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                                               Generación Y

                  

                                                Yoani Sánchez

                                    


 

 

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    Yoani Sánchez
    Licenciada en Filología. Reside en La Habana y combina su pasión por la informática con su trabajo en el PortalDesde Cuba.

    yoani.sanchez@gmail.com

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    Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "y griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "y griegas" a que me lean y me escriban.
     

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    Precios disparados los que por estos días muestra el mercado informal. Un huevo ha llegado a costar la elevada cifra de cuatro pesos cubanos –el tercio del salario medio de una jornada laboral–. Pero el bolsillo de los compradores no ha sido el más afectado; para los que vendan ilegalmente este producto, las condenas pueden llegar a dos años de privación de libertad. La medida busca eliminar el trapicheo de estas posturas, posterior a la hecatombe que ocasionaron los huracanes Ike y Gustav en las granjas avícolas. Osados comerciantes de la bolsa negra son procesados en juicios sumarios como escarmiento para quienes mercadean ilícitamente con comida, materiales de construcción o medicinas.

    Nuestros policías –largamente entrenados en detectar carne de res, queso, camarones y leche en polvo– ahora también rastrean los huevos. El resultado más inmediato de esta nueva razia es la desaparición de ciertos productos que sólo nos llegaban gracias a los vendedores que tocaban a nuestras puertas. Por estos días, pregonar “Huevoooooos” puede ser más peligroso que gritar una consigna antigubernamental.  Bueno, no hay que exagerar, la opinión siempre ha sido más castigada.

    La nueva ola contra el mercado informal nos ha ayudado a resolver el acertijo de “¿Qué fue primero?” Ahora ya sabemos que al principio fue el huevo, después arrestaron a los que vendían dulces caseros, más tarde fueron procesados los que protestaban por el elevado precio del combustible y finalmente el castigo llegó a aquellos que narraron la escasez de productos en los mercados agrícolas. Para cuando le llegue el turno a los que trafican con la gallina, ya las condenas excederán el cálculo de una vida humana.

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    El jueves se estrenó en toda la Isla una película cubana sobre la guerra de Angola. En las afueras de los cines las parejitas han preferido cambiar el rumbo e irse a un lugar oscuro, pues la campaña cubana en África les despierta poco interés. El filme padece de una tardanza de un par de décadas y aborda una historia que aún tiene zonas sin desclasificar. Kangamba hubiera provocado largas colas y apasionados comentarios a finales de los ochenta; pero, a estas alturas, muy pocos quieren rememorar lo ocurrido.

    La contienda cubana en tierras angolanas ha sido la guerra más larga de la historia de Cuba. Quince prolongados años peleando en otro suelo, matando o dejándose matar por gente que no sabía muy bien dónde estaba esta Isla. Eran los tiempos en que el Kremlin proyectaba su sombra sobre Cuba y ¡dependíamos tanto de él! que nuestros líderes no dudaron en sumarse a su campaña contra la UNITA. La geopolítica traza esas duras pruebas para los pequeños países que orbitan alrededor de los grandes imperios.

    Reparo en que durante tres lustros de conflicto no aconteció en ninguna plaza pública una protesta de madres cubanas para no enviar sus hijos al frente. Nadie lanzó en los medios de difusión la pregunta que todos susurrábamos “¿Qué hacemos en Angola?” y mucho menos un movimiento pacifista llenó de palomas blancas algún punto de reclutamiento. Éramos más dóciles como ciudadanos de lo que somos hoy, y nos llevaron a perecer y a matar sin saber bien qué hacíamos.

    Hoy estamos informados de cada baja que sufre el ejército norteamericano en Irak, pero recuerdo el secretismo sobre el número de soldados cubanos caídos durante la guerra angolana. Nos enterábamos que el vecino había perdido un hermano o que el colega de trabajo regresaba sin una pierna, pero la prensa sólo tocaba la sinfonía de la victoria. Los muertos se lloraron en la privacidad de las familias que no entendían muy bien qué hacían sus hijos al otro lado del Atlántico. Quedaron los nichos en el cementerio, las fotos enmarcadas en las salas familiares, los vasos de flores repletos en cada aniversario y los largos discursos de quienes habían visto la guerra desde lejos, pero nadie supo responder con  claridad a la pregunta: ¿Qué hacíamos los cubanos en Angola?

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    El Guajiro Azul me ha mandado un texto donde cuenta las motivaciones y los dolores de cabeza que le genera llevar el blog “Retazos”. El título de su escrito es delicioso: “El viejo, la Internet y yo”. Al leerlo uno siente que el anzuelo tira fuerte, pero que esta vez el anciano pescador no podrá sacarnos del agua donde, cuasi-libres, nadamos por la red.

