El acto por el 26 de julio comenzó
temprano, temiéndole a las lluvias vespertinas y huyendo del sol que
provoca picor en la nuca y molestias en el auditorio. Tuvo esa
solemnidad que ya es inherente al sistema cubano: pesada, anticuada,
por momentos polvorienta. Nada parecía salirse del guión si no fuera
porque Raúl Castro no subió al podio, no se dirigió a una nación que
aguardaba por un programa de cambios. Su ausencia del micrófono no
debe leerse como la intención de descentralizar responsabilidades y
permitirle a otro hacer uso de la palabra en tal conmemoración. El
general no habló porque no tenía nada que decir, no lanzó un paquete
de reformas pues sabe que con ellas se juega el poder, el control
que su familia ha ejercido durante cinco décadas.
En los discursos anteriores -por
esta misma fecha- las frases del segundo secretario del PCC habían
creado más confusiones que certezas, así que esta vez evitó que los
analistas de uno u otro lado lo reinterpretaran. Ya bastantes dudas
trajeron sus augurios en 2007 sobre el acceso masivo a la leche, el
pronóstico incumplido de no tener listo el acueducto de Santiago de
Cuba y la desafortunada frase de
“sólo soy una sombra” con la que
comenzó su arenga el año pasado. Quizás también por eso prefirió
callar y dejar la alocución al hombre más inmovilista de su gobierno:
José Ramón Machado Ventura. Unas premonitorias salvas de artillería
estremecieron la Ciudad de La Habana, justo cuando el primer
vicepresidente se acercó a la tribuna e inició una arenga plagada de
lugares comunes y declaraciones de intransigencia.
En referencia a las impostergables
medidas a aplicar en la economía y la sociedad, Machado Ventura
aclaró que se harán “paso a paso al ritmo que determinemos nosotros”.
La vieja confusión de la primera persona del plural, la conocida
anfibología de lo aparentemente consensuado. El ritmo, la velocidad
y la profundidad de esas ansiadas aperturas se decide en un pequeño
grupo que tiene mucho que perder si las aplica y tiempo que ganar si
las dilata. Habrá quienes digan que este silencio de Raúl Castro se
inscribe en su estrategia de no desplegar demasiadas fanfarrias.
Pero, más que discreción política, lo de hoy es puro secretismo de
estado. No hacer compromisos públicos con los cambios, no implicarse
visiblemente en una secuencia de transformaciones puede ser la
manera de advertirnos de que éstas no obedecen a su voluntad
política, sino a un desespero momentáneo que –piensa él- terminará
por pasar. Al no pronunciarse, nos ha enviado su mensaje más
completo: “no les debo explicaciones, ni promesas, ni resultados”.
Una conocida de mi madre –que vive muy cerca de una Dama de
Blanco– le cuenta que les han bajado orientaciones de no agredir
a estas mujeres de ropa clara y gladiolos en las manos. La misma
señora, que hasta hace poco ponía un rictus de desagrado cuando
contaba sobre las misas en Santa Rita y las peregrinaciones por
la 5ta Avenida, hoy está a punto de estrecharle la mano a Laura
Pollán y pedirle un autógrafo. Quizás aquella otra vecina que
gritó, en marzo pasado, ante la tele nacional: “¡La gusanera
está revuelta!”, ahora se muestre confundida y aguarde por
nuevas órdenes para volver a vociferar. Los mecanismos de la
falsa espontaneidad han quedado al descubierto con esta tregua:
lo fabricado de aquella supuesta respuesta popular se confirma
con esta interrupción de las agresiones.
Desde el punto de vista del
discurso oficial, las personas que han sido excarceladas en las
últimas semanas estaban merecidamente presas. Usando este
argumento y ciertas conocidas presiones, fueron movilizados los
militantes del partido y los miembros de los Comités de Defensa
de la Revolución para que participaran en los llamados “mítines
de repudio” donde escupían, insultaban y zarandeaban a las Damas
de Blanco. Ahora, los briosos alborotadores que acudían a
“defender la revolución ante los mercenarios a sueldo del
imperialismo” deben estar esperando alguna explicación que
justifique las excarcelaciones. Sería interesante entrar a una
reunión de un núcleo partidista para ver qué secreta revelación
les hacen, porque si no terminarán por verse a sí mismos como
títeres de ocasión a los que se les azuza un día y al otro se
les manda a callar.
La conocida de mi madre no
esconde su desconcierto: “A éstos no hay quien los entienda.
Ayer nos llamaban a insultarlas y hoy no se les puede tocar ni
un cabello”. Lo cierto es que aquí, donde parecía que nunca iba
a pasar nada, estamos de pronto en la situación de que puede
ocurrir cualquier cosa. ¿En qué punto comenzó a cambiar la
historia? Tal vez en la húmeda, oscura y pestilente celda de
castigo donde Orlando Zapata Tamayo decidió inmolarse, o en la
estéril y refrigerada sala de terapia intensiva donde Guillermo
Fariñas ratificó su decisión de morir si no había liberaciones,
o en las calles habaneras, en las que unas indefensas mujeres
desafiaron un poder omnímodo gritando la palabra libertad, donde
no la había.
• La tregua – breve y frágil–
parece estar circunscrita a la Ciudad de La Habana, pues en
Banes Reina Tamayo sigue siendo víctima de los mismos métodos.
Logré colarme por las escaleras cuando los trabajadores iban
hacia el comedor a engullir el almuerzo. Era el verano de 1992 y
la tentación de subir hasta la cúpula del Capitolio fue más
fuerte que la advertencia “no pase” escrita en letras rojas.
Arriba, las telarañas, los apuntalamientos y el descorchado de
las molduras alternaban con objetos cubiertos de polvo. Desde la
altura miré hacia abajo, donde un brillante falso marca el
kilómetro cero de la carretera nacional.
El Capitolio de La Habana ha
sido humillado por su pasado, castigado por parecerse tanto al
de Washington y avergonzado por haber abrigado –una vez– al
congreso. Como símbolo de esa república satanizada por la
propaganda oficial, el imponente edificio ha padecido la suerte
del castigado. Se radicó en su interior la Academia de Ciencias,
que llenó de tabiques los amplios espacios, y un vetusto museo
con animales disecados fue ubicado justo debajo del hemiciclo.
Varias bandadas de murciélagos acamparon en su interior,
salpicando con heces las paredes y creando huecos en las
florituras del techo. Los recovecos y esquinas de la fachada se
convirtieron en el urinario más popular en varias manzanas a la
redonda.
Hace unos años se corrió la voz
de que un millonario italiano había donado un sistema de luces
para esta joya arquitectónica. Poco a poco los bombillos se
fueron fundiendo y el coloso de piedra y mármol volvió a quedar
a oscuras. Para sorpresa de quienes ya lo dábamos por condenado,
recién han colocado a su alrededor unas vallas anunciando la
restauración del majestuoso inmueble. Ojalá las reparaciones no
duren más que los breves años de su construcción y el capitolio
llegue a ser –algún día– el lugar del Parlamento cubano: un
soberbio edificio para albergar auténticos debates.
Salto de la cama, hay un altoparlante que brama allá afuera. No
entiendo qué dice, pero me lavo la cara como si fuera la última
vez. Tal vez sea el comienzo de la guerra que tanto han
anunciado en los últimos días. Mi hijo duerme hasta tarde y
tengo el deseo de despertarlo para advertirle, pero no comprendo
las palabras lanzadas por esa camioneta que ya se aleja hacia la
avenida.
¿Cuándo van rendir cuentas
quienes nos atemorizan? Esos que se han pasado décadas
sacudiendo frente a nuestros rostros el fantasma del cataclismo.
Es muy cómodo pronosticar y clamar por la guerra cuando se tiene
un búnker, soldados, un chaleco antibalas. A esos heraldos del
fin les vendría bien estar aquí, entre el zumbido de la bocina y
el hijo que abre los ojos y pregunta asustado “¿Mami, qué pasa
que hay tanto ruido?”
El término “revolucionario”
tiene en la Cuba actual un significado bien distinto al que
encontraríamos en cualquier diccionario de la lengua española.
Para merecer semejante epíteto basta con mostrar más conformismo
que sentido crítico, optar por la obediencia en lugar de la
rebeldía, apoyar lo viejo antes que lo nuevo. Para ser
considerado un hombre de la causa se requiere administrar el
silencio convenientemente y ver desfilar arbitrariedades y
excesos sin señalar a los más altos responsables. Aquella
palabra que una vez hizo pensar en rupturas y transformaciones
ha involucionado hasta convertirse en un mero sinónimo de “reaccionario”.
Paradójicamente, quienes creen salvaguardar la esencia de la
“revolución” son precisamente los que muestran un mayor
inmovilismo político y promueven –con más ojeriza- el castigo a
los reformistas.
Tales mutaciones semánticas las
aprendió a fuerza de sufrirlas Esteban Morales, quien hasta hace
poco gozaba del privilegio de aparecer -en vivo- frente a los
micrófonos televisivos. Militante del Partido Comunista,
académico y especialista en temas relacionados con Estados
Unidos, tuvo la peligrosa ocurrencia de escribir un
artículo contra la corrupción.
Sus cuestionamientos no estaban dirigidos principalmente al
desvío de recursos de cada día, ese que hace a muchas familias
cubanas poder llegar a fin de mes, sino a la descomposición
ética que se ha instalado más arriba, en los estamentos del
poder, donde se malversa a manos llenas. Tuvo la desafortunada
ocurrencia de poner por escrito que “hay gentes en posiciones de
gobierno y estatal, que se están apalancando financieramente,
para cuando la Revolución se caiga”. Aunque se trata de una
conclusión a la que se arriba con sólo mirar el grueso cuello de
los gerentes, los lustrosos autos Geely de los funcionarios de
la corporación CIMEX o la altas verjas que rodean las casas de
los jerarcas comerciales, Morales consumó la osadía de señalarlo
desde dentro del propio sistema.
Imbuido por las convocatorias a
la crítica constructiva, a llamar las cosas por su nombre y a
hablar a camisa quitada, Esteban Morales creyó que su texto
sería leído como la sana preocupación de quien quiere salvar el
proceso. Olvidó que otros con similares intenciones ya habían
sido etiquetados como fraccionarios, manipulados desde afuera,
adictos a las mieles del poder y desviados ideológicos. Por
menos que eso han perdido su empleo periodistas, su plaza en la
universidad estudiantes y han sido estigmatizados economistas,
abogados y hasta agrónomos. Una vez sancionado con la separación
indefinida de su núcleo del PCC, el otrora confiable profesor ha
comenzado un camino que bien sabemos dónde comienza pero no
dónde termina. La experiencia dice que nunca se desanda en
sentido contrario la ruta del sancionado. Los defenestrados
terminan por percatarse de que aquellos a quienes ellos
consideraban el “enemigo”, pudieron ser alguna vez personas
imbuidas de la acepción primigenia del vocablo “revolución”.
Después de 134 días sin probar
alimentos sólidos y sin tomar ni un sorbo de líquido, Guillermo
Fariñas llevó a sus labios un vaso plástico de color rojo y bebió un
poco de agua. Eran las dos y 15 minutos de la tarde del jueves 8 de
julio y del otro lado del cristal de la sala de Terapia Intensiva
donde está ingresado, decenas de amigos que lo observaban se
pusieron a aplaudir como si hubieran sido testigos de un milagro.
Fariñas ha ganado una batalla pero
todavía sostiene un duro combate contra la muerte, porque el terreno
donde han tenido lugar las acciones de esta singular beligerancia ha
sido su propio cuerpo, que es en fin de cuentas el único espacio que
encontró disponible para llevar a cabo su campaña. Sus intestinos
son ahora como conductos de un papel muy frágil destilando bacterias
por los poros, su vena yugular está semi obstruida por un trombo que
si llegara a desprenderse pudiera alojarse en el corazón, el cerebro
o los pulmones; o más exactamente, en su corazón, en su cerebro, en
sus pulmones. Ha tenido que enfrentar en cuatro ocasiones
infecciones con estafilococos áureos y en las noches un agudo dolor
en la ingle apenas le permite dormir.
Su esófago apergaminado no esperaba
aquel primer sorbo de agua. Le produjo un dolor tan profundo en el
pecho que por un instante sospechó que estaba sufriendo un infarto,
pero lo soportó en silencio. Del otro lado de su pieza encristalada
estaban observándolo expectantes aquellos que durante días habían
sostenido una vigilia en las afueras del hospital orando por su vida
y otros que habían llegado desde muy lejos hasta la mitad de la isla
para pedirle que terminara su martirio y para ser testigos de su
victoria. No quiso aguarles la fiesta a los jubilosos colegas que
aplaudían el triunfo de su causa y convirtió en sonrisa el gesto de
dolor.
La familia de Guillermo Fariñas me
permitió cuidarlo en esa, su primera noche después de finalizar la
huelga y él me consintió ser testigo de su sufrimiento, de sus
menudas malacrianzas, de sus humanas debilidades. Sólo entonces
descubrí al verdadero héroe de esta jornada.
Mucho se especula en estos días
sobre las posibles excarcelaciones de presos políticos. La
prensa oficial –como siempre- adormilada entre cifras de
crecimiento y viejos discursos sacados de los archivos, no
confirma ni desmiente esos rumores. Una meticulosa lectura de
Granma arroja que el canciller español ha venido para condenar
el bloqueo, hablar del cambio climático e intentar quitar la
posición común de la Unión Europea hacia el gobierno de Cuba. Si
nos dejáramos llevar por lo que dicen los locutores de voz
engolada y corbatas a rayas, aquí no está pasando nada… o casi
nada. Pero todos sabemos que algo se mueve en la oscura zona de
la diplomacia, en ese terreno de la alta política que se teje de
espaldas al pueblo.
Los murmullos vienen y van. En
ellos, a la palabra “liberación” se le ha ido pegando un término
de connotaciones infames: “deportación”. “Saldrán directo de las
prisiones hacia los aviones” me dijo un señor que se la pasa con
la oreja pegada al radio, escuchando la emisora prohibida que
llega desde el Norte. La expatriación forzosa, la expulsión, el
exilio, han sido prácticas habituales para deshacerse de los
inconformes. “Si no te gusta te vas”, te repiten desde chiquito;
“arranca y lárgate”, vuelven a espetarte si insistes en quejarte;
“¿para qué volviste?”, recibes como saludo si osas regresar y
seguir señalando lo que no te gusta. Habilidad en librarse de
los incómodos, pericia para empujar fuera de la plataforma
insular a quienes se le oponen, en eso sí que son diestros
nuestros gobernantes.
Tendría que ser muy grande el
avión de Moratinos para poder llevarse en él a todos los que
les estorban a los autoritarios del patio. Ni un Jumbo
alcanzaría para trasladar a aquellos que potencialmente tienen
el riesgo de ir a prisión por sus ideas y por su accionar cívico.
Una verdadera línea área con vuelos semanales se necesitaría
para sacar a quienes no están de acuerdo con la gestión de Raúl
Castro. Pero resulta que muchos no queremos irnos. Porque la
decisión de vivir aquí o allá es algo tan personal como
seleccionar pareja o ponerle nombre a un hijo, no se puede
permitir que tantos cubanos se encuentren entre la pared de la
prisión y la espada del destierro. Es inmoral forzar a la
emigración a quienes sean liberados –posiblemente- en los
próximos días.
Una simple y lógica pregunta
salta cuando pensamos en este tema: ¿No sería mejor que se los
llevarán en ese avión a “ellos”?
Alcancé a escuchar un trozo de conversación entre dos enfermeras
en un policlínico cercano a mi casa. “La semana que viene
publican la lista…” decía una de ellas, mientras la otra ponía
cara de alarma y le respondía algo que no conseguí oír. Unos
metros más adelante, un taxista comentaba por su teléfono móvil
“Me salvé, porque hay un montón de choferes en la lista, pero yo
no estoy”. El asunto empezó a intrigarme. Aunque en esta Isla
sobran las enumeraciones y los inventarios –en algunos
aparecemos metidos a la fuerza y a otros no nos dejan ni
asomarnos– uno de ellos está inquietando especialmente a mis
compatriotas. He sabido que se trata del listado de quienes
quedarán desempleados, hojas llenas con los nombres de esos
trabajadores que sobran en cada plantilla.
Alrededor del 25% de la fuerza
laboral actual podría quedarse en la calle ante las reducciones
de personal que ya se están aplicando. Algunos empleados han
sido avisados una semana antes de que su empresa no tiene dinero
para seguirles pagando y se han ido al paro sin garantías
salariales que les permitan sostenerse hasta encontrar otra
ocupación. Ante la disyuntiva de retornar a sus casas o trabajar
en la agricultura y la construcción, la mayoría opta por
sumergirse en la vida doméstica a la espera de nuevas
oportunidades. Sacan la cuenta de que haciendo una labor de
manicure ilegal o preparando comida por encargo, pueden tener
mejores dividendos que doblando la espalda sobre un surco o
levantando paredes de bloques.
El tema de los despidos es
preocupación compartida hoy por todos los cubanos, pues al menos
un miembro de cada familia será afectado por los recortes. Sin
embargo, la prensa oficial sólo habla de las cesantías en Grecia
y en España, narra los llamados a la huelga general en Madrid y
el colapso económico en Atenas. Los rumores populares se nutren,
mientras tanto, de historias personales de quienes ya han
aparecido mencionados en las temibles listas. En los centros de
trabajo, los empleados se amontonan frente a los murales,
recorren con el dedo índice el papel a la espera de toparse con
sus propios nombres. Ninguno podrá salir a la calle a protestar
por lo que le ha ocurrido, ni aparecerá en esa tele que sólo
menciona el desempleo cuando ocurre a miles de kilómetros de
aquí.
Por esos azares de la vida me encontré las “Cartas desde Birmania”
de
Aung San Suu Kyi en una librería habanera. No las hallé en uno
de esos sitios –regentados por algún particular– que comercializa
libros de usos, sino en un local estatal que vende coloridas
ediciones en moneda convertible. El pequeño ejemplar con la foto de
ella en la portada, estaba mezclado entre los manuales de autoayuda
y los volúmenes con recetas de cocina. Miré a ambos lados de los
anaqueles para comprobar si alguien había puesto aquel libro allí
justo para mí, pero las empleadas dormitaban en el sopor del
mediodía y una de ellas se sacudía las moscas de la cara sin
prestarme ninguna atención. Compré la valiosa compilación de textos
escritos por esta disidente entre 1995 y 1996, aún bajo el efecto de
la sorpresa que me producía el haberlos encontrado en mi país, donde
habitamos –como ella– bajo un régimen militar y en medio de una
fuerte censura a la palabra.
Las páginas con las crónicas de Aung
San Suu Kyi, donde se mezcla la reflexión, la cotidianidad, el
discurso político y las interrogantes, apenas si han descansado en
las estanterías de mi casa. Todos quieren leer sus sosegadas
descripciones de una Birmania marcada por el miedo, pero también
inmersa en una espiritualidad que hace más dramática su situación
actual. En pocos meses –desde que encontré las Cartas– la prosa
límpida y emotiva de esta mujer ha influido en la manera en que
miramos nuestro propio desastre nacional. Esa cuerda de esperanza
que logra trenzar junto a sus palabras da como resultado un
pronóstico optimista para su nación y para el mundo. Nadie como ella
ha podido describir el horror desde la dulzura, sin que el grito se
adueñe de su estilo y el rencor se le suba a los ojos.
No he dejado de preguntarme cómo los
textos de esta disidente birmana llegaron a las librerías de mi país.
Quizás en un compra al por mayor se deslizó la inocente portada,
donde una mujer achinada exhibe unas flores –tan bellas como su
rostro– prendidas detrás de la oreja. Quién sabe si creyeron se
trataba de alguna escritora de ficción o de poesía que recreaba los
paisajes de su país desde el esteticismo y la nostalgia.
Probablemente quienes lo colocaron en aquel anaquel no sabían de su
arresto domiciliario, ni del premio Nobel de la Paz que tan
merecidamente obtuvo en 1991. Prefiero imaginar que al menos alguien
fue responsable consciente de que su voz llegara hasta nosotros. Un
rostro anónimo, unas manos apresuradas pusieron su libro a nuestro
alcance, para que al acercarnos a ella pudiéramos sentir y reconocer
nuestro propio dolor.
Ayer fue día de carretera. Dos
horas hacia Pinar del Río y en la noche volver sobre el camino
de asfalto que separa a esa ciudad y a la ruidosa Habana. El
viento colándose por la ventanilla y haciendo mi pelo una maraña,
el estremecimiento en la nuca cada vez que el auto se topaba con
un bache y ese susto que da la autopista oscura y mojada,
salpicada por puntos de control de la policía. Pero sólo fueron
molestias transitorias, que quedan olvidadas cuando evoco el
patio de Karina abarrotado por los miembros y los amigos de la
revista
Convivencia. Anoche se anunciaron los resultados del
concurso organizado por esa publicación, que galardonó obras en
las categorías de ensayo, guión audiovisual, poesía, narrativa y
fotografía.
Reinaldo y yo formamos parte del jurado, junto a
Ángel Santiesteban, Maikel Iglesias y
Orlando Luis Pardo. En la tarde, deliberamos sobre los
textos e imágenes que habíamos valorado por separado durante
semanas y que venían –algunos de ellos– bajo seudónimos sacados
de la mitología griega. Al abrir los sobres con los nombres
reales de los concursantes, nos alegró saber que entre los
premiados no sólo había conocidos autores sino también jóvenes
que por primera vez mandaban sus trabajos a un certamen. Cerca
de las nueve se hicieron públicos los ganadores, en el único
trozo de patio que la Reforma Urbana
no le confiscó a la familia de Karina. Frente al muro
levantado hace meses por los interventores, sonaron frases que
tenían carácter de cincel, de barrena que traspasa cualquier
tapia. Por un par de horas fue como si la fea muralla de
ladrillo y planchas de zinc no estuviera allí, como si la
hubiéramos echado abajo con palabras.
Ganadores del concurso Convivencia:
- Premio al mejor libro de cuentos para Francis
Sánchez Rodríguez por “La salida”.
- Premio al mejor ensayo para
Dimas Castellanos Martí por “Utopía, retos y dificultades en
la Cuba de hoy.
- Premio al mejor cuaderno de poesía para Pedro
Lázaro Martínez Martínez “Esto no es un arte poética…”.
- Premio al mejor guión audiovisual para Henry
Constantin Ferreiro por “Cuando termina el otro mundo”.
- Premio al mejor tríptico fotográfico para Ángel
Martínez Capote por “Impotencia”.
Un jarrón de color azulado se destaca desde hace un par de días
entre las plantas de nuestro jardín, a catorce pisos de altura.
Aún no tenemos una idea clara de qué vamos a hacer con las
cenizas de mis abuelos. Por el momento, están cobijadas entre
los helechos y la sombra de una estirada yagruma que sobresale
más allá del muro del balcón. Mi madre logró –después de apelar
a varias amistades y de estimular materialmente a los
funcionarios indicados– cremar a sus padres que yacían en un
panteón público del Cementerio de Colón. Terminada la acción del
fuego, el resultado fue a parar al interior de un recipiente de
barro al que se le nota –en cada centímetro– que contiene los
restos de una persona.
Dentro del ánfora están Ana y
Eliseo, los dos abuelos junto a los que nací y crecí en una
cuartería de Centro Habana. Ella lavaba y planchaba para la
calle, él trabajaba en el ferrocarril y fumaba su pipa frente a
las dos curiosas niñas que éramos mi hermana y yo.
Semianalfabetos los dos, habían levantado una pequeña familia a
golpe de batea y jabón, de pico y pala sobre la línea del tren.
Ambos exhibían esa mezcla de genio y autoridad que nos hacía
quererlos y temerles. Tenían sangre asturiana y canaria, quizás
por eso a “Papán” le deleitaban los guateques campesinos y a Ana
en el barrio todos la apodaban “la gallega”. Sus máximas
posesiones eran un escaparate y una cama de caoba y la vitrina
con copas que nunca pudimos usar porque eran sólo para adornar
la diminuta sala-comedor-dormitorio.
El abuelo murió el mismo año del
éxodo del Mariel. Su corazón estaba acolchado en la grasa de los
chicharrones de cerdo que tanto le gustaban. Se fue en paz y
dejó a Ana bajo su nueva condición de viuda, al menos durante
cinco años. La partida de ella fue mucho más triste: estaba
sentada en la silla equivocada en la cafetería El Lluera, cuando
un par de borrachos entró tirando botellas y una la alcanzó en
la frente. La etapa de tener abuelos se nos acabó pronto. Adiós
a las malcriadeces, a las medias remendadas por unas manos
diestras y a la leche tibia llevada hasta la cama. En todo este
tiempo nunca fui a ver sus tumbas, para que el granito gris no
reemplazara los recuerdos que tenía de ellos. Hoy –testarudamente–
han retornado junto a mí, en un pequeño jarrón tan sencillo y
efímero como sus propias vidas.
Durante varios días repasé a mi hijo para sus exámenes finales de la
secundaria. Desempolvé mis nociones sobre funciones cuadráticas,
fórmulas para calcular el área total de una pirámide y
descomposición factorial. Después de más de veinte años sin
tropezarme con esas complejidades de las matemáticas, reconecté
neuronas en aras de ayudarlo a prepararse y así evitarme el pagar el
alto precio de un maestro particular. Más de una vez –durante esas
jornadas de estudio– estuve a punto de renunciar ante la evidencia
de que los números no son mi fuerte. Pero resistí.
Sólo cuando Teo regresó de su prueba
más difícil diciendo que había salido bien me sentí aliviada, pues
muchos de sus colegas de aula están en peligro de repetir el grado.
La razón es que en tres años en la enseñanza media estos estudiantes
han visto desfilar ante sí tres diferentes métodos evaluativos. Les
ha tocado padecer también la falta de preparación de los llamados
maestros emergentes y las largas horas de clases impartidas por un
televisor. Desde hace dos cursos, el grupo donde está mi hijo no
tiene profesor de inglés ni de computación y la asignatura de
educación física es una hora correteando –sin supervisión– por el
patio de la escuela. La falta de exigencia y la mala calidad
educativa han llevado a los padres a poner los parches del
conocimiento en las innumerables lagunas que les van quedado.
Afortunadamente, la escuela de Teo
no es de las peores. Aunque el olor del baño se pega en las paredes
y en la ropa, porque nadie quiere trabajar como auxiliar de limpieza
por la miseria que pagan, al menos no hay tantas arbitrariedades
como en otros colegios habaneros. Tampoco –y eso es un alivio– se
compran y se venden calificaciones, práctica cada vez más común en
los centros docentes. Los maestros que ha tenido, a pesar de estar
mal preparados, son personas de carácter afable a los que la
comunidad de padres hemos intentado ayudar. En comparación con los
problemas que tiene una amiga, con una hija en un tecnológico,
nosotros podríamos sentirnos felices del estado moral de la
secundaria de nuestro retoño. Según me cuenta ella, el intercambio
de sexo entre las adolescentes y sus profesores se ha constituido en
maña habitual para tener un aprobado.
