Hoy te siento venir desde la imagen inmediata.
Es que me pertenece la blancura que triunfa en tus hombros
y la esencial virtud de tu mano en el sueño.
Si por tu rostro cruzan definibles distancias,
es esa tierra tuya la que me está más cerca,
en el plano por donde vienen tus piernas
verazmente tendidas, ingenuamente puestas a encontrarme.
Todo es como de gasas azules el vestigio de verte:
humo abismal, virtual presencia,
puro designio que, momentáneamente, no acontece
y está, tal vez, para ser eso siempre.
Cuando tomo universos,
cuando en la hegemonía del bien arde mi reino
y el hálito más alto es ése de tu cruz en mi mano,
de la oración en paz
con que se anuncia el ser, la estrella, el fruto...
todo es tú inmediata:
trigo para el sustento,
aire verde en las lomas cercanas,
la concisión del pájaro en la orquesta...
toda esa armonía palpable
bajo un cielo que siempre se apresta a definirse,
que ahora cruzas sin irte,
detenida en la pura crisálida
de mi muerte en tu amor.