    No he podido esperar a que se publiquen los textos de la conferencia blogger –postergada por la debacle de los huracanes y a punto ya de hacerse- para traerles las reflexiones de este cuarentón que nació rodeado de cañaverales. Les dejo los últimos dos párrafos de la ponencia presentada por un campesino de tecla ágil y posts afilados, como machetes.

    Llevar un blog puede ser frustrante, sobre todo con tantas dificultades para el acceso. Dificultades que se agravan cuando se vive en provincias. El tiempo es caro y escaso. Hay que repetir envíos que se interrumpen cuando la línea se cae. No poder arreglar pequeños errores que se escapan. No poder leer o responder a los comentarios. Pocas posibilidades de establecer relaciones con otros bloggers. No poder corresponder con los ofrecimientos de intercambiar links. Imposibilidad casi absoluta de subir una imagen. Todo este rosario de impedimentos condiciona un estilo minimalista, excesivamente sobrio y visualmente aburrido. Se requieren geniales dotes de narrador para escribir textos que atraigan a los lectores y yo no las poseo.

    Por estos y otros motivos, más de una vez he pensado en rendirme ante la adversidad. Desalentado por las escasas visitas y los exiguos comentarios, agobiado por este nuevo estadío de la incomunicación que me recuerda los mensajes en botellas enviados por los náufragos, he pensado en abandonar el blog, como se deja un barco que hace aguas. Parafraseando a Ponte, me pregunto a qué acude la gente para seguir con su blog. ¿Para qué hago esto? ¿Acaso por la fama, por dinero, por acumular links, por el reconocimiento, ahora o en el futuro, si todo sigue igual o si hay cambios? Entonces vuelvo a lo básico, la necesidad de contar las cosas que me gustaría ver contadas. Respiro hondo, apago el monitor, le doy una vuelta al niño, le acomodo el mosquitero, tomo café en la cocina, prendo el último cigarrillo de la caja, vuelvo a respirar hondo, enciendo el monitor y sigo tecleando.

    • Hay que darle ánimo a este blogger rural para que siga posteando. Propongo que le dejemos unas palabras de apoyo en los comentarios de “Retazos”, incluso pueden llegarse por ahí los trolls y los muchachos de las Brigadas de Respuesta Cibernética, que tantos hits y tráfico le han proveído a Generación Y.

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    La falta de medios de transporte no nos reduce a la inmovilidad, sino que redunda en más tiempo y creatividad para lograr ponernos en marcha. De ahí que La Habana esté llena de autos remendados que no superarían una concienzuda inspección técnica y que en las provincias la tracción animal haya vuelto a ser el vehículo más extendido.

    En mi viaje a Pinar del Río hice una pequeña serie fotográfica sobre las llamadas “arañas”. Carretones de dos ruedas, a medio camino entre el currus romano y la rústica carreta. Sin esos alternativos artefactos  sería imposible la movilidad y el comercio entre muchas pequeñas localidades de Cuba. Hay cientos de “especies” de estos arácnidos surcando los caminos y las carreteras, llevando los más disímiles –y muchas veces ilegales– productos. Con ruedas de viejos camiones soviéticos, decoradas con colores llamativos o cubiertas de precarios techos contra la lluvia y el sol, todas son fruto de la necesidad y del atrevimiento. Expresan el desespero de una población que no puede adquirir vehículos en ningún concesionario, pero que aún así se niega a detener su marcha.

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    A Gandhi, en el 139 aniversario de su nacimiento

    Se preparó. Pulió las explicaciones. Todas las propuestas, que había ido acumulando en años de mirar su realidad y querer cambiar las cosas, las afiló para una contienda verbal. Había calculado que su oponente en el debate le recordaría los beneficios y le advertiría de ciertas manchas en el sol, que sólo ven los inconformes. Para esquivar las comparaciones con otros países –recurso discursivo tan frecuente entre quienes quieren silenciar la crítica– se apertrechó especialmente. Estuvo listo para rebatir el insulto de que sus palabras favorecían al Norte, o que sus zapatos no parecían comprados con el salario de un obrero.

    Fanático del beisbol, calentó el brazo de su polémica, como el cuarto bate que espera conectar un jonrón ante un adversario incapaz de lanzar nuevos argumentos.  Llevaba años esperando un espacio para la polémica y al fin el contexto para replicar parecía alcanzarse. Sólo que llegó al tablado de la discusión pensando que querían escucharlo. Craso error. En realidad, su rival sólo pretendía amordazarlo. De ahí que el logrado edificio de explicaciones que había construido, no soportó el grito y la agresión del otro. Para cada opinión encontró venas de la frente hinchadas, puños cerrados y ofensas a raudales. Intentó explicar que sólo pensaba en el bien de su país, pero el insulto de “mercenario” no le dejó terminar la frase.

