizarras llenas de relojes, alarmas y luces. Y esta reconocida dependencia, ¿acaso no era también una imagen de unla providencia divina? Más próximo, junto a él, otro irrepetible humano, su compañero de tripulación. Sería su primer apoyo en las dificultades, y beneficiario de su más encarecido cuidado. Ya durante el entrenamiento imaginó lo que ahora giraba en la ruleta de las posibilidades. Era a propósito de un hipotético error que los dejara peregrinos en el cosmos, sin comunicaciones, y con la sola esperanza de sobrevivir el tiempo de los abastecimientos. Frente a esa muerte a plazo fijo habría una terrible pregunta que hacerse: ¿quién se querría que muriera primero, él o yo?. Era un dilema que daba vértigo enfrentar, pero el sano raciocinio terminaba por preferir la muerte propia, para no conocer una soledad que tenía que ser aniquilante, y daría al traste con su cordura humana. Ésta no sólo era conclusión de un juicio inteligente, también era toda una declaración sobre el valor inestimable de una vida humana. Y era penoso tener que comprenderlo aquí, y como especulación de una situación extrema. Siempre había creído que los poetas eran la vanguardia de los sueños humanos, que luego más tarde, un Leonardo, un Galileo o un Edison, hacían realidad. Pero ya no, ahora se habían cambiado los papeles. Se había demostrado que con números y símbolos también se escribían poemas, tal vez herméticos, pero donde una estropupila diferente había penetradopodía leer nuevas intimidades del tiempo y el espacio. Algo así como abrir una puerta al nuevos prodigios para que poetas menores los llenaran de expresión.pudieran fabular turismos por el tiempo. Pero llegaba el punto del destete, que era despedirse de la gravedad terrestre y quedar de cuerpo libre en el cosmos. Entonces la Tierra nos controlaría y dirigiría hasta el camporeclamo gravitacional de Marte. AúnPero habría mucho espacio por recorrer aún, y también soledad para llenarla de pensamiento. Aquel desarraigo del planeta natal ahora nos permitía mirarlo con ojos nuevos, desasidos de rutinas y opiniones aprendidas, y también encendidos de humildad, porque había que agradecerle la providencia de todos los días de la historia humana. Juro que al mirarlo lo hacía con era mi mirada más limpia y más amorosa. Precisamente también era amor, pero amor al conocimiento, lo quequien promovíaió que su nave saliera saliera a curiosear la inmensidad. Y si de amor se trataba, ¿no hacía sentido evocar la similitud de esta misión con el evento primigenio de la vida y su continuidad?, ya que por voluntad del hombre nos dirigíamos a fecundar otro planeta. Y hasta se repetía en nuestra tripulación, la condición binaria de la supuesta célula seminal. Esta aventura también nos hermanaba con Colón, porque ambos habíamos ido al abordaje de lo desconocido. Sólo los separaba el tiempo de cinco vidas centenarias en sucesión , pero no hacían diferencia. Ambas eran empresas para añadir territorios, y que la dinastía humana avanzase en su regencia del universo. Uno y el otro actuaban en ejercicio arriesgado de la ciencia más avanzada de su tiempo, y ninguno obtendría más que el reconocimiento de la Historia. Y sobre la espalda de nuestros riesgos, ¿qué caza fortunas se haría con los beneficios resultantes de aquella empresarobaría también el tesoro?. Sabíamos que no existía vida inteligente en Marte, lo decían los robots. Y por ello seríamos nuevos Adanes para iniciar los tiempos humanos de ese mundo. Pero Adanes ya pecadores. Mientras aquel mundo estaba hecho de verdad inocente, con nosotros le llegaría la maldad. Con nuestra presencia lo poblaríamos de ambiciones y mentira, porque estaba incluido en nuestra carne. Mas consolaba que también traeríamos nuestra herencia de redención, el posible ramillete de las virtudes, la belleza de las artes, y sobre todo, el amor. Era lógico que estrenar un mundo produjera expectativas. Tanto para satisfacer nuestra vulgar y miserable vanidad, como para agobiarnos de obligaciones. Sería como ser padre de un mundo, y una paternidad implicaba siempre el sentirse responsable desde los primeros gestos de lo engendrado. Pero dada nuestra torcida condición, ¿nos apropiaríamos con avaricia de las extensas llanuras y los valles vírgenes?, ¿continuaríamos dirimiendo nuestros regresaríamos a dirimir los conflictos por la fuerza?, o ¿seríamos colonos que respetarían el habitat y no derrocharían los recursos?. ¿Importaríamos las contrahechas leyes de la Tierra o regresaríamos a la sabiduría del simple Decálogo que recibió Moisés?. Para entonces la esfera de Marte ya era grande en nuestras pantallas. No aparecía azul como la Tierra, sino rojizo como en sus guiños ancestrales. ¿Por qué se había asociado a Marte con la guerra?, ¿por qué lo imaginaron poblado de hostiles a la Tierra?. Esos espectros ¿serían fantasmas de nuestra propia maldad, y que por vergüenza transferimos al mundo distante?. Los famosos canales se evidenciaban con mayor nitidez y se definían alturas asociadas en cordilleras. No cabía duda que aquel viejo planeta era un espléndido regalo para el género humano, una verdadera página en blanco para otro capítulo de sus crónicas, ¿estaríamos los humanos a la altura de escribirla con dignidad?. Poco a poco nuestra nave se fue acercando mientras tomaba posición para una entrada tangencial a la atmósfera marciana. Para ello no se confiaba tampoco en nuestros sentidos, sino en la frialdad de juicio de los medios tecnológicos. En cualquier momento íbamos a ser atraídos por una gravedad creciente incapaz de ser domada por ningún jinete, y nuestro mejor papel sería el dejar hacer lo que una inteligencia colectiva había programado. Pronto nuestra fragilidad humana fue arrebatada por un vértigo de montaña rusa interminablefinita y extenuante para zambullirnos ¡al fin! en el misterio de Marte. Tras el amartizaje recibimos de inmediato el homenaje de la Tierra con una bulliciosa algarabía de colegas en la sala de control del Centro Espacial. Entonces se nos anudó la garganta y aguaron los ojos de sentir la simpatía y apoyo de toda nuestra raza humana a través de las distancias astronómicas. Una mirada por la gruesa ventana de cuarzo