Cada examen tiene una tarifa y
pocos se mantienen incólumes ante la tentadora oferta de un teléfono
móvil o de un par de tenis
Adidas a cambio de una nota de
sobresaliente.
He evitado tocar este espinoso
asunto del deterioro del sistema educativo por el temor –lo confieso–
de que mi hijo se viera afectado a causa de los criterios de su
madre. Durante los tres años que él ha estado en la secundaria
básica, apenas si he deslizado un par de críticas sobre el estado de
la infraestructura escolar, pero ya no aguanto más. Ellos serán los
profesionales del mañana, los médicos que tendrán nuestros cuerpos
sobre una mesa de cirugía, los ingenieros que levantaran nuestras
casas, los artistas que intentaran alimentarnos el alma con su
creación y esta pésima base formativa pone todo eso en riesgo. No
sigamos conformándonos con que al menos mientras están en un pupitre
los niños no vagan por las calles a merced de otros riesgos. Entre
las paredes de las aulas pueden estarse fomentando vicios muy
graves, deformaciones éticas permanentes e incubando una mediocridad
de proporciones alarmantes. Ningún padre debe quedarse en silencio
ante eso.
Imagen tomada de: http://telenovelas-carolina-esp.blogspot.com/
El hombre entró en la pequeña
librería El Cóndor cuya
vidriera está orientada hacia el muro que bordea la universidad
de Zürich. “Busco libros de Corín
Tellado” musitó por lo bajo y yo salté frente al
ordenador en el que tecleaba los últimos títulos llegados desde
Buenos Aires, Madrid o México D.F. En su voz se sentía aún el
acento habanero, tal vez porque llevaba poco tiempo en contacto
con el dialecto suizo-alemán que terminaría por darle otra
cadencia a sus palabras. Dijo que era del barrio de La Víbora y
que también necesitaba –con urgencia- unas revistas españolas al
estilo de
Hola.
María Mariotti –la dueña del
local- se le acercó para explicarle que no tenía ni lo uno ni lo
otro, pero que podía pedirlo a las distribuidoras. ¿Qué títulos
quieres? indagó la pequeña mujer mitad peruana y otro tanto
japonesa. “Todos los que se puedan conseguir. Son para mi mamá
que vive de ellos” -declaró él- tratando de justificar su
insistente interés por las novelas rosas. Contó que a falta de
remesas para enviar a Cuba, cada mes trataba de hacerle llegar a
su familia algunas publicaciones que se pudieran alquilar a
otras personas. El incipiente negocio consistía en rentar
revista como
Vanidades o
Gente, por cinco pesos cubanos,
a una amplia comunidad de lectores que ansiaban tener nuevas
ediciones. Los clientes podían quedarse una semana con los
apetecidos textos y después estos seguían de mano en mano hasta
que el deterioro obligaba a retirarlos de circulación.
Pocos días después de aquel
peculiar pedido, mi amiga partió para la feria del libro en
Barcelona (2003) donde se le ofrecía un homenaje a María del
Socorro Tellado López. Logró acercársele y contarle de la
familia a al otro lado del Atlántico que sobrevivía cada mes
gracias a su pluma. La autora de Doloroso engaño (1990)
se impresionó con la historia y le entregó una selección con
cincuenta de sus títulos, acompañados de una carta manuscrita
para la señora de La Víbora. Aquel regalo hizo hipar de
agradecimiento a la librera de Suiza y especialmente al hijo de
la bibliotecaria alternativa. Él sabía muy bien lo que
representaban aquellos nuevos ejemplares agregados a la
colección materna. Sus páginas lograrían que en una deteriorada
casa habanera hubiera más jabón, algo de aceite, otro poco de
pan, zapatos para los niños y sueños para decenas de vecinos.
Están ahí para mirarnos y
grabarnos. Decenas, cientos de cámaras regadas por toda la
ciudad como si ya no fueran suficientes los camiones cargados de
policías, los CDR en cada cuadra y los segurosos con camisas a
cuadros. Han sido instaladas con una eficiencia que rara vez se
ve en la ejecución de algún proyecto de beneficio popular. Su
sofisticada estructura asoma lo mismo en una calle donde la
mitad de las casas están a punto de derrumbarse que en los
modernos enclaves turísticos o en la suntuosa 5ta Avenida.
Captan al que trafica con carne de res, vende drogas o arrebata
una cadena de oro; pero también vigilan a quienes no guardan
armas bajo la cama, sino opiniones en sus cabezas.
Cuando esos “ojos de pescado”
empezaron a ser instalados por todas partes, generaron entre los
habaneros una sensación de parálisis. Me recuerdo buscando los
puntos ciegos donde sus globos de cristal no pudieran captarme.
Después me relajé un poco y aprendí a vivir con ellos, sin dejar
de sentir esa comezón en la nuca que da el saberse observado.
Entre las especulaciones alrededor de estas máquinas filmadoras
está la de que tienen programas para detectar rostros -ya
incluidos en una base de datos- a partir de medidas
antropométricas. Pero los comentarios de ese tipo bien pudieran
pertenecer al catálogo fantasioso que genera todo lo nuevo.
Estas cámaras públicas –materialización
de la telepantalla orwelliana– han dado inicio a una nueva
cinematografía. Aunque funcionan básicamente de forma
automatizada, algunas manos han filtrado su contenido hacia las
redes alternativas de información. Decenas de imágenes salen de
los archivos policiales y circulan ahora mismo a través de las
memorias USB. Videos donde se nos ve delinquir y sobrevivir,
hurtar y rebelarnos. Minutos de golpizas policiales, choques de
autos y vistas de prostitución entre muchachos muy jóvenes y
turistas que le duplican la edad. Una completa muestra de un
impactante snuff movie que desde hace semanas va de una
pantalla a otra, brinca de los teléfonos móviles a los
reproductores de DVD.
Sin pretenderlo, la policía nos
ha dado el más crudo testimonio que se puede tener sobre nuestro
presente. Una sucesión de escenas que –no hay dudas– quedarán
almacenadas en la memoria visual de este país.
Después de una negativa, la mayoría de los que solicitan un
permiso de viaje desiste de volver a pedirlo. Pocos, muy pocos,
siguen insistiendo cuando ya han escuchado más de tres veces la
escueta frase “Usted no está autorizado a viajar”. Sólo un
puñado de testarudos –entre los que me incluyo– regresa al
Departamento de Inmigración y Extranjería para reclamar la
llamada tarjeta blanca si se la han negado en cuatro ocasiones.
Aunque con cada nueva petición parecería que las posibilidades
se vuelven más remotas, me impulsa el dejar claro que mi
reclusión en esta Isla no ha sido por no haber agotado todos los
caminos legales.
Bajo esta filosofía de lo
imposible me he lanzado a otro trámite en la dirección del DIE
del municipio Plaza, esta vez para ir a la ciudad de Jequié-Bahía
en Brasil. En julio se hará un festival de documentales donde
un
joven realizador presenta un
corto sobre bloggers cubanos; si me lo pierdo será porque habré
recibido el sexto “no” en apenas dos años. Como en todos los
anteriores trámites, la carta de invitación ha estado a tiempo,
mi pasaporte está actualizado y mis antecedentes penales se
mantienen limpios. En teoría, cumplo con todos los requisitos
vigentes para traspasar la frontera nacional, pero sigo
emitiendo opiniones críticas y eso ya me convierte en un tipo
especial de delincuente.
Para este viaje, he decidido
tocar tantas puertas como sea posible y hasta le mandé una
carta al presidente brasileño
Luis Inácio Lula da Silva. Quién sabe si a falta de escuchar
demandas de sus propios ciudadanos, el gobierno de mi país tenga
oídos receptivos para cuando le habla un dignatario extranjero.
Mis amigos me insinúan que he pasado a ser un “medio básico” con
una chapilla numerada puesta sobre los omóplatos, como esos
muebles inventariados que pertenecen a instituciones estatales.
Sólo queda sonreír ante bromas así y sacudirse la desesperanza
con un simpático juego de palabras: “me voy, sí… me voy
acostumbrando a quedarme”.
Quién hubiera dicho hace algunos
años que el adusto periódico Granma abriría una sección que se
convertiría en su parte más comentada y leída. Bajo el título de
“Cartas a la dirección” salen a
la luz cada viernes los escritos –enviados por lectores- que
versan sobre aspectos económicos y organizativos de nuestra
sociedad. Al principio, corrió la voz de que el órgano oficial
del PCC pretendía tantear una Glasnost de probeta que después se
extendería al resto de la prensa, pero el resultado ha sido un
debate limitado, especialmente por ocurrir en un medio con una
marcada tendencia inmovilista y reaccionaria.
El tono de la crítica ha ido en
aumento y en ese mismo diario que nunca se ha impreso una foto
en colores, aparecen ahora matices diferentes para enfocar
viejos problemas. Se ha llegado incluso a hablar de
“privatización” de “fin de los subsidios”, todo esto acompañado
de frases tan críticas como “nuestra mentalidad estancada” y
exhortaciones del tipo “tenemos que ser realistas”. Hasta ahí,
pareciera que la polémica ha logrado instalarse en una
publicación que tanto contribuyó durante décadas a cercenarla;
pero es mejor no dejar correr el entusiasmo. Ya en el
encabezamiento de las “Cartas… ” se aclara que se trata de
“opiniones con las que se puede estar o no de acuerdo”. Todo un
alarde de tolerancia que quienes somos discriminados por
nuestros criterios, sabemos muy bien que no se cumple para nada
en la vida real.
Cuando la algarabía se deja a un
lado y uno separa las palabras aparecidas de los hechos logrados,
se percibe el verdadero alcance y seriedad de este espacio de
discusión. Salta a la vista que hay un límite claro en cuanto a
temáticas, pues nunca en todo este tiempo se han tocado puntos
candentes como las restricciones migratorias, la falta de
libertad de expresión, la penalización al que piensa diferente,
los presos políticos, la demanda de someter a votaciones
directas el cargo de presidente o la necesidad de contar con una
prensa menos plegada al aparato gubernamental. Curiosamente, las
misivas aparecidas sólo se refieren al desvío de recursos, la
indisciplina social, el modo de producción, la ineficiencia de
algunos burócratas y el pedido de muchos de aplicar mayores
controles. Esto puede estar dado porque se hace un filtrado de
las opiniones o porque los propios lectores se abstienen de
enviar ciertas inquietudes que saben nunca verán la luz.
Por otro lado, el Granma del
viernes ha generado la falsa impresión de que la crítica es
admitida y que se puede hablar “a camisa quitada”. Pero basta
leer detenidamente sus líneas para constatar que hay una
reverencia obligatoria a cumplir para ser admitido en el selecto
grupo de los que pueden opinar. Se debe dejar caer una frase
relativa a “mantener nuestro actual sistema” o dedicar un
cumplido de exoneración a “los líderes históricos del proceso” y
colocar una oración que reparta la culpa del desastre nacional
fuera de nuestro territorio. Jamás -ni lo sueñen- se podrán leer
en esas páginas de diseño anticuado las dudas que tienen mis
compatriotas sobre la gestión de Raúl Castro y sobre la
disfuncionalidad de este capitalismo de estado –o de clan
familiar- bajo el que vivimos.
La Cuba del sábado, del martes,
del domingo -esa que desborda inconformidad y angustia- apenas
si se muestra en las “Cartas a la dirección”. El órgano del
único partido permitido nunca difundirá a quienes no lo
consideran –ni remotamente- la vanguardia de la nación. Hacerlo
sería como si Saturno, tras haber devorado a sus hijos, la
emprendiera contra su propio corazón.
El central azucarero reducido a
ruinas, la calle principal desolada y en el interior de las
viviendas el pasado enquistado en los recuerdos. “De pueblo modelo a
pueblo fantasma” –musitan quienes viven en el poblado de Hershey–
pues el otrora esplendor se les convirtió en un reducto de
nostalgias. Gracias al talento de varios jóvenes realizadores, la
pequeña villa aparece hoy retratada en un breve documental que
humedece los ojos y cierra las gargantas. Un paseo por la añoranza
de cientos de personas para las que el futuro –inobjetablemente– no
terminó siendo un tiempo mejor.
La peculiar villa incluía un trazado
urbanístico moderno, próspera industria azucarera, fábrica de
chocolates y un tren eléctrico que todavía circula en medio de
chirridos y chispas. Todo eso en una escala pequeña, pero funcional,
como si hubieran puesto en orden –sobre el césped– una decena de
casa de muñecas con techo a dos aguas. Gracias al empuje de
Milton Hershey, quien había nacido en una aldea en Pensilvania
en 1857, se comenzó la construcción de este curioso asentamiento en
la colina de Santa Cruz, al este de nuestra capital.
La prosperidad de ayer y la inercia
de hoy, son los acordes entre los que se mueve el corto fílmico
dirigido por Laimir Fano y que fue proyectado en el cine Chaplin, en
una muestra a la que fueron impedidos de entrar varios bloggers.
Afortunadamente, sus emotivos 15 minutos ya circulan en las redes
alternativas de distribución de información, para las que no se
necesita cumplir con las reglas del “derecho de admisión” de ciertas
entidades culturales. Una magnífica selección de imágenes, unida a
un atrevido trabajo con los sonidos y la banda sonora, logran
trasladarnos hacia ese pueblito sumergido en la morriña. El
chocolate actúa como un detonante para la emoción de los
protagonistas, mientras los espectadores –del lado de acá de la
pantalla– podemos sentir su aroma, la textura de la memoria embalada
con el mismo papel de los bombones.
No, no se equivoca usted, el
titulo refiere precisamente a un slogan que cumple años, a una
consigna a la que le prenden una nueva velita. En esta isla la
manía de conmemorar ha llegado al extremo de celebrar incluso la
primera vez que alguien dijo algo. Aunque nos ahogábamos ya en
las efemérides y en los aniversarios, ahora se han sumado a la
lista de los festejos aquellos relacionados con el nacimiento de
una frase. Se entrevista a quienes presenciaron el momento en
que se combinó determinado verbo con ciertos sustantivos, como
si cada día no nacieran miles de expresiones a tener en cuenta.
Hoy, por ejemplo, mi vecina dijo muy inspirada: “nunca se
termina, en esta casa nunca se termina”, que viene a ser el lema
–apenas tenido en cuenta- de todas las amas de casa del país.
En el inventario de las
expresiones a recordar sólo están las positivas, porque a quién
se le ocurre que en el noticiero vayan a desempolvar las
derrotas, las mentiras, las meteduras de pata. Esas no acumulan
años, esas se borran de la historia y punto; que las recuerden
otros. Por eso la prensa oficial sólo dedica espacio en estos
días a ensalzar la aparición de la coda “¡Venceremos!” en un
lema que ya era de por sí bastante pavoroso. Hace más de
cincuenta años que la disyuntiva nacional quedó encerrada en un
esquemático “Patria o Muerte”. Cinco décadas en que nos hemos
acostumbrado al tremendismo de tener que optar por la Pelona,
mientras al otro lado de la frase se cambiaba la palabra
“patria” por la de “socialismo”, que también podría sustituirse
por el término “partido” o por el nombre de cierto líder.
Así van las cosas por aquí:
transcurriendo en el plano de lo nominal, de lo dicho pero no
hecho. Haciendo un culto al verbo, aunque la realidad lo niega
cada día. De qué vale inflar globos por las consignas y
recordarnos que peinan canas, si su antigüedad no las ha hecho
ni más venerables ni más ciertas. Aunque la vistan de fiesta, la
consigna “Patria o Muerte: ¡Venceremos!” me sigue provocando más
inquietud que tranquilidad. Hoy, con medio siglo repartido entre
sus cuatro palabras, suena como el eco de tiempos lejanos en que
todo un pueblo llegó a creerse esa disyuntiva. Después de tanto
repetirla, verla pintada en las vallas, escucharla desde las
tribunas, me sigo preguntando si acaso hemos vencido, si a esto
que hoy tenemos se le podría llamar “victoria”.
A cada paso oigo gente que se queja del calor, esa presencia
pegajosa que con la sequía se hace aún más difícil de llevar.
Todos sabemos qué le sucede a la presión en el interior de una
caldera si se le aplica más temperatura, de manera que para este
verano se pronostican problemas y tensiones. Junio se ha
iniciado a la espera de esos cambios que discurren con una
lentitud agotadora, con una tibieza que empeora el escenario.
Desde los primeros días del mes se les ha permitido a algunos
barberos usufructuar sus locales de trabajo y han pasado de ser
empleados del estado a pagarle a éste impuestos fijos y bastante
altos. Por un lado, los nuevos cuentapropistas ganan en
autonomía, pero –por otro– el precio de un pelado se ha
disparado hasta casi el doble, en vista de que ahora ellos deben
correr con los gastos del local, retribuir al fisco y tratar de
tener para sí algunos dividendos.
En el punto en que todo parece
más torpe es alrededor de las esperadas liberaciones de presos
políticos, tan comentadas en la prensa extranjera como
silenciadas en la nacional. Se suponía que ya por estos días
estuvieran saliendo de prisión esos hombres que hasta el propio
Silvio Rodríguez ha reconocido que recibieron condenas
“demasiado duras”. El traslado de seis de ellos a otras cárceles
cercanas a sus lugares de origen tiene el tufo de la maniobra
dilatoria, de la burla oficial a tantas expectativas. No basta
con pedir que ocurran las transformaciones. Hay que empujar para
que se logren cuanto antes porque, en la peculiar alquimia de
nuestra situación actual, la demora puede ser un elemento
explosivo.
Para colmo ha llegado este
verano sin lluvias, con los ventiladores ronroneando todo el día
y las facturas eléctricas llevándose nuestros salarios. Un
sofoco perenne se percibe en las largas colas de los ómnibus, un
bochorno que nos acompaña en la ya trabajosa pesquisa detrás de
los alimentos. Abanicos que sólo logran echar aire caliente
sobre nuestras caras, baños a golpe de jarrito y cubo de los que
uno sale con las gotas de sudor brotando de nuevo sobre la piel.
Son días en que mis amigos pierden la paciencia y buscan entre
los papeles familiares a ver si aparece el acta de nacimiento
del abuelo español. En los ojos de muchos se lee una frase no
expresada: “Ya no aguanto más”. Tranquilos, les digo, quizás el
calor es el catalizador que nos hace falta, el empujón que
necesita una población aletargada para exigir que las prometidas
aperturas no demoren un mes más.
Con la blogósfera pasa como con otros fenómenos de nuestra realidad:
tratan de dividirnos y separarnos colgando epítetos de
“oficialistas” por allá y de “mercenarios” por aquí, sin percatarse
de que con eso no pueden evitar el factor común que nos une a todos:
las ganas de expresarnos. Sueño con ese momento en que
Elaine Díaz pueda venir a dar una
clase a la Academia Blogger sin perder por eso su trabajo y que
Claudia Cadelo imparta –exonerada
de un mitin de repudio– un seminario de
Twitter en la Facultad de
Periodismo. Me imagino la mesa de discusión que podrían hacer los
periodistas independientes junto a aquellos afiliados a medios
estatales, si a los primeros les reconocieran su existencia y a los
segundos no les costara, un gesto así, el despido laboral.
¿Se imaginan a Esteban Morales, el
académico que hace unas semanas escribió un
artículo contra la corrupción,
debatiendo con
Oscar Espinosa Chepe sobre cómo
encontrar soluciones a la catástrofe económica cubana? Piensen por
un momento en el mismísimo Alfredo Guevara, que dictó una
conferencia ante estudiantes
universitarios, sentado en un panel de discusión al lado de
Rafael Rojas o de
Emilio Ichikawa. Voy más allá y
pongo a Ricardo Alarcón otra vez frente a frente con el joven
Eliécer Ávila para escuchar cuánto ha avanzado –o retrocedido– la
situación nacional desde aquel enero de 2008 en que ambos tuvieron
un
diálogo. Todo eso –ya estoy
entrando en el delirio– amenizado con un tema de Pablo Milanés y un
montuno interpretado por la cálida voz de Albita Rodríguez.
Me creerán ilusa, pero siento que
este trozo de tierra que habitamos no aguanta tantas divisiones.
Cuadrículas, cercas, parcelas, fracciones, han terminado por
comprometer y marcar un espacio y un tiempo que nos pertenece a
todos. No sé qué esperan los otros, pero al menos Yoani Sánchez
tiene el café caliente y la mesa servida para entablar esa
conversación que debe comenzar por alguna parte.
La tele zumba en la sala aunque nadie la mira. La dejan
encendida durante horas sin hacerle caso, como si de un familiar
atolondrado se tratara. En la cartelera se lee que en media hora
empezará el serial de criminalística CSI, seguido un rato
después por otro muy similar llamado Jordan Forense. Para
relajar un poco, en el canal 21 estarán los simpáticos
protagonistas de Friends y la
película de la medianoche ha
sido rodada en los estudios de la 20th Century Fox. La jovencita
de la casa no se quiere perder el enésimo capítulo de Las chicas
Gilmore pero el padre pelea por sintonizar un documental del
Discovery Channel sobre los tiburones. En medio de la madrugada
–cuando sólo están despiertos los custodios, los ladrones y los
gatos– quizás retransmitan la última temporada del Doctor House.
Nuestra pantalla chica tiene dos
sellos distintivos: la extrema ideologización de ciertos
espacios y la abundancia de materiales robados a productoras
extranjeras. Peculiar combinación la de un incendiario discurso
antimperialista que cohabita con la difusión constante de
producciones hechas en el país del Norte. Filmes que hace un par
de semana se estrenaban ante el público norteamericano son
difundidos hoy sin pagar un solo centavo de derechos de autor.
Los espectadores nos beneficiamos –claro está– con esa premura
por tomar lo ajeno que tiene el Instituto Cubano de Radio y
Televisión (ICRT) pero un gusto amargo nos deja el saber que sin
el contrabando no se sostendría nuestra programación televisiva.
Para paliar la depresión en que
han caído las realizaciones locales, especialmente los seriados,
novelas o programas de participación, se echa mano de lo foráneo
sin compensar –casi nunca– a los creadores o distribuidores.
Cuando el pillaje se institucionaliza pierden fuerza los
llamados a la población para que no desvíe recursos estatales,
pues basta con sintonizar un canal y veremos las pruebas del
hurto a gran escala. Para colmo, en un gesto de esconder la
falta, cubren con una banda oscura el sello de la televisora que
lo trasmitió originalmente, haciendo con eso más evidente la
sustracción. Con frecuencia los sábados en la noche proyectan
filmaciones realizadas sobre la pantalla de un cine, donde en
mitad de la trama uno ve como alguien del público se levanta
para ir al baño y nos impide leer un trozo de parlamento. Los
subtítulos hechos por un aficionado, plagados de faltas
ortográficas –típicos de las copias bajadas de Internet– pueden
verse hasta en programas bastante serios de debate
cinematográfico.
–
¿Qué ocurrirá si en un futuro cercano el país no puede seguir
comportándose como un corsario sin ética ante la creación
artística de otros? ¿Estarán los funcionarios del ICRT pensando
ya en cómo van a saciar nuestros apetitos televisivos sin hacer
uso de la piratería? La solución –evidentemente– es estimular la
realización nacional, permitirle a la televisión generar
ingresos que redunden en su mejoría y en su capacidad para
adquirir derechos de difusión. Esto último podría ser
incompatible con las largas horas de discurso ideológico, con
las aburridas emisiones que a pocos gustan pero que nos
administran como la cucharada obligatoria de adoctrinamiento.
Una programación dinámica, atractiva y dentro del marco de la
ley no puede hacerse desde la estatalización total de nuestros
medios ¿Es que no se dan cuenta?
Hace varios años conocí a una joven que estaba a punto de viajar
–por primera vez– fuera del país. Tenía tantas dudas sobre lo
que encontraría al otro lado que preguntaba a quienes ya
habíamos “cruzado el charco” hasta los mínimos detalles. Quería
saber si debía llevar abrigo o ropa de manga corta al verano
europeo y si con sus escasos conocimientos de inglés podría
hacerse entender. Indagaba por nombres, lugares y hasta sabores,
pues una de sus aprensiones principales giraba alrededor de
cuánto iba a gustarle la comida de aquellos lares. Temía,
fundamentalmente, que sobre los platos no fuera a encontrar el
arroz con frijoles que estaba acostumbrada a ingerir cada día.
Cuando me lo confesó tuve ganas
de reírme, pero después comprendí el tremendo aprieto que para
ella representaba romper su rutina alimentaria. Desde pequeña se
había habituado a esa combinación tan criolla y enfrentarse a un
plato de vegetales ya le parecía un sacrilegio. Estaba
preocupada por tener que consumir solo espinacas o brócoli, como
había visto en algunas
películas, y pasarse más de un
mes sin los “moros y cristianos”. El recelo le llegó a un punto
que subió al avión llevándose en el equipaje varios kilogramos
de su inseparable leguminosa y su cotidiana gramínea. Nunca
regresó de aquel viaje, porque se instaló en el norte de Italia
al parecer encantada con la sazón del lugar.
El empobrecimiento de nuestra
cultura culinaria, debido a la crisis crónica que vivimos, ha
hecho que el paladar apenas si se tropiece con una decena de
sabores. Las “proteínas” que se muestran en los platos cubanos
son las contenidas en un “perro caliente”, una porción de
picadillo de pavo o un trozo de hígado de res. Estos productos
poseen los precios más accesibles en las tiendas en pesos
convertibles y son importados –mayoritariamente– desde ese país
del norte que tanto se menciona en las consignas políticas.
Hasta la carne de cerdo se ha vuelto inalcanzable y en mi barrio
cuando venden huevos hay una felicidad como si se tratara del
advenimiento de los mismísimos reyes magos. La repetitiva mezcla
de arroz con frijoles está también por desaparecer debido al
desastre agrícola, la sequía y la estatalización disfuncional de
nuestros campos. Ahora, hay que desembolsar el doble y hasta el
triple de dinero para disfrutar de ese congrí por el que mi
amiga estuvo a punto de abortar su viaje a Europa.
Miles
de
habaneros
se
transportan
a
fuerza
de
dedo
o,
lo
que
es
lo
mismo,
pidiendo
en
los
semáforos
que
algún
chofer
les
haga
el
favor
de
llevarlos.
