Search
English | Español | Deutsch | Русский
 
 Nosotros
Panorámica
Personal
 
Contenido
Transmisiones
Artículos
Documentos
Libros
 
Enlaces
Prensa
Organizaciones
 

 

 
 

 

                                               Generación Y

                  

                                                Yoani Sánchez

                                


  •  

                    pioneritaeng2                                               

    Yoani Sánchez
    Licenciada en Filología. Reside en La Habana y combina su pasión por la informática con su trabajo en el PortalDesde Cuba.

    yoani.sanchez@gmail.com

    -------------

     

    Sin fanfarrias, pero sin resultados

    Imagen tomada de adn.es

    El acto por el 26 de julio comenzó temprano, temiéndole a las lluvias vespertinas y huyendo del sol que provoca picor en la nuca y molestias en el auditorio. Tuvo esa solemnidad que ya es inherente al sistema cubano: pesada, anticuada, por momentos polvorienta. Nada parecía salirse del guión si no fuera porque Raúl Castro no subió al podio, no se dirigió a una nación que aguardaba por un programa de cambios. Su ausencia del micrófono no debe leerse como la intención de descentralizar responsabilidades y permitirle a otro hacer uso de la palabra en tal conmemoración. El general no habló porque no tenía nada que decir, no lanzó un paquete de reformas pues sabe que con ellas se juega el poder, el control que su familia ha ejercido durante cinco décadas.

    En los discursos anteriores -por esta misma fecha- las frases del segundo secretario del PCC habían creado más confusiones que certezas, así que esta vez evitó que los analistas de uno u otro lado lo reinterpretaran. Ya bastantes dudas trajeron sus augurios en 2007 sobre el acceso masivo a la leche, el pronóstico incumplido de no tener listo el acueducto de Santiago de Cuba y la desafortunada frase de “sólo soy una sombra” con la que comenzó su arenga el año pasado. Quizás también por eso prefirió callar y dejar la alocución al hombre más inmovilista de su gobierno: José Ramón Machado Ventura. Unas premonitorias salvas de artillería estremecieron la Ciudad de La Habana, justo cuando el primer vicepresidente se acercó a la tribuna e inició una arenga plagada de lugares comunes y declaraciones de intransigencia.

    En referencia a las impostergables medidas a aplicar en la economía y la sociedad, Machado Ventura aclaró que se harán “paso a paso al ritmo que determinemos nosotros”. La vieja confusión de la primera persona del plural, la conocida anfibología de lo aparentemente consensuado. El ritmo, la velocidad y la profundidad de esas ansiadas aperturas se decide en un pequeño grupo que tiene mucho que perder si las aplica y tiempo que ganar si las dilata. Habrá quienes digan que este silencio de Raúl Castro se inscribe en su estrategia de no desplegar demasiadas fanfarrias. Pero, más que discreción política, lo de hoy es puro secretismo de estado. No hacer compromisos públicos con los cambios, no implicarse visiblemente en una secuencia de transformaciones puede ser la manera de advertirnos de que éstas no obedecen a su voluntad política, sino a un desespero momentáneo que –piensa él- terminará por pasar. Al no pronunciarse, nos ha enviado su mensaje más completo: “no les debo explicaciones, ni promesas, ni resultados”.

     

    A la espera de órdenes

     

    damasdeblanco

    Una conocida de mi madre –que vive muy cerca de una Dama de Blanco– le cuenta que les han bajado orientaciones de no agredir a estas mujeres de ropa clara y gladiolos en las manos. La misma señora, que hasta hace poco ponía un rictus de desagrado cuando contaba sobre las misas en Santa Rita y las peregrinaciones por la 5ta Avenida, hoy está a punto de estrecharle la mano a Laura Pollán y pedirle un autógrafo. Quizás aquella otra vecina que gritó, en marzo pasado, ante la tele nacional: “¡La gusanera está revuelta!”, ahora se muestre confundida y aguarde por nuevas órdenes para volver a vociferar. Los mecanismos de la falsa espontaneidad han quedado al descubierto con esta tregua: lo fabricado de aquella supuesta respuesta popular se confirma con esta interrupción de las agresiones.

    Desde el punto de vista del discurso oficial, las personas que han sido excarceladas en las últimas semanas estaban merecidamente presas. Usando este argumento y ciertas conocidas presiones, fueron movilizados los militantes del partido y los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución para que participaran en los llamados “mítines de repudio” donde escupían, insultaban y zarandeaban a las Damas de Blanco. Ahora, los briosos alborotadores que acudían a “defender la revolución ante los mercenarios a sueldo del imperialismo” deben estar esperando alguna explicación que justifique las excarcelaciones. Sería interesante entrar a una reunión de un núcleo partidista para ver qué secreta revelación les hacen, porque si no terminarán por verse a sí mismos como  títeres de ocasión a los que se les azuza un día y al otro se les manda a callar.

    La conocida de mi madre no esconde su desconcierto: “A éstos no hay quien los entienda. Ayer nos llamaban a insultarlas y hoy no se les puede tocar ni un cabello”. Lo cierto es que aquí, donde parecía que nunca iba a pasar nada, estamos de pronto en la situación de que puede ocurrir cualquier cosa. ¿En qué punto comenzó a cambiar la historia? Tal vez en la húmeda, oscura y pestilente celda de castigo donde Orlando Zapata Tamayo decidió inmolarse, o en la estéril y refrigerada sala de terapia intensiva donde Guillermo Fariñas ratificó su decisión de morir si no había liberaciones, o en las calles habaneras, en las que unas indefensas mujeres desafiaron un poder omnímodo gritando la palabra libertad, donde no la había.

    • La tregua – breve y frágil– parece estar circunscrita a la Ciudad de La Habana, pues en Banes Reina Tamayo sigue siendo víctima de los mismos métodos.

    Capitolio o casa de murciélagos

    -Foto de Orlando Luis Pardo

    Foto: Orlando Luis Pardo Lazo

    Logré colarme por las escaleras cuando los trabajadores iban hacia el comedor a engullir el almuerzo. Era el verano de 1992 y la tentación de subir hasta la cúpula del Capitolio fue más fuerte que la advertencia “no pase” escrita en letras rojas. Arriba, las telarañas, los apuntalamientos y el descorchado de las molduras alternaban con objetos cubiertos de polvo. Desde la altura miré hacia abajo, donde un brillante falso marca el kilómetro cero de la carretera nacional.

    El Capitolio de La Habana ha sido humillado por su pasado, castigado por parecerse tanto al de Washington y avergonzado por haber abrigado –una vez– al congreso. Como símbolo de esa república satanizada por la propaganda oficial, el imponente edificio ha padecido la suerte del castigado. Se radicó en su interior la Academia de Ciencias, que llenó de tabiques los amplios espacios, y un vetusto museo con animales disecados fue ubicado justo debajo del hemiciclo. Varias bandadas de murciélagos acamparon en su interior, salpicando con heces las paredes y creando huecos en las florituras del techo. Los recovecos y esquinas de la fachada se convirtieron en el urinario más popular en varias manzanas a la redonda.

    Hace unos años se corrió la voz de que un millonario italiano había donado un sistema de luces para esta joya arquitectónica. Poco a poco los bombillos se fueron fundiendo y el coloso de piedra y mármol volvió a quedar a oscuras. Para sorpresa de quienes ya lo dábamos por condenado, recién han colocado a su alrededor unas vallas anunciando la restauración del majestuoso inmueble. Ojalá las reparaciones no duren más que los breves años de su construcción y el capitolio llegue a ser –algún día– el lugar del Parlamento cubano: un soberbio edificio para albergar auténticos debates.

    interior_capitolio
     

    Heraldos del fin

     

    colmillos

    Salto de la cama, hay un altoparlante que brama allá afuera. No entiendo qué dice, pero me lavo la cara como si fuera la última vez. Tal vez sea el comienzo de la guerra que tanto han anunciado en los últimos días. Mi hijo duerme hasta tarde y tengo el deseo de despertarlo para advertirle, pero no comprendo las palabras lanzadas por esa camioneta que ya se aleja hacia la avenida.

    ¿Cuándo van rendir cuentas quienes nos atemorizan? Esos que se han pasado décadas sacudiendo frente a nuestros rostros el fantasma del cataclismo. Es muy cómodo pronosticar y clamar por la guerra cuando se tiene un búnker, soldados, un chaleco antibalas. A esos heraldos del fin les vendría bien estar aquí, entre el zumbido de la bocina y el hijo que abre los ojos y pregunta asustado “¿Mami, qué pasa que hay tanto ruido?”

    La exclusión, la verdadera contrarrevolución

     

    mundo_maravilla

    El término “revolucionario” tiene en la Cuba actual un significado bien distinto al que encontraríamos en cualquier diccionario de la lengua española. Para merecer semejante epíteto basta con mostrar más conformismo que sentido crítico, optar por la obediencia en lugar de la rebeldía, apoyar lo viejo antes que lo nuevo. Para ser considerado un hombre de la causa se requiere administrar el silencio convenientemente y ver desfilar arbitrariedades y excesos sin señalar a los más altos responsables. Aquella palabra que una vez hizo pensar en rupturas y transformaciones ha involucionado hasta convertirse en un mero sinónimo de “reaccionario”. Paradójicamente, quienes creen salvaguardar la esencia  de la “revolución” son precisamente los que muestran un mayor inmovilismo político y promueven –con más ojeriza- el castigo a los reformistas.

    Tales mutaciones semánticas las aprendió a fuerza de sufrirlas Esteban Morales, quien hasta hace poco gozaba del privilegio de aparecer -en vivo- frente a los micrófonos televisivos. Militante del Partido Comunista, académico y especialista en temas relacionados con Estados Unidos, tuvo la peligrosa ocurrencia de escribir un artículo contra la corrupción. Sus cuestionamientos no estaban dirigidos principalmente al desvío de recursos de cada día, ese que hace a muchas familias cubanas poder llegar a fin de mes, sino a la descomposición ética que se ha instalado más arriba, en los estamentos del poder, donde se malversa a manos llenas. Tuvo la desafortunada ocurrencia de poner por escrito que “hay gentes en posiciones de gobierno y estatal, que se están apalancando financieramente, para cuando la Revolución se caiga”. Aunque se trata de una conclusión a la que se arriba con sólo mirar el grueso cuello de los gerentes, los lustrosos  autos Geely de los funcionarios de la corporación CIMEX o la altas verjas que rodean las casas de los jerarcas comerciales, Morales consumó la osadía de señalarlo desde dentro del propio sistema.

    Imbuido por las convocatorias a la crítica constructiva, a llamar las cosas por su nombre y a hablar a camisa quitada, Esteban Morales creyó que su texto sería leído como la sana preocupación de quien quiere salvar el proceso. Olvidó que otros con similares intenciones ya habían sido etiquetados como fraccionarios, manipulados desde afuera, adictos a las mieles del poder y desviados ideológicos. Por menos que eso han perdido su empleo periodistas, su plaza en la universidad estudiantes y han sido estigmatizados economistas, abogados y hasta agrónomos. Una vez sancionado con la separación indefinida de su núcleo del PCC, el otrora confiable profesor ha comenzado un camino que bien sabemos dónde comienza pero no dónde termina. La experiencia dice que nunca se desanda en sentido contrario la ruta del sancionado. Los defenestrados terminan por percatarse de que aquellos a quienes ellos consideraban el “enemigo”, pudieron ser alguna vez personas imbuidas de la acepción primigenia del vocablo “revolución”.

    ------------

    El primer sorbo de agua +-

    cocoagua

    Después de 134 días sin probar alimentos sólidos y sin tomar ni un sorbo de líquido, Guillermo Fariñas llevó a sus labios un vaso plástico de color rojo y bebió un poco de agua. Eran las dos y 15 minutos de la tarde del jueves 8 de julio y del otro lado del cristal de la sala de Terapia Intensiva donde está ingresado, decenas de amigos que lo observaban se pusieron a aplaudir como si hubieran sido testigos de un milagro.

    Fariñas ha ganado una batalla pero todavía sostiene un duro combate contra la muerte, porque el terreno donde han tenido lugar las acciones de esta singular beligerancia ha sido su propio cuerpo, que es en fin de cuentas el único espacio que encontró disponible para llevar a cabo su campaña. Sus intestinos son ahora como conductos de un papel muy frágil destilando bacterias por los poros, su vena yugular está semi obstruida por un trombo que si llegara a desprenderse pudiera alojarse en el corazón, el cerebro o los pulmones; o más exactamente, en su corazón, en su cerebro, en sus pulmones. Ha tenido que enfrentar en cuatro ocasiones infecciones con estafilococos áureos y en las noches un agudo dolor en la ingle apenas le permite dormir.

    Su esófago apergaminado no esperaba aquel primer sorbo de agua. Le produjo un dolor tan profundo en el pecho que por un instante sospechó que estaba sufriendo un infarto, pero lo soportó en silencio. Del otro lado de su pieza encristalada estaban observándolo expectantes aquellos que durante días habían sostenido una vigilia en las afueras del hospital orando por su vida y otros que habían llegado desde muy lejos hasta la mitad de la isla para pedirle que terminara su martirio y para ser testigos de su victoria. No quiso aguarles la fiesta a los jubilosos colegas que aplaudían el triunfo de su causa y convirtió en sonrisa el gesto de dolor.

    La familia de Guillermo Fariñas me permitió cuidarlo en esa, su primera noche después de finalizar la huelga y él me consintió ser testigo de su sufrimiento, de sus menudas malacrianzas, de sus humanas debilidades. Sólo entonces descubrí al verdadero héroe de esta jornada.

    coco2

     

    coco3

    coco4

    coco1

    El avión de Moratinos

     

    moratinos-y-castro

    Imagen tomada de cubamatinal.es

    Mucho se especula en estos días sobre las posibles excarcelaciones de presos políticos. La prensa oficial –como siempre- adormilada entre cifras de crecimiento y viejos discursos sacados de los archivos, no confirma ni desmiente esos rumores. Una meticulosa lectura de Granma arroja que el canciller español ha venido para condenar el bloqueo, hablar del cambio climático e intentar quitar la posición común de la Unión Europea hacia el gobierno de Cuba. Si nos dejáramos llevar por lo que dicen los locutores de voz engolada y corbatas a rayas, aquí no está pasando nada… o casi nada. Pero todos sabemos que algo se mueve en la oscura zona de la diplomacia, en ese terreno de la alta política que se teje de espaldas al pueblo.

    Los murmullos vienen y van. En ellos, a la palabra “liberación” se le ha ido pegando un término de connotaciones infames: “deportación”. “Saldrán directo de las prisiones hacia los aviones” me dijo un señor que se la pasa con la oreja pegada al radio, escuchando la emisora prohibida que llega desde el Norte. La expatriación forzosa, la expulsión, el exilio, han sido prácticas habituales para deshacerse de los inconformes. “Si no te gusta te vas”, te repiten desde chiquito; “arranca y lárgate”, vuelven a espetarte si insistes en quejarte; “¿para qué volviste?”, recibes como saludo si osas regresar y seguir señalando lo que no te gusta. Habilidad en librarse de los incómodos, pericia para empujar fuera de la plataforma insular a quienes se le oponen, en eso sí que son diestros nuestros gobernantes.