no mostraba imágenes diferentes a las trasmitidas por nuestros robots. Pero habíamos venido para explorar y era el tiempo de comenzar. Para ello nuestra tarea estaba programada. Primero dentro de la nave, y luego ya saldríamos a imprimir las primeras huellas humanas que se hacían más allá de la Luna. Teníamos que confirmar la atmósfera, la gravedad, el magnetismo, la posible radiación, llevar información sobre el clima y la temperatura, y todos los parámetros físicos y químicos para evaluar la habitabilidad de este cuarto planeta en el alejamiento desde el Sol. Todo dato debía ser registrado y enviado de inmediato al Centro, porque siempre acechaban errores que invalidaban los esfuerzos. Lo programado se fue cumpliendo con rigor, meticulosidad y premura para mantenerse en el programa de tiempo que garantizaba un retornogreso al paraíso deseado de la Tierra. Entonces llegó el momento de materializar un paseo peatonal por la superficie recién alcanzada con el fin de escuchar una opinión de los sentidos humanos y recolectar muestras minerales de interés. Claro que lo tendríamos que hacer dentro de la protección de un traje presurizado, y es claro que esa salida les creaba a ambos tripulantes un alborozo qucasi infantil. Y ocurrió con suma sencillez, pues su únicacon la única solemnidad fue del silencio. Y ya sobre suelo firme, girando en derredor para embriagarse de aquel paisaje virgen que por primera vez era peinado por la curiosidad del ojo humano. Poco a poco iba ocurriendo lo esperado con pocos imprevistos. Arenas y rocas, pero también nuevas y raras cristalizaciones que debían ser objeto de exhaustiva investigación. Nada que revelase seres vivientes, pero…algo atrajo la mirada fija,...como un hormigueo de camuflaje contra el color del suelo, y bien cerca de los exploradores,…que cesaba, pero parecía repetirse de nuevo,…no cabía duda ¡eppur si muove!, que hubiera dicho Galileo, …y definitivamente lo era, ¡era movimiento!, y… ¡estaabaaAAA VIVO!!. No había viento y algo inesperado y pequeño se agitaba. Instintivamente nos acercamos lentamente y no huyó, porque obviamente no conocía el miedo. Por su morfología se parecía a las aves terrestres porque tenía remos, pero no plumas. Su piel tenía cualidades miméticas, pero ¿en prevención de qué predador?, nos avergonzábamos de pensar que pudiera ser el homo sapiens. No parecía tener sentidos al estilo conocido por la fauna terrestre, pero sí tenía puntos notables en lugares del cuerpo que seguramente tendrían funciones específicas. ¡He aquí que estábamos ante una noticia de capital importancia para la ciencia!, ¡¡se había comprobado que en Marte había vida animal!!. Sus características tendrían que definirla los zoólogos, porque nuestra expedición no estaba preparada para esta sorpresa ni para este tipo de investigación. A todas luces el misterioso animal estaba solo y no había indicios de otros semejantes en las inmediaciones. El animal agitaba las supuestas alas pero no abandonaba la pequeña concavidad del terreno en que se encontraba, y debajo del mismo por su costado, se le podían ver unas pequeñas esferas mimetizadas también, lo que con nuestra lógica terrícola confirmaba la impresión primera de que tenía equivalencias con un "ave" terrestre.Enseguida se nos agolparon en la mente todas las preguntas juntas, ¿sería una especie sexuada o hermafrodita?, orgánicamente ¿provendría también de la química del carbono?, o ¿de qué otro elemento?, ¿de qué se alimentaba en aquel aparente desierto?, ¿cómo había ocurrido su aparición en el planeta rojo?, ¿sería la única especie animal de aquel mundo?. Era lógico que hubiera otras "aves" semejantes aunque ya sabíamos que no formaban bandadas, ¿pero estarían mimetizadas también en el paisaje, y era por ello que no podíamos verlas?, así comprendimos como en las fotos instantáneas que los robots enviaban no se podía percibir el movimiento. Y ¿qué de la emisión de sonido?, porque sin duda que la atmósfera de Marte tenía la capacidad de trasmitirlo, pero nosotros no podíamos captarlo por nuestro traje presurizado. Obviamente aquella sorpresa absorbía toda nuestra actividad mental, y sin embargo debíamos frenar nuestro entusiasmo y disciplinarnos para no incumplir conen el propósito científico que nos habían asignado. Pero aquello tenía que trasmitirse a la Tierra, y el Centro Espacial debía tomar las iniciativas. Y la noticia se trasmitió junto con una fotografía del hallazgo. Claro que la noticia hizo titulares en toda la prensa mundial. Como un relámpago, la humanidad se apasionó con el descubrimiento. Sólo la ignoraron comunidades muy aisladas y sin acceso a medios de comunicación masiva. Oír la noticia era sonreír, y empezar a especular en el nivel intelectual de cada cual. ¡Animales en Marte!, esa sí que era noticia importante. Se reclamaban fotos, y la que se publicó no satisfacía toda la curiosidad, porque el "ave" no se percibía con la claridad que hubieran deseado. Todas las instituciones se sintieron llamadas a ejercer su responsabilidad. Pero algunas, sabiendo que la primera estancia en Marte iba a ser por un tiempo breve, se apresuraron a hacer declaraciones de inmediato para influir en las decisiones que debían ser tomadas con premura. Los ecologistas, acorde con su defensa del medio ambiente, se apuraron en declarar que en ningún momento debía considerarse la captura y traslado del "ave" para investigaciones en la Tierra. Lo que la naturaleza de aquel planeta nos ofrecía no debía ser removido de su habitat ni malbaratado irresponsablemente, y ¿qué si fuera uno de los pocos ejemplares y estuviéramos contribuyendo a su extinción?. Pero algunos zoológicos pensaban lo contrario y apuraron su compromiso de crearle un habitat y mantenerlo, si es que se decidía que el "ave" fuera traída a la Tierra. El Centro de Control de las Enfermedades Infecciosas recordó como el intercambio de gérmenes entre Europa y América, cuando el descubrimiento de ésta última, había creado nuevas y mortíferas epidemias en ambos continentes. Por ello alertó en contra de la posible introducción de los virus y bacterias que siempre albergan los seres vivos, que en este caso serían desconocidos, y podían ser portadores