La
mayoría
de
estos
viajeros
alternativos
son
mujeres
jóvenes,
ya
que
es
más
fácil
recibir
un
aventón
cuando
se
porta
saya
–si
es
corta
mejor–
que
siendo
un
muchacho
o
una
anciana.
En
la
intersección
de
dos
avenidas
se
les
ve
inclinándose
sobre
las
ventanillas
para
preguntar
el
destino
del
auto
y
pedir
que
les
adelanten
un
tramo.
Muchas
veces
los
conductores
mienten
porque
no
quieren
montar
extraños
en
sus
vehículos
y
argumentan
que
cien
metros
más
adelante
llegarán
a su
destino
o
doblarán
en
U.
Simpático
catálogo
el
que
podría
hacerse
con
todas
las
justificaciones
que
escuchan
los
asiduos
del autostop
de
quienes
no
quieren
ayudarlos.
Tras
el
timón,
una
voz
les
advierte
que
“tiene
las
gomas
con
poco
aire
y no
aguantan
el
peso
de
otra
persona”
o
que
“debe
recoger
al
jefe
que
vive
unas
cuadras
más
adelante”.
También
están
los
que
suben
los
cristales
oscuros
antes
de
llegar
a
las
esquinas
donde
tantos
esperan
por
una
“botella”,
o
aumentan
el
volumen
de
la
radio
para
no
escuchar
el
ruego
que
les
hacen
desde
las
aceras.
Lo
mismo
con
una
matrícula
estatal
o
una
privada,
el
“no”
se
convierte
en
respuesta
recurrente
que
brota
desde
el
interior
de
las
carrocerías
hacia
quienes
se
achicharran
bajo
el
sol
de
nuestro
“eterno
verano”.
Risibles
o
aterradoras
son
también
las
historias
de
atrevimientos
e
insinuaciones
que
los
choferes
–desde
su
poder–
les
lanzan
a
las
agradecidas
mujeres
que
logran
ser
transportadas.
Van
desde
la
mirada
incisiva
que
le
sube
por
los
muslos
y el
espejo
retrovisor
orientado
hacia
la
zona
de
la
entrepierna
hasta
los
toques
lascivos
a
manera
de
peaje.
Aleccionadas
con
esta
práctica,
muchas
preferimos
caminar
largas
distancias
que
caer
bajo
las
garras
de
quienes
se
creen
que
por
ayudarnos
ya
tienen
el
derecho
de
envolvernos
con
sus
frescuras.
La
grata
diferencia
la
hacen
aquellos
choferes
que
dicen
“sí”
y no
exigen
nada
a
cambio
de
acercarnos
a
algún
sitio,
ni
siquiera
el
número
telefónico
para
mantenerse
en
contacto.
Gracias
a
ellos
parte
de
esta
ciudad
logra
moverse
cada
día,
con
el
entrecortado
ritmo
que
dan
el
azar
y la
brevedad
de
la
luz
roja.
El
edificio
donde
vivo
acaba
de
cumplir
25
años
de
haber
sido
construido
por
las
manos
de
quienes
lo
habitaron
posteriormente.
Con
su
enorme
armazón
de
concreto
y su
arquitectura
yugoslava,
este
bloque
de
catorce
pisos
fue
de
los
últimos
terminados
bajo
supervisión
de
técnicos
soviéticos.
Durante
los
años
setenta
y
ochenta,
un
novedoso
concepto
llamado
“microbrigada”
había
permitido
a
personas
necesitadas
de
una
vivienda
erigirla
por
sí
mismas.
Eran
los
tiempos
de
la
ilusión
y
muchos
llegaron
a
creer
que
estas
edificaciones
de
doce,
dieciocho
y
hasta
veinte
plantas
resolverían
los
problemas
habitacionales
del
país.
Sin
embargo,
eran
tantas
las
necesidades
y
las
construcciones
marchaban
tan
lentas
que
los
nuevos
barrios
al
estilo
de
Europa
del
Este
no
pudieron
remediar
la
crisis
de
la
vivienda.
Cuando
los
primeros
inquilinos
se
mudaron
aquí
–después
de
siete
años
de
poner
ladrillos
y
palear
cemento–
nos
sentíamos
los
últimos
beneficiados
de
un
proyecto
urbanístico
que
terminó
cuando
se
desmembró
el
campo
socialista.
No
se
volvieron
a
levantar
edificios
altos
y el
Ministerio
de
la
Construcción
pasó
a
ser
un
archivo
de
planes
pospuestos
y
sueños
arquitectónicos
abortados.
Quienes
aún
tenían
estrecheces
de
espacio
se
conformaron
con
dividir
las
salas
o
levantar
apartamentos
improvisados
en
las
azoteas.
En
las
144
familias
que
convivimos
en
esta
edificación,
los
hijos
crecieron,
llegaron
los
nietos
y
donde
antes
había
cabida
para
un
matrimonio
y su
prole
ahora
también
se
aprietan
yernos,
nueras
y
suegras.
Lamentablemente.
la
rígida
estructura
del
inmueble
no
permite
que
prologuemos
los
balcones
ni
hagamos
las
divisiones
horizontales
conocidas
como
“barbacoas”,
pero
la
creatividad
ha
logrado
sacar
dos
habitaciones
donde
antes
había
una.
Estos
“rascacielos”
han
terminado
por
convertirse
en
el
símbolo
de
una
época
pasada
y
los
niños
que
corretean
por
sus
pasillos
apenas
si
saben
que
fueron
proyectados
como
los
vistosos
inmuebles
donde
habitaría
el
–nunca
logrado–
“hombre
nuevo”.
Trenzo
mi
pelo.
No
se
celebra
nada
hoy,
más
bien
debería
dejármelo
enmarañando
y
deslucido,
pero
lo
divido
en
tres
hebras
que
entremezclo
siguiendo
cierta
lógica.
La
liturgia
de
peinarme
me
aplaca
la
ansiedad
y al
final
mi
cabeza
está
en
orden,
mientras
el
mundo
sigue
encrespado.
He
vivido
un
fin
de
semana
de
vértigo
y
pensé
que
el
ritual
de
desenredarme
las
greñas
y
reducirlas
a
una
delgada
trenza
lograría
quitarme
la
agitación,
pero
no
ha
funcionado.
El
viernes
pronunciaron
mi
nombre
en
el
aburrido
programa
de
la
mesa
redonda,
mezclado
con
conceptos
como
“ciber
terrorismo”,
“cibercomandos”
y
“guerra
mediática”.
Ser
mencionado
de
forma
negativa
en
el
espacio
más
oficialista
de
la
televisión
es,
para
cualquier
cubano,
la
confirmación
de
su
muerte
social.
Una
lapidación
pública
que
consiste
en
llenar
de
improperios
a
quien
tiene
ideas
críticas,
sin
permitirle
unos
minutos
de
derecho
a
réplica.
Los
amigos
me
llamaron
alarmados,
temiendo
que
mi
casa
ya
estuviera
llena
de
esos
hombres
que
hurgan
debajo
de
los
colchones
y
detrás
de
los
cuadros.
Sin
embargo
,salí
al
teléfono
con
mi
tono
más
jovial:
dime
quién
te
denigra
y te
diré
quién
eres,
les
repetí
a
quienes
se
preocupaban.
Si
te
insultan
los
mediocres,
los
oportunistas,
si
te
injurian
los
asalariados
de
una
maquinaria
poderosa
pero
agonizante,
tómalo
a
manera
de
condecoración…
musité
como
una
mantra
toda
la
noche.
Al
otro
día,
la
realidad
seguía
siendo
la
negación
del
discurso
oficial
y
mis
vecinos,
corriendo
detrás
del
evasivo
arroz,
no
habían
tenido
tiempo
-ni
ganas-
para
mirar
tan
tedioso
montaje
televisivo.
¿Qué
está
pasando
en
esta
realidad
que
ya
los
“fusilamientos
mediáticos”
no
funcionan?
Hace
unos
años,
las
balas
del
desprecio
gubernamental
hubieran
hecho
que
todos
se
alejaran
de
mi
cuerpo
y de
mi
casa,
pero
ahora
se
acercan
y me
guiñan
un
ojo,
me
aprietan
los
hombros
en
señal
de
complicidad.
Han
usado
tanto
la
difamación
como
método
para
acallar
al
otro,
que
los
adjetivos
incendiarios
han
dejado
de
tener
efecto
sobre
una
población
harta
de
tantas
consignas
y
tan
pocos
resultados.
El
bálsamo
reparador
me
llegó
ese
mismo
sábado.
Un
argentino
pudo
colar
al
país
el
trofeo
de
mi
premio
Perfil
y
casi
al
unísono
una
chilena
forraba
-con
papel
rosado-
la
edición
en
español
de
mi
libro
Cuba
Libre
y la
pasaba
por
la
aduana.
Imagen
tomada de: http://amnistiainternacional.periodismohumano.com/
La voz al
otro extremo de la línea me
dicta un texto que saldrá
publicado en el blog
Voces
tras las rejas.
Es Pedro Argüelles desde la
cárcel de Canaleta e
intercambiamos sobre las
actuales conversaciones
entre la Iglesia y el
gobierno cubano. Tema
difícil de hablar con un
prisionero al que frases
demasiado optimistas le
alimentarían una expectativa
que podría concluir en
frustración. Tengo poca
información, le confieso,
los medios oficiales sólo
mostraron breves imágenes de
la cita entre el Cardenal
Jaime Ortega y el General
Raúl Castro, sin develar los
puntos de la agenda que
discutieron. Pero –me
aventuro a anunciarle– en
las calles se rumora sobre
negociaciones para liberar
presos, lo cual ha sido
confirmado por las
autoridades eclesiales en
una rueda de prensa a la que
no fueron invitados los
periodistas independientes
ni los bloggers.
El asunto me
ilusiona por un lado y me
deja un mal sabor por el
otro. Es como estar en
presencia de una mesa que
intenta levantarse sobre dos
patas, mientras a la
tercera
–excluida
o ignorada– le
correspondería el mayor
peso de las decisiones.
Discusión limitada resulta
toda aquella a la que no se
convoque esa importantísima
parte de la nación que son
los grupos y asociaciones de
la sociedad civil. Sólo
entre uniformes o mantos
cardenalicios no debería
discutirse algo que nos
compete a militares y a
ciudadanos, a católicos y
ateos, a partidarios e
inconformes. Brillan por su
ausencia en estos encuentros
los portavoces de esa
porción lesionada de Cuba
que tiene hijos, esposos o
padres condenados por
motivos políticos. Cómo se
puede interceder por el
lastimado sin darle a éste
también el turno para
expresarse, sin permitirle
estar representado allí
donde se habla de su suerte.
Pedro, Pablo
y Adolfo me volverán a
llamar. No sé qué decirles
sobre los encuentros que
discurren a puertas cerradas,
sobre los tratos que se
están cerrando en el enigma.
Deseo tanto que sus nombres
estén en esa lista de los
posibles favorecidos con una
“licencia extrapenal” que me
dejo llevar por la esperanza.
Sin embargo, no hay que
engañarse. Mientras la libre
opinión y el ejercicio de
ella sigan siendo una figura
delictiva en nuestro código
penal, habrá un listado de
reos por sacar de las celdas.
Grata gestión la de la
Iglesia como mediadora,
aunque las autoridades
cubanas deberían escuchar
también a todos sus
ciudadanos, incluso a lo que
se les oponen. Ir por la
vida descalificando para el
diálogo a quienes tienen
posiciones críticas ha hecho
que hoy la mesa sólo se
pueda levantar sobre dos
puntos de apoyo. Varias
patas podrían darle el
equilibrio de la diversidad,
sólo falta que las
reconozcan y las dejen
existir.
Yo tenía 19 y
él había muerto cien años
antes. En la escuela, nos
aterrábamos cuando en los
exámenes de gramática ponían
a analizar una de sus
complejas oraciones. Nos
habían repetido tantas veces
que José Martí era el “autor
intelectual del asalto al
cuartel Moncada” que hasta
lo imaginábamos de cuerpo
presente en aquella
madrugada de disparos y
muertos. En las vallas
políticas, sus sentencias –sacadas
de contexto– ataviaban una
ciudad sumida en las
miserias del Período
Especial. Recuerdo que
ironizábamos con algunas de
ellas, al estilo de “la
pobreza pasa: lo que no pasa
es la deshonra” que habíamos
trasmutado en “la pobreza
pasa, la que no pasa es la
174”, en alusión al autobús
que conectaba el Vedado con
La Víbora.
No faltaron
los desinformados que
culparon al Apóstol por lo
que ocurría y durante los
días de apagones y de
poquísima comida le
propinaban a sus bustos de
yeso diversos castigos. La
excesiva tergiversación del
ideario martiano –readaptado
según las conveniencias del
poder– hizo que decenas de
mis colegas de aula le
dieran un portazo definitivo
a su obra. Sólo un exiguo
grupo de aquellos
adolescentes nos mantuvimos
leyendo su poesía de amor o
sus versos libres,
preservando así para
nosotros otro Pepe, más
humano, más cercano. Estaba
yo por ese entonces en el
Instituto Pedagógico que –como
trampolín– me permitiría
pasar a estudiar Filología o
Periodismo, dos profesiones
que él había ejercido
magistralmente. Allí me
presentaban a un señor de
rostro enérgico al que había
que adorar sin rebatir,
definido oficialmente como
el inspirador de lo que
vivíamos.
En los días
cercanos al aniversario cien
de su muerte se me ocurrió
redactar un pequeño
editorial para el boletín
que hacíamos varios
estudiantes. Con el nombre
de Letra a Letra, la
publicación se armaba con
poemas, análisis literarios
y una sección dedicada a los
gazapos lingüísticos que se
escuchaban en los pasillos
de la facultad de Español y
Literatura. Escribí unas
breves y apasionadas líneas
donde decía que formábamos
parte de “otra generación
del centenario” a la que le
correspondía salvar a la
patria de “otros peligros”.
Aquella pequeñísima
transgresión de la norma
instituida para interpretar
al héroe nacional terminó
con el cierre del modesto
periódico y mi primer
encuentro con “los muchachos
del aparato”. Sólo ellos
estaban capacitados para
desentrañar y esgrimir su
escritura, parecían querer
decirme con aquella
soterrada advertencia, pero
yo sonreía para mis adentros:
ya conocía otro Martí, más
indomable, más rebelde.
—
Nota:
Este post intenté mandarlo
ayer. pero no fue posible.
El X Congreso
de la Asociación Nacional de
Agricultores Pequeños
concluyó ayer en un momento
extremadamente crítico para
el sector agrario cubano.
Mientras en la tele
transmiten las largas
sesiones de una cita a
puertas cerradas, en las
casas la preocupación sigue
siendo cómo encontrar y
pagar lo que vamos a poner
sobre los platos. El arroz,
ese compañero diario en
nuestras mesas,
imprescindible para muchos y
tedioso para otros, es el
nuevo producto que se ha
sumado a la lista de lo que
escasea. En un país donde la
mayoría cree que no ha
comido si no ingiere al
menos un par de cucharadas
de esa gramínea, su ausencia
se torna en motivo de
desespero y alarma.
Después de
tantos llamados a la
eficiencia, de anunciar por
todo lo alto la entrega de
tierras ociosas y de
salpicar los discursos con
llamados a laborar en las
granjas, resulta ahora que
en el último año
la
producción agrícola cayó en
un 13 % y la ganadera en un
3,1 %.
Evidentemente, las consignas
y las perogrulladas al
estilo: “los frijoles son
más importante que los
cañones” o “hay que virarse
para la tierra”, no terminan
por convertirse en comida.
¿Qué está
pasando entonces? ¿Cómo es
posible que una Isla
cubierta de suelos fértiles
esté cargada de gente que
busca ansiosa unas malangas,
unos plátanos, unas yucas? ¿Por
qué la carne de cerdo ha
pasado a ser un manjar que
sólo se puede disfrutar una
o dos veces al mes, pagando
por él un precio exorbitante
y abusivo? ¿Cómo lograron
recluir a muchas de nuestras
frutas más sabrosas a las
láminas del álbum de las
cosas extintas? La
estatalización, el control y
el centralismo nos han
llevado hasta aquí y temo
que ahora se nos intenta
sacar del bache con los
mismos métodos que nos
hundieron.
Las
soluciones no van a venir
porque desde un uniforme
militar se llame al máximo
sacrificio y a sembrar la
tierra “por la patria”.
Tampoco surgirán de un
congreso dirigido por
quienes hace mucho tiempo no
doblan la cerviz sobre una
pequeña postura ni siquiera
para desyerbarla. Esperaba
leer en el informe final de
esta cita agrícola la
voluntad de terminar
realmente con todas las
restricciones absurdas. Dada
la gravedad de la situación
alimentaria, creí que iban a
dejar de satanizar y
penalizar la figura del
intermediario, sin el cual
las cajas cargadas de tomate
no llegarían al mercado.
Atisbaremos la solución de
la improductividad cuando
informen que los campesinos
pueden vender directamente
todas sus mercancías a la
población -pagando sus
impuestos, claro que sí-
pero sin pasar por el
“derecho de pernada” que
obtiene el Estado sobre
ellas. Si no se les permite
comprar libremente
implementos agrícolas,
decidir qué tipo de cultivo
plantarán y en qué
invertirán el dinero
resultante de su venta, todo
quedará en el papel del acta
de un congreso. Otro más que
pasará sin mayores efectos
sobre el surco y sobre
nuestros platos.
Sentí el griterío y al asomarme las
calles estaban ya mojadas con el primer aguacero de
mayo. La Habana cubierta por el velo de la lluvia,
bañada por esas tenaces gotas que la sequía ha
racionado al extremo en esta anómala primavera.
Salieron primero los niños y el concreto gris de los
edificios empezó a vetearse con franjas de humedad;
su arquitectura de Europa del Este me pareció
entonces más incongruente en medio del trópico
pluvioso. Las amas de casa recogieron a toda
velocidad la ropa de las tendederas y los perros
abandonados se pusieron a buen recaudo hasta que
amainara. Pero el chaparrón siguió cayendo y su
persistencia convenció de empaparse –en la lluvia
más esperada del año– también a los mayores.
Saqué
una mano por el balcón a ver si valía el esfuerzo de
subir a la azotea y ducharme bajo el cielo. Los
cubanos aguardamos por este regalo de mayo que
dejará listos los mangos para el convite y nos
traerá además algo de “suerte”. De ahí que calarse
hasta los genes con este chaparrón sea tenido como
el conjuro anual contra lo malo, el rito natural de
todo un pueblo que espera tiempos mejores.
Finalmente, tomé la pesada escalera de madera y la
puse en la escotilla del pasillo; arriba el
sacramento de las nubes me mojó en pocos minutos.
Sobre los techos había muchos como yo, aguardando
porque el agua –ni metrada ni clorada– se llevara lo
malo, nos protegiera contra lo que viene.
Estuve
sobre mi apartamento hasta que escampó, mirando a
quienes chapoleteaban en las calles con las ropas
pegadas al cuerpo. Una anciana alargó los dos brazos
fuera de una ventana para no quedarse sin la
gratuita distribución de la providencia, mientras un
borracho tirado en el parque era –a la misma vez–
bendecido y espabilado por la lluvia. Durante el
tiempo que duró el primer aguacero de mayo no sólo
la gente jugueteó en los charcos y en los
descampados, sino que proyectó ese espontáneo
frenesí que la vida cotidiana recorta y desluce. Un
rezo no articulado se elevó sobre las calles. Con él,
cientos de miles pedimos que el denso chubasco nos
trajera una fracción igual de suerte. Todo apunta a
que vamos a necesitarla.
Vamos
a reducirlos a la obediencia de la ley. Julio, abogado
Hace
más de 60 días envié a varias instituciones cubanas
una denuncia por detención ilegal, violencia
policial y encarcelación arbitraria. A partir de la
muerte de Orlando Zapata Tamayo sucesivos arrestos
ilegales impidieron a más de un centenar de personas
participar en las actividades relacionadas con su
funeral. Estuve entre los muchos que terminaron en
un calabozo el 24 de febrero cuando nos dirigíamos a
firmar el libro de condolencias abierto en su nombre.
El grado de violencia empleado contra mí y la
contravención de los procedimientos para recluir a
un individuo en una Estación de Policía, me hicieron
interponer una demanda con pocas esperanzas de que
fuera ventilada en un tribunal. Durante todo este
tiempo he esperado la respuesta tanto de la Fiscalía
Militar como de la Fiscalía General, haciendo un
esfuerzo por no sacar a la luz este testimonio
revelador, evidencia dolorosa de cuán vulnerados son
nuestros derechos.
Afortunadamente mi teléfono móvil registró el audio
de lo ocurrido aquel miércoles gris, e incluso
después de ser confiscado grabó las conversaciones
que tenían los agentes de la seguridad del estado y
los policías –sin placas– que nos habían encerrado a
la fuerza en la estación de Infanta y Manglar. La
evidencia contiene los nombres de algunos
responsables y devela el trasfondo político de la
operación contra opositores, periodistas
independientes y bloggers. He enviado copias de este
expediente de “secuestro” también a organismos
internacionales de Derechos Humanos, protección a
reporteros y todos aquellos relacionados con malos
tratos. Varios abogados de la
Asociación Jurídica de Cuba me han asesorado en
este empeño.
Aunque
existen pocas posibilidades de que alguien salga
juzgado, al menos los responsables sabrán que sus
atrocidades ya no quedan en el silencio de la
víctima. La tecnología ha permitido que todo esto
salga a la luz.
—————— * Algunos elementos para
completar este dossier de “secuestro”:
- La voz femenina que me
acompaña en la grabación es la de mi hermana Yunia
Sánchez.
-
Acuses de recibo en la Fiscalía Militar,
Fiscalía General, Asamblea Nacional del Poder Popular,
Estación de Policía donde ocurrieron los hechos,
Consejo de Estado y Sede Nacional de la PNR.
El
entorno del sometimiento estuvo una vez en una vieja
cárcel de paredes gruesas, a la manera de la
fortaleza de La Cabaña en la bahía de La Habana. Una
prisión que antes había sido cuartel militar, porque
tanto los soldados como los reclusos sufren de
similares impedimentos para comportarse como seres
libres. Unos y otros están sujetos con algún
grillete, sea éste el impuesto por una sanción penal
o por el poder de sus sargentos y comandantes. No
sería de extrañar que José Martí en lugar de
escribir “Un pueblo no se funda, General, como se
manda un campamento”, hubiera hecho el símil con un
presidio donde el ciudadano está a merced de sus
custodios, bajo la sombra de sus cancerberos.
Ahora
también tenemos prisiones modernas, con la misma
arquitectura que los preuniversitarios en el campo y
sin embargo igual de atávicas en sus métodos de
sojuzgamiento. No exhiben gruesas rejas, pero sí
tenientes que reducen la autoestima, doctores que no
están cuando se les necesita y la presión de una
doctrina que culpa al reo por no haberse dejado
convertir en un “hombre nuevo”. En muchas cárceles
cubanas se intenta quitarle a la persona el respeto
por sí misma. De ahí que ésta deba convivir con sus
excrecencias y compartir la de sus compañeros de
celda. Las paredes de la prisión de mujeres de Manto
Negro –por ejemplo– están salpicadas de lágrimas,
sangre, fluidos y saliva, también hay nombres y
fechas, conjuros, amenazas y promesas.
Los
ladrillos de una u otra cárcel –la antigua y la
moderna– han sido ubicados de forma que la libertad
no se cuele a través de ellos, para que ninguna
rendija deje pasar un gramo de optimismo. Los
constructores las han hecho a partir de sus propias
fobias, potenciando todo aquello que les produciría
pavor. La sordidez de una cárcel es la cara
pervertida de la justicia y quienes en nuestro país
han erigido y mantienen ciertos sombríos presidios
están confesando que le temen al ser humano.
Hace unos días, Internet volvió a
darme un par de agradables sorpresas. Estaba yo en
medio de un trámite para intentar viajar fuera de
Cuba cuando mi móvil sonó y una voz con acento
madrileño me pidió que organizáramos una cita. No
supe quién era aquel hombre, porque el ruido de un
camión me impidió escuchar el momento en que se
identificaba. Pero le confirmé que a las 4 y 30 un
café lo esperaría a él y a los amigos que lo
acompañaban en el piso 14 de esta mole de concreto.
Media hora después, recibí un SMS de un comentarista
de Generación Y, diciéndome que ya era pública en
los foros digitales la noticia de la visita de Rosa
Díez a mi casa. Sólo así pude completar el
rompecabezas que me había dejado aquella llamada
ininteligible y le apunté con humor a Reinaldo:
“Nuestra vida real tiene algunas horas de retraso
con respecto a nuestra existencia virtual”.
Finalmente, el vaticinio aparecido en la red se
cumplió y la portavoz del partido político español
Unión Progreso y Democracia
tocó a mi puerta. Hablamos como viejas conocidas,
como gente que ha desandado un camino y se encuentra
en un recodo a relatarse las piedras, los huecos,
las puestas de sol. Intercambiamos energía, pues
créanme que de esa mujer delgada y pequeña emana un
entusiasmo que yo sólo había visto en personas muy
jóvenes. El tema principal fue Cuba, esta Isla donde
hay espacio físico para todos, pero a la que quieren
convertir en terreno exclusivo de quienes abrazan
una ideología. Le conté de mis aprensiones, pero
también hubo tiempo para detallarle las esperanzas y
enumerarle los pronósticos positivos. Ella, por su
parte, nos escuchaba sin hacer proselitismo.
Antes
de marcharse, Rosa tomó su IPhone y en el navegador
escribió la URL de la página del UPD. Apareció en la
brillante pantalla el moderno sitio salpicado en
magenta, que se actualiza casi a diario. Entre las
paredes de esta casa, que han oído a decenas de
cubanos hablar de Internet como de un lugar mítico y
difícil de alcanzar, aquel pequeño artilugio
tecnológico nos regaló un pedazo de ciberespacio. A
nosotros, que durante toda la Academia Blogger
trabajamos sobre un servidor local que simulaba la
Web, nos fue posible -de pronto- sentir los
kilobytes correr por la palma de la mano. Tuve el
tirante deseo de salir corriendo con el móvil de
Rosa Díez, de parapetarme en mi cuarto mientras
navegaba por todos esos sitios bloqueados en las
redes nacionales. Por un segundo, deseé quedármelo
para entrar a mi propio blog que aún sigue censurado
en los hoteles y en los cibercafés. Se lo devolví
desconsolada, lo confieso.
Durante un rato de aquel lunes, esa banderita que en
la puerta de mi apartamento pide “Internet para
todos” no me pareció tan quimérica. Una incansable
arañita tejedora llamada Rosa nos había mostrado una
finísima hebra de la gran telaraña mundial.
