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                                         La muralla de Dios

P:or Viente Echerri


 

 

Mientras se intensifica la ofensiva israelí en la franja de Gaza y aumentan las presiones en los foros internacionales para lograr un cese al fuego, lo que más me preocupa es que Israel no pueda resistir esas presiones antes de haber logrado reducir a cero las agresiones de los terroristas de Hamás y dejar debilitado a ese movimiento hasta el punto de la no recuperación. Si las hostilidades cesaran ahora mismo sin haber alcanzado esos objetivos, la ofensiva israelí podría sumarse al fiasco de la guerra del Líbano de hace dos años. La muerte de civiles, especialmente de mujeres y niños, inevitable por demás en cualquier conflicto que se libre en una zona densamente poblada, sirve como auténtico escudo humano a los intereses del islamofascismo.

A mí me maravilla como una mezcla de piedad y de propaganda bien administrada --por periodistas y activistas de la causa palestina y simpatizantes de los árabes en general-- logra movilizar a los gobiernos occidentales para evitarle una humillación sangrienta a Hamás en el momento en que Israel está a punto de infligírsela. ¿Por qué podrían querer Francia, España o Gran Bretaña, que en mayor o menor medida han sido víctimas del terrorismo musulmán, desear que ese enclave del extremismo islámico sobreviva? En verdad no consigo entender la lógica que respalda este esfuerzo diplomático.

Creo desde hace bastante tiempo que Israel tendría que empeñarse en un esfuerzo a fondo, que ojalá pueda verse en el contexto de esta campaña, en el cual persiga a esos enemigos de su existencia --y de nuestra civilización, no lo olvidemos-- hasta sus últimos reductos. Ese objetivo significa, desde luego, la utilización de un número mucho mayor de efectivos de los que hasta ahora intervienen, para extender a todo el territorio de la franja la operación que la infantería israelí ha empezado a llevar a cabo en los suburbios de la ciudad de Gaza: la lucha urbana tradicional que exige que el ejército asaltante vaya en busca de sus enemigos casa por casa y que, usualmente, le cuesta un gran número de bajas.

Una de las tentaciones de los ejércitos contemporáneos, especialmente los que disponen de avanzada tecnología, como es el caso de Estados Unidos y, a su medida, el de Israel, es creer que la aviación, la artillería y otros aparatos sofisticados pueden sustituir la eficacia del soldado sobre el terreno. Un poder de fuego abrumador, como el que Estados Unidos utilizó en Irak, puede destruir o inutilizar en pocos días la capacidad de un Estado para defenderse y hasta llegar a liquidar la operatividad de sus fuerzas armadas; pero la ocupación del terreno y la supresión de pequeños focos hostiles de guerrilla urbana o rural sigue siendo hasta el día de hoy trabajo de la infantería. Mientra no se utilicen robots, el soldado de a pie es insustituible.

En las guerras asimétricas, como la que se libra al presente en Gaza entre los israelíes y sus jurados enemigos, la victoria siempre estará del lado de los más débiles a menos que su derrota sea obvia, aplastante y total. Para resultar victorioso, Israel tendría que destruir a Hamás sin posibilidades de recuperación o, por lo menos, reducir prácticamente a cero su capacidad de emprender cualquier acción bélica. Hamás, en cambio, no tendría más que sobrevivir para cantar victoria. Si es capaz de levantar de nuevo la cabeza y la voz después del chaparrón de bombas, a los ojos de muchos, sobre todo en el mundo musulmán, habría triunfado, tal como ocurrió con las milicias de Jezbolá hace dos años. Y eso acrecentaría los factores de inestabilidad en la región y fortalecería a los grupos extremistas y a los países que los protegen con Irán a la cabeza.

En cambio, si Israel prevaleciera en esta campaña con la destrucción institucional de Hamás (incluso su ilegalización como partido político) y el restablecimiento en la franja de Gaza de la Autoridad Palestina --que Hamás depuso violentamente en 2007--, las posibilidades de una paz negociada entre israelíes y palestinos podría empezar a tener de nuevo pertinencia.

Las muertes de inocentes son, desde luego, lamentables. Nadie puede alegrarse de ver a niños muertos o mutilados y a sus familiares sumidos en la desesperación; pero esas víctimas directas de la metralla israelí hay que servirlas en la mesa del fanatismo y de la intolerancia musulmana y, en particular, de esta agrupación terrorista.

Yo, en cambio, veo a Israel no sólo como el defensor de su derecho a existir y a vivir en paz, sino como la vanguardia de los valores de Occidente en una región bárbara donde constantemente se conspira contra el estilo de vida que nosotros amamos y defendemos. Si la barbarie prevalece en cualquier rincón de la tierra, el orden que nos ampara sufre, en consecuencia, un sensible menoscabo. En este sentido, Israel encarna la primera frontera de nuestra civilización. Tal vez eso fue lo que quiso decir Borges --que era agnóstico-- en estos versos con que concluye uno de los varios poemas que le inspiró esa increíble nación: Salve, Israel, que guardas la muralla / De Dios en la pasión de tu batalla.

 

Echerri©2009

 

elNuevoHerald.com

 
   

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