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Algo peor que la guerra

Por Vicente Echerri


 
Habrá guerra entre Colombia y Venezuela? Aunque las denuncias y fanfarronadas del presidente Hugo Chávez pueden interpretarse como típicas fabricaciones oportunistas para atenuar su creciente impopularidad --semejante al caso de Galtieri cuando desató la desastrosa guerra de Las Malvinas para ganar respaldo político de los ingenuos argentinos--, confieso que me gustaría que estallara esa guerrita que podría llevar a Estados Unidos a tener que intervenir para proteger los yacimientos de petróleo del lago de Maracaibo. De producirse tal conflicto, el fin de Chávez --enhorabuena-- podría certificarse.

Sin embargo, la extensión y complejidad de la frontera entre estas dos naciones, donde siempre ha habido constante tráfico --en el mejor sentido de este término, y también en el peor-- de personas y bienes; la secular interrelación, histórica y cultural, entre ambos pueblos y la presencia activa de miembros de los movimientos guerrilleros colombianos y de agentes de terceros países, hace que algunos juzguen esta guerra como una empresa ardua y traumática para todas las partes, que podría dislocar de manera permanente el status quo de la región.

El rechazo a la posibilidad de este contienda, parejo al repudio a las acciones de la FARC, por importantes segmentos de la población, tanto en Venezuela como en Colombia, podrían llevar a creer no sólo que una guerra entre los dos países tendría poco respaldo popular, sino también que costaría trabajo que estallara, pese a los insultos y agresiones de Chávez y su injerencia desestabilizadora en el conflicto interno de Colombia. En mi opinión, esta confianza es engañosa y peligrosa. Mirada desde afuera, la complejidad de la situación lejos de ser garante de la paz puede ser combustible para la guerra.

El reciente llamado de Chávez a reconocer a los terroristas de las FARC como un movimiento político en armas es, tácitamente, un acto de legitimación que a los guerrilleros sólo les ha costado la entrega de dos o tres de sus varios centenares de secuestrados. Luego de cuatro décadas de insurgencia --con miles de asesinatos, asaltos y actos terroristas-- Tirofijo y su banda de delincuentes, viendo como la izquierda ha llegado al poder por la vía electoral en otros países latinoamericanos, deben haber pensado que ha llegado el momento de abandonar su infructuosa aventura (al menos en lo que a la toma del poder se refiere). Sin embargo, acogerse a la vida civil mediante un diálogo directo con el gobierno colombiano reduciría sensiblemente su importancia, al punto de la disolución. De ahí que hayan querido buscar en el gobierno de Venezuela, y en el payaso delirante de su presidente, el reconocimiento que la comunidad internacional hasta ahora les niega.

Ese recurso, por azaroso que parezca, podría dar lugar --si el gobierno de Colombia no lo impide-- a una cesión territorial de mayor importancia y permanencia que la zona que, en su momento, les despejara a los rebeldes de las FARC el presidente Andrés Pastrana durante aquellas fallidas conversaciones de paz. La estrategia que siguen los guerrilleros es acercarse a la legalización respaldados por una suerte de soberanía sobre un área del territorio nacional, lo cual les daría a un peso y un prestigio del que ahora carecen en el ámbito de la política colombiana.

Creo que por el bien de la democracia en Colombia, por el futuro y la prosperidad de esa nación, el gobierno del presidente Alvaro Uribe debe resistir esta movida de los subversivos que han encontrado en Chávez un enfático portavoz, no importa los insultos, chantajes y amenazas que éste profiera, incluidas el cierre de las fronteras y hasta el conflicto bélico. Una guerra regional sería sin duda una gran calamidad; pero mucho peor sería el ingreso en la vida política colombiana de esta banda de facinerosos legitimados por el mundo.

©Echerri 2008

 

 
   

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