de una epidemia de grandes proporciones que barriera con la población de nuestro planeta. Por su parte los científicos reconocían los beneficios de traer el "ave" a la Tierra para estudiar y descifrar toda su organización biológica, pero reconocían la imposibilidad de hacerlo sin una preparación previa para reproducirle su atmósfera habitual y sin conocer sus hábitos de alimentación. Pero sugerían que al menos se trajeran las "posturas" que en la fotografía asomaban por el costado del "ave". La presión sobre el Centro Espacial era enorme. Además de todas las instituciones involucradas en el tema, había todo un diluvio de opiniones editorializadas por todo tipo de prensa. Y cuando ya era inaplazable la decisión, el Centro optó por la sugerencia de los científicos como la más apropiada. En dos días se anunció que la nave espacial había iniciado el viaje de regreso a la Tierra y que era portadora de las debatidas "posturas". Mas esto no concluyó el debate, porque había muchas instituciones para las que el tiempo no había sido de precisión, sentían que su voz no podía faltar en el debate, y disponían de los seis meses que duraría el regreso. Las asociaciones feministas reconocían el valor del conocimiento científico, pero expresaban que la solicitud de remover las posturas obedecía a una intención machista de poseer y manipular todo lo que existía en el universo, y que al "ave" se le debía respetar la existencia y sus instintos de vida. Inclusive las activas defensoras del "pro choice" aprovechaban la ocasión para suscitar buena voluntad en la opinión pública en contra de las campañas que llamaban "de los fundamentalistas", aclarando que su "pro choice" sólo defendía el derecho de la mujer a escoger, y que si el "ave" había escogido, aunque fuera sin libre albedrío, el seguimiento de su instinto, esto se le debía respetar. Los religiosos tuvieron que incluir el tema en sus homilías, y predicaban el agradecimiento que debíamos a Dios por habernos llenado el universo de maravillas y prodigios. Añadían que este descubrimiento era una bendición que Dios daba a nuestro coraje y obediencia por seguir su mandato de poseer todo el universo. La Comisión de Presupuesto del Congreso tomó nota de que el descubrimiento requeriría una nueva asignación de fondos en el presupuesto del año siguiente, porque iba a ser imposible negarle la aprobación. Pero nadie más entusiasmado que los comerciantes. Enseguida se imprimieron affiches del "ave", aunque con algunos hábiles retoques para no defraudar la demanda de una imagen nítida. Se produjeron millones de T-shirts reproduciendo la única imagen que se tenía del "ave". Y pronto aparecieron en el mercado diferentes modelos de muñecos de trapo para juegos de los niños representando al "ave", y bajo la denominación comercial de Marty. La Academia de Ciencias Naturales inició sesiones sobre la novedad aparecida, porque no había duda de que la ciencia se enfrentaba a un descubrimiento de capital importancia, y que sus miembros eran los llamados a dirigir todo el trabajo científico. Si había vida en Marte no había que suponerle las mismas características que en la Tierra. Primero habría que tener una visión global de los seres vivos en el planeta rojo, y estudiar cada especie, para poder clasificar su fauna y decidir una nomenclatura adecuada. Hasta el momento las referencias eran mínimas, y tomaría muchos años el poder ampliarlas. También era claro que debían estar pendientes de toda nueva información que se pudiera derivar del análisis de las "posturas". No obstante, provisionalmente, para identificar al "ave" en sus sesiones y actas, y aunque se había testimoniado que no tenía plumas, se acordó referirla por su similitud con un ave terrestre de los caprimulgiformes, que aunque tenía plumaje, también lo tenía mimetizado y anidaba sobre la tierra, la Chordeilis minor, pero añadiéndole martensis para identificar su procedencia. Por su parte, el regreso hacía progresos en el espacio interestelar. Duraría igual, seis meses pero a la inversa, custodiando el tesoro de las tres posturas congeladas. Sus portadores se confesaban profanos en el tema, pero opinaban que no se les podría "empollar". Y también se ufanaban de descubridores y de aportarle a su planeta un verdadero tesoro del que se podría obtener mucha información. El viaje de vuelta no tenía la expectación de la ida, aunque sí el mismo peligro. Sin embargo tenía la agradable perspectiva de volver a casa para encontrarse con el mundo al que se pertenecía, a poder moverse en la comodidad de la costumbre, y sin la omnipresente precaución de todas las cosas. La agenda del viaje de retorno se había planeado que estuviera llena de comprobaciones astronómicas que hacer, y que llegaban a ser tediosas. Afortunadamente también existían las comunicaciones periódicas con el Centro Espacial, que era evidente, estaban dirigidas a hacernos sentir la compañía humana, pero también nos ambientaban con los aconteceres del planeta. Mas de todas formas, aquel tiempo indiviso, sin ritmo de días y noches, se hacía oneroso y torturante. Ahora que se había visto otra posibilidad de planeta, nada sería igual. ¡Por qué aquella enorme perla azul estaba extraviada en el misterioso espacio!. ¡Qué hermosa era la Tierra!, ¡qué privilegiado ser terrícola!. Un planeta que recibía la luz omnipotente del sol y la transformaba en magia de colores. Donde el regalo diluvial del agua se escondía y asomaba para darle amenidad al paisaje. Una flora hermosa, acogedora, multiforme, pródiga de flores y frutos. Fauna que vuela, trepa, galopa, nada, salta o repta, con un lujo de pieles deslumbrantes. Aire para la voz y la música. Un majestuoso cielo azul que corona el esplendor del día. Y misterios para estimular la inteligencia. ¿De qué paraíso fue que expulsaron al hombre?. No cabía duda que nacer en la Tierra fue premio por méritos desconocidos, y sin duda alguna, expresión de mucho amor. Y a medida que se acercaban al globo azul, la impaciencia trasmutaba al científico en hombre común, a quien se le despertaba la necesidad de afectos, la esperanza de recibir un reconocimiento por su valor, y un orgullo desordenado por saberse pionero. Cuando