Un
amigo me hizo notar los extraños puntos de colores
que tienen en el fondo las latas de refrescos y
cervezas que se venden en las cafeterías y
restaurantes. Me acerqué para comprobarlo y era
cierto. Dibujada con un plumón, la marca se veía
roja en algunas, azul o verde en otras. He indagado
por todos lados, hasta en los envases ya vacíos o
semi aplastados que se llevan a un centro de materia
prima y el curioso “sello” se repite en una buena
parte de ellos. Sus contornos no tienen la precisión
que logra una máquina rotuladora, sino el trazo
vacilante de una mano que está haciendo algo
prohibido.
Pues
sí, aunque parezca una simpleza, detrás de ese
punto de color descansa una red lucrativa que
utiliza los espacios estatales para vender mercancía
privada. Los empleados gastronómicos compran en las
tiendas en pesos convertibles las bebidas enlatadas
y después las ofertan –en la entidad donde trabajan-
obteniendo entre un 10 y un 50 % de ganancia por
encima de su precio inicial. Priorizan durante su
jornada laboral la comercialización de sus “propios”
productos, mientras relegan o demoran los de origen
estatal. Al final del día, con la suma de los
centavos ganados en cada venta, tienen dividendos
más estimulantes que el simbólico salario recibido
en moneda nacional.
De
manera que los puntos de colores señalan a quién
pertenece la bebida que ha sido vendida. Las del
administrador del local pueden estar señaladas en
rojo, la camarera marca en azul y el cocinero
probablemente haya decidido optar por un punto
anaranjado. Todos obtienen una parte, si no qué
sentido tendría levantarse temprano, subirse a un
ómnibus repleto y trabajar ocho horas para sólo
recibir el equivalente a 20 USD a final de mes.
También las fábricas clandestinas elaboran cervezas
Bucanero y Cristal con la misma apariencia que si
fueran originales y apenas los viejos bebedores se
dan cuenta de la diferencia. Estas industrias de la
imitación se ubican en aparentes casas de familia,
en cuyas habitaciones un artefacto enlatador
chasquea cada vez que coloca un cierre. Son
productos que irán a desplazar a los elaborados por
el Estado, le harán la más desleal de las
competencias a ese Gran Patrón y además timarán a
una buena parte de los clientes. Un laberíntico
entramado de falsificaciones y reventas que socava
la disfuncional centralización y desvía las
ganancias a miles de bolsillos privados
Hoy me desperté con el ruido de los altavoces gritando consignas y
el claxon de los ómnibus que devolvían a sus provincias a miles de
participantes en la manifestación del primero de mayo. El desfile
fue anunciado durante semanas por todos los medios oficiales como
“una digna respuesta a la campaña mediática” contra el gobierno
cubano. En los centros laborales todos tuvieron que poner por
escrito su compromiso de asistir, de no ausentarse a la cita “con la
Patria”. Muchos estudiantes de pre universitario y tecnológico
durmieron ayer en las escuelas para ser llevados –muy temprano– a la
Plaza de la Revolución, pues nada podía quedar al azar en esta
congregación por el día de los trabajadores. Curiosamente, no se
vieron pancartas pidiendo mejorías salariales o criticando las
radicales reducciones de personal que se suceden por estos días.
Durante toda esta jornada, he estado
evocando a Baby y Pablito, que en los años anteriores agitaban sus
banderitas de papel en aquel enorme complejo arquitectónico donde
los seres humanos nos vemos tan pequeños, tan anónimos. Recuerdo que
iban con sus pulóveres rojos y antes de salir del barrio tocaban a
las puertas para que nadie pudiera evadirse de sus responsabilidades
con la Revolución. Fue precisamente en la sala de su casa donde se
puso aquel libro que 8 013 966 cubanos tuvieron que firmar para
hacer el socialismo irreversible*. Los vendedores ilegales evitaban
llamar a su puerta y los vecinos –al hablar de este matrimonio– se
daban un toque con los dedos índices y del medio sobre el hombro,
señal que indica en Cuba que alguien pertenece a las filas militares
o al Ministerio del Interior.
Hace apenas unos meses, nos
enteramos que la activa pareja emigraba hacia Estados Unidos pues se
había ganado un cupo en la lotería de visas de ese país. Ella
entregó el cargo de vigilancia que tenía en el CDR y él se libró del
carnet del Partido Comunista en una reunión donde todos se quedaron
boquiabiertos ante la noticia de la partida. Comenzaron a comprar
públicamente leche y huevos en el mercado negro y unos días antes de
partir regalaron parte de su ropa, incluyendo aquellos atuendos de
colores intensos con que desfilaban. Subieron al avión y dejaron
atrás una piel –o una máscara– que habían llevado encima largos años,
pues desde Hialeah ahora siguen a la blogósfera alternativa cubana,
están alarmados por lo que le ocurre a las Damas de Blanco y ya no
hablan con veneración –sino con irritación– de nuestros gobernantes.
Su incondicionalidad ideológica fue
tan breve como el color de las banderitas de papel que quedan en el
suelo de la plaza y sobre las que cae el empecinado aguacero del
primer día de mayo.
En junio de
2002 el gobierno cubano hizo firmar a la población –violando todos
los requisitos que las leyes establecen para hacer un referéndum–
una modificación constitucional que convertía en irreversible el
sistema socialista. El argot popular y académico la llamó “la
momificación constitucional”.
Había reparado todo tipo de
libros, desde Biblias hasta incunables con hojas a punto de
convertirse en polvo. Era muy bueno devolviendo a su lugar las
páginas arrancadas, en reparar las cubiertas y rociarlas con una
solución química que les resaltaba la tinta. Por sus manos
habían pasado manuscritos del siglo diecinueve, primeras
ediciones de las obras de José Martí y hasta un par de
ejemplares de la Constitución de 1940. A todos les devolvió la
elegancia que una vez tuvieron y al recuperarlos los leía, como
el médico que quiere asomarse al alma de un paciente del que ya
conoce muy bien las vísceras.
Sin embargo, nunca había visto
un libro como el que le trajeron esa tarde de finales de los
años ochenta. Por su tamaño y grosor parecía el recetario de un
dispensario farmacéutico, pero no contenía fórmulas químicas o
nombres de medicamentos, sino que estaba lleno de delaciones.
Era el inventario minucioso de todos los informes que los
empleados de una empresa habían hecho contra sus colegas de
trabajo. Sin percatarse de su indiscreción, la secretaria del
director mandó a repararle –al repertorio de denuncias– la
cubierta raída y varios pliegos que se habían despegado. Fue
entonces cuando llegó a manos del bibliotecario pertinaz aquel
invaluable testimonio, en papel, de las traiciones.
Como en la trama de Amistades
peligrosas, en una parte se podía leer que Alberto, el jefe de
personal, había sido acusado de llevarse materia prima para su
casa. Pocas páginas después, era el propio delatado quien
contaba las expresiones “contrarrevolucionarias” que la auxiliar
de limpieza había usado en el comedor. Los soplos se
entrecruzaban e iban tejiendo un cuadro real y abominable donde
todos espiaban a todos. Maricusa la contadora –según
testimoniaba su compañera de oficina– vendía cigarros al menudeo
desde el buró, pero cuando no estaba en esa labor ilegal se
dedicaba a notificar que la administradora se iba una hora antes
del cierre. El mecánico aparecía varias veces mencionado por
tener relaciones extramatrimoniales con la del sindicato y
porque varios reportes contra la cocinera estaban firmados de su
puño y letra.
Al concluir la lectura, sólo se
podía sentir una pena enorme por esos “personajes” obligados a
interpretar una trama siniestra y desleal. Así que el
restaurador devolvió el libro a la carrera, después de hacer el
peor trabajo que sus manos habían ejecutado. Aún hoy, no puede
dejar de pensar en los nombres, informes y acusaciones que
aquellas páginas han seguido acumulando todos estos años.
Con un pulóver ceñido y el pelo
embadurnado de gel, ofrece su cuerpo por sólo veinte pesos
convertibles una noche. Él muestra ese rostro de pómulos
salientes y ojos achinados que son tan comunes entre quienes
vienen del oriente del país. Mueve todo el tiempo los brazos,
con una mezcla de lascivia e inocencia que produce por momentos
lástima, por otros, deseo. Forma parte del vasto grupo de
cubanos que se gana la vida con el sudor de su pelvis, que
mercadea su sexo ante extranjeros y nacionales. Una industria
del amor rápido, de las caricias breves, que en esta Isla ha
crecido considerablemente en los últimos veinte años.
La Habana tiene por momentos
aires de burdel, sobre todo si se transita por la calle Monte
hasta la intersección de ésta con Cienfuegos. Mujeres jóvenes
con ropas vistosas, pero algo desteñidas, ofrecen su “mercancía”,
especialmente cuando cae la noche y los elásticos no se ven
flojos ni las ojeras tan grises. Son las que no pueden competir
para alcanzar un gerente o un turista que las lleve a un hotel y
les ofrezca -al otro día- un desayuno con leche incluida. No
usan perfumes de marca y completan su trabajo en unos apretados
cuartos de solar o en el descanso de una escalera. Trafican con
gemidos, intercambian espasmos por dinero.
Estos hombres y mujeres –comerciantes
del deseo- evitan tropezarse con los uniformados que vigilan la
zona. Caer en manos de uno de ellos puede significar una noche
en el calabozo o la deportación a su provincia de origen para
quienes están ilegales en la ciudad. Todo puede resolverse si el
policía capta la propuesta de un muslo que se le insinúa y
acepta intercambiar el acta de advertencia por unos breves
minutos de intimidad. Algunos agentes del orden volverán
asiduamente a cobrar su peaje –en moneda o en servicios- para
permitirles a estos seres nocturnos que sigan apostados en las
esquinas. Negarse a dárselo puede hacer a las mujeres terminar
en una granja de reeducación de prostitutas y a los hombres ser
acusados de un delito de peligrosidad predelictiva.
Así se completa el ciclo del
sexo por dinero, en una ciudad donde el trabajo honrado es una
reliquia de museo y las necesidades llevan a muchos a apostar el
cuerpo, a contonearse a la espera de una oferta.
Qué largo camino el que me llevó de ser una pionerita custodiando
las urnas a esta adulta con varios años de abstencionismo a sus
espaldas. Mi hermana y yo íbamos con nuestros uniformes escolares
los domingos de sufragio para hacer el saludo marcial cada vez que
alguien introducía la boleta en la ranura. Recuerdo tres motivos al
menos para participar en aquellas elecciones: creíamos aún en que el
poder del pueblo era poder, no era posible decir un “no” si la
maestra –con toda su autoridad– nos convocaba y, además, en aquellas
jornadas repartían un pan con queso muy sabroso. No me perdía una,
la verdad, pues nos entregaban también un jugo de frutas –en envase
parafinado– que era imposible de probar en otras circunstancias, en
medio de tanto racionamiento.
Con la llegada de los años noventa,
muchos de aquellos niños guardianes de las elecciones pasamos a ser
jóvenes que anulaban boletas con frases entre signos de exclamación.
Recuerdo la primera vez que entré a un locutorio de madera y fui
dispuesta a pintoretear el trozo de papel donde nos habían emplazado
a “votar por todos”. Una vecina me advirtió que ni se me ocurriera
escribir una consigna en lugar de marcar la dócil cruz al lado de
los nombres, pues cada papeleta tenía un número que la identificaba.
“Van a saber que fuiste tú”, me aseguró y sacó a colación historias
de gente reprendida por haber hecho algo similar. Pero hay ciertos
momentos en la vida en que ya no importan el regaño ni el castigo.
Después, al repasar el número de los
amigos y familiares que habían invalidado su boleta, no se
correspondía proporcionalmente con las cifras que daba la tele. O
quienes decían haber hecho un grafiti en lugar de dar su
consentimiento mentían o eran las estadísticas oficiales las que no
coincidían con la realidad. De manera que pasé a la segunda fase del
hastío, a la posición de quienes han dejado de confiar –totalmente–
en el proceso de seleccionar a un candidato para el Poder Popular.
Así que ahora me quedo en casa cada domingo de elecciones. No sé si
todavía reparten panes con queso a los niños que vigilan las urnas,
pero sí que los siguen mandando a tocar las puertas de los morosos,
pidiéndoles que vayan al colegio electoral. Quizás –si todo sigue
igual– algunos de ellos cumplirán 16 años y tomarán el lápiz rojo
para garabatear su boleta o adoptarán –al igual que yo– el
abstencionismo como forma de protesta.
* Consigna
expresada por Fidel Castro durante el primer año de la Revolución
para responderle a quienes pedían elecciones presidenciales en el
país.
Anoche me visitó un amigo que
vive en Las Villas y que para llegar hasta la capital debe
sortear los problemas de transporte y el círculo de vigilancia
que lo rodea. Me contó que hace unas semanas estuvo detenido y
le quitaron el teléfono móvil durante un par de horas, hasta que
un oficial apareció, contrariado, con el pequeño Nokia entre sus
manos. “Ahora sí que estás en problemas” le repetía una y otra
vez el teniente de la Seguridad del Estado que lo tenía recluido
en aquella estación. La razón para tanta alarma era que en su
agenda telefónica había una entrada bajo el nombre de
Twitter acompañada de un número
en el Reino Unido*.
“Nadie te salva de los quince
años” lo amenazó el policía mientras le confirmaba que enviar
SMS a alguien con un nombre tan raro y que vivía tan lejos era
un delito enorme. No sabe él que el camino para sacar nuestros
tweets al ciberespacio es el rústico envío de mensajes
de sólo texto a través del servicio celular. Tampoco imagina que
en lugar de llegar a manos de un miembro de la inteligencia
británica, nuestros breves textos van a parar a ese pájaro azul
que los hace volar por el ciberespacio. Es cierto que se trata
de una emisión a ciegas y que no podemos leer las respuestas o
referencias que hacen los lectores, pero al menos estamos
relatando la Isla en trozos de 140 caracteres.
Pensando siempre en
conspiraciones, agentes y conjuras, no se han percatado que las
tecnologías han convertido a cada ciudadano en su propio medio
de difusión. Ya no son los corresponsales extranjeros quienes
validan determinada noticia ante los ojos del mundo, sino que –cada
vez más– nuestras incursiones en Twitter se convierten en
referencia informativa. Mi amigo me lo cuenta a su manera:
“Yoani, cuando veníamos hacia La Habana teníamos un gran
operativo detrás. Yo redacté de antemano un SMS para advertir si
nos detenían”. Quizás fue el brillo de la pantalla del Nokia o
la convicción de que algo nuevo se interponía entre el
perseguido y los perseguidores lo que evitó que lo metieran en
la patrulla. Si lo hubieran interceptado, un breve clic en el
botón de enviar habría sacado su grito a la Web, contando
aquello que a la prensa internacional le hubiera llevado horas
saber.
Lo despedí en la puerta y
llevaba su móvil en la mano, como una linterna de tenue luz. En
la carpeta de “borradores” un texto ya preparado lo protegería
de las sombras que lo esperaban allá abajo.
* Entre
los servicios que ofrece Twitter, está la posibilidad de
publicar a través del SMS para quienes no tenemos acceso a
Internet. Todo se hace a través de un número de servicio al que
se mandan los mensajes que aparecerán inmediatamente ubicados en
la cuenta del usuario.
Ojos atentos, tímpanos
especializados en el sonido escurridizo del desvío de recursos y
uniformes de un color marrón, casi tierra. Son los “carmelitas”,
un verdadero ejército de inspectores que en los centros de
producción velan porque el robo no se lleve lo poco que nos
queda. Funcionan como un cuerpo de protección no subordinado a
la administración del centro laboral donde se les ubica y
responden -como soldados- a una estructura superior de ordeno y
mando. Reciben a cambio un mejor salario, algunos kilogramos de
pollo cada mes y esa apetitosa merienda que revenden en el
mercado negro. Constituyen la nueva tropa de auditores, en un
país donde los empleos no se miden por lo que se gana sino por
lo que permiten sustraer hacia el mercado negro.
Estos controladores permanecen
poco tiempo en cada industria, para evitar que hagan relaciones
con los empleados y puedan caer en cadenas de corrupción. En las
fábricas de tabaco, deben registrar a los torcedores para que no
saquen –entre sus ropas- las hojas o los puros ya terminados; en
la Planta de Suchel del municipio Cerro se ocupan de buscar
entre los bolsos de los trabajadores los extractos de champú o
de perfume; en medio de la carretera chequean que cada pasajero
de un ómnibus tenga su boleto legal y en Río Zaza debieron
impedir que salieran las bolsas de leche o el concentrado de
tomate. Entrenados para comprobar sellos, cerrar candados y
anotar los productos existentes en un almacén, no han logrado
sin embargo detener los constantes desfalcos. Imposible parece
la tarea de crear burbujas de eficiencia y control en una Isla
donde saquear al estado es una práctica de sobrevivencia.
La cuestión es que el gobierno
sabe que la gente roba en cada centro de trabajo, pero también
comprende que cerrar todos los caminos del desvalijamiento
crearía un clima de mucha tensión social. Hasta ahora, la vista
gorda ante la sustracción era una manera de mantener tranquilos
a los infractores para que no fueran a demostrar su
inconformidad de otras maneras más públicas. La mayoría de los
ciudadanos es consciente de que aplaudir o callarse evita que
investiguen sus vidas y salga a la luz el sustento ilegal del
que se nutre su familia. La permisibilidad de la malversación ha
sido durante largos años una eficiente moneda de cambio de la
docilidad. De ahí lo difícil de erradicarla sin dinamitar el
propio sistema. Los “carmelitas” no podrán evitar que se sigan
sustrayendo recursos, porque la corrupción es la savia que nutre
–fundamentalmente- a quienes mandan hoy las huestes de la
auditoría hacia las calles.
Caridad no podría ubicar en un mapa
a Sancti Spíritus, la provincia donde radica la empresa que regentó
el chileno Max Marambio, pero sí que está al tanto de todos los
rumores sobre su cierre y sus escándalos de corrupción. Ha aprendido
a descifrar las omisiones de la prensa y a leer en la repetición de
ciertos temas un intento de tapar otros más interesantes. Por eso no
se conforma con la píldora revestida que le da el noticiero nacional.
Para esta habanera de cuarenta años, los rumores callejeros de las
últimas semanas le han hecho desempolvar un refrán que repite con
terquedad: “cuando el río suena, piedras trae”. Justamente ,el
nombre de la fábrica Río Zaza repiquetea en las conversaciones,
aunque Granma sólo mencionó la investigación de que es objeto en una
breve nota sobre la muerte de su gerente general Roberto Baudrand.
En las escuelas de periodismo
deberían enseñar ciertas lecciones. Una de ellas –la que los cubanos
hemos aprendido a fuerza de leer entre líneas- es que esconder una
noticia aviva el interés por ella, aumenta la fabulación y la
especulación sobre sus detalles. Mientras nos llaman a asistir a
actos de reafirmación revolucionaria y a condenar una campaña
mediática contra Cuba -de la que no se publica ni un solo documento-
todos suponemos que algo grande deben querer tapar con tanto
bullicio. La demora en confirmar que algo ocurría en esa industria
de capital mixto ha hecho que la prensa extranjera, los periodistas
independientes y los bloggers les arrebatemos el tema a los
controlados reporteros oficiales. Les toca a ellos cantar las
glorias, no narrar la basura debajo de la alfombra.
Caridad ha tenido razón con el
tintín, con ese arroyo que se ha convertido en atronadora catarata.
Algo muy fétido se esconde detrás del silencio y la distracción.
Huele a billetes verdes, a desfalcos, tiene el hedor de la
corrupción que ya no está localizada en un lugar sino que es
genética al sistema. Las huestes de auditores que saldrán a la calle
en los próximos días no podrán detener esta depauperación.
Necesitarían otro número similar de ellos para controlar a los
inspectores, vigilar al que vigila, supervisar al que supervisa. Las
piedras que trae el río son demasiadas y muy grandes, todos las
oímos por detrás de las consignas.
No me gusta ir por la vida
defendiéndome de ataques, quizás porque me he pasado la mayor
parte de ella bajo el fuego cruzado de la crítica. He aprendido
que a veces es mejor digerir el insulto y seguir adelante, pues
denigrar ensucia más a quien lo hace que a la víctima. Sin
embargo, todo tiene un límite. Algo bien distinto es que pongan
en mi boca frases que yo no dije, tal y como ha ocurrido con la
entrevista publicada por Salim Lamrani en
Rebelión. Al comenzar su
lectura, no noté mucho la tergiversación, pero ya en la segunda
parte me era imposible reconocerme. Es cierto que la
introducción trataba de generar aversión en los lectores hacia
mi persona, pero ese es el derecho que tiene cada entrevistador
de narrar cómo ve al objeto de sus preguntas.
La gran sorpresa ha sido
constatar -en la medida en que avanzaba el texto- enormes
omisiones, distorsiones y hasta frases inventadas atribuidas a
mí. Todo hubiera quedado en otro intento –entre tantos miles- de
adjudicarme posturas que no tengo y afirmaciones que jamás he
dicho, si no fuera porque los medios oficiales cubanos se
aprestaron rápidamente a hacerse eco de la reacomodada
entrevista. Ayer, cuando vi al presentador del más aburrido
programa de la televisión oficial referirse –sin mencionar mi
nombre- a una serie de preguntas que “me desnudaban”, comencé a
comprenderlo todo. La razón para la adulteración ya no era la
premura al transcribir ni el deseo de un periodista de probar a
toda costa su hipótesis aún distorsionando para ello las
palabras del entrevistado. Algo mayor se está fraguando con ese
texto semi-apócrifo y hago ahora un alto en el camino de mi blog
para advertirlo.
Tengo una memoria muy vívida de
aquella tarde de hace casi tres meses –curiosamente el señor
Lamrani ha tardado todo este tiempo en hacer pública nuestra
conversación- y de las palabras que intercambiamos. Recuerdo sus
preguntas estereotipadas y por momentos desinformadas sobre
nuestra realidad que muy poco se parecen a estas -tan
documentadas- que él ha vuelto a redactar para parecer un
especialista. No me caracterizo por responder con monosílabos,
de ahí que me cuesta trabajo identificarme entre tanta parquedad.
En la medida en que el intercambio que tuvimos en el hotel Plaza
avanzaba, se podía notar como la simpatía de él hacia mi
posición aumentaba. Al final, sentí que todas las barreras se
habían derrumbado y el comprendía que no éramos contrincantes,
si acaso personas que veían un mismo fenómeno desde ópticas
diferentes. Un abrazo final de su parte me lo confirmó. Pero,
evidentemente, pudo más la disciplina a “la causa” que su ética
periodística y el profesor de la Sorbonne terminó –visiblemente
en la segunda porción de la entrevista-por adulterar mi voz. En
su modernísimo Iphone mis moderadas frases debieron ser como un
virus informático royendo los estereotipos, un llamado a
terminar con esa confrontación que personas como él prefieren
alimentar.
En un ciclo que parece no terminar nunca se anuncian frecuentes
remedios que dinamizarán nuestra economía. Esta vez se le llama
“terminar con las plantillas infladas”, aunque desde la óptica
de quienes quedarán sin puesto de trabajo se resume en una
palabra: “desempleo”. Largos reportajes muestran en la tele que
el problema de la ineficiencia está dado por el exceso de
personal en oficinas, fábricas y hasta hospitales. Cada jornada
de trabajo debe tener contenido para evitar el ocio, nos dicen
en los medios, como si tan elemental fórmula hubiera sido
descubierta hace un par de semanas.
Algunos economistas advierten
que enviar a casa a todos los que sobran en sus funciones
dispararía la cifra de parados a más de un 25%. Uno de cada
cuatro trabajadores podría ser cesanteado en aras de sanear las
abultadas nóminas, pues el país no tiene liquidez para seguir
pagando brazos inactivos. Tan alto número de desocupados
implicaría un aumento del descontento social, cientos de miles
de personas lanzadas a realizar ocupaciones ilegales y el fin
del truco de crear subempleos como forma de adulterar las
estadísticas de ocupación. Indago sobre qué ocurrirá en esas
dependencias oficiales plagadas de burócratas o qué pasará con
el engordado listado de quienes laboran para la Seguridad del
Estado. ¿Tendrán ellos también una reducción de plantilla? Visto
el número creciente de los policías vestidos de civil que
deambulan por las calles, creo que se debería comenzar con ellos
para eliminar tantos excesos. Por una razón de imagen a los que
queden fuera no se les llamará desempleados, sino con alguna
sutileza –como las ya usadas en otros momentos– al estilo de
excedentes o interruptos.
A pocos días de celebrarse el
primero de mayo, muchos cubanos están bajo el riesgo de perder
su plaza laboral. Sin embargo, estoy segura de que no veremos en
el desfile de la Plaza un solo cartel mostrando la inconformidad
o la crítica ante la reducción de personal. El propio presidente
de la CTC dijo que la cita de los trabajadores será para
reafirmar su apoyo al proceso y para criticar la llamada campaña
mediática contra Cuba. La única agrupación sindical legalizada
del país demuestra así su condición de polea transmisora de
orientaciones desde el poder hacia los obreros, pero no lleva
demandas en la otra dirección. Los veremos pasar frente a la
tribuna, a punto de perder el trabajo, pero portando una tela de
repudio a la Unión Europea o a Estados Unidos. Ninguno podrá
hacer de ese día un momento de verdadero reclamo, una cita para
exigir al gran patrón llamado Estado que no lo dejen en la calle.
Para los cubanos de mi
generación, la idea de anhelar el éxito implicaba el
padecimiento de una terrible desviación ideológica, no sólo si
se pretendía sobresalir en lo personal sino también en el ámbito
profesional o económico. Se nos educó para ser humildes y se nos
impuso la norma de que al recibir algún reconocimiento público,
era obligatorio subrayar que sin la ayuda de los compañeros que
nos rodeaban hubiera sido imposible obtener semejante resultado.
Lo mismo ocurría con la simple tenencia de un objeto, el
disfrute de una comodidad o la “malsana” ambición de prosperar.
La pretensión de ser competitivo
se castigaba con etiquetas muy difíciles de despegar de nuestro
expediente, como las acusaciones de autosuficiente o
inmodesto. El éxito tenía que ser -o parecer- común,
fruto del esfuerzo de todos, bajo la sabia dirección del Partido.
Así aprendimos que la autoestima tenía que disimularse y que
había que ponerle riendas al entusiasmo emprendedor. Los
mediocres tuvieron su agosto en esta sociedad que terminó por
cortar las alas a los individuos más atrevidos, mientras
potenciaba el conformismo. Eran los tiempos de ocultar las
pertenencias materiales, demostrar que todos éramos hijos de
abnegados proletarios y afirmar que odiábamos profundamente a
los burgueses.