    Como no sabía responder a los golpes con trompadas, prefirió callar y su rival pensó que lo había exterminado.  Pero allí estaba, un hombre armado para el debate, reducido a protegerse de las pedradas. Regresó a su casa y descartó uno a uno los análisis, desechó las explicaciones sobre la inviabilidad económica del sistema y condenó -al peor lugar- su extensa diatriba contra una Revolución donde no ocurren cambios. Fue a la cocina y buscó la gruesa tranca con la que se protegía de los ladrones. El oponente logró su propósito: lo había convertido en alguien que necesita la violencia para hacerse oír.
     

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    Como en sorda lucha, habló el animal
    la boca espumosa y el ojo fatal:
    -“Hermano Francisco, no te acerques mucho…”
    Rubén Darío - “Los motivos del lobo”

    Vía email me enviaron las entrevistas dadas por Eliécer Ávila, estudiante de la UCI, a Cubaencuentro y Kaos en la Red. Al leer ambas supe que no serían publicadas en ningún medio de difusión dentro de la Isla, pues hay opiniones –compartidas por la mayoría– que nuestros periódicos prefieren ignorar. El  joven tunero ha quedado reducido al espacio de Internet, como aquel video de su encontronazo con el Presidente de la Asamblea Nacional, circuló sólo por los caminos alternativos. No obstante, los cubanos contamos con una especie de Web 4.0 que no necesita cables, ni módem y puede prescindir hasta de la computadora. De ahí que esta semana ya toda la Habana sabía de la conversación de Eliécer con un periodista independiente. La información es, cada día, arena más fina que se escurre entre los dedos de los censores.

    Algunos ven a este tunero de verbo preciso, como la punta de una conspiración para “abducir” a los jóvenes más críticos. Les confieso que estoy hastiada de esas manías de percibir en cada acción un complot perfectamente calculado. No creo que nuestros gobernantes puedan organizarlo todo, ni jugar ese ajedrez político del que se les cree capaz. Mucho menos en estos momentos donde al tablero se le han borrado las casillas y la mesa está coja de al menos tres patas. Me resisto a ver en cada suceso los hilos que lo llevan irremediablemente a las manos de la Seguridad del Estado. Creer eso sería pensar que son omnipresentes, que lo saben todo y -por suerte- esa es una cualidad que sólo ostenta Dios.

    Prefiero especular que sí, que Eliécer es sincero en sus planteamientos. Que es un joven como tantos, inconforme con la dualidad monetaria, con los abusos de poder, con la gerontocracia que nos gobierna. Uno que con la llaneza campesina de llamar a las cosas por su nombre y que cree poder cambiar, desde adentro, el sistema que terminará devorándolo. La que no es sana, franca u honesta es la realidad donde se inscribe este estudiante de informática. Una sociedad donde los muchachos de Porno para Ricardo no pueden presentarse en un concierto, donde varios blogs y páginas webs están bloqueados y al que opina diferente se le acusa de agente de la CIA, tiene las trazas de una conspiración largamente meditada –y aquí sí que me pongo paranoica– para despojarnos del derecho a disentir.

    El inquieto joven se presentó, ante Ricardo Alarcón, como integrante de la “Operación Verdad” que monitorea Internet y contrarresta las opiniones antagónicas al proceso cubano. Lo cual lo hace víctima y verdugo de la falta de espacios para la pluralidad y el debate. Que me disculpe Eliécer Ávila, pero entrar a la red desde un PC institucional y con la orientación de neutralizar ideas divergentes, es actuar –usando su propia metáfora–  como esos “que manejan un camión grande se creen dueños de la vía, no respetan el derecho ajeno, porque saben que si se meten con ellos, el que lo haga saldrá muy mal parado”.

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    El sábado aprovechamos que una amiga iba rumbo a Pinar del Río y nos fuimos en su carro con algunas donaciones para los afectados. Ropa y comida regaladas por gente que tiene poco, pero con ganas de ayudar a quienes tienen menos. Esa solidaridad entre ciudadanos que, aunque parezca insignificante comparada con la que pueden dar los gobiernos y las ONGs, no debe dejar de hacerse. El destino final de las cosas recolectadas fue el pueblo de Consolación del Norte y los pequeños caseríos colindantes, algunos de los cuales todavía no tienen electricidad.

    En la carretera sorprende ver cuán rápido se han restablecido todas las vallas políticas. Estos carteles serían más prácticos como techos para casas, que en su función actual de propaganda ideológica. Uno de esos gigantescos posters de metal bastaría para cubrir alguna de las viviendas en las que todavía sus moradores duermen bajo las estrellas.  ¿Se imaginan tener como cubierta uno que diga “Sólo de nuestro trabajo podrán salir los recursos”? Vivir bajo semejante perogrullada no sería muy agradable, pero al menos se está a salvo de la lluvia.