    Tendría que ser muy grande el avión de Moratinos para poder llevarse en él a todos los que  les estorban a los autoritarios del patio. Ni un Jumbo alcanzaría para trasladar a aquellos que potencialmente tienen el riesgo de ir a prisión por sus ideas y por su accionar cívico. Una verdadera línea área con vuelos semanales se necesitaría para sacar a quienes no están de acuerdo con la gestión de Raúl Castro. Pero resulta que muchos no queremos irnos. Porque la decisión de vivir aquí o allá es algo tan personal como seleccionar pareja o ponerle nombre a un hijo, no se puede permitir que tantos cubanos se encuentren entre la pared de la prisión y la espada del destierro. Es inmoral forzar a la emigración a quienes sean liberados –posiblemente- en los próximos días.

    Una simple y lógica pregunta salta cuando pensamos  en este tema: ¿No sería mejor que se los llevarán en ese avión a “ellos”?

     

    PS. Comunicado del Arzobispado de La Habana aquí

    Que me quiten de la lista

     

    escalera

    Alcancé a escuchar un trozo de conversación entre dos enfermeras en un policlínico cercano a mi casa. “La semana que viene publican la lista…” decía una de ellas, mientras la otra ponía cara de alarma y le respondía algo que no conseguí oír. Unos metros más adelante, un taxista comentaba por su teléfono móvil “Me salvé, porque hay un montón de choferes en la lista, pero yo no estoy”. El asunto empezó a intrigarme. Aunque en esta Isla sobran las enumeraciones y los inventarios –en algunos aparecemos metidos a la fuerza y a otros no nos dejan ni asomarnos– uno de ellos está inquietando especialmente a mis compatriotas. He sabido que se trata del listado de quienes quedarán desempleados, hojas llenas con los nombres de esos trabajadores que sobran en cada plantilla.

    Alrededor del 25% de la fuerza laboral actual podría quedarse en la calle ante las reducciones de personal que ya se están aplicando. Algunos empleados han sido avisados una semana antes de que su empresa no tiene dinero para seguirles pagando y se han ido al paro sin garantías salariales que les permitan sostenerse hasta encontrar otra ocupación. Ante la disyuntiva de retornar a sus casas o trabajar en la agricultura y la construcción, la mayoría opta por sumergirse en la vida doméstica a la espera de nuevas oportunidades. Sacan la cuenta de que haciendo una labor de manicure ilegal o preparando comida por encargo, pueden tener mejores dividendos que doblando la espalda sobre un surco o levantando paredes de bloques.

    El tema de los despidos es preocupación compartida hoy por todos los cubanos, pues al menos un miembro de cada familia será afectado por los recortes. Sin embargo, la prensa oficial sólo habla de las cesantías en Grecia y en España, narra los llamados a la huelga general en Madrid y el colapso económico en Atenas. Los rumores populares se nutren, mientras tanto, de historias personales de quienes ya han aparecido mencionados en las temibles listas. En los centros de trabajo, los empleados se amontonan frente a los murales, recorren con el dedo índice el papel a la espera de toparse con sus propios nombres. Ninguno podrá salir a la calle a protestar por lo que le ha ocurrido, ni aparecerá en esa tele que sólo menciona el desempleo cuando ocurre a miles de kilómetros de aquí.

    Post relacionado: Plantillas infladas

    -----------

    El horror desde la dulzura

     

    cartas_desde_birmania

    Por esos azares de la vida me encontré las “Cartas desde Birmania” de Aung San Suu Kyi en una librería habanera. No las hallé en uno de esos sitios –regentados por algún particular– que comercializa libros de usos, sino en un local estatal que vende coloridas ediciones en moneda convertible. El pequeño ejemplar con la foto de ella en la portada, estaba mezclado entre los manuales de autoayuda y los volúmenes con recetas de cocina. Miré a ambos lados de los anaqueles para comprobar si alguien había puesto aquel libro allí justo para mí, pero las empleadas dormitaban en el sopor del mediodía y una de ellas se sacudía las moscas de la cara sin prestarme ninguna atención. Compré la valiosa compilación de textos escritos por esta disidente entre 1995 y 1996, aún bajo el efecto de la sorpresa que me producía el haberlos encontrado en mi país, donde habitamos –como ella– bajo un régimen militar y en medio de una fuerte censura a la palabra.

    Las páginas con las crónicas de Aung San Suu Kyi, donde se mezcla la reflexión, la cotidianidad, el discurso político y las interrogantes, apenas si han descansado en las estanterías de mi casa. Todos quieren leer sus sosegadas descripciones de una Birmania marcada por el miedo, pero también inmersa en una espiritualidad que hace más dramática su situación actual. En pocos meses –desde que encontré las Cartas– la prosa límpida y emotiva de esta mujer ha influido en la manera en que miramos nuestro propio desastre nacional. Esa cuerda de esperanza que logra trenzar junto a sus palabras da como resultado un pronóstico optimista para su nación y para el mundo. Nadie como ella ha podido describir el horror desde la dulzura, sin que el grito se adueñe de su estilo y el rencor se le suba a los ojos.

    No he dejado de preguntarme cómo los textos de esta disidente birmana llegaron a las librerías de mi país. Quizás en un compra al por mayor se deslizó la inocente portada, donde una mujer achinada exhibe unas flores –tan bellas como su rostro– prendidas detrás de la oreja. Quién sabe si creyeron se trataba de alguna escritora de ficción o de poesía que recreaba los paisajes de su país desde el esteticismo y la nostalgia. Probablemente quienes lo colocaron en aquel anaquel no sabían de su arresto domiciliario, ni del premio Nobel de la Paz que tan merecidamente obtuvo en 1991. Prefiero imaginar que al menos alguien fue responsable consciente de que su voz llegara hasta nosotros. Un rostro anónimo, unas manos apresuradas pusieron su libro a nuestro alcance, para que al acercarnos a ella pudiéramos sentir y reconocer nuestro propio dolor.

    El arte de la Convivencia

     

    convivencia-portada

    Ayer fue día de carretera. Dos horas hacia Pinar del Río y en la noche volver sobre el camino de asfalto que separa a esa ciudad y a la ruidosa Habana. El viento colándose por la ventanilla y haciendo mi pelo una maraña, el estremecimiento en la nuca cada vez que el auto se topaba con un bache y ese susto que da la autopista oscura y mojada, salpicada por puntos de control de la policía. Pero sólo fueron molestias transitorias, que quedan olvidadas cuando evoco el patio de Karina abarrotado por los miembros y los amigos de la revista Convivencia. Anoche se anunciaron los resultados del concurso organizado por esa publicación, que galardonó obras en las categorías de ensayo, guión audiovisual, poesía, narrativa y fotografía.

    Reinaldo y yo formamos parte del jurado, junto a Ángel Santiesteban, Maikel Iglesias y Orlando Luis Pardo. En la tarde,  deliberamos sobre los textos e imágenes que habíamos valorado por separado durante semanas y que venían –algunos de ellos– bajo seudónimos sacados de la mitología griega. Al abrir los sobres con los nombres reales de los concursantes, nos alegró saber que entre los premiados no sólo había conocidos autores sino también jóvenes que por primera vez mandaban sus trabajos a un certamen. Cerca de las nueve se hicieron públicos los ganadores, en el único trozo de patio que la Reforma Urbana no le confiscó a la familia de Karina. Frente al muro levantado hace meses por los interventores, sonaron frases que tenían carácter de cincel, de barrena que traspasa cualquier tapia. Por un par de horas fue como si la fea muralla de ladrillo y planchas de zinc no estuviera allí, como si la hubiéramos echado abajo con palabras.

    Ganadores del concurso Convivencia:

    -          Premio al mejor libro de cuentos para Francis Sánchez Rodríguez por “La salida”.

    -          Premio al mejor ensayo para Dimas Castellanos Martí por “Utopía, retos y dificultades en la Cuba de hoy.

    -          Premio al mejor cuaderno de poesía para Pedro Lázaro Martínez Martínez “Esto no es un arte poética…”.

    -          Premio al mejor guión audiovisual para Henry Constantin Ferreiro por “Cuando termina el otro mundo”.

    -          Premio al mejor tríptico fotográfico para Ángel Martínez Capote por “Impotencia”.

    Los abuelos descansan en mi jardín

     

    cruz

    Un jarrón de color azulado se destaca desde hace un par de días entre las plantas de nuestro jardín, a catorce pisos de altura. Aún no tenemos una idea clara de qué vamos a hacer con las cenizas de mis abuelos. Por el momento, están cobijadas entre los helechos y la sombra de una estirada yagruma que sobresale más allá del muro del balcón. Mi madre logró –después de apelar a varias amistades y de estimular materialmente a los funcionarios indicados– cremar a sus padres que yacían en un panteón público del Cementerio de Colón. Terminada la acción del fuego, el resultado fue a parar al interior de un recipiente de barro al que se le nota –en cada centímetro– que contiene los restos de una persona.

    Dentro del ánfora están Ana y Eliseo, los dos abuelos junto a los que nací y crecí en una cuartería de Centro Habana. Ella lavaba y planchaba para la calle, él trabajaba en el ferrocarril y fumaba su pipa frente a las dos curiosas niñas que éramos mi hermana y yo. Semianalfabetos los dos, habían levantado una pequeña familia a golpe de batea y jabón, de pico y pala sobre la línea del tren. Ambos exhibían esa mezcla de genio y autoridad que nos hacía quererlos y temerles. Tenían sangre asturiana y canaria, quizás por eso a “Papán” le deleitaban los guateques campesinos y a Ana en el barrio todos la apodaban “la gallega”. Sus máximas posesiones eran un escaparate y una cama de caoba y la vitrina con copas que nunca pudimos usar porque eran sólo para adornar la diminuta sala-comedor-dormitorio.

    El abuelo murió el mismo año del éxodo del Mariel. Su corazón estaba acolchado en la grasa de los chicharrones de cerdo que tanto le gustaban. Se fue en paz y dejó a Ana bajo su nueva condición de viuda, al menos durante cinco años. La partida de ella fue mucho más triste: estaba sentada en la silla equivocada en la cafetería El Lluera, cuando un par de borrachos entró tirando botellas y una la alcanzó en la frente. La etapa de tener abuelos se nos acabó pronto. Adiós a las malcriadeces, a las medias remendadas por unas manos diestras y a la leche tibia llevada hasta la cama. En todo este tiempo nunca fui a ver sus tumbas, para que el granito gris no reemplazara los recuerdos que tenía de ellos. Hoy –testarudamente– han retornado junto a mí, en un pequeño jarrón tan sencillo y efímero como sus propias vidas.

    ---------------

    Cuando la letra se parece al polvo

     

    autoviejo

    Durante varios días repasé a mi hijo para sus exámenes finales de la secundaria. Desempolvé mis nociones sobre funciones cuadráticas, fórmulas para calcular el área total de una pirámide y descomposición factorial. Después de más de veinte años sin tropezarme con esas complejidades de las matemáticas, reconecté neuronas en aras de ayudarlo a prepararse y así evitarme el pagar el alto precio de un maestro particular. Más de una vez –durante esas jornadas de estudio– estuve a punto de renunciar ante la evidencia de que los números no son mi fuerte. Pero resistí.

    Sólo cuando Teo regresó de su prueba más difícil diciendo que había salido bien me sentí aliviada, pues muchos de sus colegas de aula están en peligro de repetir el grado. La razón es que en tres años en la enseñanza media estos estudiantes han visto desfilar ante sí tres diferentes métodos evaluativos. Les ha tocado padecer también la falta de preparación de los llamados maestros emergentes y las largas horas de clases impartidas por un televisor. Desde hace dos cursos, el grupo donde está mi hijo no tiene profesor de inglés ni de computación y la asignatura de educación física es una hora correteando –sin supervisión– por el patio de la escuela. La falta de exigencia y la mala calidad educativa han llevado a los padres a poner los parches del conocimiento en las innumerables lagunas que les van quedado.

    Afortunadamente, la escuela de Teo no es de las peores. Aunque el olor del baño se pega en las paredes y en la ropa, porque nadie quiere trabajar como auxiliar de limpieza por la miseria que pagan, al menos no hay tantas arbitrariedades como en otros colegios habaneros. Tampoco –y eso es un alivio– se compran y se venden calificaciones, práctica cada vez más común en los centros docentes. Los maestros que ha tenido, a pesar de estar mal preparados, son personas de carácter afable a los que la comunidad de padres hemos intentado ayudar. En comparación con los problemas que tiene una amiga, con una hija en un tecnológico, nosotros podríamos sentirnos felices del estado moral de la secundaria de nuestro retoño. Según me cuenta ella, el intercambio de sexo entre las adolescentes y sus profesores se ha constituido en maña habitual para tener un aprobado. Cada examen tiene una tarifa y pocos se mantienen incólumes ante la tentadora oferta de un teléfono móvil o de un par de tenis Adidas a cambio de una nota de sobresaliente.

    He evitado tocar este espinoso asunto del deterioro del sistema educativo por el temor –lo confieso– de que mi hijo se viera afectado a causa de los criterios de su madre. Durante los tres años que él ha estado en la secundaria básica, apenas si he deslizado un par de críticas sobre el estado de la infraestructura escolar, pero ya no aguanto más. Ellos serán los profesionales del mañana, los médicos que tendrán nuestros cuerpos sobre una mesa de cirugía, los ingenieros que levantaran nuestras casas, los artistas que intentaran alimentarnos el alma con su creación y esta pésima base formativa pone todo eso en riesgo. No sigamos conformándonos con que al menos mientras están en un pupitre los niños no vagan por las calles a merced de otros riesgos. Entre las paredes de las aulas pueden estarse fomentando vicios muy graves, deformaciones éticas permanentes e incubando una mediocridad de proporciones alarmantes. Ningún padre debe quedarse en silencio ante eso.

    Entrevistas a Dr. Darsi Ferrer y a Juan Juan Almeida

     

    Saludos de Darsi Ferrer para los bloggers cubanos:

    Las grabaciones son cortesía del periodista independiente José Alberto Álvarez

    Se alquila un poco de emoción

    presentation1

    Imagen tomada de: http://telenovelas-carolina-esp.blogspot.com/

    El hombre entró en la pequeña librería El Cóndor cuya vidriera está orientada hacia el muro que bordea la universidad de Zürich. “Busco libros de Corín Tellado” musitó por lo bajo y yo salté frente al ordenador en el que tecleaba los últimos títulos llegados desde Buenos Aires, Madrid o México D.F. En su voz se sentía aún el acento habanero, tal vez porque llevaba poco tiempo en contacto con el dialecto suizo-alemán que terminaría por darle otra cadencia a sus palabras. Dijo que era del barrio de La Víbora y que también necesitaba –con urgencia- unas revistas españolas al estilo de Hola.