Algunos fingieron que abrazaban
el igualitarismo, pero en realidad acumulaban privilegios y
amasaban fortunas, mientras repetían en los discursos los
llamados a la austeridad. Eran los que seguían diciendo en las
autobiografías que venían de una familia pobre y que su
aspiración principal era servir a la patria. Con el tiempo sus
colegas del trabajo descubrían que detrás de la imagen de
ascetismo se escondía un desviador de recursos del Estado o un
acumulador compulsivo de posesiones materiales. Aún hoy, la
máscara de la frugalidad ha seguido en sus rostros, aunque sus
abultados abdómenes digan todo lo contrario.
Hace un par de meses tuve el gusto de hablar en un hotel habanero
con un periodista extranjero que había escrito un largo artículo
contra mí. La charla fue muy amena, aunque le reproché el haber
redactado un texto tan extenso sin entrevistar antes al objeto de su
diatriba, una persona viva y fácilmente localizable en La Habana.
Después de dos horas de preguntas y respuestas, nos dimos cuenta que
ambos queríamos básicamente lo mismo: un marco de respeto para
nuestras ideas. Él lleva a cabo una cruzada contra los medios
hegemónicos imperantes en su país y yo trato de que los cubanos
puedan sacudirse el monopolio informativo estatal. Visto así, se
trata de aspiraciones similares.
Entre las estrategias más usadas por
el discurso oficial en Cuba está la de separar a los ciudadanos en
compartimentos no conectados. En la medida que cada uno se niega a
escuchar al otro, no pueden constatar que tienen observaciones
afines sobre su realidad y deseos confluentes de mejorar el país.
Por eso se sataniza al crítico y se le impide a los periodistas
oficiales invitarlo a los estudios de la televisión a participar en
esos paneles aburridos donde todos tienen el mismo punto de vista.
Se repite la táctica de “echar a pelear” a personas que sentadas
frente a una taza de café confirmarían sus afinidades en lugar de
ahondar en sus diferencias. Siempre que escucho denigrar a alguien
con adjetivos encendidos al estilo de “mercenario” o “vendepatria”
me percato de que el emisor de tantas calumnias teme –en su
interior– que en un debate no pueda dejar los gritos y argumentar
sus ideas. Los que ofenden son, generalmente, los que temen a la
sana polémica por estar carentes de razones.
He leído con sorpresa y optimismo el
intercambio de cartas entre
Silvio Rodríguez y Carlos Alberto Montaner,
Cuando dos figuras que han sido colocadas en las antípodas pueden
llevar a cabo una controversia sin apelar al alarido o a la amenaza,
es señal de que las inyecciones de crispación ya no funcionan. De
pronto hemos visto como el cantautor de la “utopía” y el
“archienemigo” del gobierno han comenzado a mantener correspondencia
y a debatir sus puntos de vista. Me pregunto si esa es la señal de
arrancada para que en el interior del país un miembro del partido
comunista pueda sentarse a dialogar con otro que pertenece a un
grupo de la oposición. ¿Estaremos asistiendo al derrumbe de las
paredes interiores que nos aislaron a unos de otros? ¿Cuántos más
estarían dispuestos a dejar a un lado la injuria y sentarse a
conversar? Quisiera creer que sí, que el mero hecho de responderle a
un contrincante es la prueba de que se le respeta, la mejor forma de
validar su existencia y su derecho a pronunciarse.
Con la estampida en masa de
inversionistas extranjeros, los anaqueles de las tiendas
muestran las reales cifras de nuestras finanzas. Mi madre me
llama temprano para avisarme que hay papel sanitario en un
mercado lejano; dice que debo apurarme pues ya se ha corrido la
voz y pronto se agotará. Salgo mirando a la derecha y a la
izquierda como un ventilador, a ver si también aparece algún
tipo de jugo para poner en la taza de Teo por la mañana. Pero el
desabastecimiento es notable y han desaparecido de las tiendas
los envases tetra-packs con la marca Río Zaza, la
otrora empresa mixta sumida hoy en un escándalo de corrupción.
El mercado negro ha colapsado, pues no es un secreto para nadie
que éste se nutre del desvío de recursos en las fábricas y del
robo durante la transportación de las mercancías hacía los
comercios.
Hasta los más pacientes
empresarios foráneos, al estilo del español que regenteaba la
firma Vima, han hecho sus maletas y regresado a casa. El
consorcio entre la perfumería Suchel y el capital ibérico
aportado por Camacho está llegando a su fin y mis amigas
muestran sus canas ante la ausencia de tintes para el pelo. El
tiempo en que el país compraba primero y pagaba después se
terminó. Ahora arrastra tantas deudas que hacen difícil atraer
el capital y tomar fiado. Los efectos de la crisis se sienten
con fuerza en la vida cotidiana, donde un jabón ha pasado a
costar un 30% más que hace apenas un año. Las amas de casa se
rascan la cabeza frente a la sartén, mientras gritan que el
salario se va como agua una vez cobrado a fin de mes. Ni
siquiera los bendecidos por una remesa llegada desde afuera o
los habilidosos comerciantes del mercado informal la tienen
fácil.
Pocos se acuerdan ya de aquel
discurso pronunciado hace tres años en Camagüey, donde Raúl
Castro insinuaba la posibilidad de un vaso de leche para cada
cubano. Muy por el contrario, las palabras que emitió el pasado
domingo nos han traído trincheras, parapetos e imágenes
apocalípticas de la Isla hundiéndose en el mar. Corriendo detrás
de los escurridizos alimentos, hemos tenido poco tiempo para
reflexionar sobre lo dicho en el Palacio de las Convenciones,
pero sus numantinas amenazas gravitan sobre nosotros.
Interpretadas en un sentido directo, presagian que nos espera un
hueco húmedo rodeado de sacos de arena, un fusil para dispararle
no se sabe a quién y esa última bala en la recámara que usaremos
sobre nosotros mismos. Mientras, el General se mantendrá firme
en su puesto y comprobará –a distancia– que no incumplamos la
orden final de inmolación.
Justamente ayer, la víspera de presentarse en Chile una
compilación de mis textos con el título
Cuba Libre, me llegó una
información de la Aduana General de la República. En ella me
confirmaban la confiscación de diez ejemplares de mi libro
enviados a través de DHL. En las rancias y breves palabras de la
burocracia, me explicaban:
Al realizar la
inspección física del envío se detectó documentación cuyo
contenido atenta contra los intereses generales de la
nación, por lo que se procede a su decomiso en
correspondencia a lo establecido en la legislación vigente.
Trato de reproducir la escena de
“los especialistas” dilucidando si permitían o no que el libro
traspasara las fronteras de esta Isla y llegara hasta mis manos.
¿Buscarían en sus páginas alguna imagen obscena que pudiera
ofender la moral? De seguro no la encontraron entre las fotos de
vallas inflamadas de consignas políticas, las desvencijadas
entrañas de un automóvil abandonado y las banderas cubanas
exhibidas en un mercado donde no vale la moneda nacional. Esto
último puede parecer obsceno, pero no es mi culpa.
¿Serían celosos doctores de la
gramática esos que manosearon las frases de Cuba Libre buscando
quizás una errata o un tiempo verbal mal usado? ¿Se trataba
acaso de analistas militares, indagando entre los párrafos de
mis crónicas por códigos ocultos, revelaciones sobre la economía
o documentos secretos de la Seguridad del Estado? Nada de eso
hallaron, ni siquiera la receta de cómo fabricar guarapo, esa
casi extinta bebida nacional que se logra exprimiendo la caña de
azúcar.
Me conformo con fantasear que
quienes impidieron a la versión española de mis textos llegar
hasta cientos de amigos entre los que circularía eran unos
uniformados con más disciplina que lecturas. Probablemente ya
estaban avisados por los escuchas que monitorean constantemente
mi teléfono; pueden haberles advertido incluso que no fueran a
leer el contenido. Si tres años de publicar en el ciberespacio
hubieran servido solamente para hacer llegar mi voz hasta estos
torvos censores, sería suficiente motivo para sentirme
satisfecha. Algo de mí quedará en ellos, como mismo su represiva
presencia ha marcado mis crónicas, las ha empujado a saltar
hacia la libertad.
La máxima cita de la Unión de Jóvenes Comunistas concluyó en La
Habana, pero su pariente mayor, el Partido, aún no anuncia la
fecha en que celebrará su sexto congreso. Raúl Castro afirmó a
principios de 2009 que convocaría -a la mayor brevedad- una
conferencia nacional del PCC, pero a estas alturas nadie puede
ubicarla en el almanaque. La UJC se le ha ido entonces por
delante al reunirse en el Palacio de las Convenciones y discutir
temas que habrían dejado fructíferas polémicas si hubieran
contado con un marco de verdadero respeto.
Bajo el lema de “Todo por la
Revolución”, cientos de rostros juveniles observaron la mesa
presidencial repleta de funcionarios que ya cumplieron más de
seis décadas de vida. La vieja generación no estuvo allí para
decirles a los más nuevos “el país también es de ustedes, les
toca ahora decidir el rumbo”, sino que los exhortó al
sacrificio, los amonestó por la poca combatividad y quiso
arrancarles pactos de continuidad y eterna fidelidad. Es el tipo
de acciones que desarrolla un partido político en relación con
su cantera, pero en el caso cubano se trata de la única
organización juvenil permitida por la ley. Llama la atención que
a esa edad en que adoptamos las poses más variadas y defendemos
las banderas más increíbles, a nuestros jóvenes sólo les está
admitida la militancia bajo el carnet rojo. Muchos de ellos, en
circunstancias más libres, engrosarían filas en un grupo
ecológico, se sumarían a un piquete de activistas sindicales o
se afiliarían para exigir el fin del Servicio Militar
obligatorio.
Quienes hoy forman parte de la
UJC nacieron comenzado ya el Período Especial, no alcanzaron
juguetes en las tiendas de productos racionados y sólo tomaron
leche -legalmente- hasta los siete años. Han crecido gracias al
mercado negro y se han puesto zapatos porque sus padres
desviaron recursos del estado o le pidieron a un pariente
exiliado ayuda para comprarlos. Se trata de una generación
crecida en medio del apartheid turístico que impedía a los
cubanos entrar en los hoteles o acceder a ciertos servicios;
hijos amamantados con consignas vacías en las escuelas y
palabras de hastío en los hogares. A pesar de su compromiso de
lealtad, sospecho que acarician el desquite, ese momento en que
romperán todas las promesas hechas a los mayores.
Hace veinte años nuestras calles comenzaron a llenarse de
bicicletas y a vaciarse de autos. No era una moda para proteger
el medioambiente o para ejercitar el cuerpo, sino el resultado
directo del fin del subsidio soviético. Se interrumpió el
suministro de petróleo a precios preferenciales llegado desde el
Este, el transporte público colapsó y mi padre perdió su empleo
como maquinista de trenes. Por aquellos años, trasladarse hacia
al trabajo podía tardar el equivalente a media jornada laboral y
frecuentemente viajábamos colgados de las puertas de los
ómnibus, como racimos humanos.
Llegaron entonces sucesivos
cargamentos de bicicletas desde la tierra de Deng Xiaoping y se
distribuyeron entre obreros destacados y estudiantes
vanguardias. Ya el premio por una meritoria faena o por la
incondicionalidad ideológica no era un viaje a la RDA o la
entrega del último modelo de Lada, sino un reluciente ciclo
marca Forever. Aparecieron por doquier parqueos donde se
protegía a los ligeros vehículos de los ladrones y mi papá abrió
un taller para repararles los ponches. También surgieron
innovaciones que les agregaban sillas de bebé, tráilers y cestas
delanteras. Hasta las mujeres de avanzada edad, renuentes a
mostrar sus piernas mientras les daban a los pedales, terminaron
por adaptarse al ritmo de los tiempos.
Con la dolarización de la
economía, se permitió a altos funcionarios, artistas y
extranjeros residentes importar sus propios autos, mientras que
los turistas podían rentar un Peugeot o un Citröen. Así las
calles experimentaron nuevamente el rodar constante de los
neumáticos. Las bicicletas fueron menguando porque ya no
llegaban barcos cargados de ellas, las piezas de repuesto
escaseaban y los cubanos se cansaron de pedalear a todos lados.
Una ligera mejoría en las rutas de ómnibus ha hecho a muchos
deshacerse del rodante compañero, como si estuvieran con ese
gesto librándose de la crisis.
Hace un par de años fui a la
oficina de
DHL en
Miramar para enviar unos videos familiares a
unos amigos en España. La empleada me miró
como si pretendiera trasladar a otra galaxia
una molécula de oxígeno. Sin siquiera tocar
el casete MiniDV, me dijo que la filial
habanera sólo aceptaba transportar modelos
VHS. Pensé que se trataba de una cuestión de
tamaño, pero la explicación de ella fue más
sorprendente: “Es que nuestras máquinas para
visualizar el contenido sólo leen casetes
grandes”. Ante mi insistencia, la mujer
sospechó que en lugar del rostro sonriente
de mi hijo, yo quería remitir “propaganda
enemiga” al extranjero.
Regresé frustrada a casa –adonde
nunca me llega correo regular– y pasado un
tiempo estuve otra vez necesitada de los
servicios de esta empresa alemana. Ante la
imposibilidad de viajar a Chile para
presentar mi libro Cuba Libre, la
editorial
me remitió, hace pocos días, diez ejemplares
en un sobre con la palabra “express”. Ni las
numerosas llamadas telefónicas a la oficina
de la calle 26 esquina 1ra, ni mi presencia
allí, han logrado que me entreguen lo que es
mío. “Su paquete ha sido confiscado” me han
dicho hoy en la mañana, aunque en realidad
debieran haber sido más honestos y
confesarme “Su paquete ha sido robado”.
Aunque se trata de los mismos textos que,
sin echar mano de la violencia verbal, he
ido publicando en la Web desde hace tres
años, los censores de la aduana lo han
tramitado como si fuera un manual para
fabricar cocteles Molotov.
Ahora que los titulares de
todo el mundo cuentan el fin del contubernio
entre Google y la censura china, las
empresas extranjeras radicadas en Cuba
siguen obedeciendo los filtros ideológicos
impuestos desde el gobierno. Con sus aires
de eficiencia, su tradición de inmediatez y
sus frases al estilo de “Keep an eye on
your package”, DHL ha aceptado una
tabula política para medir a sus clientes.
No hacerlo le valdría la expulsión del país
y la consiguiente pérdida económica, de ahí
que pasen por alto la inviolabilidad del
correo y miren hacia otro lado cuando
alguien demanda que le devuelvan lo que le
pertenece. Los colores rojo y amarillo de su
identidad corporativa nunca me habían
parecido tan estridentes. Al mirarlos hoy
siento que en lugar de celeridad y eficacia
nos están advirtiendo: “¡Cuidado! Ni
siquiera entre nosotros tu correspondencia
está segura”.
Como cada año, la Serie
Nacional de Béisbol atrae la atención de
millones de cubanos. “La pelota”, como le
decimos familiarmente, es desde hace muchos
años el deporte nacional y no resulta raro
que genere acaloradas discusiones en los
parques más céntricos de toda la Isla. Para
quienes tenemos la ilusión de que la gente
se ocupe de cuestiones más candentes,
siempre resulta un poco frustrante comprobar
que aquel grupo de hombres, que gritaba y
manoteaba apasionadamente, no discutía sobre
cómo terminar con la dualidad monetaria ni
estaba reclamando algún derecho escamoteado,
sino sólo dirimía si tal jugada fue correcta
o quién es el mejor bateador entre todos los
jugadores.
Pero la primera pasión
deportiva de los cubanos no está exenta de
política, especialmente cuando alguna
estrella beisbolera decide no regresar al
país luego de un viaje al extranjero, o si
un pelotero no integra la selección a un
evento internacional porque resulta poco
confiable y se teme que “deserte”. En un
reciente encuentro entre dos equipos de
ardorosa rivalidad, un jugador se sintió
ofendido porque creyó que la bola había sido
lanzada con la intención de golpearlo y,
para sorpresa de los espectadores, salió
corriendo en dirección al pitcher
blandiendo amenazante su bate. Los jugadores
salieron del banco, algunos aficionados se
tiraron al terreno, la policía roció gas
pimienta y repartió patadas y bastonazos.
Las cámaras que transmitían el juego
apuntaron hacia otro lado y ningún
televidente se enteró de lo ocurrido… en ese
momento.
Pero las nuevas tecnologías
impidieron que la pacata censura se saliera
con la suya y decenas de cámaras digitales y
teléfonos celulares filmaron los detalles.
La versión de los hechos se distribuyó entre
miles de personas, grabada en CD y copiada
en memorias USB. ¡Qué buenas discusiones
tuvimos entonces en los parques!
Silvio fue llevado hasta su
casa entre gritos de júbilo después de la
reunión para nominar al delegado de su
circunscripción. Sólo obtuvo 15 votos de un
total de 120, pero la suya fue la victoria
de la hormiga que logra excavar en el muro,
el triunfo del pío pío que se hace
escuchar en medio de la algarabía. Aunque se
habían movilizado hacia el municipio de
Punta Brava personas que no estaban en el
registro de electores, el candidato
oficialista sólo pudo saborear 45 manos
levantadas a su favor. La abstención fue la
forma en que el 50% de los congregados
manifestó su inconformidad -o su
indiferencia- ante un proceso asambleario
con muy poca influencia en la vida real.
Recuerdo cuando Silvio
Benítez habló por primera vez de presentarse
en las elecciones del poder popular de su
circunscripción. Ni sus amigos más cercanos
alimentamos la esperanza de que saliera
nominado o al menos lograra que alguien -ajeno
a su familia- lo propusiera públicamente. La
frustración a
prioi,priori, el
desgano por anticipado, se han introducido
demasiado en nuestras vidas. De ahí que nos
sintamos derrotados antes de proyectar
siquiera una fórmula con la que transformar
el país. La balsa surcando el mar o el
silencio cómplice siguen siendo las
estrategias más usadas para solucionar los
problemas personales de cada cual, visto que
el “el problema” nacional parece perpetuo.
Sin embargo, aquella noche en
Punta Brava la telenovela no fue más
atractiva que la desgastada maquinaria de
optar por “el mejor y el más capaz”. La
curiosidad hizo que se llenaran las calles y
las aceras para saber si “el candidato del
cambio” lograba la victoria. Silvio les
había prometido un programa diferente, no
marcado por la ideología sino por la gestión
ciudadana. Aunque no logró registrar su
nombre en el listado de más de 15 mil
delegados de todo el país, al menos compulsó
a la abstención a la mitad de los electores
de su zona. Sin atreverse a optar por él,
muchos de sus vecinos apretaron sus dedos
dentro de los bolsillos, acariciaron la
cabeza de sus hijos o aguantaron el cigarro
frente a los labios cuando se les exigió que
votaran a mano alzada. Su triunfo lo obtuvo
del conjunto de brazos caídos, de todas
aquellas bocas que no se aventuraron a
mencionar su nombre, pero tampoco lo negaron.
Vienen tiempos difíciles. Soy
optimista a largo plazo, pero la desazón me embarga
ante los años que se avecinan. Hay demasiada
crispación acumulada. Han sembrado sistemáticamente
entre nosotros el rechazo a la opinión diferente y
eso no se borra en poco tiempo. Ayer cuando vi a un
ama de casa que en tono vulgar gritaba “la gusanera
está revuelta” –refiriéndose a la peregrinación de
las Damas de Blanco– constaté cuan largo es el
camino de la tolerancia que nos queda por delante.
Aprender a debatir sin ofender, a convivir con la
pluralidad y a respetar las diferencias, tendrá que
constituirse en asignatura obligatoria en nuestras
escuelas. Será un proceso largo el hacer entender a
todos que la diversidad no es una enfermedad sino un
alivio.
Temo
que el grito se nos haga crónico y que la bofetada
siga siendo la vía más rápida para acallar al otro.
Me estremece presagiar una Cuba donde se continúa
atacando física y legalmente a alguien por su
filiación política o su tendencia ideológica. Qué
triste país el que tendremos si a las autoridades
les sigue pareciendo natural un escarmiento a
quienes contradicen la opinión oficial. Ya me
resulta bastante enferma una sociedad que asiste
pasiva al acoso que sufrieron ayer unas pacíficas
mujeres con gladiolos en sus manos. Pero el
sectarismo no quedo allí, sino que intentaron
justificarlo y por ello prepararon a la carrera un
guión para el programa más tedioso de la televisión
cubana: la Mesa Redonda. Sin embargo, los
televidentes –después de dos horas de estoica
escucha– confirmaron que la ausencia de argumentos
les ha dejado sólo el insulto, la difamación y las
maromas verbales.
¿Por
qué no tienen el valor de invitar, a ese aburrido
set donde hacen un monologo cada tarde, al menos un
par de personas que piensen diferente? El más tímido
y parco de los inconformes que conozco los
desnudaría con un par de preguntas y con unas breves
frases haría tambalear su teoría de la conspiración.
Pero no se atreven. Amparados por el poder –no hay
peor aliado para un periodista– sustentados su verbo
y su pluma con las prebendas y los privilegios,
saben que no soportarían la artillería de la crítica.
De ahí que ensalzan el golpe, azuzan las consignas y
ponen unos videos picoteados para probar que al
diferente hay que aplastarlo. Alimentan así el
fanatismo, ese germen que amenaza con prolongarse
más allá de sus propias vidas: el legado de odios y
desconfianza que pretende dejarnos este sistema.
Caminar al borde y decir justo hasta el límite es
práctica obligada para ciertos artistas críticos que
aún radican en Cuba. De vez en cuando nos regalan
una frase salpimentada de inconformidad que sale
publicada en los periódicos extranjeros, aunque los
nacionales no se hagan eco de ella. Con un pie fuera
y el otro dentro de la Isla, debe ser difícil pasar
de expresarse en voz alta a hacerlo en un murmullo.
Las largas estadías en el extranjero se han
convertido así en un catalizador de opiniones para
algunos representantes de nuestra cultura.
Evidentemente, la interacción con otras realidades-con
sus logros y sus problemas-hace que las consignas
triunfalistas suenen muy lejanas y la intolerancia
del patio se torne insufrible.
La
última entrevista de Pablo
Milanés tiene, por un lado, la mesura que
le evita quemar las naves del retorno y por otro la
osadía de quien está muy preocupado con lo que
ocurre en su país. Hay un riesgo enorme, sin dudas,
en clasificar como “reaccionario de sus propias
ideas” a quienes nos gobiernan y han censurado a
tantos escritores, músicos y actores por decir
muchísimo menos. El autor de Yolanda transita así
por el filo de una hoja, sobre la que otros han
terminado despedazados. Lo protege en ese empeño de
sinceridad su renombre internacional y la simpatía
que le profesa gente de todas partes y de múltiples
generaciones. A un desconocido trovador de barrio se
la harían pagar muy cara, pero a Pablo lo necesitan.
La
emigración ha marcado demasiado el nivel artístico
de nuestros escenarios. No sólo se han ido en masas
mis colegas de la universidad y mis contemporáneos
del barrio, sino que la cultura cubana tiene un
porciento de sus representantes –que algunos
cuantifican y califican como mayoritario– fuera de
nuestras fronteras. Perder –ahora– esta voz potente
sería reconocer que quienes compusieron el fondo
musical que acompañaba la construcción de la utopía
han dejado de creer en ella. Por eso no van a
publicar en la web de ninguna institución oficial
una diatriba agresiva y amenazante contra la
franqueza del entrevistado. Tampoco le dejarán saber
en el consulado de Madrid que ya no es bien recibido
en su propia patria, ni lo acusarán de estar
hablando con palabras del “Amo del Norte”. Ninguna
de esas estrategias estigmatizadoras será desplegada
contra Pablo, pero en los conciliábulos
ministeriales y en los cerrados círculos del poder
no le perdonarán haberse comportado como un hombre
libre.
Un
chaparrón de sucesos está cayendo sobre Cuba. Las
primeras gotas llegaron apenas comenzar enero, con
la muerte por desnutrición y frío de varias decenas
de pacientes del
Hospital Psiquiátrico
habanero. El aguacero de problemas arreció al
fallecer Orlando Zapata Tamayo, empujado hacia el
final por la desidia de sus carceleros y la
testarudez de nuestros gobernantes. Sobrevino
entonces la huelga de hambre del periodista
Guillermo Fariñas y con ella nuestras vidas cayeron
al centro de un tornado político y social cuyos
vientos huracanados crecen cada día.
Paralelamente a estas borrascas, una secuencia de
posibles escándalos por corrupción ha venido a poner
en jaque al poder en Cuba. Según rumores, se ha
sabido de allegados a ministros con maletas de
dólares escondidas en las cisternas, vuelos
comerciales cuyos dividendos iban a manos de unos
pocos y fábricas de jugos cuyas enormes plusvalías
eran sacadas a toda velocidad del país. Entre los
implicados, parece haber hombres que bajaron de la
Sierra Maestra y que se enriquecieron otorgando
licitaciones a empresarios extranjeros que les daban
comisiones muy suculentas. El Estado ha sido
saqueado desde el propio Estado. El desvío de
recursos ha llegado a niveles en los que robar un
poco de leche de una bodega parece un juego de niños.
Los jerarcas del poder en esta Isla toman a manos
llenas y a la carrera, como si intuyeran que el
chubasco de hoy terminará por desplomarles el techo
sobre las cabezas. Da la impresión de que el país
está en liquidación y muchos – desde un uniforme
verde olivo – aprovechan para llevarse lo poco que
nos queda.
La
callada prensa, mientras tanto, nos habla de
glorias pasadas, de aniversarios por cumplirse y
afirma que la Revolución nunca ha estado más fuerte.
Tras el telón, una serie de purgas se suceden y las
auditorías palpan las vísceras de nuestras finanzas
para determinar que no queda nada por hacer ante
el avance de la corrupción. La generación de los
históricos no sólo nos señaló el camino de la
simulación, sino que nos ha sembrado la idea de que
las arcas de la nación se manejan como el bolsillo
personal. Las aguas negras de las miserias éticas y
morales, que ellos mismos han alimentado y
propiciado, acabarán por ahogarnos a todos.
Contar lo que nos duele, escribir
sobre aquello que hemos rozado, tocado y sufrido,
trasciende la experiencia periodística para
convertirse en un testimonio de vida. Hay un abismo
de distancia entre las crónicas sobre un hombre en
huelga de hambre y el acto de palparle las costillas
que le sobresalen en los costados. De ahí que
ninguna entrevista pueda reproducir los ojos
llorosos de Clara –la esposa de Guillermo Fariñas–
mientras cuenta que para la hija de ambos el padre
está enfermo del estómago y por eso enflaquece cada
día. Ni siquiera un largo reportaje conseguiría
describir el pánico inducido por la cámara que –a
cien metros de la casa de este villaclareño– observa
y filma a quienes se acercan al número 615 A de la
calle Alemán.
