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HABILIDADES
Emilio Adolfo Rivero
Acontecimientos recientes en Cuba y Suramérica confirman que la codicia y el interés propio pueden triunfar sobre la razón y el talento. Gritos de victoria han aclamado tanto la ascensión al poder de Raúl Castro como la breve crisis entre Colombia y Ecuador, ganando unos y perdiendo otros, según su grado de raciocinio. En Estados Unidos, Raúl Castro ha sido descrito como pragmático y realista. Y se le ha proclamado como organizador y reformador. Algunos de sus apologistas, sin embargo, son políticos norteamericanos cuyos estados reciben los mayores subsidios agrícolas federales y que cuentan al régimen castrista como un valioso cliente. Esos estados quieren expandir sus intereses en Сuba. Sus representantes electos protegen intereses creados tratando de atraer a otros hacia el juego de Raúl Castro. No menos deslumbrantes son las loas que se cantan en ultramar hacia el nuevo régimen. El gobierno español negoció recientemente la excarcelación de cuatro prisioneros políticos cubanos y, coincidiendo con este evento, se oyó el llamado de España pidiendo el fin del embargo cubano. Una visita a La Habana del Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Bertone, y el anuncio de una posible visita del Papa Benedicto XVI, coincidió con la petición del Vaticano de que se levantaran las sanciones norteamericanas. El Vaticano y España, estrechamente unidos durante siglos, pudieran estar impulsados por preocupaciones piadosas. Pero la normalización de las relaciones Estados Unidos-Cuba liberaría créditos financieros a la isla, sirviendo de colateral a pasados y futuros préstamos a Cuba, garantizados por la tesorería norteamericana. Los contribuyentes norteamericanos harían bien en tener eso en cuenta, dada la histórica indiferencia del régimen castrista en cuanto al pago de adeudos. Otros países tienen motivos semejantes. China tiene bases de recolección de inteligencia en Cuba. Rusia aún tiene que recobrar importantes préstamos hechos al régimen castrista. Canadá tiene considerables inversiones en la isla, lo mismo que el Club de París, cuyos miembros aún no han recobrado los dineros prestados al castrismo. El embargo norteamericano despierta mucho más indignación internacional que las décadas de narcotráfico, lavado de dinero, secuestros y asesinatos, realizados en Suramérica por grupos patrocinados por castristas y aliados. No se ha hecho esfuerzo internacional para liberar al pueblo colombiano de estas amenazas, aunque han aumentado enormemente gracias al apoyo de Hugo Chávez. Mientras que Chávez, instrumento castrista rebosando en petrodólares, desarrolla una campaña subversiva a través de todo el hemisferio, los políticos vociferan por las sanciones económicas contra Cuba. . A Estados Unidos le ha faltado sabiduría diplomática para afrontar las realidades en Cuba y Suramérica. Tanto los gobiernos demócratas como los republicanos han seguido políticas basadas en el supuesto de que desestabilizar el régimen castrista conduciría a una guerra civil, con espantoso número de bajas. Los cubanoamericanos entonces presionarían a Washington para que interviniera militarmente en Cuba y Norteamérica seria abrumada por un éxodo masivo hacia sus costas. Sí, concluyen, el régimen castrista es abominable, pero la alternativa sería horrible. Aparentemente, los expertos de la administración pública desdeñan la aritmética. Primero, ignoran que en Cuba no hay facciones que pudieran desencadenar una guerra civil. Segundo, pudieran recordar que los siete años de gobierno de Batista, y la violencia que provocó, ocasionaron menos de dos mil muertos en las partes involucradas. Sin embargo, bajo Castro, más de cincuenta mil han muerto ahogados en el estrecho de la Florida tratando de huir de Cuba, miles han sido ejecutados y decenas de miles condenados a largas sentencias en prisión. Tercero, predecir un éxodo masivo a Norteamérica deja de considerar un factor crucial: en Cuba no hay embarcaciones para efectuarlo. Las decenas de miles de cubanos que entraron en Estados Unidos desde Camarioca y Mariel no llegaron en embarcaciones cubanas, sino en flotillas estadounidenses. Finalmente, cualquier presión para provocar una intervención militar sería fácilmente desvíada con insinuaciones de apoyo a tal o cual grupo a la hora de formar parte de un gobierno provisional. Los miedos irracionales de lo que pudiera pasar si cayera el régimen castrista debían mejor ser reemplazados por una evaluación realista de lo que ese régimen ha estado haciendo durante décadas. ¿Qué pudiera hacer un presidente norteamericano? Los estadistas, cuando están forzados a actuar, se angustian por los límites de sus informaciones de inteligencia. Las evaluaciones pueden ser distorsionadas cuando se ignoran factores decisivos. Y cuando hay intereses básicos en juego, emitir juicios equilibrados basados en hechos sólidos pone a prueba los nervios más fuertes. Si la información recibida es deficiente, la evaluación será deficiente, y eso se reflejará dramáticamente, y para vergüenza propia, en el escenario mundial. Aunque las acciones erróneas pueden derivarse de informes mediocres de inteligencia, los disparates y errores pueden tener otras causas. Cualquier ejecutivo reconoce que dar instrucciones y que las instrucciones se ejecuten son dos cosas distintas. Los burócratas atrincherados que han forjado la política hacia Cuba y Latinoamérica por demasiados años, deben ser ascendidos, designados para otros cargos, o invitados al retiro. Entonces pueden encontrarse otros que hagan el trabajo que aún no se ha realizado.
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