    María Mariotti –la dueña del local- se le acercó para explicarle que no tenía ni lo uno ni lo otro, pero que podía pedirlo a las distribuidoras. ¿Qué títulos quieres? indagó la pequeña mujer mitad peruana y otro tanto japonesa. “Todos los que se puedan conseguir. Son para mi mamá que vive de ellos” -declaró él- tratando de justificar su insistente interés por las novelas rosas. Contó que a falta de remesas para enviar a Cuba, cada mes trataba de hacerle llegar a su familia algunas publicaciones que se pudieran alquilar a otras personas. El incipiente negocio consistía en rentar revista como Vanidades o Gente,  por cinco pesos cubanos, a una amplia comunidad de lectores que ansiaban tener nuevas ediciones. Los clientes podían quedarse una semana con los apetecidos textos y después estos seguían de mano en mano hasta que el deterioro obligaba a retirarlos de circulación.

    Pocos días después de aquel peculiar pedido, mi amiga partió para la feria del libro en Barcelona (2003) donde se le ofrecía un homenaje a María del Socorro Tellado López. Logró acercársele y contarle de la familia a al otro lado del Atlántico que sobrevivía cada mes gracias a su pluma. La autora de Doloroso engaño (1990) se impresionó con la historia y le entregó una selección con cincuenta de sus títulos, acompañados de una carta manuscrita para la señora de La Víbora. Aquel regalo hizo hipar de agradecimiento a la librera de Suiza y especialmente al hijo de la bibliotecaria alternativa. Él sabía muy bien lo que representaban aquellos nuevos ejemplares agregados a la colección materna. Sus páginas lograrían que en una deteriorada casa habanera hubiera más jabón, algo de aceite, otro poco de pan, zapatos para los niños y sueños para decenas de vecinos.

    Ojos de pescado

     

    Están ahí para mirarnos y grabarnos. Decenas, cientos de cámaras regadas por toda la ciudad como si ya no fueran suficientes los camiones cargados de policías, los CDR en cada cuadra y los segurosos con camisas a cuadros. Han sido instaladas con una eficiencia que rara vez se ve en la ejecución de algún proyecto de beneficio popular. Su sofisticada estructura asoma lo mismo en una calle donde la mitad de las casas están a punto de derrumbarse que en los modernos enclaves turísticos o en la suntuosa 5ta Avenida. Captan al que trafica con carne de res, vende drogas o arrebata una cadena de oro; pero también vigilan a quienes no guardan armas bajo la cama, sino opiniones en sus cabezas.

    Cuando esos “ojos de pescado” empezaron a ser instalados por todas partes, generaron entre los habaneros una sensación de parálisis. Me recuerdo buscando los puntos ciegos donde sus globos de cristal no pudieran captarme. Después me relajé un poco y aprendí a vivir con ellos, sin dejar de sentir esa comezón en la nuca que da el saberse observado. Entre las especulaciones alrededor de estas máquinas filmadoras está la de que tienen programas para detectar rostros -ya incluidos en una base de datos- a partir de medidas antropométricas. Pero los comentarios de ese tipo bien pudieran pertenecer al catálogo fantasioso que genera todo lo nuevo.

    Estas cámaras públicas –materialización de la telepantalla orwelliana– han dado inicio a una nueva cinematografía. Aunque funcionan básicamente de forma automatizada, algunas manos han filtrado su contenido hacia las redes alternativas de información. Decenas de imágenes salen de los archivos policiales y circulan ahora mismo a través de las memorias USB. Videos donde se nos ve delinquir y sobrevivir, hurtar y rebelarnos. Minutos de golpizas policiales, choques de autos y vistas de prostitución entre muchachos muy jóvenes y turistas que le duplican la edad. Una completa muestra de un impactante snuff movie que desde hace semanas va de una pantalla a otra, brinca de los teléfonos móviles a los reproductores de DVD.

    Sin pretenderlo, la policía nos ha dado el más crudo testimonio que se puede tener sobre nuestro presente. Una sucesión de escenas que –no hay dudas– quedarán almacenadas en la memoria visual de este país.

    Iré a Jequié

     

    virgen

    Después de una negativa, la mayoría de los que solicitan un permiso de viaje desiste de volver a pedirlo. Pocos, muy pocos, siguen insistiendo cuando ya han escuchado más de tres veces la escueta frase “Usted no está autorizado a viajar”. Sólo un puñado de testarudos –entre los que me incluyo– regresa al Departamento de Inmigración y Extranjería para reclamar la llamada tarjeta blanca si se la han negado en cuatro ocasiones. Aunque con cada nueva petición parecería que las posibilidades se vuelven más remotas, me impulsa el dejar claro que mi reclusión en esta Isla no ha sido por no haber agotado todos los caminos legales.

    Bajo esta filosofía de lo imposible me he lanzado a otro trámite en la dirección del DIE del municipio Plaza, esta vez para ir a la ciudad de Jequié-Bahía en Brasil. En julio se hará un festival de documentales donde un  joven realizador presenta un corto sobre bloggers cubanos; si me lo pierdo será porque habré recibido el sexto “no” en apenas dos años.  Como en todos los anteriores trámites, la carta de invitación ha estado a tiempo, mi pasaporte está actualizado y mis antecedentes penales se mantienen limpios. En teoría, cumplo con todos los requisitos vigentes para traspasar la frontera nacional, pero sigo emitiendo opiniones críticas y eso ya me convierte en un tipo especial de delincuente.

    Para este viaje, he decidido tocar tantas puertas como sea posible y hasta le mandé una carta al presidente brasileño Luis Inácio Lula da Silva. Quién sabe si a falta de escuchar demandas de sus propios ciudadanos, el gobierno de mi país tenga oídos receptivos para cuando le habla un dignatario extranjero. Mis amigos me insinúan que he pasado a ser un “medio básico” con una chapilla numerada puesta sobre los omóplatos, como esos muebles inventariados que pertenecen a instituciones estatales. Sólo queda sonreír ante bromas así y sacudirse la desesperanza con un simpático juego de palabras: “me voy, sí… me voy acostumbrando  a quedarme”.

    El Granma del viernes, la Cuba del sábado

    gugu

    Quién hubiera dicho hace algunos años que el adusto periódico Granma abriría una sección que se convertiría en su parte más comentada y leída. Bajo el título de “Cartas a la dirección” salen a la luz cada viernes los escritos –enviados por lectores- que versan sobre aspectos económicos y organizativos de nuestra sociedad. Al principio, corrió la voz de que el órgano oficial del PCC pretendía tantear una Glasnost de probeta que después se extendería al resto de la prensa, pero el resultado ha sido un debate limitado, especialmente por ocurrir en un medio con una marcada tendencia inmovilista y reaccionaria.

    El tono de la crítica ha ido en aumento y en ese mismo diario que nunca se ha impreso una foto en colores, aparecen ahora matices diferentes para enfocar viejos problemas. Se ha llegado incluso a hablar de “privatización” de “fin de los subsidios”, todo esto acompañado de frases tan críticas como “nuestra mentalidad estancada”  y exhortaciones del tipo “tenemos que ser realistas”. Hasta ahí, pareciera que la polémica ha logrado instalarse en una publicación que tanto contribuyó durante décadas a cercenarla; pero es mejor no dejar correr el entusiasmo. Ya en el encabezamiento de las “Cartas… ” se aclara que se trata de “opiniones con las que se puede estar o no de acuerdo”. Todo un alarde de tolerancia que quienes somos discriminados por nuestros criterios, sabemos muy bien que no se cumple para nada en la vida real.

    Cuando la algarabía se deja a un lado y uno separa las palabras aparecidas de los hechos logrados, se percibe el verdadero alcance y seriedad de este espacio de discusión. Salta a la vista que hay un límite claro en cuanto a temáticas, pues nunca en todo este tiempo se han tocado puntos candentes como las restricciones migratorias, la falta de libertad de expresión, la  penalización al que piensa diferente, los presos políticos, la demanda de someter a votaciones directas el cargo de presidente o la necesidad de contar con una prensa menos plegada al aparato gubernamental. Curiosamente, las misivas aparecidas sólo se refieren al desvío de recursos, la indisciplina social, el modo de producción, la ineficiencia de algunos burócratas y el pedido de muchos de aplicar mayores controles. Esto puede estar dado porque se hace un filtrado de las opiniones o porque los propios lectores se abstienen de enviar ciertas inquietudes que saben nunca verán la luz.

    Por otro lado, el Granma del viernes ha generado la falsa impresión de que la crítica es admitida y que se puede hablar “a camisa quitada”. Pero basta leer detenidamente sus líneas para constatar que hay una reverencia obligatoria a cumplir para ser admitido en el selecto grupo de los que pueden opinar. Se debe dejar caer una frase relativa a “mantener nuestro actual sistema” o dedicar un cumplido de exoneración a “los líderes históricos del proceso” y colocar una oración que reparta la culpa del desastre nacional fuera de nuestro territorio. Jamás -ni lo sueñen- se podrán leer en esas páginas de diseño anticuado las dudas que tienen mis compatriotas sobre la gestión de Raúl Castro y sobre la disfuncionalidad de este capitalismo de estado –o de clan familiar- bajo el que vivimos.

    La Cuba del sábado, del martes, del domingo -esa que desborda inconformidad y angustia- apenas si se muestra en las “Cartas a la dirección”. El órgano del único partido permitido nunca difundirá a quienes no lo consideran –ni remotamente- la vanguardia de la nación. Hacerlo sería como si Saturno, tras haber devorado a sus hijos, la emprendiera contra su propio corazón.

    ----------------

    Model town

     

    El central azucarero reducido a ruinas, la calle principal desolada y en el interior de las viviendas el pasado enquistado en los recuerdos. “De pueblo modelo a pueblo fantasma” –musitan quienes viven en el poblado de Hershey– pues el otrora esplendor se les convirtió en un reducto de nostalgias. Gracias al talento de varios jóvenes realizadores, la pequeña villa aparece hoy retratada en un breve documental que humedece los ojos y cierra las gargantas. Un paseo por la añoranza de cientos de personas para las que el futuro –inobjetablemente– no terminó siendo un tiempo mejor.

    La peculiar villa incluía un trazado urbanístico moderno, próspera industria azucarera, fábrica de chocolates y un tren eléctrico que todavía circula en medio de chirridos y chispas. Todo eso en una escala pequeña, pero funcional, como si hubieran puesto en orden –sobre el césped– una decena de casa de muñecas con techo a dos aguas. Gracias al empuje de Milton Hershey, quien había nacido en una aldea en Pensilvania en 1857, se comenzó la construcción de este curioso asentamiento en la colina de Santa Cruz, al este de nuestra capital.

    La prosperidad de ayer y la inercia de hoy, son los acordes entre los que se mueve el corto fílmico dirigido por Laimir Fano y que fue proyectado en el cine Chaplin, en una muestra a la que fueron impedidos de entrar varios bloggers. Afortunadamente, sus emotivos 15 minutos ya circulan en las redes alternativas de distribución de información, para las que no se necesita cumplir con las reglas del “derecho de admisión” de ciertas entidades culturales. Una magnífica selección de imágenes, unida a un atrevido trabajo con los sonidos y la banda sonora, logran trasladarnos hacia ese pueblito sumergido en la morriña. El chocolate actúa como un detonante para la emoción de los protagonistas, mientras los espectadores –del lado de acá de la pantalla– podemos sentir su aroma, la textura de la memoria embalada con el mismo papel de los bombones.

    Aniversario de una consigna

     

    libros_fidel_che

    No, no se equivoca usted, el titulo refiere precisamente a un slogan que cumple años, a una consigna a la que le prenden una nueva velita. En esta isla la manía de conmemorar ha llegado al extremo de celebrar incluso la primera vez que alguien dijo algo. Aunque nos ahogábamos ya en las efemérides y en los aniversarios, ahora se han sumado a la lista de los festejos aquellos relacionados con el nacimiento de una frase. Se entrevista a quienes presenciaron el momento en que se combinó determinado verbo con ciertos sustantivos, como si cada día no nacieran miles de expresiones a tener en cuenta. Hoy, por ejemplo, mi vecina dijo muy inspirada: “nunca se termina, en esta casa nunca se termina”, que viene a ser el lema –apenas tenido en cuenta- de todas las amas de casa del país.

    En el inventario de las expresiones a recordar sólo están las positivas, porque a quién se le ocurre que en el noticiero vayan a desempolvar las derrotas, las mentiras, las meteduras de pata. Esas no acumulan años, esas se borran de la historia y punto; que las recuerden otros. Por eso la prensa oficial sólo dedica espacio en estos días a ensalzar la aparición de la coda “¡Venceremos!” en un lema que ya era de por sí bastante pavoroso. Hace más de cincuenta años que la disyuntiva nacional quedó encerrada en un esquemático “Patria o Muerte”. Cinco décadas en que nos hemos acostumbrado al tremendismo de tener que optar por la Pelona, mientras al otro lado de la frase se cambiaba la palabra “patria” por la de “socialismo”, que también podría sustituirse por el término “partido” o por el nombre de cierto líder.

    Así van las cosas por aquí: transcurriendo en el plano de lo nominal, de lo dicho pero no hecho. Haciendo un culto al verbo, aunque la realidad lo niega cada día. De qué vale inflar globos por las consignas y recordarnos que peinan canas, si su antigüedad no las ha hecho ni más venerables ni más ciertas. Aunque la vistan de fiesta, la consigna “Patria o Muerte: ¡Venceremos!” me sigue provocando más inquietud que tranquilidad. Hoy, con medio siglo repartido entre sus cuatro palabras, suena como el eco de tiempos lejanos en que todo un pueblo llegó a creerse esa disyuntiva. Después de tanto repetirla, verla pintada en las vallas, escucharla desde las tribunas, me sigo preguntando si acaso hemos vencido, si a esto que hoy tenemos se le podría llamar “victoria”.

    La física rara vez se equivoca

     

    area-en_reparacion

    A cada paso oigo gente que se queja del calor, esa presencia pegajosa que con la sequía se hace aún más difícil de llevar. Todos sabemos qué le sucede a la presión en el interior de una caldera si se le aplica más temperatura, de manera que para este verano se pronostican problemas y tensiones. Junio se ha iniciado a la espera de esos cambios que discurren con una lentitud agotadora, con una tibieza que empeora el escenario. Desde los primeros días del mes se les ha permitido a algunos barberos usufructuar sus locales de trabajo y han pasado de ser empleados del estado a pagarle a éste impuestos fijos y bastante altos. Por un lado, los nuevos cuentapropistas ganan en autonomía, pero –por otro– el precio de un pelado se ha disparado hasta casi el doble, en vista de que ahora ellos deben correr con los gastos del local, retribuir al fisco y tratar de tener para sí algunos dividendos.

    En el punto en que todo parece más torpe es alrededor de las esperadas liberaciones de presos políticos, tan comentadas en la prensa extranjera como silenciadas en la nacional. Se suponía que ya por estos días estuvieran saliendo de prisión esos hombres que hasta el propio Silvio Rodríguez ha reconocido que recibieron condenas “demasiado duras”. El traslado de seis de ellos a otras cárceles cercanas a sus lugares de origen tiene el tufo de la maniobra dilatoria, de la burla oficial a tantas expectativas. No basta con pedir que ocurran las transformaciones. Hay que empujar para que se logren  cuanto antes porque, en la peculiar alquimia de nuestra situación actual, la demora puede ser un elemento explosivo.