Acumular párrafos, compilar citas y mostrar
grabaciones, no alcanza a transmitir los olores del
Cuerpo de Guardia a donde trasladaron ayer a Fariñas.
Se me hace insoportable la culpa de haber llegado
tarde a pedirle que volviera a comer, a persuadirlo
de evitar que su salud sufriera un daño
irreversible. Durante el viaje en la carretera
hilvané algunas frases para convencerlo de no llegar
hasta el final, pero antes de entrar en la ciudad un
SMS me confirmó su hospitalización. Le iba
a decir “Ya lo has logrado, has ayudado a quitarles
la máscara” y en lugar de eso tuve que pronunciar
palabras de consuelo para la familia, sentarme en su
ausencia en aquella sala del humilde barrio de La
Chirusa.
¿Por
qué nos han llevado hasta este punto? ¿Cómo han
podido cerrar todos los caminos del diálogo, el
debate, la sana disensión y la necesaria crítica?
Cuando en un país se suceden este tipo de protestas
de estómagos vacíos, hay que cuestionarse si a los
ciudadanos se les ha dejado otra vía para mostrar su
inconformidad. Fariñas sabe que jamás le darán un
minuto en la radio, que su criterio no será tomado
en cuenta en ninguna reunión del parlamento y que su
voz no podrá alzarse, sin penalización, en una plaza
pública. Negarse a ingerir alimentos fue la forma
que encontró para mostrar el desespero de vivir bajo
un sistema que ha constituido la mordaza y la
máscara en sus “conquistas” más acabadas.
Coco
no puede morir. Porque en la larga procesión
funeraria donde van Orlando Zapata Tamayo, nuestra
voz y la soberanía ciudadana que hace rato nos
asesinaron… ya no cabe un muerto más.
Junto
a la telenovela brasileña, los documentales
pirateados al Discovery Channel y la
aburrida mesa redonda, coexiste una modalidad de
reportajes televisivos émulos de la saga de “Big
Brother”. En nuestra pantalla chica, vemos a
ciudadanos filmados por cámaras ocultas y asistimos
a la divulgación de los mensajes contenidos en sus
buzones de correo electrónico, sin que para ello
haya mediado la orden de un juez. Como si viviéramos
en una casa de cristal inspeccionada por el ojo
severo del estado, hasta la propia empresa
telefónica graba las conversaciones de sus clientes
y las transmite a once millones de atónitos
espectadores.
La
última modalidad de esta disección pública es poner
a declarar a doctores que, violando la privacidad de
lo dicho en una consulta –hecho tan grave como el
del sacerdote que revela los secretos de confesión-
hablan de los pormenores de un caso médico. Salen
fotos del interior de las viviendas y de los
refrigeradores de quienes han osado contravenir a la
opinión oficial, mientras el paparazzi y el
policía político se funden en un solo personaje muy
cercano al voyeur. No me extrañaría que en
algún dossier –esperando por ser sacado a la luz-
aparezca el cuerpo desnudo de un inconforme, como si
estar encuero fuera la prueba irrefutable de su “maldad”.
Imágenes sacadas de contexto, frases editadas y
ángulos desfavorables para generar aversión en la
opinión pública, son algunas de las técnicas sobre
las que se construyen estos informes televisivos. En
ninguno de ellos se entrevista a la “víctima”, pues
así evitan que la adocenada audiencia compruebe que
comparte con ella las opiniones críticas. Para mala
suerte de los burdos productores de este tipo de
reality show, la tecnología en manos ciudadanas
ha comenzado a hacer transparentes también las
paredes de sus vidas. Después de haber sido
observados largamente, comprobamos ahora que hay un
agujero para mirar al otro lado de la cerca.
Veo
a mis conciudadanos ir como autómatas a la bodega, vegetar
mansamente en el trabajo y colar sin esperanzas las boletas en las
urnas. Sus vidas transcurren mientras compran el pan –cada vez más
pequeño-, cobran el simbólico salario que no les alcanza ni para
malvivir y alzan la mano en las asambleas de nominación de
candidatos. Ninguno de los elegidos en el actual proceso electoral
logrará resolverles esos problemas cotidianos que lastran la vida en
Cuba. De los propuestos, apenas si se conoce su foto y una biografía
colmada de “hazañas”, en la que se declara –casi siempre- que tienen
“un origen humilde”. No aparece siquiera mencionada una palabra
acerca de sus programas o intenciones después que asuman el nuevo
cargo.
Curiosamente, casi todos los que lleguen
a delegados de circunscripción son militantes del PCC y ponen su
disciplina partidista por encima de los deberes para con los
electores. No van a representarnos frente al gobierno, ni a ser
nuestra voz proyectada hacia las instituciones, sino que fungirán
como los heraldos de las malas nuevas llegadas desde arriba, canales
de transmisión de esas regulaciones y directrices que decidan unos
pocos. En más de treinta años de su existencia estos representantes
del Poder Popular no han logrado que la basura se recoja
eficientemente, las panaderías trabajen con calidad y las fosas
albañales no supuren por todas partes. Tampoco encarnan la
heterogeneidad de tendencias existentes en nuestra sociedad. Han
llegado a esos puestos más por su probada fidelidad que por su
capacidad de gestión.
Esta noche es la reunión para proponer
candidatos en la zona de bloques de concreto donde vivo. La citación
ha llegado desde hace un par de días mientras en la tele nos
convocaban a elegir a los mejores y más capaces. Sin embargo, no me
queda ni pizca de fe en un mecanismo que ha probado su
inoperatividad y su sectarismo. Me gustaría levantar la mano por el
vecino de verbo firme y proyectos concretos que vive al frente, pero
hay órdenes de salirle al paso a quien nomine a un “disidente”,
incluso a esos que sólo parecen ser proclives al cambio. Existen
muchas posibilidades de que sea ratificado el mismo delegado que
desde hace más de diez años nos promete soluciones, a sabiendas que
no está en sus manos cumplirlas. Él es el cómodo candidato de estas
elecciones baldías, y nosotros meros figurines que deben alzar la
mano o rellenar la boleta.
La señora levanta el cuño y lo
acerca a la hoja, para finalmente colocarlo a un lado sin haber
estampado tu permiso de salida. “Usted no está autorizada a
viajar” -te dice- y todos en la oficina escuchan la frase que te
condena a quedarte recluida en esta Isla. En las otras mesas,
los solicitantes se miran a los pies para evitar que tus ojos se
topen con los de ellos buscando solidaridad. Los militares que
pasan te escrutan de arriba abajo con el reproche de quien
piensa “algo habrá hecho, para que no la dejen salir”.
Hasta el último minuto pensaste que
a lo mejor los archivos del Ministerio del Interior no estarían
tan organizados y tu historial de inconformidades no saldría a
relucir. Frecuentemente especulabas que una secretaria iría por
una pizza justo en el momento en que revisaba tu expediente y
los tirones de su estómago la harían ponerlo –a toda velocidad–
en el montoncito de los aprobados. Bien sabes del efecto que el
queso derretido y la salsa de tomate puede causar en un
burócrata que mira su reloj a las tres de la tarde.
Sin embargo, la opción de la
negligencia estatal no funcionó esta vez. Detectaron tu caso
desde que presentaste las primeras planillas para un viaje hacia
el Sur. Algún jefe con rango de teniente coronel habrá sonreído
al ver que finalmente estabas en sus manos. Después de creerte
que podías actuar como un hombre libre, diciendo tus opiniones a
viva voz y publicando artículos sin seudónimo, habías llegado al
punto donde te harían sentir todos los muros, todas las rejas,
todos los candados.
No tienes antecedentes penales,
jamás has sido condenada por un tribunal y tus delitos más
frecuentes consisten en comprar queso o leche en el mercado
negro. No obstante, acabas de comprobar que sigues purgando un
castigo. Tu sentencia es quedarte tras los barrotes de este
archipiélago, recluida por esa franja de mar que algunos
ingenuos consideran un puente y no el foso insalvable que
realmente es. Nadie va a dejarte salir, porque eres una reclusa
con un número pegado a la espalda, aunque creas que llevas la
blusa que sacaste del armario esta mañana. Estás en el calabozo
de los “peregrinos inmóviles”, en la celda de los obligados a
permanecer.
Por la ventana una voz te recrimina
por no haberte callado, fingido un poco… llevado la máscara para
poder viajar. ¡No podrás ver la luz hasta que se eche abajo toda
la cárcel!
La vida nunca vuelve a la normalidad.
No retorna a ese momento antes de la tragedia que ahora –ilusoriamente-
evocamos como un período de calma. Abro la agenda, intento
reanudar mi vida, el blog, los mensajes en Twitter… pero nada me
sale. Estos últimos días han sido demasiado intensos. Sólo tengo
cabeza para repasar el rostro en penumbras de Reina Tamayo
frente al necrocomio, donde preparó y vistió a su hijo para el
viaje más largo. Después, se me apilan las imágenes del
miércoles: detenciones, golpes, violencia, un calabozo con peste
a orine que colindaba con otro donde Eugenio Leal y Ricardo
Santiago exigían sus derechos. El resto del tiempo ha sido
caminar como un maniquí, mirar sin ver, teclear con furia.
Así no hay quien escriba una línea
coherente y moderada. Tengo tantas ganas de gritar, pero me
quedé ronca el 24 de febrero
Esta tarde, horas después de la muerte de
Orlando Zapata Tamayo, Reinaldo y yo pudimos acercarnos a las
cercanías del departamento de Medicina Legal en la calle Boyeros.
Un cordón de hombres de la seguridad de la
estado vigilaba el lugar, pero logramos acercarnos a Reina, la
madre del fallecido, y hacerle estas preguntas.
Dolor, indignación en nosotros… tristeza y
entereza en ella.
Aquí les dejo la grabación, alternativa y sin apenas luz, pero
testimonio desgarrador de la angustia de una madre.
Para presenciar en directo la transmisión vía
Internet de la presentación de la próxima Cumbre Euro
Latinoamericana por el Secretario de Estado para Iberoamérica
del Gobierno de España Pablo de Laiglesia, he puesto varios
enlaces al evento.
Esta es una actividad organizada por la Sociedad
de las Indias Occidentales para la blogosfera latinoamericana.
Aquí tienen el video y más abajo el link para
comentar lo que va ocurriendo, además de una transcripción en
sólo texto de todo el acto.
Para que los lectores puedan comentar este es el
enlace:
A propósito de las conversaciones
migratorias entre Cuba y Estados Unidos que están
ocurriendo hoy en La Habana.
Carlitos
llegó finalmente a Atlanta, después de intentar
cinco veces cruzar el estrecho de La Florida. En dos
ocasiones fue interceptado por los guardacostas
norteamericanos y devuelto a la Isla. Guardó durante
meses el sobre amarillo que ellos le dieron para que
solicitara –de manera legal– una visa en la Sección
de Intereses de Estados Unidos. Sin embargo, él
prefería un camino más rápido para dejar atrás el
cuarto que compartía con la abuela y el acoso de los
policías de su barrio. Fue capturado también por la
parte cubana, un 13 de agosto de hace tres años,
cuando al bote se le partió la hélice y el viaje
terminó en un calabozo en el poblado de Cojímar.
Allí le pusieron una multa y desde ese día un agente
vestido de civil comenzó a visitarlo para exigirle
que buscara un vínculo laboral.
Después de comprobar sus pocas dotes como marinero,
este joven de 32 años logró irse a Ecuador, uno de
los pocos países que aún no le exige visa a los
cubanos. La nación sudamericana fue el trampolín
para entrar a territorio estadounidense, donde hoy
trata de comenzar una nueva vida. Dejó en manos de
unos amigos el GPS que lo había ayudado en sus
travesías y aquel formulario que nunca rellenó para
pedir un visado humanitario. No se marchó hacia un
determinado destino, sino que se fue espantado del
cuarentón frustrado en que temía convertirse. Ni
siquiera en sus días de mayor optimismo podía
augurar que llegaría a tener un techo propio, ni un
salario que le evitara desviar recursos del Estado
para sobrevivir.
Como
tantos otros cubanos, Carlitos no ha podido esperar
a que las promesas que nos hicieron cuando niños se
materialicen. No quiso envejecer sentado en la acera
frente a su casa, calmando su fracaso con alcohol y
alguna que otra pastilla. Planeó todo tipo de
escapadas, pero finalmente un tío pagó el boleto
para que llegara a Quito con la ilusión de poder
sacar después al resto de la familia. Todavía sueña
con lanchas que se acercan en medio de la noche y lo
llevan esposado hacia Cuba oliendo a salitre y a
petróleo. Se desvela y mira alrededor, para
comprobar que sigue en el pequeño apartamento que ha
rentado junto a una amiga. “Balsero una vez, balsero
siempre” musita, al tiempo que se acomoda la
almohada e intenta soñar con tierra firme.
Escuché cientos de veces que el espacio
universitario –como un camposanto– no podía ser
invadido por los demonios de la represión. Me
imaginé que estos revoloteaban alrededor de la
escalinata sin poder entrar a esa zona de letras y
fórmulas matemáticas donde se resguardan los alumnos.
Pero esa supuesta inmunidad sólo vivía en mis
fantasías, pues la historia cubana muestra las
sucesivas transgresiones que han sufrido las
universidades de mi país. Ante la mirada de Palas
Atenea, el castigo ideológico ha irrumpido infinidad
de veces en esos recintos destinados al conocimiento
y a la erudición.
Durante la primera mitad del siglo XX, varias
protestas de estudiantes llegaron a exigir hasta la
renuncia del presidente, evidenciando la fuerza
social que emanaba de los pupitres. En los muros
alrededor de la Colina, se observan aún las pintadas
de la inconformidad juvenil que las posteriores
purgas revolucionarias redujeron a la apatía. La
Federación Estudiantil Universitaria ha dejado de
ser aquel hervidero de ideas y acciones que más de
una vez sacudió a la ciudad, para convertirse en una
representación del poder ante los educandos. La
organización perdió así todo su carácter rebelde y
sus líderes ya no son electos por su carisma o
popularidad sino por su confiabilidad política. El
eslogan de “la universidad es para los
revolucionarios” ha contribuido a imponer la máscara
como el método más seguro de alcanzar un diploma.
En
estos dos años, desde que Raúl Castro llegó al poder,
las expulsiones por motivos ideológicos se han
mantenido –con tendencia al alza– en los centros de
altos estudios. Cuando a Sahily Navarro –hija de un
prisionero de la Primavera Negra– se le impidió
regresar a su aula, supe que la maltrecha liga
estudiantil había pasado de la agonía a la necrosis.
Pocos días después, la lápida del sectarismo cubrió
los restos de la FEU al apartar a Marta Bravo de su
formación como profesora por exigir reformas en el
país. Los acordes del réquiem fueron compuestos por
quienes separaron de la docencia a Darío Alejandro
Paulino, después de abrir un grupo en Facebook para
discutir cuestiones de la facultad de Comunicación
Social. Con estos tristes sucesos, la federación –que
una vez lideró Julio Antonio Mella– ha confirmado su
deceso a manos de los endriagos del dogmatismo y la
intolerancia, que hoy se pasean libremente por su
campus universitario.
Estepas, nieve, manzanas y el ruido
de un hacha que cortaba la leña en trozos
desiguales. De esas imágenes y sonidos ajenos se
nutrió nuestra infancia, debido a la excesiva
presencia de la Unión Soviética en la Cuba de los
años setenta y ochenta. Tiritábamos de frío mirando
los dibujos animados checos y búlgaros, mientras
afuera el sol del trópico nos recordaba que
seguíamos en el Caribe. Algunos supimos decir
primero “koniec” que articular el monosílabo “fin”,
hasta que un día los osos emigraron, dejándonos sin
los filmes de soldados victoriosos y mujiks
sonrientes.
Después de 1991, las cuantiosas tiradas de la
editorial rusa MIR sólo podían encontrarse en las
librerías de segunda mano bajo el manto polvoriento
del abandono. Este febrero, sin embargo, la Feria
Internacional del Libro ha dedicado su XIX edición
al país que durante décadas fue mentor y soporte
económico del proceso cubano. Los camaradas que
antaño pagaban nuestra azúcar a precios astronómicos
-mientras nos vendía su petróleo en una bagatela-
han retornado vestidos con traje y corbata.
Aterrizaron en la isla que una vez subsidiaron, pero
esta vez para comercializar sus obras impresas en
brillantes colores y de temáticas ajenas al marxismo.
En la
explanada de la Fortaleza de la Cabaña se
entrecruzan las largas colas para comprar los nuevos
títulos llegados desde el Este. Niños aquí y allá
hojean láminas donde aparecen doradas espigas de
trigo y gente cubierta con sombreros de enormes
orejeras. Pero ya no es lo mismo. La obligada
presencia que alguna vez tuvo esa iconografía en
nuestras vidas es, para estos pequeñines de hoy,
mera curiosidad por lo exótico. En sus mentes
infantiles, los abetos no sustituirán a las palmas
ni los zorros a las lagartijas; Rusia solo será
para ellos una región lejana y diferente.
La reunión fue sobria y asistieron a
ella varios representantes de la sede municipal del Ministerio de
Educación. Un murmullo se extendía entre los padres sentados en las
mismas sillas plásticas que en las mañanas usan sus hijos. Cercanos
a la fecha en que se anuncian las plazas para continuar estudios en
la enseñanza media superior, parecía que en aquel encuentro nos
dirían el número de preuniversitarios o tecnológicos asignados a la
sede escolar. La noticia del fin de los “profesores generales
integrales” nos tomó entonces de sorpresa, pues habíamos llegado a
creer que la existencia de ellos se prolongaría hasta la pubertad de
nuestros bisnietos.
Formar adolescentes –en cursos
acelerados- para impartir clases que iban desde gramática hasta
matemáticas demostró ser un categórico fracaso. No por el elemento
de la juventud, que siempre es bienvenido en cualquier profesión,
sino por la celeridad de su instrucción en el magisterio y el poco
interés que muchos de ellos tenían por tan noble actividad. Ante el
éxodo de profesionales de la educación a otros sectores con
ganancias más atractivas, surgió el programa de maestros emergentes
y con él la ya maltrecha calidad de la educación cubana rodó por los
suelos. Los niños llegaban a casa diciendo que en 1895 Cuba había
vivido “una guerra civil” y que las figuras geométricas tenían algo
llamado “voldes” que los padres traducíamos como “bordes”. Recuerdo
especialmente a uno de estos educadores instantáneos que confesó a
sus alumnos el primer día de clases “estudien mucho para que no les
pase lo mismo que a mí, que terminé siendo maestro por no haber
sacado buenas notas”.
Encima de eso, llegaron las
tele-clases a ocupar un porciento elevadísimo del horario escolar,
desde la frialdad de una pantalla con la que no se puede
interactuar. La idea era calzar, con estas asignaturas trasmitidas
por televisión, la poca preparación de quienes estaban frente de los
estudiantes. El teleprofesor sustituyó en muchas escuelas al de
carne y hueso, mientras los salarios del personal docente aumentaron
simbólicamente para no superar nunca el equivalente a 30 dólares
mensuales. Enseñar pasó a ser más que un sacerdocio, un sacrificio.
De ahí que, delante del pizarrón, aparecieron personas que no
dominaban la ortografía, ni la historia de su propio país. Eran
jóvenes que firmaban un compromiso para ser maestros, del cual
estaban ya arrepentidos después de la primera semana de trabajo. Los
incidentes y deformaciones educativas que este procedimiento trajo
consigo están escritos en el libro oculto de los fallidos planes
revolucionarios y de los ridículos anuncios productivos que nunca
se cumplieron. Sólo que, en este caso, no estamos hablando de
toneladas de azúcar ni de quintales de frijoles, sino de la
formación de nuestros hijos.
Respiro aliviada de que el largo
experimento de la educación emergente haya terminado. Sin embargo,
no avizoro el día en que todas esas personas con preparación para
enseñar dejen el timón del taxi, la barra del bar o el tedio de
trabajar en casa para retornar a las aulas. Al menos me sentiría más
tranquila si en lugar de la pantalla de un televisor, Teo pudiera
recibir todas sus clases de un maestro corpóreo y que domine el
contenido. Creo que para eso tendremos que esperar por los
bisnietos.
Por la noche, vigila los surcos plantados de malanga y la cría
de carneros, con una escopeta corta de fabricación casera. Es la
obra de un improvisado armero que soldó un trozo de cañería de
poco diámetro a la recámara rústica de la que sobresale el
irregular percutor. Basta el sonido –en medio de la madrugada–
del rastrillar del ingenioso artefacto para que salgan corriendo
los que pretendan robarle la cosecha. Cuando la puerca está
parida, llama a un hermano que vive en el pueblo y acompañados
de aquel artilugio –creado por la necesidad– hacen guardia hasta
que salga el sol.
Muchos campesinos usan armas
ilegales que han sido compradas o producidas de forma
alternativa. Sin ellas, el fruto de meses de trabajo podría
terminar en manos de los “depredadores” de sembrados, sombras
escurridizas que se mueven en la oscuridad. Las penurias han
aumentado los robos en los campos cubanos y obligado a los
lugareños a salvaguardar ellos mismos sus recursos. De ahí que
proliferen los perros agresivos y las escopetas manufacturadas,
especialmente en las fincas donde hay vacas. La libra de carne
de res se vende a dos pesos convertibles en un mercado negro que
se nutre del hurto y sacrificio ilegal, a pesar de las
prolongadas condenas de cárcel que estos delitos conllevan.
Para los guardianes de lo propio,
ha sido una sorpresa el
anuncio oficial de que “con
carácter excepcional y por sólo una vez (…) las personas
naturales y jurídicas residentes en la isla que tengan en su
poder armas de fuego sin la correspondiente licencia podrán
obtener el debido registro”. Existe, sin embargo, la convicción
tácita de que quien anuncie públicamente semejante posesión
obtendrá como respuesta la confiscación. Ante ese temor, pocos
confesarán que guardan el frío metal en algún lugar de su casa y
seguirán prefiriendo el riesgo de no tener papeles a la
inseguridad de quedarse sin protección. Para nuestra alarma,
esos rústicos instrumentos también les sirven a quienes, sin
tener finca ni animales que preservar, acechan al otro lado de
la cerca, dispuestos incluso a disparar con tal de llevarse lo
ajeno.
Nos habituamos a las cifras engordadas, al secretismo cuando
algo iba mal y a un producto interno bruto que nunca reflejaba
el contenido de nuestros bolsillos. Por décadas, los informes
económicos tuvieron la capacidad de esconder, tras páginas
llenas de números y análisis, la gravedad de los problemas.
Entre los licenciados en la ciencia inexacta de las finanzas,
hubo algunos que se atrevieron a desenmascarar la falsedad de
ciertos números –como Oscar Espinosa Chepe– y fueron penalizados
con un “plan pijama” de desempleo y estigmatización.
Esta semana, la lectura del
análisis –serio y bien argumentado– publicado por el presbítero
Boris Moreno en la revista Palabra Nueva ha aumentado mi
nerviosismo sobre el colapso que se nos avecina. Con el
sugerente título de
“¿Hacia dónde va la barca cubana? Una
mirada al entorno económico”, el autor nos alerta de
una caída –en picada– del estado material y financiero de la
Isla. Palabras que deberían aterrarnos, si no fuera porque los
oídos se nos han vuelto un tanto impermeables a las malas
noticias, de tanto zambullirnos en las aguas de la
improductividad y la escasez.
Concuerdo con el Máster en
Ciencias Económicas en que la primera y más importante medida a
tomar es “el compromiso formal del gobierno en reconocer la
capacidad de opinar de todos los ciudadanos sin que esto
implique represalias de ningún tipo. Deberíamos eliminar de
nuestros entorno los calificativos que restringen el intercambio
de ideas y opiniones”. Después de leer esto, me figuro a mi
vecina, contadora retirada, diciendo en voz alta sus criterios
sobre la necesidad de permitir la empresa privada sin que esto
le granjee un mitin de repudio frente a su puerta. Cuesta
trabajo proyectar algo así, ya lo sé, pero acaricio la idea de
que algún día –sin el temor a que los acusen de “mercenarios a
sueldo de una potencia extranjera”– miles pasarán a hacer sus
señalamientos y a plantear soluciones. ¡Qué capital enorme
recuperará Cuba!
Aunque las arcas no van a
colmarse sólo con propuestas y razonamientos, nuestra
experiencia nos señala que el voluntarismo y las exclusiones
sólo han contribuido a vaciarlas.
Veo policías por todas partes. No sé si los tengo pegados en la
retina o es que en los últimos meses ha aumentado –alarmantemente–
su número. Van en camiones Mercedes Benz, se paran de a tres en las
esquinas y hasta muestran sus perros pastores en varios puntos de la
ciudad. Mientras cientos de modernas y redondeadas cámaras nos miran
desde arriba, estos uniformados nos controlan al nivel de la calle y
de sus rotas aceras. Salen de la nada y desaparecen cuando más nos
hacen falta. Sagaces en detectar un saco de cemento transportado sin
papeles, rara vez surgen en la noche en un barrio marginal donde el
número de delitos crece y crece.
También están los vestidos de civil,
esos “ángeles de la guarda” que tienen presencia fija en cualquier
cola, centro cultural o aglomeración humana. Ya no son tan fáciles
de detectar, porque han cambiado los pullovers de rayas, las camisas
de cuadros y el corte militar de sus peinados, por disfraces que van
desde las trencitas con cuentas de colores hasta los calzoncillos
que sobresalen más arriba del pantalón. Ahora llevan teléfonos
celulares, gafas de sol, sandalias de cuero, pero se les sigue
notando que están fuera de lugar, con la expresión de quien no
encaja en la situación sobre la que informa. Van al Festival de
Cine, pero nunca han visto una película de Fellini; están en las
galerías, no obstante ser incapaces de determinar si lo que ven es
un cuadro figurativo o abstracto. En fin, les han enseñado a
camuflarse, pero no han podido borrarles el rictus de desprecio que
ponen ante esas “debilidades pequeñoburguesas” que son el arte y sus
manifestaciones.