llegaron a percibirse los continentes estampados entre los jirones de nubes, todo fue rutinario porque ya lo habían hecho otras veces. La entrada en el ángulo exacto para capear la resistencia de la atmósfera, la pérdida de contacto con el Centro, la vibración vertiginosa hasta la inconsciencia, con el dulce despertar para pilotar un aterrizaje perfecto, y la estruendosa ovación de los compañeros del Centro.. Sabían que el planeta los estaba esperando con emoción para aplaudirles la hazaña y saciar su curiosidad con preguntas. Por su llegada del histórico viaje, y a pesar del tiempo transcurrido, el "ave" descubierta volvió a los titulares de la prensa. Mas por suerte el Centro estaba acostumbrado a estas cuestiones y todo estaríalo tendría planificado. Sólo tendrían que obedecer los procedimientos. No tendrían ni que preocuparse del desembarco de las "posturas" que ya tendrían un destino decidido. Además muy pronto sería el contacto con la familia, que habría sido avisada previamente, y finalmente el escrutinio con la prensa y sus insospechadas preguntas. Así llegó el momento de rodar nuevamente por los caminos de la Tierra para llegar al ámbito privado de su felicidad. La ciudad bullía de actividad con todos sus quehaceres diarios, pero también comentando el tema del día. Pudo ver una valla comercial gigantesca colocada en una intersección importante, donde se leía la palabra "bienvenidos" con el rostro de ambos tripulantes en el extremo izquierdo, y en el otro extremo aparecía la foto del "ave" con una frase debajo que decía "Marty, los terrícolas cuidaremos tus crías", y en una esquina el logotipo comercial que pagaba el anuncio. También le dijeron que estaba anunciada una concentración de mujeres frente a las dependencias judiciales que estarían en su camino, y le preguntaron si quería desviarse para evitar las demoras. Pero se negó, aclarando que después de casi un año en la soledad del espacio, quería volver a ver gente y llenarse los ojos con las mejores imágenes de su ciudad. Cuando se acercó vió una muchedumbre femenina y pudo leer algunas pancartas anunciando el propósito de la manifestación, y también voces enérgicas que atronaban por los altavoces. Era una manifestación del "pro choice", en reclamo del derecho de la mujer para poder decidir sobre la vida o el aborto de un embarazo no deseado. Entonces el cansado astronauta meneó la cabeza con una tristepequeña sonrisa, y en voz baja se dijo a sí mismo,…"es bien curiosa la condición humana". Pero no se sintió con derecho a desencantarse de la especie que había conquistado a Marte, y siguió rumbo a casa. EL FANTASMA Violeta no era sólo un color. Ni siquiera una luz aséptica cernida del ultra. También era un pueblo fantasma que un día partió para siempre, y sólo queda cada vez más ambiguo, en unas cuantas nebulosas personales. Pero Violeta justificaba su condición inmarcesible porque allí, las mismas y acostumbradas cosas de todos los días, siempre eran capaces de trascender en nuevas ilusiones. Durante mucho tiempo Violeta tuvo misterios por resolver y que desafiaban la sana comprensión. Sólo, cuando la ciencia estableció con certeza la deriva de los continentes, es que esos misterios pudieron hacer su entrada al reconocimiento lógico. Y si Varadero había viajado desde los Mares del Sur hasta el Caribe, ¿qué no podría haber ocurrido con Violeta?. Si Angkor y Violeta fueron una misma cosa, es algo difícil de establecer, porque en la memoria del pueblo, sólo se recordaban unos pocos elefantes de circos trashumantes. Pero si Bagdad y Violeta lo eran, tenía fuerte evidencia en detalles de Las Mil y Una Noche, porque no admitirían duplicado aquellos fragantes jardines ofrendosos de mariposas, con mullidos céspedes y palomas con miradas de joya. Pero además en nuestro fantasma se conservaban tres alminares funcionando como torres del central, y durante las zafras, un almuecín convocaba seis veces a los deberes del azúcar. Mas el trabajo arqueológico se hacía arduo porque también se revelaban evidencias romanas en unos exuberantes arcos de triunfo florecidos sobre sus calles, para el supuesto regreso de legiones victoriosas por la Vía Apia. Aunque tampoco faltaban anuncios de intención profética que los designaban para la llegada de nuevos héroes desde el otro confín del tiempo. Y también dos enigmáticos enfriaderos que ponían una fuente romana y un estanque versallesco en los paisajes del pueblo. Pero si Violeta tenía estos destellos, su amatista también sabía bromear de otros colores. Desde su corazón le rutilaba la esmeralda en demostración de todos los matices del verde. Tenía troncos mitológicos, desarraigados del tiempo, que charlaban la leyenda de sus hojas con un luengo navegar de eternidades. Las Majaguas Eliseas flanqueando la ruta de los mercaderes, para quién sabe qué comitivas partidas o esperadas desde aquel otro fantasma que sólo dejó el inefable nombre de Georgina. Los guardianes amazónicos que vigilaban el camino de las arcas millonarias con sus deliciosos ojos almendrados. O la caoba artrítica que podía hacer los cuentos de cuando los días empezaban con campanas. Y presidiendo la farmacopea, la fuente remedial del tamarindo, con su ascetismo de espinas, conjurando la salud de los aires desde un hipotético centro del pueblo. Pero los más cordiales de todos los verdes eran, sin duda, los que estallaban al tope de las palmas con que Violeta recibía o despedía por la entrada de honor del pueblo, y que era su estación de trenes. Por allí llegaban los dichosos que arribaban, y desde allí curioseaban los viajeros que se afanaban por vislumbrar la fábula del pueblo. En las tardes, y junto a los rieles, se agrupaba el pueblo, más por cortesía que por interés de echar un vistazo al resto del mundo a través de la ventana encristalada del tren. Y sobre todo para consolarles el adiós a los viajeros mientras su tren se alejaba con el aullido triste de quien deja atrás al paraíso. Claro que en aquel tiempo los aires de Violeta no eran promiscuos como lo fueron luego, porque el éter sólo se musicaba con talento y discreción. Aún los aires eran vientos puros que se barrían con aguaceros torrenciales, donde las