    Para colmo ha llegado este verano sin lluvias, con los ventiladores ronroneando todo el día y las facturas eléctricas llevándose nuestros salarios. Un sofoco perenne se percibe en las largas colas de los ómnibus, un bochorno que nos acompaña en la ya trabajosa pesquisa detrás de los alimentos. Abanicos que sólo logran echar aire caliente sobre nuestras caras, baños a golpe de jarrito y cubo de los que uno sale con las gotas de sudor brotando de nuevo sobre la piel. Son días en que mis amigos pierden la paciencia y buscan entre los papeles familiares a ver si aparece el acta de nacimiento del abuelo español. En los ojos de muchos se lee una frase no expresada: “Ya no aguanto más”. Tranquilos, les digo, quizás el calor es el catalizador que nos hace falta, el empujón que necesita una población aletargada para exigir que las prometidas aperturas no demoren un mes más.

    -------------

    Los brazos largos

     

    performance

    Con la blogósfera pasa como con otros fenómenos de nuestra realidad: tratan de dividirnos y separarnos colgando epítetos de “oficialistas” por allá y de “mercenarios” por aquí, sin percatarse de que con eso no pueden evitar el factor común que nos une a todos: las ganas de expresarnos. Sueño con ese momento en que Elaine Díaz pueda venir a dar una clase a la Academia Blogger sin perder por eso su trabajo y que Claudia Cadelo imparta –exonerada de un mitin de repudio– un seminario de Twitter en la Facultad de Periodismo. Me imagino la mesa de discusión que podrían hacer los periodistas independientes junto a aquellos afiliados a medios estatales, si a los primeros les reconocieran su existencia y a los segundos no les costara, un gesto así, el despido laboral.

    ¿Se imaginan a Esteban Morales, el académico que hace unas semanas escribió un artículo contra la corrupción, debatiendo con Oscar Espinosa Chepe sobre cómo encontrar soluciones a la catástrofe económica cubana? Piensen por un momento en el mismísimo Alfredo Guevara, que dictó una conferencia ante estudiantes universitarios, sentado en un panel de discusión al lado de Rafael Rojas o de Emilio Ichikawa. Voy más allá y pongo a Ricardo Alarcón otra vez frente a frente con el joven Eliécer Ávila para escuchar cuánto ha avanzado –o retrocedido– la situación nacional desde aquel enero de 2008 en que ambos tuvieron un diálogo. Todo eso –ya estoy entrando en el delirio– amenizado con un tema de Pablo Milanés y un montuno interpretado por la cálida voz de Albita Rodríguez.

    Me creerán ilusa, pero siento que este trozo de tierra que habitamos no aguanta tantas divisiones. Cuadrículas, cercas, parcelas, fracciones, han terminado por comprometer y marcar un espacio y un tiempo que nos pertenece a todos. No sé qué esperan los otros, pero al menos Yoani Sánchez tiene el café caliente y la mesa servida para entablar esa conversación que debe comenzar por alguna parte.

    Piratas del Caribe

     

    dr-house

    La tele zumba en la sala aunque nadie la mira. La dejan encendida durante horas sin hacerle caso, como si de un familiar atolondrado se tratara. En la cartelera se lee que en media hora empezará el serial de criminalística CSI, seguido un rato después por otro muy similar llamado Jordan Forense. Para relajar un poco, en el canal 21 estarán los simpáticos protagonistas de Friends y la película de la medianoche ha sido rodada en los estudios de la 20th Century Fox. La jovencita de la casa no se quiere perder el enésimo capítulo de Las chicas Gilmore pero el padre pelea por sintonizar un documental del Discovery Channel sobre los tiburones. En medio de la madrugada –cuando sólo están despiertos los custodios, los ladrones y los gatos– quizás retransmitan la última temporada del Doctor House.

    Nuestra pantalla chica tiene dos sellos distintivos: la extrema ideologización de ciertos espacios y la abundancia de materiales robados a productoras extranjeras. Peculiar combinación la de un incendiario discurso antimperialista que cohabita con la difusión constante de producciones hechas en el país del Norte. Filmes que hace un par de semana se estrenaban ante el público norteamericano son difundidos hoy sin pagar un solo centavo de derechos de autor. Los espectadores nos beneficiamos –claro está– con esa premura por tomar lo ajeno que tiene el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) pero un gusto amargo nos deja el saber que sin el contrabando no se sostendría nuestra programación televisiva.

    Para paliar la depresión en que han caído las realizaciones locales, especialmente los seriados, novelas o programas de participación, se echa mano de lo foráneo sin compensar –casi nunca– a los creadores o distribuidores. Cuando el pillaje se institucionaliza pierden fuerza los llamados a la población para que no desvíe recursos estatales, pues basta con sintonizar un canal y veremos las pruebas del hurto a gran escala. Para colmo, en un gesto de esconder la falta, cubren con una banda oscura el sello de la televisora que lo trasmitió originalmente, haciendo con eso más evidente la sustracción. Con frecuencia los sábados en la noche proyectan filmaciones realizadas sobre la pantalla de un cine, donde en mitad de la trama uno ve como alguien del público se levanta para ir al baño y nos impide leer un trozo de parlamento. Los subtítulos hechos por un aficionado, plagados de faltas ortográficas –típicos de las copias bajadas de Internet– pueden verse hasta en programas bastante serios de debate cinematográfico.

    ¿Qué ocurrirá si en un futuro cercano el país no puede seguir comportándose como un corsario sin ética ante la creación artística de otros? ¿Estarán los funcionarios del ICRT pensando ya en cómo van a saciar nuestros apetitos televisivos sin hacer uso de la piratería? La solución –evidentemente– es estimular la realización nacional, permitirle a la televisión generar ingresos que redunden en su mejoría y en su capacidad para adquirir derechos de difusión. Esto último podría ser incompatible con las largas horas de discurso ideológico, con las aburridas emisiones que a pocos gustan pero que nos administran como la cucharada obligatoria de adoctrinamiento. Una programación dinámica, atractiva y dentro del marco de la ley no puede hacerse desde la estatalización total de nuestros medios ¿Es que no se dan cuenta?

    A falta de congrí

     

    huelga_isa

    Hace varios años conocí a una joven que estaba a punto de viajar –por primera vez– fuera del país. Tenía tantas dudas sobre lo que encontraría al otro lado que preguntaba a quienes ya habíamos “cruzado el charco” hasta los mínimos detalles. Quería saber si debía llevar abrigo o ropa de manga corta al verano europeo y si con sus escasos conocimientos de inglés podría hacerse entender. Indagaba por nombres, lugares y hasta sabores, pues una de sus aprensiones principales giraba alrededor de cuánto iba a gustarle la comida de aquellos lares. Temía, fundamentalmente, que sobre los platos no fuera a encontrar el arroz con frijoles que estaba acostumbrada a ingerir cada día.

    Cuando me lo confesó tuve ganas de reírme, pero después comprendí el tremendo aprieto que para ella representaba romper su rutina alimentaria. Desde pequeña se había habituado a esa combinación tan criolla y enfrentarse a un plato de vegetales ya le parecía un sacrilegio. Estaba preocupada por tener que consumir solo espinacas o brócoli, como había visto en algunas películas, y pasarse más de un mes sin los “moros y cristianos”. El recelo le llegó a un punto que subió al avión llevándose en el equipaje varios kilogramos de su inseparable leguminosa y su cotidiana gramínea. Nunca regresó de aquel viaje, porque se instaló en el norte de Italia al parecer encantada con la sazón del lugar.

    El empobrecimiento de nuestra cultura culinaria, debido a la crisis crónica que vivimos, ha hecho que el paladar apenas si se tropiece con una decena de sabores. Las “proteínas” que se muestran en los platos cubanos son las contenidas en un “perro caliente”, una porción de picadillo de pavo o un trozo de hígado de res. Estos productos poseen los precios más accesibles en las tiendas en pesos convertibles y son importados –mayoritariamente– desde ese país del norte que tanto se menciona en las consignas políticas. Hasta la carne de cerdo se ha vuelto inalcanzable y en mi barrio cuando venden huevos hay una felicidad como si se tratara del advenimiento de los mismísimos reyes magos. La repetitiva mezcla de arroz con frijoles está también por desaparecer debido al desastre agrícola, la sequía y la estatalización disfuncional de nuestros campos. Ahora, hay que desembolsar el doble y hasta el triple de dinero para disfrutar de ese congrí por el que mi amiga estuvo a punto de abortar su viaje a Europa.

    Aprovechar la luz

     

    luz_roja

    Miles de habaneros se transportan a fuerza de dedo o, lo que es lo mismo, pidiendo en los semáforos que algún chofer les haga el favor de llevarlos. La mayoría de estos viajeros alternativos son mujeres jóvenes, ya que es más fácil recibir un aventón cuando se porta saya –si es corta mejor– que siendo un muchacho o una anciana. En la intersección de dos avenidas se les ve inclinándose sobre las ventanillas para preguntar el destino del auto y pedir que les adelanten un tramo. Muchas veces los conductores mienten porque no quieren montar extraños en sus vehículos y argumentan que cien metros más adelante llegarán a su destino o doblarán en U.

    Simpático catálogo el que podría hacerse con todas las justificaciones que escuchan los asiduos del autostop de quienes no quieren ayudarlos. Tras el timón, una voz les advierte que “tiene las gomas con poco aire y no aguantan el peso de otra persona” o que “debe recoger al jefe que vive unas cuadras más adelante”. También están los que suben los cristales oscuros antes de llegar a las esquinas donde tantos esperan por una “botella”, o aumentan el volumen de la radio para no escuchar el ruego que les hacen desde las aceras. Lo mismo con una matrícula estatal o una privada, el “no” se convierte en respuesta recurrente que brota desde el interior de las carrocerías hacia quienes se achicharran bajo el sol de nuestro “eterno verano”.

    Risibles o  aterradoras son también las historias de atrevimientos e insinuaciones que los choferes –desde su poder– les lanzan a las agradecidas mujeres que logran ser transportadas. Van desde la mirada incisiva que le sube por los muslos y el espejo retrovisor orientado hacia la zona de la entrepierna hasta los toques lascivos a manera de peaje. Aleccionadas con esta práctica, muchas preferimos caminar largas distancias que caer bajo las garras de quienes se creen que por ayudarnos ya tienen el derecho de envolvernos con sus frescuras. La grata diferencia la hacen aquellos choferes que dicen “sí” y no exigen nada a cambio de acercarnos a algún sitio, ni siquiera el número telefónico para mantenerse en contacto. Gracias a ellos parte de esta ciudad logra moverse cada día, con el entrecortado ritmo que dan el azar y la brevedad de la luz roja.

    • Share/Save/Bookmark

    Rascacielos

     

    catorce_pisos

    El edificio donde vivo acaba de cumplir 25 años de haber sido construido por las manos de quienes lo habitaron posteriormente. Con su enorme armazón de concreto y su arquitectura yugoslava, este bloque de catorce pisos fue de los últimos terminados bajo supervisión de técnicos soviéticos. Durante los años setenta y ochenta, un novedoso concepto llamado “microbrigada” había permitido  a personas necesitadas de una vivienda erigirla por sí mismas. Eran los tiempos de la ilusión y muchos llegaron a creer que estas edificaciones de doce, dieciocho y hasta veinte plantas resolverían los problemas habitacionales del país.

    Sin embargo, eran tantas las necesidades y las construcciones marchaban tan lentas que los nuevos barrios al estilo de Europa del Este no pudieron remediar la crisis de la vivienda. Cuando los primeros inquilinos se mudaron aquí –después de siete años de poner ladrillos y palear cemento– nos sentíamos los últimos beneficiados de un proyecto urbanístico que terminó cuando se desmembró el campo socialista. No se volvieron a levantar edificios altos y el Ministerio de la Construcción pasó a ser un archivo de planes pospuestos y sueños arquitectónicos abortados. Quienes aún tenían estrecheces de espacio se conformaron con dividir las salas o levantar apartamentos improvisados en las azoteas.

    En las 144 familias que convivimos en esta edificación, los hijos crecieron, llegaron los nietos y donde antes había cabida para un matrimonio y su prole ahora también se aprietan yernos, nueras y suegras. Lamentablemente. la rígida estructura del inmueble no permite que prologuemos los balcones ni hagamos las divisiones horizontales conocidas como “barbacoas”, pero la creatividad ha logrado sacar dos habitaciones donde antes había una. Estos “rascacielos” han terminado por convertirse en el símbolo de una época pasada y los niños que corretean por sus pasillos apenas si saben que fueron proyectados como los vistosos inmuebles donde habitaría el –nunca logrado–  “hombre nuevo”.

    • Share/Save/Bookmark

    Fusilamiento mediático

     

    trofeo_perfil

    Trenzo mi pelo. No se celebra nada hoy, más bien debería dejármelo enmarañando y deslucido, pero lo divido en tres hebras que entremezclo siguiendo cierta lógica. La liturgia de peinarme me aplaca la ansiedad y al final mi cabeza está en orden, mientras el mundo sigue encrespado. He vivido un fin de semana de vértigo y pensé que el ritual de desenredarme las greñas y reducirlas a una delgada trenza lograría quitarme la agitación, pero no ha funcionado.

    El viernes pronunciaron mi nombre en el aburrido programa de la mesa redonda, mezclado con conceptos como “ciber terrorismo”, “cibercomandos” y “guerra mediática”. Ser mencionado de forma negativa en el espacio más oficialista de la televisión es, para cualquier cubano, la confirmación de su muerte social. Una lapidación pública que consiste en llenar de improperios a quien tiene ideas críticas, sin permitirle unos minutos de derecho a réplica. Los amigos me llamaron alarmados, temiendo que mi casa ya estuviera llena de esos hombres que hurgan debajo de los colchones y detrás de los cuadros. Sin embargo ,salí al teléfono con mi tono más jovial: dime quién te denigra y te diré quién eres, les repetí a quienes se preocupaban. Si te insultan los mediocres, los oportunistas, si te injurian los asalariados de una maquinaria poderosa pero agonizante, tómalo a manera de condecoración… musité como una mantra toda la noche.

    Al otro día, la realidad seguía siendo la negación del discurso oficial y mis vecinos, corriendo detrás del evasivo arroz, no habían tenido tiempo -ni ganas- para mirar tan tedioso montaje televisivo. ¿Qué está pasando en esta realidad que ya los “fusilamientos mediáticos” no funcionan? Hace unos años, las balas del desprecio gubernamental hubieran hecho que todos se alejaran de mi cuerpo y de mi casa, pero ahora se acercan y me guiñan un ojo, me aprietan los hombros en señal de complicidad. Han usado tanto la difamación como método para acallar al otro, que los adjetivos incendiarios han dejado de tener efecto sobre una población harta de tantas consignas y tan pocos resultados.

