Si
un resultado --divertido y, al mismo tiempo, conmovedor--
ha tenido la nominación de Sarah Palin a la
vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido
Republicano, ha sido el de romperle el pasodoble a los
entusiastas de Barack Obama. El desconcierto de los
demócratas, empezando por el mismo candidato
presidencial, es tan obvio que da pena, tanta que
merecería una copla gitana. Desde hace una semana los
que predicaban la inevitabilidad del triunfo de Obama se
suman al pasmo y empiezan a hacer rectificaciones, al
tiempo que las encuestas les enmiendan la plana.
Contrario a lo que muchos opinaron al
principio --entre ellos algunos sazonados republicanos--
la elección de Sarah Palin como compañera de fórmula de
John McCain es un indiscutible acierto, y no sólo por
tratarse de una mujer que atraería a las clintonianas
descontentas, ni a una señora evangélica que prefiere un
hijo idiota a un aborto para atraerse a los
fundamentalistas cristianos que desconfían de las
credenciales conservadoras de McCain; sino por todo lo
demás que Palin es de manera auténtica y obvia: una
chica independiente de la inmensa ruralía norteamericana
que encarna como nadie los valores de una tradición. Así
como en el caso de Obama los atenuantes lo perjudican;
en Sarah Palin los agravantes la favorecen.
Además, la nominación de Palin sirve,
en verdad, para resaltar las diferencias entre ambos
partidos como en ninguna de las elecciones anteriores.
Esas diferencias no radican tanto en los programas --aunque
diferencias haya realmente-- cuanto en la gente que se
ha agrupado en torno a ellos. Los demócratas, más que
nunca, convocan en estas elecciones a votantes urbanos
de los estados marítimos de ambas costas, a los que se
suman profesionales y académicos con una substancial
representación de minorías (negros, hispanos) y
movimientos de activismo social (ambientalistas,
feministas, homosexuales militantes); en tanto los
republicanos, también más que otras veces, aparecen como
la encarnación de la ''América profunda'', el
Hinterland de este país, más rural, es decir, más
sencilla o más ruda, más afín a los deportes violentos,
más elementalmente patriota y mayoritariamente blanca.
Basta haber visto los asistentes a una
y otra convención para advertir esa diferencia. Los
demócratas se han volcado hacia la heterogeneidad,
empezando por su candidato presidencial; en tanto los
republicanos han puesto el énfasis en el retorno a los
valores y la imagen que Estados Unidos tuvo hace medio
siglo: un país homogeneizado a partir de una próspera
clase media, de obreros y agricultores blancos, con
sanas costumbres y una suerte de limpio ideal
provinciano, tal como puede verse en programas como
The Little House of the Prairie. Sarah Palin es la
más cabal representación de todo esto y, en tal medida,
que hasta sus posibles deficiencias o carencias (falta
de experiencia en administración urbana, aldeanismo,
etc.) se suman al currículo de sus méritos.
Entonces, ¿alienarán estas elecciones
a demócratas y republicanos a pesar de la oferta de
bipartidismo de que han hablado ambos candidatos y sus
campañas? Ciertamente. Se han definido ambos campos de
tal manera que casi parecería se tratara de dos naciones
distintas disputándose un territorio. No dispongo de
estadísticas al respecto; pero me atrevo a opinar que
pocas veces en la historia de este país los seguidores
de los dos partidos mayoritarios han sido tan distintos.
Por otra parte, no tengo duda de que
el elemento racial --o racista, si así quiere
definírsele-- desempeñará un papel fundamental en estas
elecciones, aunque todo el mundo, con una especie de
pudor moderno, quiera eludir el tema. Que un gran
segmento de la población sigue teniendo prejuicios
raciales a casi cincuenta años de que se consagraran los
derechos civiles es algo que pocos se atreverían a
reconocer en público, pero que se reflejará sin duda en
las urnas. De ahí por qué creo que el Partido Demócrata
cometió un gran error en respaldar a Barack Obama en
lugar de a Hillary Clinton. Obama ha conseguido ya,
aunque no se mencione, alinear a los votantes conforme a
un perfil racial o étnico. La nominación de Sarah Palin
es una muestra de esta alineación.
Independientemente de los temores que
me infunde el senador Obama, por su inexperta ligereza
hacia el despotismo tercermundista, no creo que esté
llamado a ser el primer afroamericano que se instale en
la Casa Blanca. Ese destino le pertenecerá más bien a un
político más conservador --al estilo de Colin Powell--
cuya experiencia y credenciales ideológicas sean tan
impecables que muchos blancos no encuentren pretextos
para no votar por él. Entre tanto, este próximo 4 de
noviembre, el mensaje que se derive de los comicios bien
podría ser: ``no este negro, no esta vez''.
©Echerri 2008