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                            Por qué Obama no debe ganar

                                             Por Vicente Echerri

 

 

Según se acerca la cita electoral del 4 de noviembre arrecian los ataques de los contendientes y sus partidarios: de acento triunfalista desde el bando demócrata, y atemorizadores por el lado republicano. Que el senador Barack Obama sea el próximo presidente de Estados Unidos entusiasma a sus seguidores que repiten su nombre como un mantra (y algo de eso tiene; mi difunto amigo Campuzano solía decirme que si Perón se hubiera apellidado ''Escapapietra'' nadie hubiera podido corear su nombre en la Plaza de Mayo) y ven su elección como un destino inevitable. Los contrarios lo han denunciado hasta la desfiguración: que si musulmán, que si marxista leninista, que si amigo de terroristas. En algún momento espero recibir un correo electrónico que intente probar que Obama practicó alguna vez la antropofagia y hasta habrá quien se las arregle para retratarlo junto a un humeante caldero de caníbales.

Sin embargo, para tranquilidad de muchos que me envían estos alarmantes correos, no sólo no creo que Obama sea ese extremista radical que sus asustados adversarios nos quieren vender, sino que, de llegar a la presidencia, se comportaría como el ladrón del refrán a quien le han dado las llaves de la casa: más comedido, conciliador y bipartidista --al menos en lo que a política interna se refiere-- que muchos de los que le han precedido.

Una presidencia de Obama traería algunos réditos añadidos: las simpatías que él ha generado en el resto del mundo se extenderían a todo el país, que entraría en una suerte de luna de miel internacional. Desde luego, esa luna de miel duraría de seis meses a un año, porque Barack Obama, o cualquier otro que estuviera en la presidencia, tendría que responder a los intereses de Estados Unidos y esto, aunque se hiciera con discreción y tiento, repercutiría con estruendo en otras partes del planeta y generaría lógicos resentimientos y frustraciones.

Asimismo, las expectativas con Obama han sido tan altas para muchos y los recursos que hereda el próximo presidente tan magros, que una administración de Obama también terminaría por frustrar a un gran segmento de sus partidarios que están a la espera de unos cambios --incluidas algunas políticas sensatas que cualquier conservador podría apoyar-- que, de llegar a la Casa Blanca, él no sería capaz de materializar. Una presidencia de Obama sería, al menos de puertas adentro, convencional, si no ordinaria. Ni implantaría el socialismo en Estados Unidos, ni le abriría las puertas al terrorismo musulmán ni pintaría de negro la Casa Blanca, como han llegado a decir algunos racistas.

Disipadas todas estas alarmas, cabe preguntarse: ¿merece el triunfo Obama en los comicios del próximo martes? Yo no tengo la menor duda en responder que no, por las razones particulares que apunto a continuación:

En ánimo de atenuar o revertir la animadversión que Estados Unidos suscita actualmente en medio mundo, Obama iniciaría un repliegue de la proyección imperial de Washington con la consiguiente disminución de su supremacía y de su arbitraje internacionales y el tácito abandono de muchas regiones de la tierra donde ahora mismo este país ejerce una decisiva influencia. Esa contracción norteamericana significaría una carta de crédito al despotismo y la barbarie y, de facto, una legitimación de algunos regímenes que oprimen a millones de seres humanos. Si Estados Unidos reduce su presencia hegemónica en el mundo estaría cediendo espacios a sus enemigos --y a los enemigos del proyecto occidental-- que le costaría mucho trabajo recobrar.

En el plano interno, aunque la agenda práctica de un presidente Obama se vería muy trabada por las limitaciones que apuntábamos antes, la exposición teórica de la izquierda radical se sentiría respaldada para imponer su discurso tanto en el ámbito intelectual y académico, donde ya descuella, como también en el espacio público. Los conservadores tendríamos que soportar una avalancha --ineficaz, pero sofocante e incómoda-- de truismos socialistas que reducirían sensiblemente nuestra pertinencia en la opinión política e ideológica.

Finalmente, en lo que toca a los cubanos y a sus amigos latinoamericanos, que son la mayoría de los lectores de esta página, Obama en la presidencia podría premiar al castrismo con lo que en este momento más desesperadamente necesita: legitimidad. Cualquier acercamiento de Estados Unidos al régimen cubano sería un signo de reconocimiento, no importan las condiciones que se impongan. Para los que aspiramos a la remoción de la tiranía, no a su reforma, es preferible un convenio económico de trastienda como el que ahora mismo existe, que el más mínimo acuerdo político que pueda traducirse como un acto de legitimación.

Obama en el poder no sería otro Fidel Castro --estad tranquilos--, pero casi seguramente sería una segunda versión --más enfática y populista-- de la desgracia que fue Jimmy Carter. De ahí por qué, puestos a elegir este martes, será mejor votar por el gris John McCain y por su simpática e iletrada compañera de fórmula.

 

©Echerri 2008

 

 

 

ElNuevoHerald.com                                                                                  Publicado el jueves 30 de odtubre del 2008

 

 

 

   

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