    El bálsamo reparador me llegó ese mismo sábado. Un argentino pudo colar al país el trofeo de mi premio Perfil y casi al unísono una chilena forraba -con papel rosado- la edición en español de mi libro Cuba Libre y la pasaba por la aduana.

    La mesa está coja

     

    Imagen tomada de: http://amnistiainternacional.periodismohumano.com/

    Imagen tomada de: http://amnistiainternacional.periodismohumano.com/

    La voz al otro extremo de la línea me dicta un texto que saldrá publicado en el blog Voces tras las rejas. Es Pedro Argüelles desde la cárcel de Canaleta e intercambiamos sobre las actuales conversaciones entre la Iglesia y el gobierno cubano. Tema difícil de hablar con un prisionero al que frases demasiado optimistas le alimentarían una expectativa que podría concluir en frustración. Tengo poca información, le confieso, los medios oficiales sólo mostraron breves imágenes de la cita entre el Cardenal Jaime Ortega y el General Raúl Castro, sin develar los puntos de la agenda que discutieron. Pero –me aventuro a anunciarle– en las calles se rumora sobre negociaciones para liberar presos, lo cual ha sido confirmado por las autoridades eclesiales en una rueda de prensa a la que no fueron invitados los periodistas independientes ni los bloggers.

    El asunto me ilusiona por un lado y me deja un mal sabor por el otro. Es como estar en presencia de una mesa que intenta levantarse sobre dos patas, mientras a la tercera –excluida o ignorada–  le correspondería  el mayor peso de las decisiones. Discusión limitada resulta toda aquella a la que no se convoque esa importantísima parte de la nación que son los grupos y asociaciones de la sociedad civil. Sólo entre uniformes o mantos cardenalicios no debería discutirse algo que nos compete a militares y a ciudadanos, a católicos y ateos, a partidarios e inconformes. Brillan por su ausencia en estos encuentros los portavoces de esa porción lesionada de Cuba que tiene hijos, esposos o padres condenados por motivos políticos. Cómo se puede interceder por el lastimado sin darle a éste también el turno para expresarse, sin permitirle estar representado allí donde se habla de su suerte.

    Pedro, Pablo y Adolfo me volverán a llamar. No sé qué decirles sobre los encuentros que discurren a puertas cerradas, sobre los tratos que se están cerrando en el enigma. Deseo tanto que sus nombres estén en esa lista de los posibles favorecidos con una “licencia extrapenal” que me dejo llevar por la esperanza. Sin embargo, no hay que engañarse. Mientras la libre opinión y el ejercicio de ella sigan siendo una figura delictiva en nuestro código penal, habrá un listado de reos por sacar de las celdas. Grata gestión la de la Iglesia como mediadora, aunque las autoridades cubanas deberían escuchar también a todos sus ciudadanos, incluso a lo que se les oponen. Ir por la vida descalificando para el diálogo a quienes tienen posiciones críticas ha hecho que hoy la mesa sólo se pueda levantar sobre dos puntos de apoyo. Varias patas podrían darle el equilibrio de la diversidad, sólo falta que las reconozcan y las dejen existir.

    Otro Pepe

    letra_a_letra

    Yo tenía 19 y él había muerto cien años antes. En la escuela, nos aterrábamos cuando en los exámenes de gramática ponían a analizar una de sus complejas oraciones. Nos habían repetido tantas veces que José Martí era el “autor intelectual del asalto al cuartel Moncada” que hasta lo imaginábamos de cuerpo presente en aquella madrugada de disparos y muertos. En las vallas políticas, sus sentencias –sacadas de contexto– ataviaban una ciudad sumida en las miserias del Período Especial. Recuerdo que ironizábamos con algunas de ellas, al estilo de “la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra” que habíamos trasmutado en “la pobreza pasa, la que no pasa es la 174”, en alusión al autobús que conectaba el Vedado con La Víbora.

    No faltaron los desinformados que culparon al Apóstol por lo que ocurría y durante los días de apagones y de poquísima comida le propinaban a sus bustos de yeso diversos castigos. La excesiva tergiversación del ideario martiano –readaptado según las conveniencias del poder– hizo que decenas de mis colegas de aula le dieran un portazo definitivo a su obra. Sólo un exiguo grupo de aquellos adolescentes nos mantuvimos leyendo su poesía de amor o sus versos libres, preservando así para nosotros otro Pepe, más humano, más cercano. Estaba yo por ese entonces en el Instituto Pedagógico que –como trampolín– me permitiría pasar a estudiar Filología o Periodismo, dos profesiones que él había ejercido magistralmente. Allí me presentaban a un señor de rostro enérgico al que había que adorar sin rebatir, definido oficialmente como el inspirador de lo que vivíamos.

    En los días cercanos al aniversario cien de su muerte se me ocurrió redactar un pequeño editorial para el boletín que hacíamos varios estudiantes. Con el nombre de Letra a Letra, la publicación se armaba con poemas, análisis literarios y una sección dedicada a los gazapos lingüísticos que se escuchaban en los pasillos de la facultad de Español y Literatura. Escribí unas breves y apasionadas líneas donde decía que formábamos parte de “otra generación del centenario” a la que le correspondía salvar a la patria de “otros peligros”. Aquella pequeñísima transgresión de la norma instituida para interpretar al héroe nacional terminó con el cierre del modesto  periódico y mi primer encuentro con “los muchachos del aparato”. Sólo ellos estaban capacitados para desentrañar y esgrimir su escritura, parecían querer decirme con aquella soterrada advertencia, pero yo sonreía para mis adentros: ya conocía otro Martí, más indomable, más rebelde.

    Nota: Este post intenté mandarlo ayer. pero no fue posible.

    Intermediarios del control

     

    palma

    El X Congreso de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños  concluyó ayer en un momento extremadamente crítico para el sector agrario cubano. Mientras en la tele transmiten las largas sesiones de una cita a puertas cerradas, en las casas la preocupación sigue siendo cómo encontrar y pagar lo que vamos a poner sobre los platos. El arroz, ese compañero diario en nuestras mesas, imprescindible para muchos y tedioso para otros, es el nuevo producto que se ha sumado a la lista de lo que escasea. En un país donde la mayoría cree que no ha comido si no ingiere al menos un par de cucharadas de esa gramínea, su ausencia se torna en motivo de desespero y alarma.

    Después de tantos llamados a la eficiencia, de anunciar por todo lo alto la entrega de tierras ociosas y de salpicar los discursos con llamados a laborar en las granjas, resulta ahora que en el último año la producción agrícola cayó en un 13 % y la ganadera en un 3,1 %. Evidentemente, las consignas y las perogrulladas al estilo: “los frijoles son más importante que los cañones” o “hay que virarse para la tierra”, no terminan por convertirse en comida.

    ¿Qué está pasando entonces? ¿Cómo es posible que una Isla cubierta de suelos fértiles esté cargada de gente que busca ansiosa unas malangas, unos plátanos, unas yucas? ¿Por qué la carne de cerdo ha pasado a ser un manjar que sólo se puede disfrutar una o dos veces al mes, pagando por él un precio exorbitante y abusivo? ¿Cómo lograron recluir a muchas de nuestras frutas más sabrosas a las láminas del álbum de las cosas extintas? La estatalización, el control y el centralismo nos han llevado hasta aquí y temo que ahora se nos intenta sacar del bache con los mismos métodos que nos hundieron.

    Las soluciones no van a venir porque desde un uniforme militar se llame al máximo sacrificio y a sembrar la tierra “por la patria”. Tampoco surgirán de un congreso dirigido por quienes hace mucho tiempo no doblan la cerviz sobre una pequeña postura ni siquiera para desyerbarla. Esperaba leer en el informe final de esta cita agrícola la voluntad de terminar realmente con todas las restricciones absurdas. Dada la gravedad de la situación alimentaria, creí que iban a dejar de satanizar y penalizar la figura del intermediario, sin el cual las cajas cargadas de tomate no llegarían al mercado. Atisbaremos la solución de la improductividad cuando informen que los campesinos pueden vender directamente todas sus mercancías a la población -pagando sus impuestos, claro que sí- pero sin pasar por el “derecho de pernada” que obtiene el Estado sobre ellas. Si no se les permite comprar libremente implementos agrícolas, decidir qué tipo de cultivo plantarán y en qué invertirán el dinero resultante de su venta, todo quedará en el papel del acta de un congreso. Otro más que pasará sin mayores efectos sobre el surco y sobre nuestros platos.

     

    El rito anual

     

    flores_en_mi_terraza

    Sentí el griterío y al asomarme las calles estaban ya mojadas con el primer aguacero de mayo. La Habana cubierta por el velo de la lluvia, bañada por esas tenaces gotas que la sequía ha racionado al extremo en esta anómala primavera. Salieron primero los niños y el concreto gris de los edificios empezó a vetearse con franjas de humedad; su arquitectura de Europa del Este me pareció entonces más incongruente en medio del trópico pluvioso. Las amas de casa recogieron a toda velocidad la ropa de las tendederas y los perros abandonados se pusieron a buen recaudo hasta que amainara. Pero el chaparrón siguió cayendo y su persistencia convenció de empaparse –en la lluvia más esperada del año– también a los mayores.

    Saqué una mano por el balcón a ver si valía el esfuerzo de subir a la azotea y ducharme bajo el cielo. Los cubanos aguardamos por este regalo de mayo que dejará listos los mangos para el convite y nos traerá además algo de “suerte”. De ahí que calarse hasta los genes con este chaparrón sea tenido como el conjuro anual contra lo malo, el rito natural de todo un pueblo que espera tiempos mejores. Finalmente, tomé la pesada escalera de madera y la puse en la escotilla del pasillo; arriba el sacramento de las nubes me mojó en pocos minutos. Sobre los techos había muchos como yo, aguardando porque el agua –ni metrada ni clorada– se llevara lo malo, nos protegiera contra lo que viene.

    Estuve sobre mi apartamento hasta que escampó, mirando a quienes chapoleteaban en las calles con las ropas pegadas al cuerpo. Una anciana alargó los dos brazos fuera de una ventana para no quedarse sin la gratuita distribución de la providencia, mientras un borracho tirado en el parque era –a la misma vez– bendecido y espabilado por la lluvia. Durante el tiempo que duró el primer aguacero de mayo no sólo la gente jugueteó en los charcos y en los descampados, sino que proyectó ese espontáneo frenesí que la vida cotidiana recorta y desluce. Un rezo no articulado se elevó sobre las calles. Con él, cientos de miles pedimos  que el denso chubasco nos trajera una fracción igual de suerte. Todo apunta a que vamos a necesitarla.

    Mi última pizca de fe

     

    Vamos a reducirlos a la obediencia de la ley.
    Julio, abogado

    Hace más de 60 días envié a varias instituciones cubanas una denuncia por detención ilegal, violencia policial y encarcelación arbitraria. A partir de la muerte de Orlando Zapata Tamayo sucesivos arrestos ilegales impidieron a más de un centenar de personas participar en las actividades relacionadas con su funeral. Estuve entre los muchos que terminaron en un calabozo el 24 de febrero cuando nos dirigíamos a firmar el libro de condolencias abierto en su nombre. El grado de violencia empleado contra mí y la contravención de los procedimientos para recluir a un individuo en una Estación de Policía, me hicieron interponer una demanda con pocas esperanzas de que fuera ventilada en un tribunal. Durante todo este tiempo he esperado la respuesta tanto de la Fiscalía Militar como de la Fiscalía General, haciendo un esfuerzo por no sacar a la luz este testimonio revelador, evidencia dolorosa de cuán vulnerados son nuestros derechos.

    Afortunadamente mi teléfono móvil registró el audio de lo ocurrido aquel miércoles gris, e incluso después de ser confiscado grabó las conversaciones que tenían los agentes de la seguridad del estado y los policías –sin placas– que nos habían encerrado a la fuerza en la estación de Infanta y Manglar. La evidencia contiene los nombres de algunos responsables y devela el trasfondo político de la operación contra opositores, periodistas independientes y bloggers. He enviado copias de este expediente de “secuestro” también a organismos internacionales de Derechos Humanos, protección a reporteros y todos aquellos relacionados con malos tratos. Varios abogados de la Asociación Jurídica de Cuba me han asesorado en este empeño.

    Aunque existen pocas posibilidades de que alguien salga juzgado, al menos los responsables sabrán que sus atrocidades ya no quedan en el silencio de la víctima. La tecnología ha permitido que todo esto salga a la luz.

    ——————
    * Algunos elementos para completar este dossier de “secuestro”:

    - La voz femenina que me acompaña en la grabación es la de mi hermana Yunia Sánchez.

    - Transcripción de la grabación.

    - Acuses de recibo en la Fiscalía Militar,  Fiscalía General, Asamblea Nacional del Poder Popular, Estación de Policía  donde ocurrieron los hechos, Consejo de Estado y Sede Nacional de la  PNR.

    El entorno del sometimiento

     

    Para Dania Virgen García

    El entorno del sometimiento estuvo una vez en una vieja cárcel de paredes gruesas, a la manera de la fortaleza de La Cabaña en la bahía de La Habana. Una prisión que antes había sido cuartel militar, porque tanto los soldados como los reclusos sufren de similares impedimentos para comportarse como seres libres. Unos y otros están sujetos con algún grillete, sea éste el impuesto por una sanción penal o por el poder de sus sargentos y comandantes. No sería de extrañar que José Martí en lugar de escribir “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”, hubiera hecho el símil con un presidio donde el ciudadano está a merced de sus custodios, bajo la sombra de sus cancerberos.

    Ahora también tenemos prisiones modernas, con la misma arquitectura que los preuniversitarios en el campo y sin embargo igual de atávicas en sus métodos de sojuzgamiento. No exhiben gruesas rejas, pero sí tenientes que reducen la autoestima, doctores que no están cuando se les necesita y la presión de una doctrina que culpa al reo por no haberse dejado convertir en un “hombre nuevo”. En muchas cárceles cubanas se intenta quitarle a la persona el respeto por sí misma. De ahí que ésta deba convivir con sus excrecencias y compartir la de sus compañeros de celda. Las paredes de la prisión de mujeres de Manto Negro –por ejemplo– están salpicadas de lágrimas, sangre, fluidos y saliva, también hay nombres y fechas, conjuros, amenazas y promesas.

    Los ladrillos de una u otra cárcel –la antigua y la moderna– han sido ubicados de forma que la libertad no se cuele a través de ellos, para que ninguna rendija deje pasar un gramo de optimismo. Los constructores las han hecho a partir de sus propias fobias, potenciando todo aquello que les produciría pavor. La sordidez de una cárcel es la cara pervertida de la justicia y quienes en nuestro país han erigido y mantienen ciertos sombríos presidios están confesando que le temen al ser humano.