Sin embargo, al que más le temo no
es al grupo de los que llevan la placa de metal numerada sobre el
pecho ni al de los encubiertos que redactan informes, sino al
policía coercitivo que todos llevamos dentro. Ese que suena el
silbato del miedo para advertirnos que no nos atrevamos y que sacude
las esposas de la indiferencia cada vez que se nos acumulan las
críticas o las opiniones. Ha pasado por la Academia de la
autocensura y es un soldado diestro en señalarnos los caminos que no
nos traigan dificultades. Su código penal tiene si acaso un par de
breves artículos: 1ro. “No te metas en problemas“ y 2do. “Lo que tú
hagas no va a cambiar nada”. Si nos levantamos un día con ganas de
acallar el golpeteo de sus botas dentro de nuestra cabeza, entonces
nos recuerda las rejas, los tribunales, la frialdad de una prisión
de provincia. No necesita levantar la porra contra nuestras
costillas, pues sabe tocar los resortes del miedo y ejecutar las
llaves de kárate que dejan nuestro cuerpo adolorido por anticipado,
inmovilizado, ante la frase de “Quédate tranquilo, es mejor esperar”.
Tiene ocho años y una confusión enorme. Hoy en la mañana, su
madre le puso en la mano una moneda de 25 centavos después de
decirle “aquí tienes cinco pesos”. Miró la superficie brillante
con el escudo de la república calado en una cara y al dorso la
espigada torre de la ciudad de Trinidad. Aunque nació en un país
económicamente esquizofrénico, aún no está acostumbrada a
alternar de los pesos cubanos a sus parientes convertibles. En
la escuela, la maestra nunca le ha hablado del asunto; para
explicárselo se necesitaría toda una asignatura de todo un
semestre. Tampoco en su casa le aclaran mucho, como si a los
adultos les pareciera normal que en los bolsillos se mezclaran
dos ejemplares monetarios.
En Cuba, existen cuatro formas
de mercado y dos diferentes tipo de dinero para pagar en ellos.
Cada mañana las amas de casa esbozan en su cabeza –sin mucho
aspavientos– el plan de cuál de ellos usarán para comprar en
qué lugar. Es una operación aritmética que lleva unos segundos,
tras los cuales subyacen tres lustros de haber asumido la
dolarización y su posterior “fantasma”, el peso convertible. La
conversión se hace constantemente y hay vendedores que aceptan
lo mismo esos simbólicos billetes que nos entregan en el salario
que los otros con un valor 24 veces mayor. Por una piña podemos
pagar tanto 10 pesos en moneda nacional –el sueldo de una
jornada de trabajo– como cincuenta centavos del llamado
popularmente “chavito”. Algunos turistas no están al tanto de
semejante enredillo y adquieren a la reina de la frutas con una
decena de pesos convertibles. Ese día el mercader cierra rápido
el puesto y regresa a casa feliz del equívoco.
La generación de mi hijo no
alcanza a comprender cómo es eso de vivir con una sola moneda.
Creo que tienen un desarrollo especial en la zona del cerebro
donde termina por aceptarse lo absurdo, en esas conexiones
neuronales que tramitan lo inadmisible. Realizan las
conversiones cambiarias con la facilidad de quien ha aprendido
dos lenguas desde pequeño y las intercala sin gran esfuerzo.
Sólo que el aprendizaje de varios idiomas siempre es algo
enriquecedor, pero el asumir como natural la dualidad financiera
es aceptar que hay dos posibles vidas. Una de ellas es achatada
y gris, como los centavos nacionales y la otra –que le está
vedada en toda su extensión a una buena parte de la población–
parece llena de colores y filigranas, al estilo del billete de
veinte pesos convertibles.
Rumores que se propagan,
murmullos convertidos en notas oficiales y periódicos que
cuentan –varias semanas después- lo que ya sabe todo el país.
Hemos pasado del racionamiento informativo a un verdadero
“destape” que fluye en paralelo a la censura de los medios
oficiales. Nuestra glasnost no ha sido impulsada desde
las oficinas y los ministerios, sino que ha surgido en los
teléfonos móviles, con las cámaras digitales y las memorias
extraíbles. El mismo mercado negro que nos ha abastecido de
leche en polvo o detergente, ahora ofrece conexiones ilegales a
Internet y programas televisivos que llegan a través de las
prohibidas antenas parabólicas.
De esa manera hemos sabido de
los sucesos ocurridos en Venezuela durante la pasada semana. Mi
propio celular ha estado casi al borde del colapso de tantos
mensajes contándome sobre las protestas estudiantiles y el
cierre de varios canales. Copia de estos breves titulares los he
reenviado a toda mi agenda de contactos, en una red que remeda
la transmisión viral: yo contagio a varios y ellos a su vez
inoculan el vacilo
bacilo de la información a un centenar. No hay manera de parar
esta forma de difundir noticias, pues no usa una estructura fija
sino que muta y se adapta ante cada circunstancia. Es anti
hegemónica, aunque la palabrita adquiere connotaciones
diferentes en el caso cubano, donde la hegemonía la tienen
Granma, la Mesa Redonda y el DOR*.
Conocimos de las muertes en el
hospital psiquiátrico días antes del anuncio oficial, de la
suerte de los defenestrados de marzo de 2009 estamos al tanto a
través de “radio bemba” y un día sabremos que ha llegado el
“final”, antes de que autoricen a contarlo en la prensa. El
caudal de informaciones se ha quintuplicado, aunque eso no
obedezca a una decisión gubernamental de proveernos de mayores
referencias, sino al desarrollo tecnológico, que nos ha
permitido saltarnos los cintillos triunfalistas y los
noticiarios vacíos de contenido. Cada vez dependemos menos de la
papilla masticada e ideologizada de los telediarios. Conozco
cientos de personas a mi alrededor que no sintonizan Cubavisión
y el resto de los canales nacionales desde hace meses. Sólo
miran la tele proscrita.
La pantalla de un Nokia o un
Motorola, la brillante superficie de un Cd o el minúsculo
cuerpecito de una memoria flash, hacen jirones nuestra
desinformación. Al otro lado de ese velo de omisiones y
falsedades –creado durante décadas- hay una extensión
desconocida y nueva, que nos asusta y nos atrae.
*Departamento de Orientación Revolucionaria
del Comité Central que determina la política informativa de
todos los medios del país.
El viernes estuvo complicado desde el
principio, no lo niego. En la mañana nos faltó
Claudio, profesor de fotografía en la Academia
Blogger, porque un agente –que apenas si le enseñó
un deslucido carnet con las siglas DSE– se lo llevó
detenido. En nuestra casa, después de las clases,
hicimos una pequeña fiesta para celebrar el primer
aniversario de
Voces Cubanas, que ya exhibe26 sitios personales
en tan breve vida. Recuerdo que en medio de los
abrazos y las sonrisas alguien me dijo que me
cuidara. “En un sistema así no hay manera de
protegerse ante los ataques del Estado”, le dije, en
un intento por espantar mi propio miedo.
Alrededor de las seis de la tarde, íbamos a una
reunión familiar. Mi hermana le regaló hace 36 años
–por el día del ferroviario– su primer llanto de
bebé a mi padre, en medio de la madrugada. Hasta Teo,
con su adolescencia renuente a participar en
actividades de “viejos”, aceptó acompañarnos. Allá
nos esperaba el típico cumpleaños de fotos, velas
por apagar y “Felicidades Yunia en tu día, que lo
pases con sana alegría….”. Sólo que varios ojos que
acechaban tenían otro plan para nosotros. En medio
de la avenida Boyeros, a escasos metros del MINFAR y
de la oficina de Raúl Castro, tres autos detuvieron
al miserable Lada que habíamos tomado en una esquina.
“Ni
se te ocurra pasar por la calle 23, Yoani, porque la
Unión de Jóvenes Comunistas está haciendo allí una
actividad”, gritaron unos hombres que se bajaron de
un Geely de fabricación china que me evocó un fuerte
dolor en la zona lumbar. Algo similar viví ya en
noviembre pasado y hoy no iba a permitir que me
metieran en otro auto de cabeza –esta vez– junto a
mi hijo. Un hombre enorme bajó del vehículo y
comenzó a repetir sus amenazas. “¿Cómo te llamas?”
fue la respuesta que nunca tuvo el valor de
responderle a Reinaldo. Del espigado cuerpo de Teo
brotó una frase irónica: “No dice su nombre porque
es un cobarde”. Peor aún, Teo, peor aún, no dice su
nombre porque no se reconoce como individuo sino que
es un simple vocero de otros más arriba. Una cámara
profesional filmaba cada gesto nuestro, esperando
una pose agresiva, una frase vulgar, un exceso de
ira. La inyección de terror fue breve, el cumpleaños
nos supo amargo.
¿Cómo
podemos salir ilesos de todo esto? ¿De qué manera un
ciudadano puede protegerse de un Estado que tiene la
policía, los tribunales, las brigadas de respuesta
rápida, los medios de difusión, la capacidad de
difamar y mentir, el poder de lincharlo socialmente
y convertirlo en un derrotado pidiendo perdón? ¿A
qué le tienen tanto miedo? ¿Qué esperaban que
ocurriera hoy en la calle 23 que detuvieron a varios
bloggers?
Siento un terror que casi no me deja teclear, pero
quiero decirles a esos que hoy me amenazaron junto a
mi familia, que cuando uno llega a cierto grado de
pánico ya le da igual una dosis mayor. No voy a
parar de escribir, ni de twittear; no tengo planes
de cerrar mi blog, no abandonaré la práctica de
pensar por cabeza propia y –sobre todo– no voy dejar
de creer que ellos están mucho más asustados que yo.
Hace mucho tiempo que nuestra
identidad dejó de estar contenida en una Isla. El
acto de nacer y crecer en este alargado territorio
ya no es el elemento principal para portar su
nacionalidad. Somos un pueblo desperdigado entre los
cinco continentes, como si nos hubiera atomizado
sobre el lienzo del mapamundi la mano errática de
las necesidades económicas y de la falta de libertad.
Sé lo
que se siente. Sé lo duro que es ir a un consulado
cubano en un país cualquiera y que te pidan una
firma por la libertad de cinco agentes del
Ministerio del Interior –presos en Estados Unidos–
pero no te preguntan, siquiera, si pueden auxiliarte
en algo. He escuchado a una joven llorar en una
embajada en Europa mientras un funcionario le repite
que no puede retornar a su propio país por haber
excedido los once meses de permiso de salida.
También he sido testigo de la otra parte. De la
negativa recibida por muchos que aquí solicitan la
tarjeta blanca para subir a un avión y saltarse la
insularidad. Las limitaciones para viajar se nos han
vuelto rutina y algunos han llegado a creer que debe
ser así, porque conocer otros lugares es una
prebenda que nos dan, una prerrogativa que nos
otorgan.
Esos
pocos que deciden quién entra o sale de este
archipiélago han elegido a los participantes del
encuentro La Nación y la Emigración que sesiona
desde hoy en el Palacio de las Convenciones. He
leído los puntos a debatir durante estos dos días y
no creo que representen las preocupaciones y
demandas de la mayoría de los emigrados cubanos.
Salta a la vista que no se incluye la exigencia de
poner fin a las confiscaciones de propiedades para
los que se radican en otro país, ni se menciona la
necesidad de devolverle el derecho al voto a los
exiliados. Ni siquiera encuentro, en la agenda a
tratar, el anuncio del fin de las limitaciones que
tienen muchos de ellos para ingresar o radicarse en
su propio terruño.
La
parte de los que vivimos en la Isla tampoco está
representada en toda su pluralidad y sus matices,
sino que tiene el sello de lo oficial y el
acartonamiento de lo dirigido. Ambas muestras –la de
adentro y la de afuera– están cercenadas y filtradas
para evitar que “La Nación y la Emigración” termine
por convertirse en un pase de lista de las
atrocidades migratorias que padecemos. Más que
reclamaciones y críticas, las autoridades que
organizaron el encuentro quieren escuchar en la
enorme sala –donde suele reunirse el Parlamento– el
sonido estrepitoso de los aplausos.
La
vida doméstica impone ingratas obligaciones. El
grifo del fregadero gotea, la lámpara de la sala no
enciende, el llavín de la puerta tiene dificultades
y un mal día, ¡horror! se rompe el refrigerador.
Aterrados comprobamos que el congelador comienza a
gotear y que ha cesado el típico zumbido de la
máquina. Una tragedia de esa envergadura vivió un
conocido nuestro la semana pasada.
Temprano en la mañana telefoneó a la Unidad de
Reparaciones Domésticas más cercana, pero no
respondían o sonaba el tono de ocupado. Decidió ir
hasta allí y en la recepción una muchacha pulía
meticulosamente sus uñas. Apesadumbrado le contó la
historia de su electrodoméstico y describió los
síntomas. Incluso estuvo a punto de aventurar un
diagnóstico, pero en ese momento ella lo interrumpió
anunciándole que seguramente se trata del timer
y en el almacén no tenían esa pieza de repuesto.
Le aclaró que el taller tenía una lista de espera
que se prolongaba a un par de meses. Como hombre
inteligente, con experiencia de la vida, el
necesitado cliente le formuló la pregunta correcta
en el tono adecuado: “¿Y eso no puede resolverse de
otra forma? La mujer dejó su labor de manicure
y llamó a gritos a un mecánico.
Después de acordar el precio, todos quedaron
satisfechos. Al mediodía, el refrigerador había
vuelto a funcionar y el técnico regresaba a su casa
con el equivalente a casi dos meses de su salario.
Esa noche, mi conocido, que es barman en un hotel
cinco estrellas, llevó a su trabajo varias botellas
de ron compradas en el mercado negro. Con ellas
despachó los primeros mojitos y las gustadas piñas
coladas que los turistas bebieron. No sospechaban
ellos que estaban ayudando así a rellenar el agujero
dejado por la reparación del refrigerador, el enorme
socavón que había sufrido el presupuesto del barman.
Cada noche, en el cabaret de un
lujoso hotel un empresario europeo va de mesa en
mesa haciendo un insólito pedido. Se acerca a los
comensales y les explica que cuando llegue la cuenta
lo dejen pagar a él, con esos bonos de colores que
trae en su bolsillo. A cambio, ellos le darán el
importe en pesos convertibles, que después podrá
trasmutar en dólares o euros para llevárselos bien
lejos. Este hombre es una víctima del corralito
financiero que impide a numerosos inversionistas
foráneos sacar sus ganancias del territorio nacional.
Para que no se desesperen del todo, las autoridades
cubanas les permiten consumir a lo largo de la Isla,
pagando con papelitos carentes de valor real.
El
drama de los fondos congelados toca hoy a numerosos
negociantes que se aprestaron a entrar en nuestro
escenario económico con la aprobación de la ley de
inversiones extranjeras en 1995. Disfrutaban del
privilegio de gestionar una firma, condición
totalmente vedada a los que hemos nacido aquí.
Venían a ser la nueva clase empresarial en un país
donde la Ofensiva Revolucionaria de 1968 había
confiscado hasta los sillones de los limpiabotas. La
cuantiosa plusvalía que lograban sacar los convertía
en un objetivo muy atractivo para las jineteras, las
casas de alquiler y los miembros de la seguridad del
estado. A muchos de ellos se les veía en los
restaurantes más caros eligiendo apetitosos manjares
y acompañados de mujeres muy jóvenes. Otros, los
menos, entregaban regalos adicionales a sus
empleados para compensar los bajos salarios en pesos
cubanos que les pagaba la empresa empleadora del
estado.
Estos
representantes de una “avanzada corporativa” estaban
dispuestos a perder un poco de capital siempre y
cuando pudieran ubicarse –desde ya– en el escenario
que algún día sería como un pastel cortado en cuñas.
Sin embargo, quienes firmaron contratos y
compartieron con ellos el champán, después de un
acuerdo, los consideraban sólo un mal necesario y
provisional, una desviación que se erradicaría no
bien hubiera terminado el Período Especial. Después
de tantas garantías prometidas, hace unos meses les
han enseñado las arcas vacías, mientras les repiten
“no podemos pagarles”. De pronto, estos empresarios
han comenzado a sentir la impotencia y el grito –trabado
en mitad de la garganta– con que cargamos cada día
los cubanos. Todavía, sin embargo, no están tan
desprotegidos como nosotros ante la depredación del
Estado: un pasaporte de otro lugar les permite irse
en un avión y olvidarse de todo.
Los locos son presa fácil de los
pícaros, que les gritan en las esquinas frases
dolorosas para aumentar su delirio. Con dos
barquitos de papel, teníamos uno en mi cuadra que
pasaba horas en una rara regata que no llegaba a
ninguna parte. Su madre lo mantenía calmado a base
de benadrilina y diazepam; todo, antes que mandarlo
al almacén de la demencia que es Mazorra, el
hospital psiquiátrico habanero.
En la
mente de aquella señora estaban las imágenes de lo
que había sido la clínica mental de la calle Boyeros,
con su terror acumulado y su depauperación material.
Los pacientes casi desnudos, las paredes llenas de
excrecencias humanas y la falta de supervisión, eran
el escenario para las peores atrocidades. Las fotos
habían salido publicadas en las revistas de aquel
lejano 1959. Después, llegaron reportajes en la
televisión, sábanas limpias, terapia ocupacional y
hasta vallas políticas que cambiaron la faz de lo
que había sido el horror. Sólo que, como ya les dije,
los locos son presa fácil de los pícaros.
A
partir de los años noventa, con la llegada del
período especial, el desvío de recursos se ensañó
con Mazorra. Los vecinos de las calles aledañas
estaban bien surtidos por un mercado negro de
frazadas, leche, comida, ropa, toallas y
medicamentos que salían del hospital. Los allí
ingresados creían que era parte de su padecimiento
el que cada día –como en el filme “La luz que
agoniza”– faltaran más bombillos en las salas. Les
fueron sustrayendo todo lo indispensable y nadie
reparó en las ventanas rotas, las tazas de baño
tupidas y las camas de patas abiertas. Esta vez, no
había un periodista autorizado para retratar la
miseria.
La
prensa oficial no pudo esconder, sin embargo, la
muerte de 26 pacientes –algunos afirman que la cifra
se acerca a los 40– por hipotermia y padecimientos
asociados al abandono. Se largaron de esta vida en
unos días fríos de enero, mientras se apretujaban
cuerpo sobre cuerpo sin poder con ello evitar el
final. Los pícaros, por su parte, se edificaban
casas con los dividendos del robo y creyeron que
nunca nadie detectaría sus desfalcos. Hoy, en el
hospital se investiga a los responsables en medio de
un despliegue policial para que no se acerquen los
curiosos. No han salido imágenes, pero me atormenta
la idea de cuánto llegaron a parecerse esos
pacientes, en su desvalimiento, a aquellos rostros
de las fotografías del pasado.
Imagenes tomadas de: http://cubalagrannacion.wordpress.com/2010/01/17/el-hospital-de-dementes-de-mazorra/
“¿Qué nombre crees que deba ponerle?”
me dice una amiga que tiene seis meses de embarazo y
espera un varoncito. En un primer impulso, le
respondo con el habitual “José” y la mueca de su
cara me obliga a buscar algo menos tradicional. Paso
revista entonces al amplio catálogo que incluye
Mateo, Lázaro o Fabián, pero ninguno le agrada a la
exigente madre. Si esta misma situación hubiera
ocurrido veinte años atrás, el bebé habría cargado
con una “i griega”, como muchos de los nacidos en
las décadas del setenta y el ochenta. Sin embargo,
la exótica moda de usar la penúltima letra del
abecedario, parece haber quedado superada.
Durante varios lustros, los cubanos nombraron a sus
hijos con una libertad que no lograban experimentar
en otras esferas de la vida. La grisura que
proyectaba el mercado racionado y el control estatal
sobre nuestra existencia se esfumaba cuando se
inscribía a un recién nacido en el registro civil.
Los padres jugueteaban con el lenguaje y creaban
verdaderos trabalenguas, como el que exhibe un
famoso jugador de beisbol llamado “Vicyohandri”. A
algunos, incluso, les adjudicaron la rara
composición “Yesdasí”, mezcla de la palabra “sí” en
inglés, ruso y español.
Afortunadamente, desde hace unos años soplan aires
más calmados a la hora de nominar a un niño. Toda
una generación que se había sentido nombrada como si
de un experimento de laboratorio se tratara,
prefiere ahora volver a la vieja usanza. Así que
después de varios días, mi amiga me ha llamado para
contarme su decisión: el bebé se llamará Juan
Carlos. Al otro lado de la línea, yo respiro
aliviada: la cordura ha regresado al acto de nombrar
los hijos.
Una isla que ha visto
sucederse un cúmulo de tragedias,
invasiones y dictadores, muestra hoy
los fragmentos del desastre, las
huellas de un temblor que por
natural no es menos abominable. A
ese Haití que Carpentier nos mostró
en “El reino de este mundo” y que
los noticiarios nos han hecho
compadecer, la desdicha se le ha
vuelto crónica y el llanto se le ha
constituido en lenguaje habitual.
Más que un sismo, la patria de
Jacques Roumain ha sido estremecida
por la desgracia, que viene a caer
sobre la inestabilidad social, la
debacle económica y el desespero.
Para cualquier nación algo así sería
una calamidad, para Haití es todo un
apocalipsis.
No es el momento de
hacer política con el dolor, ni de
salir ante el micrófono prometiendo
ayudas, sino de socorrer sin
condiciones, sin ansias de
reconocimiento o de gratitud. Me
asusta especialmente que de aquí a
tres meses el sufrimiento ya no sea
titular en ningún periódico y a la
gente le haya dejado de parecer
urgente el drama haitiano. Temo que
nos acostumbremos a la desdicha y la
piel se nos curta ante el drama, que
nos quedemos concentrados en
nuestros problemas sin darnos cuenta
que otros gritan ahí al lado.
El sismógrafo puede
indicar que no habrá nuevas
sacudidas, pero el contador de la
vida está marcando en rojo. Es hora
de auxiliar y hay que hacerlo de
inmediato.
* En estos momentos,
varios bloggers junto a otras
personas de la sociedad civil
cubana estamos buscando una vía para
hacer nuestro pequeño aporte a los
damnificados. Proponemos recoger
ropa, medicamentos y útiles de
aseo personal y llevarlos a la
representación de Caritas en La
Habana.
Salgo metida en
varios pullovers y con una bufanda
viejísima enrollada en el cuello. El
recorrido es breve, pero con la
temperatura por el suelo cada paso
que doy es un gran sacrificio. La
gente camina a mi lado igual de
“disfrazada” y hasta logro ver a
alguien que parece llevar la manta
de dormir sobre los hombros. Aunque
en el pequeño tramo desde mi casa a
la panadería nadie muestra un buen
abrigo, compruebo que la inventiva
popular no se detiene ante la caída
de los termómetros. Han desempolvado
los antiguos impermeables de la
época soviética, con sus enormes
botones y los colores ya desteñidos.
Otros, los que ni siquiera tienen
algo así para cubrirse, simplemente
se han quedado en casa.
Me acerco a un lugar
donde venden panes fuera del mercado
racionado y una barra cuesta el
salario de toda una jornada de
trabajo. Curiosamente, muchos de los
que he visto en el camino, con sus
peculiares e improvisadas
indumentarias, se encaminan en la
misma dirección que yo. A medida que
nos acercamos compruebo que todos
van tras el escaso alimento que nos
mantiene en vilo desde hace varias
semanas. A escasos metros del lugar,
uno que se ha adelantado nos lanza
el grito de “¡No hay!”, verdadero
cubo de agua helada sobre nuestras
cabezas. Viro en redondo y me voy a
casa. Mañana será otro día sin
desayunar.
La llegada de estos
vientos del norte ha coincidido no
solamente con la desaparición del
pan, sino también con la escapada de
la leche. Como si el invierno
hubiera afectado los hornos y
congelado las ubres de las vacas.
Aunque en la tele anuncian un sobre
cumplimiento en la producción del
preciado lácteo, el solitario vaso
de café o la insípida infusión lo
niegan cada mañana. Son tiempos de
levantarse de un tirón sin mirar a
la mesa, de decirles a los niños que
no pregunten y de dejar a un lado el
trabajo, el blog, los amigos, la
vida, para dedicarnos enteramente a
perseguir un trozo de pan y un vaso
de leche. Tiempo de arrastrarnos en
el polvo de las carencias y de las
colas, pues para salir de ese
rastrero ciclo y volar se necesita –más
que alas– el combustible del
alimento.
El año en que nací se
celebró el primer congreso del
Partido Comunista de Cuba y la
centralización del comercio y los
servicios era casi absoluta. Sólo se
podía adquirir -fuera del mercado
racionado- algunos libros, los
periódicos y los tickets para el
cine. El resto de los productos y
prestaciones estaba bajo el austero
signo de lo restringido, encerrado
en la cuota subvencionada que
recibíamos cada mes. Incluso para
adquirir una cuchilla de afeitar se
debía presentar la cartilla en la
que una vendedora marcaba el número
correspondiente a las afiladas hojas.
Con la comida pasaba
algo similar y especialmente con los
frutos de nuestros fértiles campos,
que se distribuían en cantidades
limitadas a cada consumidor. Era la
papa uno de los más controlados por
el ojo estatal. Durante toda mi vida,
ese sabroso tubérculo estuvo
exclusivamente en las tarimas de los
mercados racionados; llegaba cada
tres o cuatro meses para hacernos el
honor de su presencia y de su sabor.
Yo soñaba con purés untados de
mantequilla y con papitas fritas que
sobresalían del plato. Llegué a
pensar que su suave textura se
cosechaba en las remotas praderas
siberianas y no en los surcos de mi
propio país.
Los campesinos
privados estaban obligados a
venderles su producción de papas al
estado, que penalizaba con fuerza a
quienes violaban tan estricta norma.
De manera que nos acostumbramos a
verlas aparecer en nuestros platos
pocas veces al año y guardarlas en
nuestras fantasías culinarias. Así
fue hasta que hace algunas semanas
el gobierno de Raúl Castro decidió
liberalizar su venta y sacarlas del
cada vez más agotado mercado
racionado. Ya no es necesario
mostrar un documento para poder
comprar un kilo de papas, pero ahora
nos hace falta que regresen, que
podamos ponerlas en nuestras bolsas
y llevarlas a casa.
Hace años leí un
estudio de la Organización
Internacional del Trabajo en el que
se consideraba la profesión de
periodista como la segunda más
riesgosa a nivel mundial, sólo
superada por la de aquellos que
realizan pruebas de vuelos con
nuevos modelos de aviones. No sé si
en la investigación estaban
incluidos los cazadores de
cocodrilos o los guardaespaldas,
pero todo el estudio se había hecho
en los años noventa, cuando todavía
no había bloggers.
