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                                    MÁS ALLÁ DEL SILENCIO

                                        Por Ernesto Díaz Rodríguez

                                     Secretario General de Alpha 66

                          Vicepresidente de Unidad Cubana     

 

 
Durante más de 47 años el régimen comunista de Cuba se ha dado a la tarea de exportar una imagen sublime, aunque completamente falsa de la “revolución” de Fidel Castro. No es una práctica novedosa. Mucho antes lo habían hecho Adolfo Hitler y el camarada Joseph Stalin, ambos mentores en el ideario ideológico y político que conforman la personalidad del caudillo de la Sierra Maestra.  No es una idea original, sin embargo, Castro la ha utilizado con habilidad y le ha dado sus frutos.
 
Tanto en la época del masivo aniquilamiento de personas indefensas, en las tristemente recordadas cámaras de gas de Austwish y Treblinka, como en los campos de trabajo forzado del horrendo Gulag, parte de la comunidad internacional hizo un silencio cómplice. Y es lo que Castro ha intentado con éxito al penetrar las frágiles mentes en un mundo donde al parecer para muchos tienen más importancia las hamburguesas y la Coca-Cola que el prolongado sufrimiento de un pueblo, no importa que sea Cuba, Venezuela o Afganistán. Se identifican muy fácilmente con la mentira,  si esta se ofrece en bandeja de plata y conviene a los intereses. Los valores fundamentales de la persona humana y sus sufrimientos poco importan.
 
Más de 47 años de falsedades, consciente o inconscientemente asimiladas (cuando no justificadas y aplaudidas) por no pocos políticos e intelectuales, por religiosos de todos los niveles, entre ellos el controversial Cardenal Jaime Ortega Alamino, quien tanto gusta de bailar al compás de la música de Castro. Más de 47 años de silente complicidad por parte de ese mundo multicolor compuesto por artistas, músicos, cantantes, poetas y locos, y hasta por amplias comunidades de frustrados en su personalidad y en su débil espíritu. Personas de mediocres sentimientos, que en todos los rincones del planeta se sienten ofendidos por el progreso y las amplias libertades que han llegado a alcanzar desde su independencia, como país libre y civilizado Los Estados Unidos de América.
 
No, no es que sientan verdaderas simpatías por la personalidad de un barbudo engreído y carismático en su triste pasado, ni por su destartalada “revolución”, caricatura del desastre mas escalofriante de un sistema político inventado por bribones para alimentar de vanidad a bribones y llenar de riquezas los bolsillos, de bribones también, en su inmensa mayoría parásitos de la sociedad, personas sin principios morales, corruptos hasta la medula en todos los sentidos. Ni siquiera es que en la actualidad el anciano, viscoso y nauseabundo, ya en pleno umbral del basurero de la historia, les inspire lástima, admiración o respeto.
 
Otra es la razón: Es el veneno de la envidia quien los mueve.  Es el resentimiento contra esa raza de cubanos exitosos a pesar del destierro, invencibles en su espíritu democrático y en su fe de triunfar en la lucha por la libertad de Cuba, a quienes perversamente tratan de vincularnos con los intereses de Los Estados Unidos. Es el diáfano reflejo de ese odio visceral e indescriptible contra  una nación que he sacrificado a decenas de miles de sus mejores hijos por llevar la libertad a otros países brutalmente oprimidos. No, no es Castro y su andrajoso sistema totalitario la inspiración. Es simplemente el puente, la muleta donde apoyarse, o la máscara carnavalesca con que cubren su rostro esa comunidad de hipócritas que todavía andan gritando y rezando padrenuestros  por la salud de un diabólico tirano, que debía ser vergüenza de la humanidad y no espuela o brasero. 
 
Pero el triunfo sobre la maldad, ese triunfo sin claudicaciones y sin componendas viles por el que tanto hemos luchado los cubanos dignos, es un proceso irreversible que está pronto a culminar, porque la dictadura comunista en nuestro país esta acorralada y al borde del precipicio. Nada, nada puede salvarla, porque sus raíces están sustentadas en la fragilidad temblorosa de un pantano. Y temblorosas están también las endebles rodillas de quienes por mucho tiempo se creyeron dueños del sinsonte y las palmeras, dueños del sol, de las montañas y los valles, dueños del cielo y de las apacibles olas que baña las costas de esa tierra santa que en cada amanecer reverdece y se agiganta en nuestras arterias.  
 
Ya hemos visto, en presagio de esa tormenta nacional que se les viene encima, como  las ratas nauseabundas han empezado a abandonar sus madrigueras; como han comenzado a saltar por la borda, conscientes de que la nave de la “revolución invencible” ha empezado a hacer agua en preludio de ese naufragio estrepitoso y aleccionador que inevitablemente se les viene encima. Y porque la voluntad de ese pueblo que ha vivido ignorado en sus ansias de paz y prosperidad, y en sus sufrimientos, por espacio de casi cinco décadas, es la de ser libre.
 
Cuando llegue el instante de la redención y se abran los archivos de la infamia; cuando a las víctimas de la tiranía opresora se les ofrezca la oportunidad de contar sus tristes historias; cuando la justicia pueda abrirse paso entre los torturados y los muertos y la estrella solitaria de nuestra bandera vuelva a resplandecer de luz, habrá muchos que nos sentiremos felices de no haber claudicado, de haber sido, en el amor a la patria y su defensa fiel, intransigentes.  
 
Cuando hayamos aventado las cenizas de la infame revolución hacia la nada y en los campos de Cuba de entre las viejas espinas broten espigas de amor y de rosas, rosas blancas, será entonces, quizás, que para aquellos que junto a los Castro nos tendieron emboscadas de silencio habrá llegado el momento de la reflexión y, probablemente, del arrepentimiento y la vergüenza.

 

 

 

   

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