     

    ---------------

    El IPhone de Rosa Díez

     

    rosa_diez

    Hace unos días, Internet volvió a darme un par de agradables sorpresas. Estaba yo en medio de un trámite para intentar viajar fuera de Cuba cuando mi móvil sonó y una voz con acento madrileño me pidió que organizáramos una cita. No supe quién era aquel hombre, porque el ruido de un camión me impidió escuchar el momento en que se identificaba. Pero le confirmé que a las 4 y 30 un café lo esperaría a él y a los amigos que lo acompañaban en el piso 14 de esta mole de concreto. Media hora después, recibí un SMS de un comentarista de Generación Y, diciéndome que ya era pública en los foros digitales la noticia de la visita de Rosa Díez a mi casa. Sólo así pude completar el rompecabezas que me había dejado aquella llamada ininteligible y le apunté con humor a Reinaldo: “Nuestra vida real tiene algunas horas de retraso con respecto a nuestra existencia virtual”.

    Finalmente, el vaticinio aparecido en la red se cumplió y la portavoz del partido político español Unión Progreso y Democracia tocó a mi puerta. Hablamos como viejas conocidas, como gente que ha desandado un camino y se encuentra en un recodo a relatarse las piedras, los huecos, las puestas de sol. Intercambiamos energía, pues créanme que de esa mujer delgada y pequeña emana un entusiasmo que yo sólo había visto en personas muy jóvenes. El tema principal fue Cuba, esta Isla donde hay espacio físico para todos, pero a la que quieren convertir en terreno exclusivo de quienes abrazan una ideología. Le conté de mis aprensiones, pero también hubo tiempo para detallarle las esperanzas y enumerarle los pronósticos positivos. Ella, por su parte, nos escuchaba sin hacer proselitismo.

    Antes de marcharse, Rosa tomó su IPhone y en el navegador escribió la URL de la página del UPD. Apareció en la brillante pantalla el moderno sitio salpicado en magenta, que se actualiza casi a diario. Entre las paredes de esta casa, que han oído a decenas de cubanos hablar de Internet como de un lugar mítico y difícil de alcanzar, aquel pequeño artilugio tecnológico nos regaló un pedazo de ciberespacio. A nosotros, que durante toda la Academia Blogger trabajamos sobre un servidor local que simulaba la Web, nos fue posible -de pronto- sentir los kilobytes correr por la palma de la mano. Tuve el tirante deseo de salir corriendo con el móvil de Rosa Díez, de parapetarme en mi cuarto mientras navegaba por todos esos sitios bloqueados en las redes nacionales. Por un segundo, deseé quedármelo para entrar a mi propio blog que aún sigue censurado en los hoteles y en los cibercafés. Se lo devolví desconsolada, lo confieso.

    Durante un rato de aquel lunes, esa banderita que en la puerta de mi apartamento pide “Internet para todos” no me pareció tan quimérica. Una incansable arañita tejedora llamada Rosa nos había mostrado una finísima hebra de la gran telaraña mundial.

    La cuadratura del círculo

     

    cerveza

    Un amigo me hizo notar los extraños puntos de colores que tienen en el fondo las latas de refrescos y cervezas que se venden en las cafeterías y restaurantes. Me acerqué para comprobarlo y era cierto. Dibujada con un plumón, la marca se veía roja en algunas, azul o verde en otras. He indagado por todos lados, hasta en los envases ya vacíos o semi aplastados que se llevan a un centro de materia prima y el curioso “sello” se repite en una buena parte de ellos. Sus contornos no tienen la precisión que logra una máquina rotuladora, sino el trazo vacilante de una mano que está haciendo algo prohibido.

    Pues sí,  aunque parezca una simpleza, detrás de ese punto de color descansa una red lucrativa que utiliza los espacios estatales para vender mercancía privada. Los empleados gastronómicos compran en las tiendas en pesos convertibles las bebidas enlatadas y después las ofertan –en la entidad donde trabajan- obteniendo entre un 10 y un 50 % de ganancia por encima de su precio inicial. Priorizan durante su jornada laboral la comercialización de sus “propios” productos, mientras relegan o demoran los de origen estatal. Al final del día, con la suma de los centavos ganados en cada venta, tienen dividendos más estimulantes que el simbólico salario recibido en moneda nacional.

    De manera que los puntos de colores señalan a quién pertenece la bebida que ha sido vendida. Las del administrador del local pueden estar señaladas en rojo, la camarera marca en azul y el cocinero probablemente haya decidido optar por un punto anaranjado. Todos obtienen una parte, si no qué sentido tendría levantarse temprano, subirse a un ómnibus repleto y trabajar ocho horas para sólo recibir el equivalente a 20 USD a final de mes. También las fábricas clandestinas elaboran cervezas Bucanero y Cristal con la misma apariencia que si fueran originales y apenas los viejos bebedores se dan cuenta de la diferencia. Estas industrias de la imitación se ubican en aparentes casas de familia, en cuyas habitaciones un artefacto enlatador chasquea cada vez que coloca un cierre. Son productos que irán a desplazar a los elaborados por el Estado, le harán la más desleal de las competencias a ese Gran Patrón y además timarán a una buena parte de los clientes. Un laberíntico entramado de falsificaciones y reventas que socava la disfuncional centralización y desvía las ganancias a miles de bolsillos privados

                                        

     

     

    ----------------

    La brevedad de las consignas

     

    media2
    Hoy me desperté con el ruido de los altavoces gritando consignas y el claxon de los ómnibus que devolvían a sus provincias a miles de participantes en la manifestación del primero de mayo. El desfile fue anunciado durante semanas por todos los medios oficiales como “una digna respuesta a la campaña mediática” contra el gobierno cubano. En los centros laborales todos tuvieron que poner por escrito su compromiso de asistir, de no ausentarse a la cita “con la Patria”. Muchos estudiantes de pre universitario y tecnológico durmieron ayer en las escuelas para ser llevados –muy temprano– a la Plaza de la Revolución, pues nada podía quedar al azar en esta congregación por el día de los trabajadores. Curiosamente, no se vieron pancartas pidiendo mejorías salariales o criticando las radicales reducciones de personal que se suceden por estos días.

    Durante toda esta jornada, he estado evocando a Baby y Pablito, que en los años anteriores agitaban sus banderitas de papel en aquel enorme complejo arquitectónico donde los seres humanos nos vemos tan pequeños, tan anónimos. Recuerdo que iban con sus pulóveres rojos y antes de salir del barrio tocaban a las puertas para que nadie pudiera evadirse de sus responsabilidades con la Revolución. Fue precisamente en la sala de su casa donde se puso aquel libro que 8 013 966 cubanos tuvieron que firmar para hacer el socialismo irreversible*. Los vendedores ilegales evitaban llamar a su puerta y los vecinos –al hablar de este matrimonio– se daban un toque con los dedos índices y del medio sobre el hombro, señal que indica en Cuba que alguien pertenece a las filas militares o al Ministerio del Interior.

    Hace apenas unos meses, nos enteramos que la activa pareja emigraba hacia Estados Unidos pues se había ganado un cupo en la lotería de visas de ese país. Ella entregó el cargo de vigilancia que tenía en el CDR y él se libró del carnet del Partido Comunista en una reunión donde todos se quedaron boquiabiertos ante la noticia de la partida. Comenzaron a comprar públicamente leche y huevos en el mercado negro y unos días antes de partir regalaron parte de su ropa, incluyendo aquellos atuendos de colores intensos con que desfilaban. Subieron al avión y dejaron atrás una piel –o una máscara– que habían llevado encima largos años, pues desde Hialeah ahora siguen a la blogósfera alternativa cubana, están alarmados por lo que le ocurre a las Damas de Blanco y ya no hablan con veneración –sino con irritación– de nuestros gobernantes.

    Su incondicionalidad ideológica fue tan breve como el color de las banderitas de papel que quedan en el suelo de la plaza y sobre las que cae el empecinado aguacero del primer día de mayo.

    En junio de 2002 el gobierno cubano hizo firmar a la población –violando todos los requisitos que las leyes establecen para hacer un referéndum– una modificación constitucional que convertía en irreversible el sistema socialista. El argot popular y académico la llamó “la momificación constitucional”.

    Amistades peligrosas

     

    amistades3

    Había reparado todo tipo de libros, desde Biblias hasta incunables con hojas a punto de convertirse en polvo. Era muy bueno devolviendo a su lugar las páginas arrancadas, en reparar las cubiertas y rociarlas con una solución química que les resaltaba la tinta. Por sus manos habían pasado manuscritos del siglo diecinueve, primeras ediciones de las obras de José Martí y hasta un par de ejemplares de la Constitución de 1940.  A todos les devolvió la elegancia que una vez tuvieron y al recuperarlos los leía, como el médico que quiere asomarse al alma de un paciente del que ya conoce muy bien las vísceras.

    Sin embargo, nunca había visto un libro como el que le trajeron esa tarde de finales de los años ochenta. Por su tamaño y grosor parecía el recetario de un dispensario farmacéutico, pero no contenía fórmulas químicas o nombres de medicamentos, sino que estaba lleno de delaciones. Era el inventario minucioso de todos los informes que los empleados de una empresa habían hecho contra sus colegas de trabajo. Sin percatarse de su indiscreción, la secretaria del director mandó a repararle –al repertorio de denuncias– la cubierta raída y varios pliegos que se habían despegado. Fue entonces cuando llegó a manos del bibliotecario pertinaz aquel invaluable testimonio, en papel, de las traiciones.

    Como en la trama de Amistades peligrosas, en una parte se podía leer que Alberto, el jefe de personal, había sido acusado de llevarse materia prima para su casa. Pocas páginas después, era el propio delatado quien contaba las expresiones “contrarrevolucionarias” que la auxiliar de limpieza había usado en el comedor. Los soplos se entrecruzaban e iban tejiendo un cuadro real y abominable donde todos espiaban a todos. Maricusa la contadora –según testimoniaba su compañera de oficina– vendía cigarros al menudeo desde el buró, pero cuando no estaba en esa labor ilegal se dedicaba a notificar que la administradora se iba una hora antes del cierre. El mecánico aparecía varias veces mencionado por tener relaciones extramatrimoniales con la del sindicato y porque varios reportes contra la cocinera estaban firmados de su puño y letra.

    Al concluir la lectura, sólo se podía  sentir una pena enorme por esos “personajes” obligados a interpretar una trama siniestra y desleal. Así que el restaurador devolvió el libro a la carrera, después de hacer el peor trabajo que sus manos habían ejecutado. Aún hoy, no puede dejar de pensar en los nombres, informes y acusaciones que aquellas páginas han seguido acumulando todos estos años.

    Besos de una noche

    media11

    Con un pulóver ceñido y el pelo embadurnado de gel, ofrece su cuerpo por sólo veinte pesos convertibles una noche. Él muestra ese rostro de pómulos salientes y ojos achinados que son tan comunes entre quienes vienen del oriente del país. Mueve todo el tiempo los brazos, con una mezcla de lascivia e inocencia que produce por momentos lástima, por otros, deseo. Forma parte del vasto grupo de cubanos que se gana la vida con el sudor de su pelvis, que mercadea su sexo ante extranjeros y nacionales. Una industria del amor rápido, de las caricias breves, que en esta Isla ha crecido considerablemente en los últimos veinte años.

    La Habana tiene por momentos aires de burdel, sobre todo si se transita por la calle Monte hasta la intersección de ésta con Cienfuegos. Mujeres jóvenes con ropas vistosas, pero algo desteñidas, ofrecen su “mercancía”, especialmente cuando cae la noche y los elásticos no se ven flojos ni las ojeras tan grises. Son las que no pueden competir para alcanzar un gerente o un turista que las lleve a un hotel y les ofrezca -al otro día- un desayuno con leche incluida. No usan perfumes de marca y completan su trabajo en unos apretados cuartos de solar o en el descanso de una escalera. Trafican con gemidos, intercambian espasmos por dinero.

    Estos hombres y mujeres –comerciantes del deseo- evitan tropezarse con los uniformados que vigilan la zona. Caer en manos de uno de ellos puede significar una noche en el calabozo o la deportación a su provincia de origen para quienes están ilegales en la ciudad. Todo puede resolverse si el policía capta la propuesta de un muslo que se le insinúa y acepta intercambiar el acta de advertencia por unos breves minutos de intimidad. Algunos agentes del orden volverán asiduamente a cobrar su peaje –en moneda o en servicios- para permitirles a estos seres nocturnos que sigan apostados en las esquinas. Negarse a dárselo puede hacer a las mujeres terminar en una granja de reeducación de prostitutas y a los hombres ser acusados de un delito de peligrosidad predelictiva.

    Así se completa el ciclo del sexo por dinero, en una ciudad donde el trabajo honrado es una reliquia de museo y las necesidades llevan a muchos a apostar el cuerpo, a contonearse a la espera de una oferta.

    --------------

    ¿Elecciones para qué?” *

     

    pionerita

    Qué largo camino el que me llevó de ser una pionerita custodiando las urnas a esta adulta con varios años de abstencionismo a sus espaldas. Mi hermana y yo íbamos con nuestros uniformes escolares los domingos de sufragio para hacer el saludo marcial cada vez que alguien introducía la boleta en la ranura. Recuerdo tres motivos al menos para participar en aquellas elecciones: creíamos aún en que el poder del pueblo era poder, no era posible decir un “no” si la maestra –con toda su autoridad– nos convocaba y, además, en aquellas jornadas repartían un pan con queso muy sabroso. No me perdía una, la verdad, pues nos entregaban también un jugo de frutas –en envase parafinado– que era imposible de probar en otras circunstancias, en medio de tanto racionamiento.

    Con la llegada de los años noventa, muchos de aquellos niños guardianes de las elecciones pasamos a ser jóvenes que anulaban boletas con frases entre signos de exclamación. Recuerdo la primera vez que entré a un locutorio de madera y fui dispuesta a pintoretear el trozo de papel donde nos habían emplazado a “votar por todos”. Una vecina me advirtió que ni se me ocurriera escribir una consigna en lugar de marcar la dócil cruz al lado de los nombres, pues cada papeleta tenía un número que la identificaba. “Van a saber que fuiste tú”, me aseguró y sacó a colación historias de gente reprendida por haber hecho algo similar. Pero hay ciertos momentos en la vida en que ya no importan el regaño ni el castigo.

    Después, al repasar el número de los amigos y familiares que habían invalidado su boleta, no se correspondía proporcionalmente con las cifras que daba la tele. O quienes decían haber hecho un grafiti en lugar de dar su consentimiento mentían o eran las estadísticas oficiales las que no coincidían con la realidad. De manera que pasé a la segunda fase del hastío, a la posición de quienes han dejado de confiar –totalmente– en el proceso de seleccionar a un candidato para el Poder Popular. Así que ahora me quedo en casa cada domingo de elecciones. No sé si todavía reparten panes con queso a los niños que vigilan las urnas, pero sí que los siguen mandando a tocar las puertas de los morosos, pidiéndoles que vayan al colegio electoral. Quizás –si todo sigue igual– algunos de ellos cumplirán 16 años y tomarán el lápiz rojo para garabatear su boleta o adoptarán –al igual que yo– el abstencionismo como forma de protesta.

    * Consigna expresada por Fidel Castro durante el primer año de la Revolución para responderle a quienes pedían elecciones presidenciales en el país.