    Volví y confirmé que la recuperación tardará años, que la esperanza escasea y que lo peor puede estar por llegar, cuando el entusiasmo de la ayuda pase. La policía ha recrudecido los controles en la carretera, para evitar el trasiego de mercancías hacia el mercado informal. Malas noticias para todos aquellos que dependemos, en gran medida, de los vendedores que tocan a nuestra puerta. Una intensa campaña contra el desvío de recursos, los precios altos en los mercados agrícolas y todo aquel que propale rumores negativos, nos advierte de lo que vendrá. Ya sabemos que esas ofensivas comienzan por atacar lo ilegal y evolucionan hasta restringir los pocos espacios de opinión y perseguir incluso a los vendedores de maní. La condición de “plaza sitiada” se acentúa, por lo que no me sorprenderían algunos ejemplarizantes procesos jurídicos en aras de “conservar el socialismo”.

    Estos dos huracanes nos han dejado atrapados en un cuadro que ya conocemos. El de un Estado que intenta resolver con centralismo, control, amenazas legales y mano dura lo que debería solucionar con apertura, espacio a la iniciativa privada, libertades y reformas.

     

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    Las noticias más importantes que aparecen en la prensa cubana no vienen con un título que delate su contenido. Bajo el calificativo de “Información a la población”, “Nota del Ministerio del Interior” o “Declaración del Consejo de Estado”, nos enteramos de los hechos más trascendentes. Este lunes ha sido el Granma el que –con letras inmensas– anunciaba una “Información a nuestro pueblo”. Rápidamente los viejitos compraron todos los periódicos en los estanquillos y subieron, a dos pesos, el precio de reventa de un ejemplar del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba.

    “Granma está autorizado a informar” confirmaba el rotativo, como en sus tiempos lo hicieran las páginas del periódico soviético Pravda. La expresión me hizo reparar en cuántas noticias le han ordenado no decir a nuestro diario de mayor tirada, y con qué disciplina ha cumplido esa orientación de callar. Me sacudí las reminiscencias estalinistas de la primera plana y pasé a la lectura. Después de un par de párrafos ya me quedaba claro que no sólo el diseño recordaba lo peor de la prensa rusa antes de la Glasnost, sino también el tono y las amenazas. Con la advertencia de que “cualquier intento de violar la ley o las normas de convivencia social recibirá una rápida y enérgica respuesta”, el editorial advierte a los especuladores, acaparadores o  vendedores del mercado informal del castigo que les espera.

    Confusión especial me ha dejado un pequeño párrafo que –en el centro de tan pravdiana composición- señalaba: “Así se actuará invariablemente ante tales hechos y contra toda manifestación de privilegio, corrupción o robo…”. Cómo podrá dar abasto la Fiscalía General de le República ante tantos privilegios, otorgados a la fidelidad ideológica, que abundan en esta Isla. Se incluirán en estos excesos que serán penalizados la casita en la playa en la que el teniente coronel vacaciona con su familia, la jabita con pollo y detergente que le dan al censor para que filtre las páginas web, el acceso a precios preferenciales que reciben los delatores y los “quebrantahuesos” de la Seguridad del Estado. Son esos los privilegios que veo a mi alrededor, pero no creo que Granma se haya lanzado en una cruzada contra ellos. Eso sería un acto de autofagia.

    “Amenaza a nuestro pueblo” debería titularse este texto, pues todos somos incluidos en las duras palabras que parecen estar destinadas sólo a los delincuentes. Lo leo así, porque quién en este país no traspasa la línea de la ilegalidad para comprar algo; qué ciudadano no depende del mercado negro; cuántas familias no viven del desvío de recursos ante la indigencia de sus salarios, cuáles son los mecanismos de distribución que no estén plagados de corrupción –tan repudiable, pero que el propio Estado ha tolerado, porque es una de las válvulas de escape para impedir la explosión social–. El fantasma de Pravda no es el único que he percibido con la lectura de este texto, sino el de la radicalización, la mano dura y el Estado de emergencia. Esa situación de constante batalla contra algo, en la que tan cómodamente parecen sentirse nuestros gobernantes.

     

     

     

    Salgo de la gripe tarareando un tema del cantautor habanero Erick Sánchez, que me dedicó en su último concierto y que hoy quiero compartir con ustedes. Una tonada pegajosa sobre aquellos que sólo saben esperar –con los brazos cruzados–  a que otros hagan algo. La canción ya tiene sus añitos, pero Erick le ha agregado una improvisación final que la acerca a estos tiempos de supuestas reformas y expectativas.