auras giraban su majestuosa geometría de las alturas, y las garzas, escapadas de las lacas chinas, podían descender a posar su gracia sobre espejos de lluvia. Los diluvios de entonces creaban mares, que no sólo duplicaban el cielo, también rendían homenaje a toda belleza que los hollara con un amplio visaje de ondas circulares creciendo a proclamarla al mundo, si es que sus líquidos alcanzaran. Pero también las aguas arrumbaban el pueblo con el palpo sabio de sus sensibles dedos azogados, para servirle espléndidamente las calles con biajacas asustadas y extraviados camarones. Y finalmente los líquidos terminaban escurriéndose con urbanidad en las lagunas de prestigio del Charcazo o de Pijoán, tan reconocidas que hasta la temporada de seca las respetaba. En ese destino final las aguas ya se fundían en la serenidad con que se emparentan todas las aguas. Y sobre ellas parecía posible la llegada en cualquier momento, y con el pabellón de Castilla en los cordajes, de la última carabela fletada en Cádiz, o una góndola extraviada del Gran Canal de Venecia, o emerger el más misterioso submarino de alguna guerra leída en los periódicos, que siempre ocurrían en una lejanía inmensurable y de la que sólo se añoraba un vistazo. Claro que toda esta amalgama de aconteceres era posible, porque el camino de la Historia no pasaba por Violeta. La Loma de Cunagua no había prestado su cumbre para recibir las Tablas de una Nueva Ley, y los grandes nombres de Thompson, Músico, Soto y Yeyo, todavía no habían sido proclamados como patriarcas. Por lo demás, Violeta era un fantasma perfectamente satisfecho de sí mismo que siesteaba la digestión de su propio orgullo. Pero cuando Violeta se perfumaba y vestía de tarde para salir a su hora espléndida, era cuando se le revelaba la esencia de urbe que sabía atarear sus calles con afanes de prestigio como los de París o La Habana. Entonces el regular trazado de sus calles se concurría de un circunspecto tráfico de bicicletas que iban y venían con ingenuos vaivenes de Penélope. Unos cuantos autos llegados milagrosamente por caminos imposibles, disfrutaban de un tráfico sin restricciones. Y el sol se despedía con aullidos de los perros cazadores que lloraban impotentes, por el olímpico vuelo con que cruzaban las yaguazas. La noche llegaba a Violeta destapando su frasco de perfumes entre los luceros fijos del cielo y los cocuyos voladores del batey, hasta que todo se apaciguaba con el sueño. A veces se violaba la madrugada con un trepidar de trenes misteriosos que galopaban como un rebaño de búfalos en la pradera, hasta que se iba degradando nuevamente en el silencio. Y excepcionalmente, había noches de delirio con carrozas y princesas de gala, que bajo el pretexto musical, iban a triunfar su belleza en los espejos del Liceo. Pero si apartamos todos estos afectos como hojarasca para descifrar el significado último de Violeta, tenemos que recordar la presencia del gigante que presidía con sus sabios metales de saberlo todo del azúcar, y siempre con hambre inaplazable, que en cada zafra asolaba las colonias y reclamaba un río de trenes. Entonces el central se volvía colmena que salía a libar en los cañaverales para llenar sus panales con la miel que el mundo estaba esperando para endulzarse. Para ello el azúcar debía realizar un complicado viaje de barcos que navegaban por una procelosa economía, y que merecía todos los respetos de no ser comprendida. Pero, si bien el central proyectaba una sombra decisiva sobre el pueblo, no es menos cierto que sólo le correspondía una participación secundaria en el fantasma del recuerdo. Después, a ese fantasma le salió un sol que lo sorprendió en descubierto. En el pánico se le escapó un jubo de asfalto que fue buscando la Carretera Central. Los trenes empezaron a demostrar poco interés. En el simbólico campo de aviación, la manga de los vientos quedó solamente para cazar mariposas bobas. Y un día, todos estuvieron de acuerdo en reconocer la fuga del adorable fantasma en la elemental flecha de luz con que el planeta de entonces resumió su transmisión al infinito.
CÁNTICO DE LA HERMANA AGUA Con autoridad Se le ordenó que fuese, Y la Hermana Agua, Con obediencia ejemplar, Todo lo inundó con abundancia. Agua original, sagrada, diluvial, Prístina, inviolada, Enviada para abrevar los cielos y la tierra. Líquido primordial Rebosando los manantiales Para correr el maratón de todos los ríos, Saltar con bríos las cascadas, Reunirse en lagos pasivos, Y allanarse en mares insondables. Eres Hermana hacendosa De todos los ciclos, Elemento de la prestidigitación, Nube que viaja intemporal, Océano que sostiene el viaje de todas las naves, Hermético glaciar que almacena muchas nieves, Sudoroso vapor de músculo incansable, O simple lluvia, que es arpa transparente Para que taña el sol arcos triunfales. A ti Hermana, Se te concedió majestad Y la ubicuidad del mundo, A ti se te dio fuerza Para configurar las costas, Esculpir nuevas bellezas del paisaje Y hasta cambiar el color de mi planeta. Mas tu designio mayor es el materno, Como suave seno de acunar la vida. Por ti se engendraron los helechos, Las hayas, los cedros y los terebintos, Tú abriste la primera flor del cosmos, Y cimbreaste la primera tentación En la dulzura suprema de una fruta. De tu matriz rebulleron los peces, Se desplegaron las alas de las aves, Y desde ti, con inseguro movimiento, Inició sus pasos todo lo que alienta. A ti, Hermana Agua, Necesaria, presta y diligente, Servidora de buenos y malos, Gracias por tu paciencia y sencillez, Y esa humildad proverbial Con que sirves y pronto te escurres A los niveles más bajos. Gracias porque nunca te niegas A los oficios más pobres Y los haces con amor y perfección. Gracias porque nos lavas el cuerpo, Arrastras lo sucio, Y sabes regresar a tu pureza. Gracias porque eres La mejor esperanza del desierto Y escudo del fuego abrasador. Gracias por tu docilidad En obedecer todas las formas, Del recipiente que te recibe, Por tu puntual asistencia A las fuentes que sacian la sed, Por el riego generoso de las siembras, Por recordarnos siempre el cielo Reflejado fielmente en tus espejos. Y sin olvidar, también, Por tu sagrada misión De iniciar nuestra fe con el Bautismo.