    Twitter: ese animal feroz

     

    twitter

    Anoche me visitó un amigo que vive en Las Villas y que para llegar hasta la capital debe sortear los problemas de transporte y el círculo de vigilancia que lo rodea. Me contó que hace unas semanas estuvo detenido y le quitaron el teléfono móvil durante un par de horas, hasta que un oficial apareció, contrariado, con el pequeño Nokia entre sus manos. “Ahora sí que estás en problemas” le repetía una y otra vez el teniente de la Seguridad del Estado que lo tenía recluido en aquella estación. La razón para tanta alarma era que en su agenda telefónica había una entrada bajo el nombre de Twitter acompañada de un número en el Reino Unido*.

    “Nadie te salva de los quince años” lo amenazó el policía mientras le confirmaba que enviar SMS a alguien con un nombre tan raro y que vivía tan lejos era un delito enorme. No sabe él que el camino para sacar nuestros tweets al ciberespacio es el rústico envío de mensajes de sólo texto a través del servicio celular. Tampoco imagina que en lugar de llegar a manos de un miembro de la inteligencia británica, nuestros breves textos van a parar a ese pájaro azul que los hace volar por el ciberespacio. Es cierto que se trata de una emisión a ciegas y que no podemos leer las respuestas o referencias que hacen los lectores, pero al menos estamos relatando la Isla en trozos de 140 caracteres.

    Pensando siempre en conspiraciones, agentes y conjuras, no se han percatado que las tecnologías han convertido a cada ciudadano en su propio medio de difusión. Ya no son los corresponsales extranjeros quienes validan determinada noticia ante los ojos del mundo, sino que –cada vez más– nuestras incursiones en Twitter se convierten en referencia informativa. Mi amigo me lo cuenta a su manera: “Yoani, cuando veníamos hacia La Habana teníamos un gran operativo detrás. Yo redacté de antemano un SMS para advertir si nos detenían”. Quizás fue el brillo de la pantalla del Nokia o la convicción de que algo nuevo se interponía entre el perseguido y los perseguidores lo que evitó que lo metieran en la patrulla. Si lo hubieran interceptado, un breve clic en el botón de enviar habría sacado su grito a la Web, contando aquello que a la prensa internacional le hubiera llevado horas saber.

    Lo despedí en la puerta y llevaba su móvil en la mano, como una linterna de tenue luz.  En la carpeta de “borradores” un texto ya preparado lo protegería de las sombras que lo esperaban allá abajo.

    * Entre los servicios que ofrece Twitter, está la posibilidad de publicar a través del SMS para quienes no tenemos acceso a Internet. Todo se hace a través de un número de servicio al que se mandan los mensajes que aparecerán inmediatamente ubicados en la cuenta del usuario.

    Los carmelitas calzados

     

    marti

    Ojos atentos, tímpanos especializados en el sonido escurridizo del desvío de recursos y uniformes de un color marrón, casi tierra. Son los “carmelitas”, un verdadero ejército de inspectores que en los centros de producción velan porque el robo no se lleve lo poco que nos queda. Funcionan como un cuerpo de protección no subordinado a la administración del centro laboral donde se les ubica y responden -como soldados- a una estructura superior de ordeno y mando.  Reciben a cambio un mejor salario, algunos kilogramos de pollo cada mes y esa apetitosa merienda que revenden en el mercado negro. Constituyen la nueva tropa de auditores, en un país donde los empleos no se miden por lo que se gana sino por lo que permiten sustraer hacia el mercado negro.

    Estos controladores permanecen poco tiempo en cada industria, para evitar que hagan relaciones con los empleados y puedan caer en cadenas de corrupción. En las fábricas de tabaco, deben registrar a los torcedores para que no saquen –entre sus ropas- las hojas o los puros ya terminados; en la Planta de Suchel del municipio Cerro se ocupan de buscar entre los bolsos de los trabajadores los extractos de champú o de perfume; en medio de la carretera chequean que cada pasajero de un ómnibus tenga su boleto legal y en Río Zaza debieron impedir que salieran las bolsas de leche o el concentrado de tomate. Entrenados para comprobar sellos, cerrar candados y anotar los productos existentes en un almacén, no han logrado sin embargo detener los constantes desfalcos. Imposible parece la tarea de crear burbujas de eficiencia y control en una Isla donde saquear al estado es una práctica de sobrevivencia.

    La cuestión es que el gobierno sabe que la gente roba en cada centro de trabajo, pero también comprende que cerrar todos los caminos del desvalijamiento crearía un clima de mucha tensión social. Hasta ahora, la vista gorda ante la sustracción era una manera de mantener tranquilos a los infractores para que no fueran a demostrar su inconformidad de otras maneras más públicas. La mayoría de los ciudadanos es consciente de que aplaudir o callarse evita que investiguen sus vidas y salga a la luz el sustento ilegal del que se nutre su familia. La permisibilidad de la malversación ha sido durante largos años una eficiente moneda de cambio de la docilidad. De ahí lo difícil de erradicarla sin dinamitar el propio sistema. Los “carmelitas” no podrán evitar que se sigan sustrayendo recursos, porque la corrupción es la savia que nutre –fundamentalmente- a quienes mandan hoy las huestes de la auditoría hacia las calles.

    p.d Recomiendo leer el artículo de Esteban Morales “Corrupción: ¿La verdadera contrarrevolución?

    .

    ----------------

    Cuando el río suena

     

    rio_zaza

    Caridad no podría ubicar en un mapa a Sancti Spíritus, la provincia donde radica la empresa que regentó el chileno Max Marambio, pero sí que está al tanto de todos los rumores sobre su cierre y sus escándalos de corrupción. Ha aprendido a descifrar las omisiones de la prensa y a leer en la repetición de ciertos temas un intento de tapar otros más interesantes. Por eso no se conforma con la píldora revestida que le da el noticiero nacional. Para esta habanera de cuarenta años, los rumores callejeros de las últimas semanas le han hecho desempolvar un refrán que repite con terquedad: “cuando el río suena, piedras trae”. Justamente ,el nombre de la fábrica Río Zaza repiquetea en las conversaciones, aunque Granma sólo mencionó la investigación de que es objeto en una breve nota sobre la muerte de su gerente general Roberto Baudrand.

    En las escuelas de periodismo deberían enseñar ciertas lecciones. Una de ellas –la que los cubanos hemos aprendido a fuerza de leer entre líneas- es que esconder una noticia aviva el interés por ella, aumenta la fabulación y la especulación sobre sus detalles. Mientras nos llaman a asistir a actos de reafirmación revolucionaria y a condenar una campaña mediática contra Cuba -de la que no se publica ni un solo documento- todos suponemos que algo grande deben querer tapar con tanto bullicio. La demora en confirmar que algo ocurría en esa industria de capital mixto ha hecho que la prensa extranjera, los periodistas independientes y los bloggers les arrebatemos el tema a los controlados reporteros oficiales. Les toca a ellos cantar las glorias, no narrar la basura debajo de la alfombra.

    Caridad ha tenido razón con el tintín, con ese arroyo que se ha convertido en atronadora catarata. Algo muy fétido se esconde detrás del silencio y la distracción. Huele a billetes verdes, a desfalcos, tiene el hedor de la corrupción que ya no está localizada en un lugar sino que es genética al sistema. Las huestes de auditores que saldrán a la calle en los próximos días no podrán detener esta depauperación. Necesitarían otro número similar de ellos para controlar a los inspectores, vigilar al que vigila, supervisar al que supervisa. Las piedras que trae el río son demasiadas y muy grandes, todos las oímos por detrás de las consignas.

    La otra entrevista

     

    llave_de_paso

    No me gusta ir por la vida defendiéndome de ataques, quizás porque me he pasado la mayor parte de ella bajo el fuego cruzado de la crítica. He aprendido que a veces es mejor digerir el insulto y seguir adelante, pues denigrar ensucia más a quien lo hace que a la víctima. Sin embargo, todo tiene un límite. Algo bien distinto es que pongan en mi boca frases que yo no dije, tal y como ha ocurrido con la entrevista publicada por Salim Lamrani en Rebelión. Al comenzar su lectura, no noté mucho la tergiversación, pero ya en la segunda parte me era imposible reconocerme. Es cierto que la introducción trataba de generar aversión en los lectores hacia mi persona, pero  ese es el derecho que tiene cada entrevistador de narrar cómo ve al objeto de sus preguntas.

    La gran sorpresa ha sido constatar -en la medida en que avanzaba el texto- enormes omisiones, distorsiones y hasta frases inventadas atribuidas a mí. Todo hubiera quedado en otro intento –entre tantos miles- de adjudicarme posturas que no tengo y afirmaciones que jamás he dicho, si no fuera porque los medios oficiales cubanos se aprestaron rápidamente a hacerse eco de la reacomodada entrevista. Ayer, cuando vi al presentador del más aburrido programa de la televisión oficial referirse –sin mencionar mi nombre- a una serie de preguntas que “me desnudaban”, comencé a comprenderlo todo. La razón para la adulteración ya no era la premura al transcribir ni el deseo de un periodista de probar a toda costa su hipótesis aún distorsionando para ello las palabras del entrevistado. Algo mayor se está fraguando con ese texto semi-apócrifo y hago ahora un alto en el camino de mi blog para advertirlo.

    Tengo una memoria muy vívida de aquella tarde de hace casi tres meses –curiosamente el señor Lamrani ha tardado todo este tiempo en hacer pública nuestra conversación- y de las palabras que intercambiamos. Recuerdo sus preguntas estereotipadas y por momentos desinformadas sobre nuestra realidad que muy poco se parecen a estas -tan documentadas- que él ha vuelto a redactar para parecer un especialista. No me caracterizo por responder con monosílabos, de ahí que me cuesta trabajo identificarme entre tanta parquedad. En la medida en que el intercambio que tuvimos en el hotel Plaza avanzaba, se podía notar como la simpatía de él hacia mi posición aumentaba. Al final, sentí que todas las barreras se habían derrumbado y el comprendía que no éramos contrincantes, si acaso personas que veían un mismo fenómeno desde ópticas diferentes. Un abrazo final de su parte me lo confirmó. Pero, evidentemente, pudo más la disciplina a “la causa” que su ética periodística y el profesor de la Sorbonne  terminó –visiblemente en la segunda porción de la entrevista-por adulterar  mi voz. En su modernísimo Iphone mis moderadas frases debieron ser como un virus informático royendo los estereotipos, un llamado a terminar con esa confrontación que personas como él prefieren alimentar.

    Plantillas infladas

     

    cosas_grandes

    En un ciclo que parece no terminar nunca se anuncian frecuentes remedios que dinamizarán nuestra economía. Esta vez se le llama “terminar con las plantillas infladas”, aunque desde la óptica de quienes quedarán sin puesto de trabajo se resume en una palabra: “desempleo”. Largos reportajes muestran en la tele que el problema de la ineficiencia está dado por el exceso de personal en oficinas, fábricas y hasta hospitales. Cada jornada de trabajo debe tener contenido para evitar el ocio, nos dicen en los medios, como si tan elemental fórmula hubiera sido descubierta hace un par de semanas.

    Algunos economistas advierten que enviar a casa a todos los que sobran en sus funciones dispararía la cifra de parados a más de un 25%. Uno de cada cuatro trabajadores podría ser cesanteado en aras de sanear las  abultadas nóminas, pues el país no tiene liquidez para seguir pagando brazos inactivos. Tan alto número de desocupados implicaría un aumento del descontento social, cientos de miles de personas lanzadas a realizar ocupaciones ilegales y el fin del truco de crear subempleos como forma de adulterar las estadísticas de ocupación. Indago sobre qué ocurrirá en esas dependencias oficiales plagadas de burócratas o qué pasará con el engordado listado de quienes laboran para la Seguridad del Estado. ¿Tendrán ellos también una reducción de plantilla? Visto el número creciente de los policías vestidos de civil que deambulan por las calles, creo que se debería comenzar con ellos para eliminar tantos excesos. Por una razón de imagen a los que queden fuera no se les llamará desempleados, sino con alguna sutileza –como las ya usadas en otros momentos– al estilo de excedentes o interruptos.

    A pocos días de celebrarse el primero de mayo, muchos cubanos están bajo el riesgo de perder su plaza laboral. Sin embargo, estoy segura de que no veremos en el desfile de la Plaza un solo cartel mostrando la inconformidad o la crítica ante la reducción de personal. El propio presidente de la CTC dijo que la cita de los trabajadores será para reafirmar su apoyo al proceso y para criticar la llamada campaña mediática contra Cuba. La única agrupación sindical legalizada del país demuestra así su condición de polea transmisora de orientaciones desde el poder hacia los obreros, pero no lleva demandas en la otra dirección. Los veremos pasar frente a la tribuna, a punto de perder el trabajo, pero portando una tela de repudio a la Unión Europea o a Estados Unidos. Ninguno podrá hacer de ese día un momento de verdadero reclamo, una cita para exigir al gran patrón llamado Estado que no lo dejen en la calle.

    El estigma de la prosperidad

     

    hoguera_de_vanidades

    Para los cubanos de mi generación, la idea de anhelar el éxito implicaba el padecimiento de una terrible desviación ideológica, no sólo si se pretendía sobresalir en lo personal sino también en el ámbito profesional o económico. Se nos educó para ser humildes y se nos impuso la norma de que al recibir algún reconocimiento público, era obligatorio subrayar que sin la ayuda de los compañeros que nos rodeaban hubiera sido imposible obtener semejante resultado. Lo mismo ocurría con la simple tenencia de un objeto, el disfrute de una comodidad o la “malsana” ambición de prosperar.

    La pretensión de ser competitivo se castigaba con etiquetas muy difíciles de despegar de nuestro expediente, como las acusaciones de autosuficiente o inmodesto. El éxito tenía que ser -o parecer- común, fruto del esfuerzo de todos, bajo la sabia dirección del Partido. Así aprendimos que la autoestima tenía que disimularse y que había que ponerle riendas al entusiasmo emprendedor. Los mediocres tuvieron su agosto en esta sociedad que terminó por cortar las alas a los individuos más atrevidos, mientras potenciaba el conformismo. Eran los tiempos de ocultar las pertenencias materiales, demostrar que todos éramos hijos de abnegados proletarios y afirmar que odiábamos profundamente a los burgueses.

    Algunos fingieron que abrazaban el igualitarismo, pero en realidad acumulaban privilegios y amasaban fortunas, mientras repetían en los discursos los llamados a la austeridad. Eran los que seguían diciendo en las autobiografías que venían de una familia pobre y que su aspiración principal era servir a la patria. Con el tiempo sus colegas del trabajo descubrían que detrás de la imagen de ascetismo se escondía un desviador de recursos del Estado o un acumulador compulsivo de posesiones materiales. Aún hoy, la máscara de la frugalidad ha seguido en sus rostros, aunque sus abultados abdómenes digan todo lo contrario.