    Con este video, filmado por mí en el pequeño teatro del Museo de Bellas Artes, quiero poner algo de multimedia por primera vez en este  Blog. Sólo hemos tenido que “esperar” diecisiete meses para colgar algo de música, así que no ha sido tanto…

    Este sábado fui  otra vez a Pinar del Río y en el próximo post colgare algunas imágenes  y anécdotas que he visto por allá. Mientras, los dejo al ritmo de la improvisación de Erick Sánchez:

    Esperar, esperar, esperar
    A sin permiso viajar afuera
    Esperar, esperar, esperar
    Que pongan una sola moneda
    Esperar, esperar, esperar
    Y que lo hagan sin que te duela
    Esperar, esperar, esperar
    Y sin tanta preguntadera …

    •    Le dedico esta canción a Adolfo Fernández Saínz que concluyó su huelga de hambre la semana pasada, en la cárcel de Canaleta. Con su determinación y el apoyo de muchos que se sumaron a su reclamo, se logró que los carceleros devolvieran los libros retenidos.
    Adolfo, hermano, esta canción es ti y ojalá que no tengas que esperar mucho más.

     

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    El cómputo del desastre ha terminado y nuestros noticiarios parecen haber entrado en una etapa rosa, donde sólo hay espacio para las crónicas de recuperación y optimismo. Ni el lamento ni la duda tienen cabida entre tantos llamados a la confianza. Las opiniones y los rostros que se muestran en la tele son cuidadosamente seleccionados: sólo saldrán aquellos que tengan algo esperanzador que decir.  La frase “volver a la normalidad” es repetida por secretarios generales del Partido, por choferes de camiones cargados de tejas  y hasta por los propios damnificados. Se trata de borrar a toda costa el “ahora” para regresar al “antes” de los dos huracanes.

    Los cierto es que no creo que un mes atrás tuviéramos algo parecido a la “normalidad”. Es más, en las tres décadas que arrastro sobre mis hombros, no creo haber vivido en otra cosa que no sea lo anómalo.  A quienes pronuncian la palabrita, me gustaría preguntarles si ellos creen que es “normal” el Período Especial, el miedo a la opción cero, los discursos interminables, la Batalla de Ideas, los mítines de repudio, mis amigos armando una balsa para echarse al mar, el “hay pero no te toca, o te toca pero no hay”, las colas perennes, las promesas de cambio que no se concretan, las tierras ociosas, la idea de plaza sitiada donde disentir es traicionar, el hablar en voz baja, la paranoia a que todos puedan ser del Aparato, las restricciones a viajar, los privilegios de unos pocos, la dualidad monetaria, el adoctrinamiento en las escuelas, la falta de expectativas, las vallas con consignas que nadie cree y la espera, el aguardar, los sueños de que alguna vez todo pueda arribar a un punto cercano a la “normalidad”.

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    Hay quienes tienen una pared llena de diplomas o la camisa se les tensa bajo el peso de las medallas. Héroes que acumulan cicatrices y ciudadanos que acopiamos frustraciones. Para no quedarme atrás en esas manías generalizadas de coleccionar, trato de hacer mi propio muestrario de algo. Recopilo negativas de viajes, papelitos que repiten no puede salir “por el momento” y boletos de aviones aplazados. Todo eso con la misma compulsión que otros atesoran etiquetas de refresco o figuritas de cerámica.

    Cabecidura, como una lata de leche condensada, he vuelto a presentar mis papeles para visitar Europa. No conforme con el “no” que ya me habían dicho en mayo, regresé a la Oficina de Emigración y Extranjería del municipio Plaza. Esperé varios días, mientras la rotura de una máquina de pegatinas prolongaba una respuesta que ya intuía. Al final, alguien de verdeolivo me confirmó que la penalización sigue en pie. El correctivo, el arroz bajo las rodillas, es en mi caso la prohibición de salir de esta Isla. ¿No habrá aprendido Papá-Estado cuán fastidiosos se vuelven los niños que rara vez salen de casa?

    •    Les dejo aquí el segundo documento que, en menos de un año, da cuenta de mi condición de blogger cautiva.

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    Noche de sábado y acumulo bostezos frente a un aburrido thriller de policías y delincuentes. Suena el teléfono y es Adolfo, todavía tras las rejas desde que una pataleta del poder lo condenara en la Primavera Negra del 2003. Se le oye agitado. Unos carceleros, cuasi-analfabetos, le impiden recibir los libros y revistas que le llevó su esposa en la última visita. La lista de los “peligrosos” textos retenidos incluye las publicaciones católicas Palabra Nueva, Espacio Laical y unas reflexiones espirituales de San Agustín. Sus compañeros de causa, Pedro Argüelles Morán y Antonio Ramón Díaz Sánchez, se le han unido para presionar de la única forma que pueden: rechazar el magro sustento que ponen sobre sus bandejas. Hasta que no les dejen pasar el alimento de las letras, evitarán la insípida ración que los mantiene vivos.

    La desconfianza que provocan los libros entre los guardianes de la prisión de Canaleta me ha recordado al colombiano Jorge Zalamea y su poema-novelado “El Gran Burundún Burundá ha muerto”. Un dictador, temeroso del lenguaje articulado, condena a sus súbditos a un mundo sin comunicación y sin literatura. Para hacer que se cumpla su mandato de silencio, recluta a todos aquellos a quienes ofende la palabra. Convoca, para formar sus huestes de censores, a “los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación, a los que jamás se hablaron a sí mismos, (…) a los que pegan a las bestias y a los niños cuando no entienden sus miradas…”.