Gracias, te doy todos los días Por confirmarme a Dios cada mañana. Tú, como el Sol, eres su rostro. El Sol, al centro, Como Padre presidiendo, Y tú, maternal, solícita, En los detalles de la providencia. El Hermano Sol trabajando en la distancia, Y tú Hermana, la más inmediata. El Sol, que engendra y dirige, Tú, el Agua que aviva y sostiene. Hermana Agua, generoso don, Supuesto y poco agradecido, Agua lustral de todas las generaciones, Quiero rendirte homenaje Como esponja saturada de ti. Llegué en la caricia de tu seno, Y navegas todos los ríos de mi vida. Tengo torrentes, géyseres, cascadas, Lagos escondidos, Y simple humedad que me rezuma. Estas en el latido tibio de mi carne, El brillo amoroso de mis ojos Y la lágrima que expresa sentimiento. Por ti, Hermana, existo peregrino En el escogido planeta de la vida, Y agradecido por tu compañía y tus ejemplos, Te ofrezco mi pobre bendición. LA SELVA El hombre llegó caminando desde más allá de la memoria. Con su paso pequeño y sin saber que conquistaba un planeta privilegiado del universo. Recibiendo del horizonte, cada mañana, un viático de sol con el que hacer su jornada hasta el poniente. Entonces no tenía, ni le hacía falta nombre. Aunque con el tiempo pudo llamarse Abraham y entrar por los umbrales eternos de la Biblia, que con iguales derechos podía ser Rama irrumpiendo por la gracia del poema indio. No era cuestión de nombres, porque todos provenían de una misma carne llegada para incendiar los siglos con su paso. Ningún azar fue obstáculo para su curiosidad, ni pudo impedir su diligente caminata por el tiempo. Muy al contrario, las huellas de sus pies eran cada vez más firmes en el barro de los caminos. Si desmayaba, tuvo manantial en el exacto sitio de su sed. Si hambre, cornucopia de frutas a la mano. Estaciones, para amenidad de climas. Otras especies para comprender su jerarquía. Y desde el evangelista Juan hasta Rousseau, siempre tuvo sábanas limpias en las más ilustres páginas que le permitieran restañar sus fatigas con siestas seculares. Cuando el hombre dio su primer paso en el tercer milenio, ya el planeta se había convertido en una selva. No era fácil comprender como la tierra podía generar tanto verdor y mantener vestido a tanto tronco. Pero la hojosa realidad lo demostraba. Desde la tierra tenía que ir subiendo la savia que lo hacía posible. Pero la exuberancia vegetal indicaba algo más allá de lo necesario. Era como si los bosques originales también hubieran sido invadidos por las pasiones. Sólo así se podía explicar la codicia del espacio, la gula de la savia y la soberbia ilimitada de los troncos. Su resultado era una atronadora dialéctica de hojas en debate simultáneo, y cada cual, desde una circunstancia irrepetible de la economía silvestre. No era diálogo por la verdad, que hubiera enojado al egoísmo de vivir, sino pura y desalmada contienda de gladiadores que luchan por su vida. Una simple ojeada a aquella nerviosa suspensión de hojas bastaba para descubrir las corporaciones que se discutían el mejor derecho al sol. Por lo bajo malvivían las gramas proletarias reducidas a mendigar las manchas de sol que escapaban al suelo. Luego las que preferían vivir pobres y modestamente en la media luz, porque era territorio de escasa competencia. Después venían las plantas sibilinas, que no tenían fuerza propia para erguirse, y lo hacían adulando troncos mayores con abrazos enojosos. Y más arriba las que ya nacían en la altura por padrinazgo de algún poderoso que también las aceptaba como clientes en sus ramas. Pero la verdadera selva estaba regida por los troncos. Estaba el crecido con una recta intención original que la selva había obligado a ramearse en la altura para poder asegurar su fotosíntesis. Así garantizaba su temprana floración y la entrega adelantada de los frutos solicitados para los ciclos de la selva. Esto le permitía mantener su crédito con el subsuelo y poder reinvertir en nueva savia para la siguiente puja por la altura y el sol. Luego, anualmente, podría deshacerse de deudas con una conveniente bancarrota de su copa desechable, y sin preocupación por el proletariado de gramas que quedaría sepultado bajo la espesa hojarasca. Mas allá, se erguía un sólido tronco, que evidentemente, se afanaba por destacarse en la guerra sucia. Liso y cilíndrico, pero experto en rapiñar las cuencas subterráneas. Con inveterado estilo de pirata se robaba las humedades para contrabandearlas por sus oleoductos de leña. Y siempre terminaba vendiéndosela a un mejor postor de las alturas que las refinaba para florecer una primavera exclusiva de los cielos. También el que se elevaba destrenzando su leña por especializadas ramas del diseño. Acaparando con codicia el fósforo, y elevándolo por túneles reservados para asegurar su nueva pirotecnia frutal. Despreocupado del mundo de la necesidad, que descansaba a sus pies, para especular solamente en lo superfluo. Esclavo de elaborar sorpresas para triunfar en un día de estrenos, que inevitablemente, se le marchitaban todos los años. Cerca, y alejándose con repugnancia del suelo, el aristócrata que presumía de nutrirse solamente con savias de mercurio. Árbol que elevaba su nariz sobre las otras frondas por ser el único que foliaba aluminios para el reducido consumo de los poetas náuticos. Y ya se sabía, que sólo estos, sabían plegar las pajaritas para disfrutar una aventura de los vientos. Y el más incontinente de todos, que detonaba su copa como un hongo atónito de su propia virtualidad nuclear. Apenas salía su genio de la semilla y ya se estiraba con gestos absolutos que revelaban una agenda de monopolizar la selva. Y lo hacía lanzando ramas barbadas en todas direcciones, a invadir sin control, y a multiplicarse en troncos que consolidaran su imperio. Y el peregrino razonó que aquel trópico se había malogrado de inviernos, porque toda aquella incontinencia desembocaba inevitablemente en la soberbia de ser uno sólo, aunque luego la vida perdiese su sentido. Y decidido a regalarse nueva morada para el milenio que estrenaba, y ante el espanto general de la selva, levantó el antiquísimo gesto del hacha, que arriba y abajo, y muy pronto, clareó el redondel necesario para devolverle al suelo la bendición del sol, y empezar a cultivar el mundo mejor que necesitaba. Y como piedra en estanque, tras el primer refunfuño, la selva se fue alejando, porque no era cuestión de broma aquel peregrino llegado desde lo inmemorial y con más experiencia que la historia.
