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                                 El presente enfatizado

Por J.R. Saludes                                                

Moscú, julio 28 de 2005


Ocurrió que el pasado 26 de julio recibí la anunciada visita de una antigua alumna en mi despacho. La chica ( me reservo su nombre), hija de una rusa y un cubano, vive en Moscú desde mediados de los años 90. Junto con los suyos se vio forzada abandonar la Isla por fuerza de las circunstancias, según sus suavizadas palabras. Fue ella quien me hizo reparar en la fecha. Con una vehemente sonrisa, la picaresca en sus ojos de un negro insolente, y después de los besitos de rigor, musicalizó más con su cuerpo que con su voz Siempre es 26.

La frase musical me hizo regresar a un remoto pasado. Ipso facto evoqué la maravillosa voz de Omara Portuondo interpretando (ya no sé sin  con elocuencia o resignación, pero de cualquier modo patética) aquella tonada que mí se me antojaba más bien como una plegaria fúnebre. 

Apenas recuerdo la letra de la canción. Poca falta que hace. La esencia, el summum vitae radica precisamente en esa suerte de letanía de que en Cuba no hay ni puede haber otra posibilidad de aproximarse a su tiempo histórico que no sea desde la referencia de que Siempre es 26. El presente como un proceso ineludible, ubicuo, imperecedero.

Ahora que la analizo. Justo es el concluyente presente implicado en la frase lo que explica las deliberadas omisiones del pasado, la alevosa refutación de lo futuro. Si se entiende el pasado como lo no cierto, el porvenir, en cambio, habría que asumirlo como lo incierto de lo que pudiera conllevar el abandono, la ruptura con ese dilatado e infinito presente. En la Cuba de hoy pasado, presente, futuro se resuelven en una sola ecuación, fundidos en un único latido de tiempo cuyo origen se remonta al asalto de un cuartel, una noche carnavalesca de 1953.

A partir de entonces todo el país se proyecta sumido, día tras día, reinventando la historicidad de la fecha. El presente arranca desde la conceptuación de su propio pasado, hace creer que enfila a un hipotético futuro,  pero languidece anquilosado en un mismo lugar. Los planes, las prioridades, las ilusiones y desesperanzas de su gente devienen como una involuntaria consagración a la parálisis perpetua. En presente se lucha, se camina, se llora, se ríe, se vive la desmemoria pasada y también el postergable mañana. Como si, de hecho, se exigiera asediar al Moncada a diario.

Una pregunta retórica. Me la dirijo a mí mismo. ¿Qué lectura hay que darle pues al 26 de julio? ¿Qué significa eso de estar siempre en 26: una fiesta, una condena, un dato estadístico?

Al menos para mí la fecha guarda estrecha relación con mi infancia. Para más precisión con los tres juguetes que una vez al año me regalaban la tangible felicidad de sentirme chiquillo. De manera que antes de ser temporada de carnaval, los imposibles discursos del Fifo, las ansiadas vacaciones escolares,  el 26 de julio hubo de ser primero la irrevocable expulsión de los Reyes Magos en el calendario cubano. A modo de compensación se instituyó un sucedáneo, revolucionariamente llamado “Día de los Niños”, pero cada vez con menos juguetes y ya sin el encanto y ensueño que arropaba a las noches del cinco al seis de enero. De pronto, la infancia que me quedaba se precipitó en los tórridos días de julio, reclamado para sí el brillo acerado y el sopor de la realidad tributaria.

Para que la Historia no se vea obligada a absolvernos

Aquel que relea sin prejuicios el documento original de La Historia me absolverá, lo más probable es que no halle ningún parangón con la célebre autodefensa que hiciera en su día Georgi Dimitrov frente al tribunal nazi, acusado de incendiar el Reichstag. Aunque aceptemos la corrupción innegable entre los letrados de la Cuba de los años 50, en ningún caso podían competir en cuanto a ferocidad y crueldad con los colegas del gremio alemán. Tampoco en magnitud. La autodefensa esgrimida por el comunista búlgaro, por lo hábil, resultó al final una contundente denuncia a escala mundial en contra del peligro que entrañaba el auge del fascismo germano para con toda la humanidad. Sin restarle valor, el alegato defensivo a su favor por el joven Fidel tuvo más de programa de campaña pre-electoral que de valuación exhaustiva de la sociedad cubana de aquella época. Aliñado con el populismo característico de la época y la inconsecuencia demagógica que ya lo definía, su exposición ante Sus Señorías no sólo lo exoneró de una ejemplar condena en proporción con la gravedad de su delito, sino que, además, lo injertó en ese mismo momento en los ulteriores (¡y dé qué manera!) destinos de la nación. Muy pronto los cubanos entenderíamos con creces las claves del malvivir y morir Siempre en 26.

A diferencia del 1 de enero que fue la consumación, el triunfo del absolutismo cubano, el 26 de julio se reserva otro tipo de coronación mucho más emblemática: el hito, la leyenda, la mistificación. Todo lo acontecido después del asalto al cuartel Moncada, incluyendo la misma acción, el juicio, la relajada prisión, el Gramma, la Sierra, Playa Girón, los deportados del Escambray, Camarioca, Mariel, Angola, el remolcador trece de marzo,  los miles de presos políticos, el hambre, las penurias y la orfandad moral de la sociedad actual no son sino ramificaciones de un único sendero que no ha conducido ni conduce a la Patria a ningún lugar. La manoseada remembranza de la tragedia cotidiana. El presente forzosamente resucitado. La historia me absolverá.

Resulta curioso. En el último discurso del Fifo (el diminutivo aquí no encarna necesariamente cariño) en conmemoración al 52 aniversario de la fecha en cuestión, la arenga del cierre coincidió justamente con el final de su famoso alegato de autodefensa. Sólo que ahora la consigna iba dirigida en plural. No fue: ¡Condenadme!. Arengó: ¡Condenadnos!. Desde luego, las palabras no estaban destinadas al pueblo cubano, so pena de acusar redundancia. No. La estrecha geografía de Cuba ya no basta. El propio infierno anda saturado con nuestras inservibles miserias. Somos un pueblo que a priori nos sabemos condenados. El imperativo iba dirigido a Chávez y a todo el hermano pueblo de Venezuela. Es curioso. Repito. Si se relee sin prejuicios el original de La Historia me absolverá, notaríamos  que no existe, hoy por hoy, escrito más subversivo en la Isla que este documento. Entonces como mi pueblo, juntos todos, anda entretenido ovillando el presente, la solidaridad de otros pueblos tal vez nos ayude a vislumbrar otro cuartel que asaltar pero donde sea posible la vocación del futuro. Sin duda alguna eso sería una Historia distinta. Otro tipo de absolución.

 

 
   

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