    Los peones que hoy retienen los libros de Adolfo forman parte de esas mismas falanges de interventores iletrados. Carceleros de la expresión, intuyen –tal y como lo comprendiera el Gran Burundún- que la condición humana y “la rebeldía que la sigue, tienen su fundación en la palabra articulada”. Sospechan que cuando Adolfo, Pedro y Antonio se sumergen en un ensayo o en un cuento los barrotes se esfuman, la cárcel se aleja y logran sacudirse sus enormes condenas. La “instrucción” recibida por los guardianes de las cárceles cubanas les alcanza para saber que un libro es algo extremadamente peligroso.

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    Se iba a llamar Gea y vendría a aliviarle a Teo la carga de ser el único niño de la casa. Con ella hubiera vuelto a preparar purecitos de malanga, hervir pomos en la noche y lavar tandas de pañales. Sólo que al pensarlo mejor, Gea se quedó en el deseo de otro hijo que no tuve. Me proyecté veinte años más adelante, con los mismos problemas habitacionales de hoy y con dos hijos casados que traerían a vivir a sus conyugues a nuestro apartamento. En un principio, los tres matrimonios trataríamos de mantener la armonía, pero las peleas llegarían inevitablemente.

    Nuestra casa sería como tantas, donde habitan varias generaciones y una sorda batalla se desarrolla cada día. El refrigerador quedaría dividido en tres zonas y las parejas harían el amor en voz baja, ante la proximidad de las otras camas. Llegarían los nietos a compartir la habitación con los abuelos –en este caso mi marido y yo– y a hacerles sentir que ya les estorban a los más jóvenes. Los niños pasarían una buena parte del tiempo en el pasillo o en la calle, a causa del poco espacio disponible en el hogar. Se harían adolescentes y buscarían pareja, nuevos potenciales inquilinos para esta casa a punto de reventar.

    Si antes de los huracanes Gustav e Ike, mi generación y la de Teo debían esperar cuarenta años más para tener una vivienda, ahora el plazo ha traspasado los límites de una vida humana. Junto a las tejas y las ventanas que se llevaron los vientos también salieron volando nuestros sueños de tener un techo propio. Donde no hay recursos para devolverle lo perdido a los damnificados, qué pueden esperar los que ni siquiera tenían algo.

    Sin sentimentalismos: Gea se ha esfumado del todo de mi vida, ahora sí que no habrá espacio para ella.

     

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    Agosto y septiembre han sido una prueba dura para las tan esperadas reformas económicas, que parecen haber naufragado antes de siquiera levar anclas. “Tienes que tener confianza en la gestión de Raúl Castro” me exhorta una amiga al ver mi persistente recelo. “Pronto se van a implementar nuevas medidas” me aseguró, la misma señora, hace casi tres meses. Ella pertenece al grupo de los que esperan que los gobernantes puedan solucionar nuestros actuales problemas –una buena parte de los cuales los han creado ellos mismos con sus prohibiciones absurdas–. Yo, soy del piquete de los escépticos.

    La duda me viene de algo que es “el pecado original” del gobierno de Raúl: que no ha sido electo por el pueblo, sino que es fruto de una sucesión sanguínea y dinástica. No fue escogido teniendo –al menos– un contrincante y, para mí, un nombramiento sin alternativa no es una elección.

    El actual Presidente no propuso un programa, no se comprometió ante sus electores y eso hace que no tenga que rendirnos cuenta. Las tan necesarias medidas pueden tardar un año o un quinquenio porque no le va en ello su puesto. Alcanzó, sin competidores, la tentadora manzana del poder. Ahora puede comérsela sin prisa, pues nuestros votos no han sido el camino que lo ha llevado a conseguirla.

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    Un personaje de cuello gordo y portafolio en mano aparece cada miércoles en el programa humorístico “Deja que yo te cuente”. El mismo espacio donde el profesor Mente Pollo –ya descrito en este Blog- suelta sus perogrulladas de sabio diletante. Lindoro Incapaz es el director de una empresa ineficaz y tiene un auto, con matrícula estatal, que jamás usa en beneficio de los trabajadores. Impecablemente vestido se acerca a sus subordinados y les advierte con ironía: “A mí me complace complacer”. Sus kilos de más y su elegante traje azul oscuro contrastan con el aspecto desaliñado y la improductividad de todo el taller “Bartolete Pérez”.

    Este prototipo de jefe ostenta una frase que ha logrado insertarse en el vocabulario popular. Justamente, el epíteto con el que se refiere al ineficiente, apático y mal pagado grupo de reparadores de electrodomésticos que él dirige. Con su sonrisa Colgate llega y les pregunta “¿Cómo está este aguerrido colectivo?” a la par que anuncia alguna tarea impostergable o un nuevo absurdo burocrático. Lindoro Incapaz no es la caricatura de un dirigente, sino la suma de muchos de ellos, el retrato con tonos humorísticos de los que tienen algo de poder.

