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                                       Tiempos Adversos 

 

                                                Introducción 

                                          Por Emilio Adolfo Rivero 


Que el hombre se reconoce racional prueba que lo es. Hay placer en esa constatación. Es cualidad que lo singulariza dentro del reino animal, lo aparta del bruto. Llegó a la razón en proceso evolutivo de millones de años. Advierte, quizá con pena, que mantiene rasgos y ataduras de aquel tránsito. Cicatrices del camino, que las borrará el seguir andando. Y comprende que es prisionero de mandatos que vineron con él a la vida, y de los que no puede librarse.

El logro en satisfacer el instinto primero, la supervivencia, jerarquizó al animal dentro de su ámbito. Los más exitosos tenían acceso preferencial a la hembra. Acallaba el segundo instinto, la reproducción. Imprescindibles a la especie, ambos impulsos perduran en el hombre. Que se hizo numeroso.

Magnificados los grupos, se dieron nombres, explotaron territorios, aprovecharon y sufrieron climas, persiguieron un hoy fugitivo y, en memoria ancestral, y pavor, de lo sufrido, trataron de amarrar un mañana, hacerlo cautivo.

Al evolucionar la razón aumentó el número de apetencias, solo limitadas por el tiempo necesario para idearlas y satisfacerlas. No implicaban supervivencia y reproducción pero, confundiéndose con ansias ancestrales, e inmersas en ellas, imaginaban urgencias vitales. Se desarrolló así, a paso lento, una necesidad creciente de medios y mecanismos políticos para lograrlos.

El progreso en la tecnología y comunicaciones ha ido quebrando el enlace entre territorio y recursos. Existen hoy grupos humanos con escasísimo espacio geográfico, desprovistos de riquezas naturales, que figuran entre los más acaudalados del planeta. Pero persiste en el humano el vínculo ancestral de tierra y supervivencia. Y millones de vidas, que son reales, se sacrifican  por ideas de valor menguante, por instintos mal leídos.

Romper una vida destruye posibilidades universales. La razón de un solo hombre puede iluminar la humanidad. Y eso ha sido y es cierto en ciencia,  arte, filosofía y política. Pero, señalaba  Freud, en el hombre coexisten Eros y Tánatos, creación y destrucción. Somos a la vez infierno y cielo, se dijo en la India.

Rusia, Alemania, Estados Unidos, América Latina, el Medio Oriente, que tanto han dado, presentan páginas de oprobio. Abranse algunas.    

Quizá sea fecundo recordar lo destruído. Puede servir de advertencia.

 

 

Washington, D. C.

Junio 13 de 2007

 

 
   

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New Cuba Coalition
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Washington, D. C. 20044-4077
Dr. Emilio-Adolfo Rivero — President
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