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El mérito de la buena muerte :Por Vicente Echerri
La polémica entre
los que quieren defender la vida a toda costa --aunque sea miserable y
vegetativa-- y los que están a favor de terminarla cuando ya es un
contrasentido darle ese nombre se ha abierto de nuevo esta semana. Una
fiscalía de Italia le ha iniciado una investigación al padre de una
muchacha que, luego de 17 años en coma, fue desconectada, con
autorización judicial, de los tubos que le sostenían la vida y falleció
poco después. La investigación obedece a las denuncias de agrupaciones,
afines a la Iglesia Católica, que se dicen defensoras del derecho a la
vida y que se aprestan a cerrarle la puerta a cualquier proceder que se
asemeje a la eutanasia (literalmente, la buena muerte, o muerte por
piedad).
El pobre padre, que esperó 17 años para autorizar la desconexión de su hija, encuentra inexplicable e injusta la reacción de estos extremistas que creen que la vida humana es tan sagrada que sólo Dios puede quitarla. Dejando a un lado los que no creemos que Dios tenga entre sus tareas ésa de quitarnos la vida (porque en ese caso ejercería esa prerrogativa con una arbitrariedad tan pavorosa que plantearía una contradicción irreconciliable con la justicia, que es uno de sus supremos atributos), vale resaltar las muchas ocasiones en que el respeto a la vida, lejos de ser un principio absoluto, se ve subordinado a otras exigencias o circunstancias. La más obvia y general es la guerra, que la humanidad ha practicado desde sus orígenes hasta el presente y que la Iglesia ha respaldado --cuando no promovido-- a través de los siglos y, en los últimos tiempos, bajo la dudosa denominación de ''guerra justa''. No entienda el lector que me he convertido en ''pacifista''. Sigo creyendo, por el contrario, que muchos asuntos aún es pertinente ventilarlos mediante el uso de la violencia armada (por ejemplo, a la amenaza mundial del islamismo radical, Occidente debe responder, en mi opinión, con el poder de sus vastos arsenales, que no sólo privaría de la vida a los propulsores de ese fanatismo, sino que los reduciría, para bien de todos y tranquilidad de nuestra civilización, a insignificantes e inocuos fragmentos). Me parece, sin embargo, que incurren en una grosera contradicción de principios los que son capaces de defender esas guerras ''justas'', donde han de morir centenares o millares de personas jóvenes, conscientes y sanas, al tiempo que se oponen que desconecten a alguien que ya ha perdido en su totalidad su condición de persona y que sólo es capaz de respirar por medios artificiales. Otra contradicción la vemos en países como Estados Unidos donde todavía se mantiene la pena de muerte y donde agrupaciones o activistas de rancio fundamentalismo bíblico se oponen a cualquier amago de eutanasia en enfermos desahuciados o con vida vegetativa, al tiempo que defienden la ejecución de delincuentes buenos y sanos. No se entienda tampoco que estoy en contra de la pena capital, aunque algunas veces he tenido mis reservas en el pasado (para ciertos delitos ningún correctivo es más eficaz ni disuasivo y sobre todo aterrador, especialmente si las ejecuciones se hacen en público), pero es de una flagrante duplicidad apoyar la pena de muerte y estar en contra de la eutanasia o del aborto de un feto con afecciones permanentes, como es el síndrome de Down. Dicho de otra manera, no se puede jugar a veces al papel de Dios y otras no. La vida humana es sagrada; pero, sinceramente, no lo es tanto, si somos capaces de sacrificarla --la nuestra y la de otros-- por la patria, por la soberanía territorial, por la defensa de la propiedad, por la fe, etc. Es un valor, ciertamente, pero es una falacia decir que está por encima de todos los otros valores. Creo que no habría menoscabo alguno para la condición humana en que la sociedad tuviera el derecho a decretar el fin de la vida de aquellos que, por accidente o por enfermedad, hayan perdido de manera irreversible sus facultades intelectuales y se vean reducidos a una vida puramente animal o vegetativa. La degradación a que un ser humano puede llegar en ese estado y el sufrimiento que ello le inflige a sus seres queridos son mil veces más atroces que la mera extinción que, en definitiva, es destino de todos. Han de llegar, espero, tiempos menos supersticiosos que los actuales, en que las instituciones hospitalarias cuenten con salas dedicadas al expedito fin de aquellos que, pese a seguir respirando, ya han perdido su humanidad: un paso de avance, sin duda, en el camino del progreso.
©Echerri 2009
eNuevoHerald.com
Publicado el sábado 28 de febrero del 2009
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