    Por estos días he evocado frecuentemente al regordete director de empresa y su lenguaje triunfalista. En medio de una gripe, provocada por la lluvia que entró por todas las ventanas de mi casa, escuchaba en mi pequeño radio de dinamo a muchos Lindoros Incapaces. Hablaban precisamente de un “aguerrido colectivo”, donde yo sólo veo caras desesperadas. Llamaban a la calma y a la resistencia, desde sus cuellos gordos, desde sus autos secos. Algunos –los de más poder- sin personarse si quiera en los lugares del desastre y a través de una línea telefónica, intentaban hacer promesas tan huecas y vacías como las del personaje satírico.

    Nuestros Lindoros Incapaces no quieren reconocer que la situación de emergencia creada por Gustav e Ike no es sólo culpa de los fuertes vientos y las lluvias, sino también del desastre productivo y habitacional que arrastraba esta Isla desde antes. Hoy en la mañana, después de dos horas de cola, pude comprar cuatro libras de boniato y un pedazo de fruta bomba, sin ver en la fila a ningún espécimen de dirigente. Para la carne de cerdo, hay que sacar turnos en la madrugada. En las tiendas en pesos convertibles las neveras vacías apestan por los pollos y las carnes que se echaron a perder. El tema alimentario toca fondo y aunque mi casa soportó los vientos y en mi zona no hay grandes estragos, la gente sólo sabe preguntar por comida. La subida del precio del combustible ya provocó que los taxistas privados duplicaran sus precios, por el tramo que antes costaba diez pesos ahora debemos pagar veinte. Pero la tele no ve ese lado de la crisis, sino a un pueblo enérgico y “aguerrido”, que hace votos de confianza y esperanza ante las cámaras.

    ¿Qué harán los Lindoros Incapaces cuando las consignas, gritadas hoy frente a los periodistas, se vuelvan frases de descontento y protesta? ¿Se esconderán entonces –con una reserva de comida- en el interior de sus portafolios?

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    El meteorólogo principal de la televisión cubana, José Rubiera, anunció que ninguna nueva tormenta tropical o huracán se ha formado en el océano Atlántico. El alivio recorrió los más de ciento once mil kilómetros cuadrados de esta Isla. Al menos por unos días, el corredor de ciclones en que nos hemos convertido se tomará una pausa. No se ha disipado, con esa noticia climatológica, la pesadumbre y el desasosiego que tenemos ante el futuro inmediato. A pesar del triunfalismo que muestran nuestros telediarios, donde se habla de un “huracán de recuperación”, los cubanos estamos muy preocupados.

    Por una parte, se acaban de esfumar todas las ilusiones de quienes esperaban un repunte económico en los próximos meses. Nos estamos despidiendo incluso de algunos productos como el plátano, el mango, el aguacate, las viandas y los cítricos que demorarán años en retornar a sus –ya  elevados– precios actuales. Después de cuatro días sin electricidad y sin suministro de agua, los vecinos de los 144 apartamentos de mi edificio aguardamos por un suministro gratuito de agua potable y la distribución subsidiada de comida elaborada. Algunos ya han gritado por los balcones su inconformidad, a la que yo respondí con un provocador “!Viva Raúl!”, que casi me cuesta un linchamiento.

    Ni el mercado en pesos convertibles, con sus engordados precios, da abasto a la demanda de los habaneros desesperados. El huracán Ike ha puesto más en evidencia las profundas diferencias sociales entre los que pueden disponer de una reserva alimentaria, tablas y radio de baterías y aquellos que dependen exclusivamente de la gestión oficial. Los antecedentes de cómo se apaga con los meses la ayuda estatal a las víctimas de desastres naturales, hacen que las personas no quieran promesas, sino soluciones inmediatas. La voracidad por tomar ahora lo que mañana quizás ya no se oferte hizo que los habitantes de  un pueblo de Pinar del Río se liarán a machetazos para alcanzar las 100 tejas de asbesto cemento repartidas desde un camión.

    Falta humildad en quienes deberían hacer todo lo posible para dejar entrar la ayuda humanitaria a Cuba. Una medida muy bien recibida sería que la Aduana Nacional liberara de impuestos todos los kilogramos de medicinas, ropa y alimentos que los familiares emigrados quieran traer a la Isla. Sin embargo, en lugar de eso, los cubanos amanecimos en medio del ciclón con una subida del precio del combustible y de algunos productos de primera necesidad. Se rechazan ayudas sin contar con la opinión popular y se permiten inspecciones de unos a la par que se les niega a otros hacer lo mismo. La imagen de un  militar venezolano llegado a Cuba para “hacer una inspección de los daños” –palabras textuales– contrasta con los remilgos para aceptar algo similar de países de la Unión Europea (con excepción de España y Bélgica) o de Estados Unidos.