Ser periodista no
tiene en Cuba los riesgos que corren
los profesionales de la prensa en
otros países. Aquí no les disparan a
los redactores de noticias, ni los
secuestran, sino más bien les
envenenan la profesión. ¿Para qué
eliminar físicamente a un individuo
que escribe verdades incómodas si
pueden anularlo con el plumón rojo
del censor? ¿Para qué matarlo si
tienen todos los recursos para
domesticarlo? La muerte profesional
no incide en las estadísticas, si
acaso en la frustración de quienes –como
yo- un día proyectaron su destino
unido a la información. El que elije
dedicarse a la noticia en esta Isla
sabe que todos los medios están en
manos del poder, llámesele a éste lo
mismo Estado, partido único o Máximo
Líder. Sabe que tendrá que decir lo
que sea conveniente y necesario, y
que no será suficiente que aplauda
si no lo hace con devoción, con
mucho entusiasmo. En estos casos el
riesgo es enorme para la conciencia.
Desde hace más de
veinte años hay en nuestra isla un
nuevo tipo de reportero. El adjetivo
“independiente” los diferencia de
los oficiales. Ellos enfrentan otros
riesgos, disfrutan de otras
oportunidades. Como es de suponer,
muchos no cursaron estudios
universitarios, pero aprendieron a
contar lo que escondía la prensa
partidista, se hicieron
especialistas en la denuncia, se
cultivaron en el lado oculto de la
historia. En la primavera del año
2003 todo lo que parecía peligro y
riesgo se convirtió en castigo.
Muchos de ellos fueron a la cárcel a
cumplir penas de diez, quince,
veinte años. La mayoría está todavía
tras las rejas.
Los bloggers llegamos
después, entre otras razones porque
la tecnología ha tenido una lenta
aparición entre nosotros. Me
atrevería a decir que las
autoridades no se imaginaban que los
ciudadanos apelarían a un recurso
planetario para expresarse. El
gobierno controla las cámaras de los
estudios de televisión, los
micrófonos de las estaciones de
radio, las páginas de revistas y
periódicos que se localizan en el
territorio insular, pero allá arriba,
lejos de su alcance, una red
satelital -satanizada pero
imprescindible- ofrece a quien se lo
proponga la posibilidad de “colocar”
sus opiniones de forma prácticamente
ilimitada.
Les llevó tiempo
comprenderlo, pero se están dando
cuenta. Ya saben que para silenciar
a un blogger no pueden usar los
mismos métodos que lograron acallar
a tantos periodistas. A estos
impertinentes de la web nadie puede
despedirlos de la redacción de un
diario, ni prometerles una semana en
Varadero o un auto Lada como
compensación, mucho menos podrían
captarlos con un viaje a Europa del
Este. A un blogger, para anularlo,
hay que eliminarlo o intimidarlo y
esa ecuación ha comenzado a
entenderla el estado, el partido… el
General.
Un ritmo sensual y
extrovertido inundó –hace más de
cinco años- todas las discotecas y
lugares bailables del país. Llegó
asociado a una gestualidad
desenfadada que expresa abiertamente
los deseos de diversión, sexo y
buena vida. Numerosas orquestas de
salsa adaptaron su música y
comenzaron a escribir nuevas letras
al compás del reggaetón. Las
canciones aluden claramente a
situaciones eróticas a la par que
describen una zona de la realidad
cubana, sin afeites ni triunfalismo.
En la zona oriental del país se
propagó, a partir de esta cadencia
musical, una modalidad más dura y
directa conocida entre sus
seguidores como el perreo.
Es raro encontrar en
toda la Isla un bicitaxi o un viejo
auto de alquiler que no exhiba, a
todo volumen, las pegajosas
expresiones de un género que no da
señales de extinguirse. Uno de los
elementos más interesantes de la
permanencia del reggaetón entre
nosotros es lo poco que él se parece
a la música de contenido social que
tanto se escuchaba en los años
sesenta y setenta. Si la nueva trova
aludía constantemente a un ser
abnegado y deseoso de contribuir con
el proceso social, las actuales
melodías exhiben un individuo
atraído por lo material y
concentrado en satisfacer sus deseos
inmediatos. La creación musical ha
terminado por evidenciar un proceso
de cambios sociales, mucho más
complejo que un par de acordes o que
algunos novedosos pasos de baile.
Si en el escenario un
grupo de muchachos repite hasta el
paroxismo “¡Mami, goza!”, el público
se contonea y suda bajo las luces de
colores. No falta quienes han
criticado públicamente la
propagación de estos nuevos ritmos,
vinculándolos con corrientes
extranjerizantes o con tendencias
consumistas. Poco le importa eso a
los seguidores del reggaetón, pues
para ellos un sonoro estribillo que
llame al disfrute es –nos guste o no
nos guste- el nuevo himno de estos
tiempos.
Desprovistos de cualquier protección,
entran los cubanos por la Aduana General de la
República donde les hacen pagar el precio del
retorno. Una marca de tiza en la maleta señala a
quienes deben pasar por el patíbulo de la tasación y
por el asalto institucional del impuesto sobre
ciertas mercancías. Curiosamente, los empleados del
aeropuerto tienen el olfato fino para detectar a los
nacionales que regresan, pues saben que estos llegan
cargados de objetos variados e increíbles. Afuera,
en la sala de espera, las familias sueñan con
abrazar a sus emigrados y fantasean con los posibles
regalos, mientras al viajero le pesan su equipaje y
le muestran una elevada factura que está obligado a
liquidar.
Se
podría llegar a pensar que en un país donde faltan
tantos productos y recursos, la flexibilidad para
importarlos –de manera personal– debe caracterizar
al proceso aduanal; pero no es así. Más bien vivimos
el otro extremo, con un estricto “Listado
de valoración interno” que obliga a repagar el
contenido de las valijas, ya incluyan estas un jabón,
una lata de sardinas o una laptop. Todo se complica
cuando al ilusionado visitante se le ocurre traer un
electrodoméstico o una cámara digital para sus
parientes. Si quiere entrar estos implementos de la
modernidad deberá sacar de su bolsillo una cantidad
que va desde los 10 a los 80 pesos convertibles. Lo
cual viene a ser como un rescate que se les da a los
“secuestradores” de lo ajeno, para que el equipo
pueda llegar a manos de sus destinatarios.
Como
una industria del desvalijo, las aduanas cubanas
engrosan cada día el número de lo confiscado, a la
par que agregan a la caja contadora miles de dólares
por concepto de impuestos. Sus grandes almacenes se
han llenado de secadores de pelo, Play Station,
hornillas eléctricas y computadoras que
transportaban los viajeros. El destino de esas
mercancías nunca se explica, pero todos sabemos que
toman el camino verdeolivo de muchas tantas otras.
La Isla parecería, si nos guiamos por las
restricciones de entrada, a punto de hundirse por
los kilogramos de la abundancia y la prosperidad.
Pero todos sabemos que en realidad sus ciento once
mil kilómetros cuadrados están a punto de irse a
bolina, ante la levedad que le imponen la
improductividad y las carencias.
La
nueva libreta de racionamiento nos sorprendió a
finales de diciembre,justo cuando se acrecentaban
los rumores fúnebres alrededor de este cuadernillo
de páginas cuadriculadas. Llegó, como cada año,
rodeada de ansiedad y de fastidio, sumiéndonos en
ese conflicto de evitación-aproximación que genera
lo subvencionado. En sus pequeñas hojas percibo la
ausencia de muchos productos que una vez conformaron
la cuota mensual, hoy reducida apenas a un
repertorio monótono con insuficientes valores
nutritivos e importes en ascenso.
Por
primera vez, en nuestra casa todos estamos ubicados
en el mismo grupo etario de los cinco que ha
definido el Ministerio del Comercio Interior.
Justamente en la casilla de 14 a 64 años aparece mi
hijo junto a Reinaldo y a mí, pues al menos tres
generaciones de cubanos hemos visto a los bodegueros
apuntar lo que podemos llevarnos a la boca.
Atrapados en la minusvalía material, millones de
compatriotas están colgados de los precios asistidos
para sobrevivir. El racionamiento es trampolín y
caída segura, dependencia con la que todos quieren
terminar, pero de la que casi nadie se puede salir.
Miro mi nombre escrito junto al de
Teo y me asusta que su prole también reciba leche
sólo hasta los siete años, le asignen un jabón de
lavar cada dos meses o una pasta insípida para
lavarse los dientes. Me estremece imaginar que de
aquí a treinta años, aún se deba acreditar -con un
certificado médico- la existencia de una úlcera
para tener derecho a unas onzas de carne o a una
bolsa de yogurt de soya. Con sus cantidades mínimas
y su calidad dudosa, el mercado racionado nos ha
inculcado también una malsana gratitud y un complejo
de culpa que no podemos heredarle a los que vengan.
Si llega otro diciembre y nos entregan una nueva
libreta, no será porque hayamos sorteado los
recortes económicos, sino porque hemos descendido un
escalón más en nuestra autonomía ciudadana.
Ayer,
corrí desde la barriada del Cerro hasta la casa a
fin de alcanzar la puesta de sol para filmarla y
colgarla en mi blog. El último círculo de fuego que
se ponía en el 2009 resultó estar rodeado de nubes e
imposible de quedar registrado en la cámara. Algo
frustrada, miré hacia el nordeste y una luna
espectacular se alzaba a un costado de la columna de
humo de la refinería Ñico López. Luz al lado de la
mugre, anillo plateado cercano a las llamas que
genera la combustión del “oscuro” petróleo.
Les
dejo, junto a este texto, unas imágenes de ese
satélite natural que brilló con toda plenitud sobre
nosotros. También lancé el tradicional cubo de agua
a las doce de la noche desde mi balcón, en un acto
de limpieza anual para expulsar todo lo que nos
impide avanzar como Nación. Hoy en la mañana, el
primer sol de 2010 secó los charcos que formaron los
chorros caídos desde los edificios cercanos. Como
una catarata plural y dispersa sonaban esos
surtidores que salían de cada casa. “Qué se vaya lo
malo, qué se vaya” pensamos –al unísono– millones de
cubanos.
Con el fin de año el precio del cerdo
se dispara, los carteristas recrudecen sus acciones
y el transporte interprovincial se pone de mala
palabra. Comprobamos que se acerca el 31 de
diciembre cuando aumentan las colas para comprar un
pasaje y en la carretera se vuelve más difícil hacer
autostop. A la salida de La Habana se
acumulan los viajeros en solitario o las familias
enteras cargadas de maletines. Muchos de ellos
regresan a sus pueblos de origen para celebrar la
última noche de este 2009. Retornan –por unos breves
días– al lugar que las estrecheces materiales, el
trabajo o el matrimonio les han hecho dejar atrás.
Aunque la compra de miles de ómnibus Yutong parecía
–hace algunos años– que iba a solucionar el
transporte en Cuba, aún es una Odisea moverse de un
punto a otro de esta Isla. Un boleto desde la
capital hasta la provincia de Camagüey puede costar
la mitad de un salario mensual y condenarnos a los
apretados asientos de estas guaguas chinas, al aire
acondicionado sin regular y al reggaetón que suena
estruendoso en sus bocinas. A esos inconvenientes se
suman los puntos de control en la carretera, que la
picardía popular ha bautizado como TAC (tomografía
axial computarizada) pues son capaces de detectar un
paquete de camarones escondido hasta en los
mismísimos senos de una rolliza anciana. Para fin de
año, el trapicheo del mercado negro se potencia y
los policías hacen su agosto confiscando, multando
–y hasta quedándose con lo quitado– a los intrépidos
mercaderes de queso, langosta, carne, leche y huevos.
A
ambos lados de la vía que enlaza una provincia con
otra, se ven las manos estiradas ofreciendo billetes
que baten al viento. Son esos que no pudieron
alcanzar un ticket ni siquiera para el tren y se
lanzan al azar de la autopista a la espera de que
alguien les pare. Allá se ve el azulado papel de uno
de veinte y más adelante dos de cincuenta, una joven
muestra sólo un billete de diez, de manera que no
tendrá chance si no eleva su oferta o se sube un
tanto la saya. A algunos les sonríe la suerte cuando
aparece un auto de turismo que necesita de un guía
ante la falta de señalización de los caminos. Pero
los visitantes extranjeros prefieren parejas o
mujeres con niños, ante el temor de un asalto. De
manera que los hombres deben esperar por un camión o
una carreta que los quiera llevar.
Al
final del día, varios de estos improvisados viajeros
estarán sentados a la mesa de una intrincada casita
o preparando la yuca para la comida de San
Silvestre. Cuando amanezca el primer sol del nuevo
año volverán a la autopista, se integrarán de nuevo
al pavimento, levantando una mano que –esa vez–
quizás ya no tenga billetes que mostrar.
Mi
predisposición a respetar las diferencias se ha
puesto a prueba con la “Carta
en rechazo a las actuales obstrucciones y
prohibiciones de iniciativas sociales y culturales”.
Llegado a través del correo electrónico, el texto
recoge la voz desencantada y urgida de un grupo de
intelectuales y académicos. Entre ellos descubro
algunos de los nombres que en el lejano 2007, con
cierta ingenuidad, contribuyeron a levantar el mito
de las reformas raulistas”. En ese momento hablaban
de medidas por implementar, de ajustes y
transformaciones -más estéticos que sistémicos- que
se debían aplicar. Dos años después, parecen
tremendamente alarmados por el rumbo que ha tomado
el país. Con sus artículos apuntalaron la hipótesis
de que el proceso cubano podría reinventarse a sí
mismo, como si este absurdo en el que vivimos fuera
un guión escrito por la mayoría y no la rígida pauta
que sale de una sola oficina.
No
seré de los que culpen a otros porque se han
demorado demasiado en pronunciarse. Yo, que callé
durante casi treinta años, no tengo derecho a juzgar
a quienes han llevado la máscara del conformismo, la
pasiva faz del que no quiso meterse en problemas.
Celebro cualquier iniciativa que saque a la luz ese
río de críticas que ha estado apresado en las
cavernas de nuestro miedo durante varias décadas.
Tenderé entonces mi mano -sin hacerles reproches- a
los que asuman el riesgo de expresarse, porque así
disminuirá en ellos el temor de pasar del aplauso
mecánico a la crítica abierta.
La
carta se destaca por varias ausencias, especialmente
en la lista de los hechos que prueban el “incremento
del controlburocrático-autoritario”. Faltan en esa
relación los amargos sucesos del 10 de diciembre
pasado, el aumento de los llamados mítines de
repudio, los hostigamientos a varios opositores y el
empleo de la violencia física contra muchos de ellos.
Mención especial merece la utilización que se hace
del término “contrarrevolución”, asumiendo los
firmantes ese lenguaje degradante y excluyente que
brota de las tribunas. Sorprende ver a profesores,
economistas y graduados universitarios clasificando
con tanto esquematismo a sus conciudadanos. Me
asusta esa sociedad que intuyo en este documento,
donde se podrá hablar abiertamente de trotskismo,
anarquismo o socialismo pero seguirán igual de
amordazados los socialdemócratas, los demócratas
cristianos y los liberales. Si esa es la propuesta,
lo siento mucho, pero ese no es el país donde quiero
que crezcan mis nietos.
No
creo que vivamos una re-pavonización, porque al fin
y al cabo el rígido Luis Pavón no tuvo potestad para
lanzar a la calle una turba que gritara y golpeara;
tampoco su poder llegaba para condenar a penas de
hasta treinta años a ninguna persona. Los oscuros
censores de aquel quinquenio gris, carecían de
autoridad para mantener el cerco de vigilancia
alrededor de una casa, intervenir una línea
telefónica o arrestar –sin llevarlo a una estación
de policía- a un periodista independiente o a un
blogger. No es un retorno de los inquisidores de la
cultura lo que estamos viviendo, sino la vuelta de
tuerca de un sistema agonizante y carente de
argumentos, la caída del último velo que ha dejado
al descubierto el feo rostro del autoritarismo.
El título es una referencia a la frase de
Niemöller citada en la Carta: “Cuando vinieron
buscando a los judíos, yo callé pues no era
judío; cuando vinieron buscando a los comunistas,
yo callé pues no era comunista; cuando vinieron
buscando a los sindicalistas, yo callé pues no
era sindicalista; después, vinieron buscándome a
mí, y nadie habló”. Para contextualizar esta
idea me gustaría preguntar a los firmantes del
documento si callarán cuando vengan buscando a
un “contrarrevolucionario” a un “gusano” a un “opositor”,
si estarán ellos entre los que golpean en los
mítines de repudio o entre los que defienden a
la víctima.
Un molote agredió el
pasado 10 de diciembre a mujeres que
sólo llevaban gladiolos en sus
manos. Puños levantados -instigados
por policías vestidos de civil-
rodearon a esas madres, esposas e
hijas de los encarcelados desde la
Primavera Negra de 2003. Varios de
los atacantes se aprendieron el
guión a la carrera y mezclaban las
actuales consignas políticas con los
gastados /slogans/ de hace casi tres
décadas. Era una tropa de choque con
licencia para insultar y golpear,
otorgada –justamente- por quienes
debieran mantener el orden y
proteger a todos los ciudadanos. En
el noticiero del viernes, un
periodista llegó a decir que quienes
increpaban a las Damas de Blanco
representaban al “pueblo
enardecido”, pero en la pantalla no
se les notaba un solo viso de
espontaneidad o de real convicción.
Sólo parecían fanáticos con miedo,
con mucho miedo.
Me da vergüenza
decirlo, pero en mi país los
demonios de la intolerancia
estuvieron de fiesta el día de los
Derechos Humanos. Fueron incitados
por quienes hace mucho perdieron la
capacidad de convencernos con un
argumento o de atraernos con una
nueva y justa idea. Ya no tienen ni
siquiera una ideología, de ahí que
sólo les quede manejar los resortes
del temor, apelar a los
“ejemplarizantes” actos de repudio
para detener la creciente
inconformidad. Sin embargo, en los
rostros de esos convocados al
linchamiento social se podía
percibir como la duda alternaba con
la furia y la exaltación con los
temblores de saberse observados y
evaluados. Por doloroso que sea, es
fácil prever que quizás un día una
multitud igual de irreflexiva y
ciega dirija su cólera hacia los que
hoy azuzan a unos cubanos contra
otros.
A falta de aperturas,
de más comida sobre el plato, de
cambios estructurales o ansiadas
flexibilizaciones, el gobierno de
Raúl Castro parece haber optado por
el castigo como fórmula para
mantenerse. No muestra resultados
palpables de su gestión, pero hace
sonar los oxidados instrumentos de
la coacción y las viejas técnicas
del castigo. En los últimos meses ya
ni siquiera lanza promesas al vuelo,
ni enuncia planes para fechas
imprecisas. Más bien se ha llevado
la mano al cinturón y no
precisamente para apretárselo en un
gesto de austeridad o ahorro, sino
para usarlo como hacen los padres
autoritarios, sobre el pellejo de
sus hijos.
Mi abuela me hablaba
de él con el mismo arrobo que
décadas atrás sus padres le habían
contado el viejo sueño de El Dorado.
Me revelaba su masa entre amarilla y
naranja, seca en la primera mordida
pero grata y suave una vez dentro de
la boca. Su juego preferido
consistía en explicarme el canistel,
tarea ardua, pues no hay nada tan
difícil como entender un sabor que
nunca se ha probado. ¿Ana, a qué se
parece?, le preguntaba yo, porque
sólo la comparación podía ayudarme a
acorralar el aroma de esa fruta
ausente de mi vida. “Como un mamey,
pero más rico”, era la parca frase
que lograba arrancarle antes de que
se callara.
Muchos de mi
generación conocimos ciertos sabores
de oídas, descritos por quienes
habían atesorado en su memoria
gustativa al níspero, el caimito, el
marañón y la guanábana. Esa
habilidad para activar las papilas
gustativas con algo que nunca
habíamos masticado, nos ayudó
durante los años más duros del
Período Especial. Sobre la litera de
hierros oxidados de un albergue en
Alquízar, yo refería para un grupo
de muchachas cómo eran aquellas
frutas que no habían ni siquiera
probado. El cuento se repetía cada
semana en una improvisada tertulia
donde los temas principales eran
“sexo y comida”. Esta última,
verdadera obsesión de todas las
quinceañeras allí reunidas.
Pasó el tiempo y hace
una semana mi madre se apareció en
casa con tres canisteles. Los había
comprado a un campesino en un precio
que excedía el de toda una jornada
de trabajo. Pensé primero en Ana,
que murió hace más de veinte años y
en las últimas décadas de su vida no
volvió a ver la dorada redondez que
tanto la angustiaba. Teo fue quien
dio la primera mordida e hizo un
gesto raro antes de confirmar “Es
como un mamey”. Después regresó a su
cuarto sin ver la indecisión en mi
rostro. ¿Lo pruebo o no lo pruebo?
¿Y qué tal si no se parece a lo que
me contaron? Felizmente, resultó ser
a la medida de aquel canistel que
–mientras salivábamos las dos– mi
abuela me había narrado.
La tienda se alza en
la aurícula izquierda de la calle
Galiano esquina a San Rafael, donde
antes hubo un Ten Cent carcomido por
los años y la mugre. Verdadera nave
espacial caída en un barrio que ha
visto como muchos de sus comercios
se convierten en albergues para
damnificados, oficinas
intrascendentes o locales cerrados
por tupiciones albañales. Pero
Trasval es diferente. El gran
almacén, administrado –según se
dice– por el propio Ministerio del
Interior, fue bautizado por la
población como “el museo”, pues más
bien se iba a mirar que a comprar,
debido a los altos precios –en pesos
convertibles– de cada mercancía.
Trasval era jugar al
capitalismo, con música indirecta,
empleados con trajes y audífonos,
cámaras por todas partes y productos
que nuestros ojos nunca habían
visto. Nos sentíamos como pollitos
arropados por la luz de las lámparas
y el tintinear de la melodía, que
terminarían en el matadero de la
caja contadora pagando por un
abridor de latas el salario de tres
meses de trabajo. En su interior,
aún se exhibe una zona con
implementos para piscinas, aunque
desde hace varios meses las
vendedoras no sonríen a los clientes
ni les responden amablemente las
preguntas.
La última vez que
estuve en ese bunker forrado de
lozas negras, ya el desplome era
inminente. El aire acondicionado no
funcionaba, los empleados habían
prescindido de la calurosa
indumentaria con corbata incluida y
en los anaqueles, metros y metros de
un mismo producto anunciaban el
declive. Todos los abridores de
latas habían desaparecido y un rumor
de escándalo por corrupción se
extendía en sus pasillos. Su
esplendor fue breve, su ganancia
pudo haber sido enorme. Porque
Trasval fue la más reciente trampa
mercantil que nos tendieron a los
cubanos, el último cebo elaborado
por esa mezcla de comerciantes y
policías secretos que tanto pululan
en nuestros días. Individuos que lo
mismo trafican con mercancías que
con informes, venden una lámpara o
vigilan en una esquina, cuentan las
monedas o se soban la pistola que
llevan en el costado.
Diciembre ha sido
siempre un mes para estar poco
tiempo en casa. En la calle no hay
tanto calor y el Festival del Nuevo
Cine Latinoamericano ofrece una
amplia cartelera que nos tienta a
salir. Es el momento de sacar los
abrigos y de no molestarse cuando el
ómnibus va demasiado lleno o cuando
tenemos que caminar por la acera del
sol. Al final de cada año, la gente
se vuelve más amable porque le queda
muy poco tiempo para angustiarse por
los proyectos no concluidos. Son
semanas en las que gravitamos en el
conformismo, como si dijéramos
“Bueno, parece que tampoco fue el
2009, quizás será el 2010 ese año
que estamos esperando”.
Tradicionalmente, las
colas se alargaban frente al
Acapulco o al Chaplin, abundaban
también las enguatadas con cuello de
tortuga y las puertas de cristal
rotas ante el empuje de los
cinéfilos. Más que recrearnos con
las imágenes proyectadas sobre la
pantalla, por estos días
disfrutábamos sumergirnos en una
atmósfera festivalera. A veces, lo
más interesante nos ocurría mientras
esperábamos –expuestos al viento
frío– por una nueva tanda o cuando
un amigo nos narraba la opera
prima de algún joven director.
Precisamente, esa burbuja de ilusión
que se repetía cada diciembre,es la
que no logro rehacer en esta 31
edición. Ni las temperaturas han
bajado, ni mis amigos de entonces
están sentados en las butacas, sino
dispersos y alejados en varios
continentes.
Sigo viendo, eso sí,
la asistencia masiva a cada
película, determinada por la amplia
cultura fílmica de los cubanos y
también por la ausencia de otras
opciones recreativas a precios
accesibles. No hay mucho que hacer
en esta ciudad donde los que no
tienen pesos convertibles deben
conformarse con el gratuito muro del
malecón, de ahí que el Festival sea
tan esperado y concurrido.
Intentando salir de ese letargo
cultural, he decidido que no me
importe tanto si el invierno no ha
llegado o si en la multitud hay
muchos rostros ausentes. He optado
por tomar la cartelera, decidir un
título e ir orriendo a meterme en la
irrealidad de una sala de
proyecciones, mientras afuera sigue
el calor y el éxodo.
Un amigo me juró hace diez años que
no volvería a la playa hasta que pudiera comprar –cerca
de la arena– una cerveza en moneda nacional. Sus
blanquísimas pantorrillas me confirman que no ha
estado en el mar por una década, mientras espera una
Cristal pagada con su propio salario. La vecina de
la esquina dio su palabra de no cortarse el pelo
antes de cierta fecha largamente añorada por tantos
cubanos. Los piojos la hicieron romper el compromiso
–a principio de los noventa– cuando la melena
alcanzaba su cintura. Recientemente, cambió la
estrategia y puso un vaso de agua sobre el armario y
sólo lo quitará cuando sus hijos exiliados puedan
volver a vivir junto a ella.
Diminutas casas de madera descansan sobre una tumba
en el cementerio de La Habana. Son la expresión
material de esos pedidos que recibe laMilagrosa
para proveerles una vivienda a
quienes quieren escapar de la casa paterna o del
atestado albergue colectivo. Al lado de esas
miniaturas, hay aviones y barcos de juguetes, para
lograr el sueño de saltarse la insularidad dentro de
uno a tamaño natural. En la misma necrópolis, pero
hacia el sur, está el panteón de la conocida médium
que encarnaba el espíritu de Tá José. Un gallo –con
la cabeza cortada allí mismo– le fue ofrecido por
aquel joven que alcanzó finalmente el cotizado
empleo en una firma extranjera.
Otros
aguardan por el milagro de un permiso de salida, por
la liberación de un preso político o por una
licencia para abrir un pequeño restaurante. Esta
parece ser la isla de los imposibles, la tierra de
las promesas por cumplir, el país de las ofrendas
retenidas hasta que se alcance lo pedido. Yo misma
me he jurado que no voy a parar de escribir, pues
cada una de mis líneas es la plegaria del que no
puede más, el voto virtual de quien ya se dejó
crecer el pelo, puso su obsequio sobre el mármol y
vio secarse varios vasos con agua.