![]() |
|
|||||||||
|
Hombres
Emilio Adolfo Rivero
Al dejar Isla de Pinos, después de
veinte meses de confinamiento solitario, inmediatamente después de
dos huelgas de hambre de diecisiete y veinte días, más dieciocho
días amarrado a una cama y alimentado por catéteres nasales, mi peso
era alrededor de noventa y cinco a cien libras, y siendo mi estatura
de cinco pies nueve pulgadas, significa que parecía como aquellas
fotos de
hombres en los campos de concentración
nazis. En la misma condición estaban Alfredo Izaguirre, Odilo Alonso
y Nerín Sánchez, que habían participado en las huelgas de hambre. En
la primera noche de nuestra llegada a la fortaleza de La Cabaña, en
La Habana, fuí trasladado, junto con Alfredito, Huber Matos, Carlo
Pedro Osorio Franco y Luis Cruz, a las celdas de castigo-"las
capillas"- también usadas para los prisioneros a punto de ser
ejecutados.
Al entrar al área dónde estaban
localizadas las cinco celdas, tres frente a las otras dos, fuí
situado en la primera celda desde la entrada, a la izquierda. Los
otros ya habían sido asignados a otras celdas. Mi celda era la única
con dos prisioneros. Quien estaba conmigo era hombre rubio, de
mediana estatura, de apariencia algo blanda. No me llevó mucho
tiempo detectar que era un
informante*. Pero de eso más adelante, en
otro capítulo. Treinta días después de llegar a las celdas, todos
fueron enviados a las galeras. Sólo quedamos en nuestras respectivas
celdas Alfredito y yo, por veintiseis días más.
Los prisioneros acostumbraban escribir
en las paredes de las celdas, y cuando no tenían lápiz, plumas o
creyones, grababan en las paredes con cualquier objeto duro que
llegara a sus manos. En La Cabaña, en aquellos tiempos, los reclusos escribían en las paredes usando las cucharas que recibían a la hora
de almorzar y comer. Había muchos escritos en las paredes de mi
celda, en aquella primavera de 1966, de los cuales recuerdo tres.
Uno era los más de
los versos del Salmo 23... "El Señor es
mi pastor, nada me faltará..." Había sido escrito allí por un
piloto de Santiago, en la provincia oriental de Cuba. Su segundo apellido era Losada. Nunca lo conocí, pero me dijeron que era
protestante y que a veces predicaba a sus compañeros de presidio. El
había puesto su nombre bajo el Salmo, y junto a su nombre, más
tarde, alguien había puesto una cruz y una fecha de 1965, cuando
había sido ejecutado.
Lo segundo que recuerdo estaba escrito
junto al bajo techo de la celda. Sólo cuatro palabras, probablemente
uno de los últimos pensamientos de un hombre antes de ser llevado al
lugar de ejecución: "Pienso en tí, madre."
Y el tercero de los escritos fue para mí
una de las más bellas expresiones que había leído nunca porque,
imagino, fue el último mensaje, la última canción de amor, la última
carta, la última ternura que un hombre, quizá unas pocas horas antes
de ser ejecutado, había envíado a la mujer que amaba, por medio de
su mente, una pared y una cuchara. Decía: "Gladys, mi amor".
*Gerardo Eloy Dulzaides Ojeda
|
|||||||||||||||||||
|
. |
||||||||||||||||||||