    Las preguntas del momento son: ¿Cuál es la prioridad del gobierno cubano: los principios políticos o el bienestar de los que han perdido todo? y ¿Qué prefiere el gobierno norteamericano: cumplir el requisito formal de la inspección, o que el auxilio llegue a los damnificados? Los ciudadanos no vamos a esperar a que ambos gobiernos se pongan de acuerdo. La diplomacia popular les puedes dar la sorpresa de actuar más rápido y con más eficiencia.

    Los que tienen el plan de viajar en los próximos meses a Cuba y quieran dar su ayuda solidaria, les recomiendo transportar en su equipaje algunos kilogramos para entregar directamente a los damnificados. Aunque todo puede ayudar a estas familias que han perdido sus posesiones, hay ciertos objetos y recursos que son prioritarios:
    • Pastillas para potabilizar agua.
    • Vitaminas, todo tipo de analgésicos, termómetros, curitas, sales de hidratación oral, jeringuillas desechables, algodón, spray para asmáticos, aspirina, paracetamol e hilo de sutura.
    • Ropa de todo tipo, incluso ropa interior y zapatos.
    • Material escolar, especialmente libretas y lápices.
    • Baterías recargables, linternas y radios portátiles.
    • Elementos de aseo: jabón, dentífrico, champú y cepillos de dientes.
    • Ropa y objetos para bebé. Recuerden que hay niños que se han quedado sin siquiera un biberón.

    Una recomendación a tener en consideración: es preferible,siempre que sea posible, hacer llegar la ayuda directamente a los necesitados. Entrega personal o a través de amigos es lo más seguro.

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    La Habana estaba ya en fase de alerta ciclónica cuando regresé el domingo después de un periplo por Pinar del Río. Pocas veces me he alegrado tanto de ver los puentes elevados de la calle 100 y Boyeros, como después del desfile de estructuras destruidas que percibí en el occidente. A ambos lados de la carretera se podía comprobar el lugar por donde pasaron los vientos superiores a 200 kilómetros por hora, justamente en la zona entre Los Palacios y San Diego. La vegetación seca, doblada en la dirección de las rachas más fuertes y cientos de casas sin techo o en el piso. Hasta el resistente marabú sufrió con el huracán, más que con todos los publicitados planes para eliminarlo.

    Gente llorando su suerte, con la casa en el piso y las fotos de la infancia destruidas por el agua. Un bicitaxista mandó a sus hijas a casa de una tía, porque no tenía dinero para pagar el costo de 9.70 pesos que exhibe cada teja de asbesto cemento distribuida a los damnificados. Desolación y duda ante un futuro que ya tenía tonos sombríos, pero que ahora se tiñe –con razón– del peor de los ocres. Cosechas en el piso, sin ninguna compañía aseguradora que responda por ellas. Efectos electrodomésticos comprados en el mercado informal que ni siquiera pueden ser declarados como perdidos, pues para el Estado nunca existieron.

    La indefensión del ciudadano ante estos eventos climatológicos es apabullante. Un martillo cuesta prácticamente el salario de un mes y disponer de tablas y clavos es un lujo del que pueden hacer uso unos pocos. Sólo queda una opción cuando llegan los ciclones: evacuarse y dejar las pertenencias más voluminosas a merced del temporal. Lo más difícil de procesar para los que queremos ayudar es la ausencia de un camino civil que haga llegar las donaciones a las víctimas. Las estructuras de distribución del Estado no pueden despojarse de la indolencia y la mala organización que muestran en el resto de las actividades económicas. El camino de las Iglesias es escogido por muchos, pero le falta infraestructura y personal para llegar a todas partes.

    La tarde de ayer domingo conversamos con los integrantes del equipo de Convivencia y otros miembros de la incipiente sociedad civil pinareña, sobre cómo llevar ropa, comida y medicinas a los perjudicados. Desafortunadamente, todas las posibilidades han sido desmontadas a lo largo de años en que los ciudadanos cubanos hemos perdido nuestra autonomía ante un Estado sobreprotector y autoritario. Si un grupo de personas pudiera acopiar ayuda, el problema sería trasladarla hacia las zonas de desastre y repartirla sin que una delación los haga terminar detenidos. De ahí, que la iniciativa más viable es el envío de dinero en efectivo, por parte de los familiares emigrados, a sus parientes en Cuba. Los que residimos en la Isla, y queremos echar una mano, debemos personarnos en las áreas devastadas y entregar directamente allí nuestras donaciones. “Cualquier cosa ayuda” me dijo un señor hipeando de la tristeza, mientras me enseñaba su casa –ya paupérrima antes del ciclón– y ahora en el suelo.

     

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