ELEGÍA DEL ÉXODO Llegaron temblorosos, Como llega la carne Al atravesar un bosque de cuchillos, En estampida de rebaño Aterrorizado de lobos, Lívidos del salto mortal a lo desconocido, Con las pupilas mareadas De balancearse sobre los abismos. Venían con la expresión De quienes dejan vistos los infiernos Y se fugan de la Isla del Diablo Huyendo de las jaurías Por los pantanos de sal. No eran migraciones de escitas Ni barridas de conquista de los hunos, Tampoco fueron huestes de Alejandro, Ni cruzados, Ni guerra santa musulmana. Fue escapada de judíos del pogrom, Embarque vil de negros africanos para América O zarpar de Plymouth el Mayflower. Porque se supo la perfidia de Judas Y se encontró una rendija Bastaron treinta horas Para fundar una ciudad En territorios del Perú. Y se convirtió en santuario Con peregrinos que le llegaban Por todos los caminos. Entonces Judas desenfundó sus armas, El abuso, la traición, la envidia, La mentira, el susto y la ignorancia, Untó con rabia los colmillos de los perros, Pactó con los tiburones de los mares, Y decretó la leva de malvados Entre la canalla que pasta en sus pesebres, Para arengarle la miseria Que siempre anida el alma humana. Luego, uno contaba: "cuando nos cobijaron las alas del cóndor Polifemo, desesperado y ciego, Arrojaba peñascos sobre nuestras cabezas", Otro narró: "separando a los esposos y a los hijos Shylock cobró su libra de corazón", Y aquel: "Cosette temblaba de sólo imaginar Las acechanzas de Thénardier". Después convocó a todos los miedos Para lograr una comparsa de pueblo Que santificase su roja maldad,. Y el pueblo inerme sacó las máscaras Para otra jornada de triste carnaval, Porque nadie le ayuda a denunciar la mentira Ni quiere creerle el sufrimiento. Entonces la soberbia acusó de escoria Y los ecos repitieron escoria, Todos los acordes apoyaron escoria, Las cotorras, ¡escoria!, Los papagayos, ¡escoria!, Las cacatúas, ¡escoria!. Allí desfilan los húngaros valientes, La decisión de los polacos, La serena espera de los checos Y el coraje de Zajarov. Todos juntos, van con los mambises En ansiosa espera del toque de clarín. Florida, Cuando muchos no te amaban, Ya nosotros, con la lengua, Le pusimos flores a tu nombre. Nos unió la amorosa locura de Inés Penando en el Castillo de la Fuerza Porque Hernando perdido no volvió. Después con hombres santos, Heraldos de la cruz y el evangelio, Que venían a ofrecerte El precioso mundo de la fe. Y en empeño de independencia Emigrados nuestros en Cayo Hueso Torcían tabaco y ahorraban céntimos, Como alcatraces posados en la roca Que esperaban el vuelo del regreso. Y en Tampa, proclamó Martí La profecía intemporal de los pinos nuevos. Cuba siempre, Florida, De visita y tejiendo Historia. Porque los amenazaron con miedos concretos Los asustaron con miedos indefinidos, Y hasta les dieron pie para que inventaran miedos, Es que viajaron niños con la línea de flotación Por debajo de los tiburones. Porque en la escuela sólo enseñaban A conjugar con el verbo "odiar" Y les tomaban la lección de la mentira. Porque le malograron el mundo de los sueños Para que sus alas de niño no volaran Ni aprendieran las cosas más hermosas. Vinieron viejos venerables Que forjaron soles con sus manos Y se habían ganado el descanso Para saborear sus recuerdos del amor. Vencedores de combates y tormentas Que ahora se despidieron con saña, Y viajan con sus cuerpos frágiles, Sus pieles de muchas intemperies, Sus ojos de vislumbrar trasmundos, Apretados como fardos en cubierta. Campesinos mareados por el oleaje De las verdes praderas del golfo, Mirando el surco estéril de las naves Y extrañando semillas en las manos. Poetas que tenían secuestrado el sentimiento Y la esperanza acribillada de flechas. Jóvenes que no sabían lo que iban a encontrar Pero seguros de lo que querían abandonar. Los pelícanos que habían previsto el invierno, Las gaviotas que confiaron en la fuerza de sus alas, Los tomeguines que viajaron con vuelos delirantes, Los totíes, los gorriones, los sinsontes, Toda pluma que pudo escaparse de la jaula En Miami remontó su nuevo vuelo. Llegaron como aves de paso Con su instinto de volver al sur, Y tejieron muchos nidos con picos hacendosos, Cantaron muchas primaveras, Empollaron muchos huevos, Porque el invierno no cedía Y prohibía siempre el sur. Nacieron polluelos de buches insaciables, Pichones de suave pluma, Pero siempre heredando el instinto De zunzunes y tojosas. Y Miami retoñó con el piar de sus crías, Se elevó con el batir de sus alas, y Estrenó nuevos cantos en el viento. Pero cuando Miami escuchó De nuevos ciclones al sur, Supo llegado el momento del amor. Hipotecó sus nidos, y Comprometió su ala en la tormenta, A rescatar el ala de su pluma Y responder al canto de su sangre. Viajaron mujeres a punto de ser madres Valerosas y llenas de ilusión Con pequeños Adanes en la bolsa de su cuerpo Para dar a luz en suelo libre. Obreros que sólo trajeron sus manos Y su cuerpo curtido en la escasez A conocer otra vida Donde se viese el fruto del sudor. Presos que rumian su historia Como batalla inconclusa Que aún debe terminarse: "fueron quince años de querer matarme el amor, quince inviernos largos para que olvidara toda primavera, quince siglos de ponerle mi nombre a la maldad, quince tiempos de trasquilarle aceite a las ballenas para que murieran de frío en los océanos, quince, como una trágica flor de ir arrancándome pétalos de muerte". Buscando tierra de promisión Hubo barcos que entraron a puertos En el fondo del mar, Dejando cuerpos a la deriva Como medusas en la Corriente del Golfo Para sepelios en el Mar de los Sargazos. Hubo quienes terminaron como palomas yertas Porque no pudieron despertar del sueño profundo del monóxido. Vinieron dementes sin conciencia de viaje Porque el poder necesitó traficar con su locura. Delincuentes que confesaban sus delitos Para creer en el mundo del