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Más fuerte que el Gulag
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Aunque han pasado más de tres décadas
desde el invierno de 1974, en que “El Archipiélago de Gulag”, de Alexander
Solzhenitsyn, en versiones zamisdat en rústica, escritas a máquina,
empezaron a circular en lo que fue la Unión Soviética, las emociones que
provocó se mantienen hoy en día. Usualmente, a los lectores se les daban
sólo 24 horas para terminar el largo manuscrito -el primer informe histórico
del sistema de campos de concentración soviéticos- antes de hacerlo pasar a
la persona siguiente. Lo que significaba emplear un día y noche completos
absortos en la prosa de Solzhenitsyn -a veces elocuente, a veces airada- una
experiencia que era improbable olvidar.
La gente de aquella primera generación de lectores recuerda quienes les
dieron el libro, quién más lo sabía, a quien se lo pasaron. Recuerdan los
cuentos que más les impresionaron- cuentos de niños pequeños en los campos,
o de los informantes, o de los guardias de los campamentos.
Recuerdan lo que hacía sentir el libro –texto mimeografiado, borroso, con
esquinas dobladas, el resplandor tenue de la lámpara, encendida tarde en la
noche- y con quienes lo comentaron.
En parte los lectores reaccionaron en forma tan fuerte porque Solzhenitsyn -que
murió el domingo a la edad de 89 años- era tan famoso como estrictmente tabú.
Doce años antes, el régimen soviético le había permitido casualmente
publicar, oficialmente, la primera narración ficticia de los campos de
concentración de Stalin, “Un día en la vida de Ivan Denisovich”. Fue también
el último. El libro, demasiado honesto para los dirigentes de aquellos
tiempos-una sensación publicitaria- fue rápidamente proscrito junto con su
autor, cuyas obras posteriores serían “publicadas” ilegalmente- o en el
extranjero.
No importó: La expulsión de Solzhenitsyn de Rusia sólo logró aumentar su
notoriedad y el impacto de “El Archipiélago Gulag”. Aunque estaba basado en
“informes, memorias, y cartas de 227 testigos”, el libro no era una historia
estricta -obviamente Solzhenitsyn no tenía acceso a los entonces secretos
archivos- sino, más bien, una interpretación de la historia. Parte polémico,
parte autobiográfico, emocional tanto como enjuiciador, intentaba mostrar
que, contrario a los que muchos creían, los arrestos masivos y campos de
concentración no eran fenómenos incidentales, sino parte esencial del
sistema soviético - y lo habían sido desde su mismo comienzo.
No todo esto era nuevo: testigos creíbles habían informado del crecimiento
del Gulag y la expansión del terror desde la revolución rusa. Pero lo que
Solzhenitsyn produjo fue simplemente más completo, más monumental y
detallado de todo cuanto lo había precedido. Su informe no podía ser
descartado como la experiencia de un hombre aislado. Nadie que había tratado
con la Unión Soviética, diplomática o intelectualmente, lo podía ignorar.
Tan amenazante fue el libro para ciertas ramas de la izquierda europea que
el mismo Jean Paul Sartre describió a Solzhenitsyn como “un elemento
peligroso”. Su publicación contribuyó ciertamente al reconocimiento de los
“derechos humanos” como elemento legítimo del debate internacional y la
política exterior.
En años posteriores, Solzhenitsyn perdió parte de su estatura, gracias en
parte a la propaganda soviética, que lo pintó como excéntrico y extremista,
pero también gracias a su propio fracaso, al no unirse a la democracia
liberal. A él nunca le gustó en verdad el Occidente, nunca se sumó realmente
al libre mercado o la cultura popular. Aun su nacionalismo, actualmente una
causa popular, tenía algo de costroso y pasado de moda: su visión de una
sociedad más espiritual, de una Rusia como alternativa al Occidente
consumista , carece de apelativo a la superenergética, superacaudalada elite
rusa, alimentada por el petroleo. Su aparente respaldo al presidente Putin
pareció más la flaqueza de un anciano que un verdadero cambio de sentimiento.
En la semana de su muerte, sin embargo, lo que sobresale no es quien fue
Solzhenitsyn, sino lo que escribió. Es muy fácil olvidar, en un mundo en que
las noticias y fotos viajan tan rápido como cuando se toman, lo poderosas
que son aún las palabras escritas. Y Solzhenitsyn fue, en conclusión, un
escritor. Un hombre que reunía hechos, los seleccionaba, los comparaba con
su propia experiencia, y los componía en párrafos y capítulos. No fue su
personalidad, sino su idioma, lo que forzó a la gente a pensar más
profundamente sobre sus valores, sus supuestos, sus sociedades. No fueron
sus apariciones en la televisión las que afectaron la historia, sino sus
palabras.
Sus manuscritos fueron leídos y ponderados en silencio, y el pensamiento que
puso en ellos provocó que también sus lectores pensaran. Finalmente, sus
libros importaron no porque era famoso o notorio, sino porque millones de
ciudadanos soviéticos se reconocieron en sus trabajos: Leyeron sus libros
porque sabían ya que eran veraces.
applebaumletters@washpost.com
The Washington Post
Martes, Agosto 5, 2008; Página A19
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