perdón. Y de los naufragios, sarcásticamente, Sólo se salvaba el huérfano. Y el cambiante mar de Mayo No se abrió como el Mar Rojo, Ofreció su procelosa llanura Para incierto campo de batalla Entre las aguas y el viento Con naves que esquivaban el naufragio. A la madre temerosa le faltaban manos Para sostener al hijo, El padre se asustaba Por haber decidido la aventura, Y el hijo no entendía. Las olas no respetaban las cubiertas Que se hundían en la ira, Y hasta el horizonte ancestral También zozobraba en la tormenta. Al norte Nueva Jersey rebosante de cubanos Que quisieron un barrio en la capital del mundo. Al oeste California con sus mapas en español, En Denver, Houston, San Antonio, Washington, New Orleans y Chicago. Los casi cubanos de Tampa y Cayo Hueso Que participan de nuestra historia. En la hermana Puerto Rico, El vecino Santo Domingo Que es decano del continente, La generosa Venezuela del petróleo Y la Colombia hermosa de la historia. En el Panamá que transa océanos y continentes, La Costa Rica, milagro de libertad, En la España que crió al Nuevo Mundo. En todo el planeta, la diáspora cubana En vilo, por su Mariel que gime. Cuba, siempre, asediada de mar, Es nave anclada, misteriosamente al centro, Por las caricias con que la ciñen las corrientes. Lograr su castillo de encantos Era travesía procelosa del mar Sobre crujientes puentes marineros. A Cuba todo llegó por abordaje Que luego su amor, tornaba en residencia. La isla fue novia ultramarina De carabelas y galeones En viaje a imperios legendarios, Que se obligaban al beso de su puerto. Por sus aguas, la brisa empujaba correos Que llevaban y traían los borradores de la historia, Y en sus bahías se mecían regalos de virreyes. Las naves de fortuna cortejaron sus costas Con las toscas caricias de los traficantes del bucán, Las visitas violentas de los ladrones del mar Y sus iguales patentados para el corso. En el lujo de salones submarinos El Canal Viejo de Bahamas Tiene el museo de esa historia Con barcos forrados de coral, y anclas de orfebre, Con trinquetes y mesanas esperando vientos, Cañones que sólo disparan Andanadas de peces tropicales. Allí hay toneles ahítos de vinos añejos Que no llegaron al brindis, Y bodegas preñadas de tributo Que esperan rendir viaje Para resolver las deudas de su emperador. Hoy, sobre la serenidad de esta belleza intemporal, Y en la superficie del tiempo que transcurre, Giran hélices agotadas de acarrear multitudes, Se hunden proas bajo los líquidos trillados, Con un Éxodo semejante al de la Biblia. Y nunca se sabrá que parte del mar Será ya, para siempre, de lágrimas cubanas. Dicen que dentro de los cardúmenes Venían las aguas malas, En medio de las ovejas, los lobos, Y que el trigo estaba infiltrado de cizaña. Pero yo te digo, Que el cobarde inventa los peligros, El egoísta exagera la cautela, Y sólo el amor, descubre la verdad Las razas que un día llegaron a la isla por mar Y renunciaron el adiós, También ahora por mar, buscan tierra libre. Iban hijos de los soldados del Gran Capitán, Los de marinos que triunfaron en Lepanto Que trajeron todos los apellidos de España Y llevan al pecho su Quijote. Iban las pieles oscuras del Golfo de Guinea, Portadoras de oídos afinados en Ifé Y cuerpos educados en su danza, Que no aceptan chantajes con su piel. Los ojos almendrados de China y el Japón Que valoraron primero la garza y el bambú Y descubrieron la pólvora y la brújula. Todos iban con rostros angustiados, Mezclados en multitud, Con ese estilo abigarrado y plebeyo de América, Que a todo renuncia por ser libre. La gran ausencia, que no viaja, Fue el reducto de la saña, La diana de los odios del tirano, La pobre carne que se muele y añeja Con los crueles dientes del tiempo. Los hombres a quienes se le niega el ser Y se les confina el espacio, A quienes les estrangulan la vida Y aún se teme a su palabra: Los presos que no compran sombrero Para saludar tiranos. El entrañable Cayo Hueso los vio llegar Como son todos los pueblos Cuando los empujan a un viaje sin valijas, A quedarse sin patria en los papeles Y con el regreso incierto en los acasos. Vinieron agarrados a la fuerza de su verdad Como aprieta un niño la saya de su madre Para comenzar la vida que lo apremia. Los buenos y fieles peruanos Nos abrieron toda la anchura de sus brazos, Nos prestaron su poncho Y tocaron huaynitos con su quena. Los ticos nos montaron en sus típicas carretas Como se recibe al hermano Que viene de una guerra. Los gauchos nos hicieron sitio para el mate, Y el país de los emigrantes Abrió todas sus puertas Con la pasmosa sencillez de un gesto libre. América entera prestó entonces su coro Para abominar al odio del Caribe. Y las viejas cepas de Europa Atónitas miraron a occidente Porque también en América Ocurren cosas bíblicas.
LA PESCA De lo hondo, Como astro de abismos El pez aflora su plata Y sube la orfebrería de espinas Para hacerse brillo de las olas. Viva plata que se asoma En la espuma de las crestas, Sin cautela Ni sospecha De trampas en las aguas. Plata libre Sin el aprendizaje inútil De la mordida irreversible del acero, Un poema de plata Que reta el sentimiento del poeta Con un soberbio latido de escamas En los inquietos líquidos del mar. Duda de las nasas Porque un poema de plata Puede quedar cernido En un chasco de mimbres vacíos. Y del zarpazo de una red Puede escurrirse una plata fugaz. El arpón siempre fue Una tozuda intención De buscar la plata donde ya no está. Quizás pueda emboscarse Con la siembra de anzuelos En los músculos del mar. En la luz estaba el poeta Tenso de su cuerda fláccida Y al otro lado de la transparencia Estaba la ilusión de ese poeta Suspendida en un imán de platas. Morder la ilusión Ya fue fugarse en el hilo del poema Y devanar sus carretes Con los jadeos de la plata. Y los ojos del poeta Vieron brotar del océano Un repentino manantial de plata, Limpia y fresca plata, Y otra vez voló sin alas Mientras se iba cobrando el poema Como Hemingway maniobra una novela, Amansando la distancia Y abordando la plata tangible De un vencido poema en las cubiertas, Yerta plata de pez, Casi como una vergüenza Escrita en el papel marino.
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