    -------------------

    Beligerancia

     

    montaner-rodriguez

    Hace un par de meses tuve el gusto de hablar en un hotel habanero con un periodista extranjero que había escrito un largo artículo contra mí. La charla fue muy amena, aunque le reproché el haber redactado un texto tan extenso sin entrevistar antes al objeto de su diatriba, una persona viva y fácilmente localizable en La Habana. Después de dos horas de preguntas y respuestas, nos dimos cuenta que ambos queríamos básicamente lo mismo: un marco de respeto para nuestras ideas. Él lleva a cabo una cruzada contra los medios hegemónicos imperantes en su país y yo trato de que los cubanos puedan sacudirse el monopolio informativo estatal. Visto así, se trata de aspiraciones similares.

    Entre las estrategias más usadas por el discurso oficial en Cuba está la de separar a los ciudadanos en compartimentos no conectados. En la medida que cada uno se niega a escuchar al otro, no pueden constatar que tienen observaciones afines sobre su realidad y deseos confluentes de mejorar el país. Por eso se sataniza al crítico y se le impide a los periodistas oficiales invitarlo a los estudios de la televisión a participar en esos paneles aburridos donde todos tienen el mismo punto de vista. Se repite la táctica de “echar a pelear” a personas que sentadas frente a una taza de café confirmarían sus afinidades en lugar de ahondar en sus diferencias. Siempre que escucho denigrar a alguien con adjetivos encendidos al estilo de “mercenario” o “vendepatria” me percato de que el emisor de tantas calumnias teme –en su interior– que en un debate no pueda dejar los gritos y argumentar sus ideas. Los que ofenden son, generalmente, los que temen a la sana polémica por estar carentes de razones.

    He leído con sorpresa y optimismo el intercambio de cartas entre Silvio Rodríguez y Carlos Alberto Montaner, Cuando dos figuras que han sido colocadas en las antípodas pueden llevar a cabo una controversia sin apelar al alarido o a la amenaza, es señal de que las inyecciones de crispación ya no funcionan. De pronto hemos visto como el cantautor de la “utopía” y el “archienemigo” del gobierno han comenzado a mantener correspondencia y a debatir sus puntos de vista. Me pregunto si esa es la señal de arrancada para que en el interior del país un miembro del partido comunista pueda sentarse a dialogar con otro que pertenece a un grupo de la oposición. ¿Estaremos asistiendo al derrumbe de las paredes interiores que nos aislaron a unos de otros? ¿Cuántos más estarían dispuestos a dejar a un lado la injuria y sentarse a conversar? Quisiera creer que sí, que el mero hecho de responderle a un contrincante es la prueba de que se le respeta, la mejor forma de validar su existencia y su derecho a pronunciarse.

    De la leche al parapeto

     

    adolfo_cabrera

    Con la estampida en masa de inversionistas extranjeros, los anaqueles de las tiendas muestran las reales cifras de nuestras finanzas. Mi madre me llama temprano para avisarme que hay papel sanitario en un mercado lejano; dice que debo apurarme pues ya se ha corrido la voz y pronto se agotará. Salgo mirando a la derecha y a la izquierda como un ventilador, a ver si también aparece algún tipo de jugo para poner en la taza de Teo por la mañana. Pero el desabastecimiento es notable y han desaparecido de las tiendas los envases tetra-packs con la marca Río Zaza, la otrora empresa mixta sumida hoy en un escándalo de corrupción. El mercado negro ha colapsado, pues no es un secreto para nadie que éste se nutre del desvío de recursos en las fábricas y del robo durante la transportación de las mercancías hacía los comercios.

    Hasta los más pacientes empresarios foráneos, al estilo del español que regenteaba la firma Vima, han hecho sus maletas y regresado a casa. El consorcio entre la perfumería Suchel y el capital ibérico aportado por Camacho está llegando a su fin y mis amigas muestran sus canas ante la ausencia de tintes para el pelo. El tiempo en que el país compraba primero y pagaba después se terminó. Ahora arrastra tantas deudas que hacen difícil atraer el capital y tomar fiado. Los efectos de la crisis se sienten con fuerza en la vida cotidiana, donde un jabón ha pasado a costar un 30% más que hace apenas un año. Las amas de casa se rascan la cabeza frente a la sartén, mientras gritan que el salario se va como agua una vez cobrado a fin de mes. Ni siquiera los bendecidos por una remesa llegada desde afuera o los habilidosos comerciantes del mercado informal la tienen fácil.

    Pocos se acuerdan ya de aquel discurso pronunciado hace tres años en Camagüey, donde Raúl Castro insinuaba la posibilidad de un vaso de leche para cada cubano. Muy por el contrario, las palabras que emitió el pasado domingo nos han traído trincheras, parapetos e imágenes apocalípticas de la Isla hundiéndose en el mar. Corriendo detrás de los escurridizos alimentos, hemos tenido poco tiempo para reflexionar sobre lo dicho en el Palacio de las Convenciones, pero sus numantinas amenazas gravitan sobre nosotros. Interpretadas en un sentido directo, presagian que nos espera un hueco húmedo rodeado de sacos de arena, un fusil para dispararle no se sabe a quién y esa última bala en la recámara que usaremos sobre nosotros mismos. Mientras, el General se mantendrá firme en su puesto y comprobará –a distancia– que no incumplamos la orden final de inmolación.

    Cuba Libre preso en La Habana

     

    confiscacion

    Justamente ayer, la víspera de presentarse en Chile una compilación de mis textos con el título Cuba Libre, me llegó una   información de la Aduana General de la República. En ella me confirmaban la confiscación de diez ejemplares de mi libro enviados a través de DHL. En las rancias y breves palabras de la burocracia, me explicaban:

    Al realizar la inspección física del envío se detectó documentación cuyo contenido atenta contra los intereses generales de la nación, por lo que se procede a su decomiso en correspondencia a lo establecido en la legislación vigente.

    Trato de reproducir la escena de “los especialistas” dilucidando si permitían o no que el libro traspasara las fronteras de esta Isla y llegara hasta mis manos. ¿Buscarían en sus páginas alguna imagen obscena que pudiera ofender la moral? De seguro no la encontraron entre las fotos de vallas inflamadas de consignas políticas, las desvencijadas entrañas de un automóvil abandonado y las banderas cubanas exhibidas en un mercado donde no vale la moneda nacional. Esto último puede parecer obsceno, pero no es mi culpa.

    ¿Serían celosos doctores de la gramática esos que manosearon las frases de Cuba Libre buscando quizás una errata  o un tiempo verbal mal usado?  ¿Se trataba acaso de analistas militares, indagando entre los párrafos de mis crónicas por códigos ocultos, revelaciones sobre la economía o documentos secretos de la Seguridad del Estado? Nada de eso hallaron, ni siquiera la receta de cómo fabricar guarapo, esa casi extinta bebida nacional que se logra exprimiendo la caña de azúcar.

    Me conformo con fantasear que quienes impidieron a la versión española de mis textos llegar hasta cientos de amigos entre los que circularía eran unos uniformados con más disciplina que lecturas. Probablemente ya estaban avisados por los escuchas que monitorean constantemente mi teléfono; pueden haberles advertido incluso que no fueran a leer el contenido. Si tres años de publicar en el ciberespacio hubieran servido solamente para hacer llegar mi voz hasta estos torvos censores, sería suficiente motivo para sentirme satisfecha. Algo de mí quedará en ellos, como mismo su represiva presencia ha marcado mis crónicas, las ha empujado a saltar hacia la libertad.

    Una juventud demasiado vieja

     

    valla_piernas

    La máxima cita de la Unión de Jóvenes Comunistas concluyó en La Habana, pero su pariente mayor, el Partido, aún no anuncia la fecha en que celebrará su sexto congreso. Raúl Castro afirmó a principios de 2009 que convocaría -a la mayor brevedad- una conferencia nacional del PCC, pero a estas alturas nadie puede ubicarla en el almanaque. La UJC se le ha ido entonces por delante al reunirse en el Palacio de las Convenciones y discutir temas que habrían dejado fructíferas polémicas si hubieran contado con un marco de verdadero respeto.

    Bajo el lema de “Todo por la Revolución”, cientos de rostros juveniles observaron la mesa presidencial repleta de funcionarios que ya cumplieron más de seis décadas de vida. La vieja generación no estuvo allí para decirles a los más nuevos “el país también es de ustedes, les toca ahora decidir el rumbo”, sino que los exhortó al sacrificio, los amonestó por la poca combatividad y quiso arrancarles pactos de continuidad y eterna fidelidad. Es el tipo de acciones que desarrolla un partido político en relación con su cantera, pero en el caso cubano se trata de la única organización juvenil permitida por la ley. Llama la atención que a esa edad en que adoptamos las poses más variadas y defendemos las banderas más increíbles, a nuestros jóvenes sólo les está admitida la militancia bajo el carnet rojo. Muchos de ellos, en circunstancias más libres, engrosarían filas en un grupo ecológico, se sumarían a un piquete de activistas sindicales o se afiliarían para exigir el fin del Servicio Militar obligatorio.

    Quienes hoy forman parte de la UJC nacieron comenzado ya el Período Especial, no alcanzaron juguetes en las tiendas de productos racionados y sólo tomaron leche -legalmente-  hasta los siete años. Han crecido gracias al mercado negro y se han puesto zapatos porque sus padres desviaron recursos del estado o le pidieron a un pariente exiliado ayuda para comprarlos. Se trata de una generación crecida en medio del apartheid turístico que impedía a los cubanos entrar en los hoteles o acceder a ciertos servicios; hijos amamantados con consignas vacías en las escuelas y palabras de hastío en los hogares. A pesar de su compromiso de lealtad, sospecho que acarician el desquite, ese momento en que romperán todas las promesas hechas a los mayores.

    Bicicletas

     

    bicicleta

    Hace veinte años nuestras calles comenzaron a llenarse de bicicletas y a vaciarse de autos. No era una moda para proteger el medioambiente o para ejercitar el cuerpo, sino el resultado directo del fin del subsidio soviético. Se interrumpió el suministro de petróleo a precios preferenciales llegado desde el Este, el transporte público colapsó y mi padre perdió su empleo como maquinista de trenes.  Por aquellos años, trasladarse hacia al trabajo podía tardar el equivalente a media jornada laboral y frecuentemente viajábamos colgados de las puertas de los ómnibus, como racimos humanos.

    Llegaron entonces sucesivos cargamentos de bicicletas desde la tierra de Deng Xiaoping y se distribuyeron entre obreros destacados y estudiantes vanguardias. Ya el premio  por una meritoria faena o por la incondicionalidad ideológica no era un viaje a la RDA o la entrega del último modelo de Lada, sino un reluciente ciclo marca Forever. Aparecieron por doquier parqueos donde se protegía a los ligeros vehículos de los ladrones y mi papá abrió un taller para repararles los ponches. También surgieron innovaciones que les agregaban sillas de bebé, tráilers y cestas delanteras. Hasta las mujeres de avanzada edad, renuentes a mostrar sus piernas mientras les daban a los pedales, terminaron por adaptarse al ritmo de los tiempos.

    Con la dolarización de la economía, se permitió a altos funcionarios, artistas y extranjeros residentes importar sus propios autos, mientras que los turistas podían rentar un Peugeot o un Citröen. Así las calles experimentaron nuevamente el rodar constante de los neumáticos. Las bicicletas fueron menguando porque ya no llegaban barcos cargados de ellas, las piezas de repuesto escaseaban y los cubanos se cansaron de pedalear a todos lados. Una ligera mejoría en las rutas de ómnibus ha hecho a muchos deshacerse del rodante compañero, como si estuvieran con ese gesto librándose de la crisis.

    ---------------

    DHL o cómo se apoya a la censura

    dhl

    Imagen tomada de: http://media.photobucket.com/

    Hace un par de años fui a la oficina de DHL en Miramar para enviar unos videos familiares a unos amigos en España. La empleada me miró como si pretendiera trasladar a otra galaxia una molécula de oxígeno. Sin siquiera tocar el casete MiniDV, me dijo que la filial habanera sólo aceptaba transportar modelos VHS. Pensé que se trataba de una cuestión de tamaño, pero la explicación de ella fue más sorprendente: “Es que nuestras máquinas para visualizar el contenido sólo leen casetes grandes”. Ante mi insistencia, la mujer sospechó que en lugar del rostro sonriente de mi hijo, yo quería remitir “propaganda enemiga” al extranjero.

    Regresé frustrada a casa –adonde nunca me llega correo regular– y pasado un tiempo estuve otra vez necesitada de los servicios de esta empresa alemana. Ante la imposibilidad de viajar a Chile para presentar mi libro Cuba Libre, la editorial me remitió, hace pocos días, diez ejemplares en un sobre con la palabra “express”. Ni las numerosas llamadas telefónicas a la oficina de la calle 26 esquina 1ra, ni mi presencia allí, han logrado que me entreguen lo que es mío. “Su paquete ha sido confiscado” me han  dicho hoy en la mañana, aunque en realidad debieran haber sido más honestos y confesarme “Su paquete ha sido robado”. Aunque se trata de los mismos textos que, sin echar mano de la violencia verbal, he ido publicando en la Web desde hace tres años, los censores de la aduana lo han tramitado como si fuera un manual para fabricar cocteles Molotov.

    Ahora que los titulares de todo el mundo cuentan el fin del contubernio entre Google y la censura china, las empresas extranjeras radicadas en Cuba siguen obedeciendo los filtros ideológicos impuestos desde el gobierno. Con sus aires de eficiencia, su tradición de inmediatez y sus frases al estilo de “Keep an eye on your package”, DHL ha aceptado una tabula política para medir a sus clientes. No hacerlo le valdría la expulsión del país y la consiguiente pérdida económica, de ahí que pasen por alto la inviolabilidad del correo y miren hacia otro lado cuando alguien demanda que le devuelvan lo que le pertenece. Los colores rojo y amarillo de su identidad corporativa nunca me habían parecido tan estridentes. Al mirarlos hoy siento que en lugar de celeridad y eficacia nos están advirtiendo: “¡Cuidado! Ni siquiera entre nosotros tu correspondencia está segura”.

    Baseball

     

    Como cada año, la Serie Nacional de Béisbol atrae la atención de millones de cubanos. “La pelota”, como le decimos familiarmente, es desde hace muchos años el deporte nacional y no resulta raro que genere acaloradas discusiones en los parques más céntricos de toda la Isla. Para quienes tenemos la ilusión de que la gente se ocupe de cuestiones más candentes, siempre resulta un poco frustrante comprobar que aquel grupo de hombres, que gritaba y manoteaba apasionadamente, no discutía sobre cómo terminar con la dualidad monetaria ni estaba reclamando algún derecho escamoteado, sino sólo dirimía si tal jugada fue correcta o quién es el mejor bateador entre todos los jugadores.

    Pero la primera pasión deportiva de los cubanos no está exenta de política, especialmente cuando alguna estrella beisbolera decide no regresar al país luego de un viaje al extranjero, o si un pelotero no integra la selección a un evento internacional porque resulta poco confiable y se teme que “deserte”. En un reciente encuentro entre dos equipos de ardorosa rivalidad, un jugador se sintió ofendido porque creyó que la bola había sido lanzada con la intención de golpearlo y, para sorpresa de los espectadores, salió corriendo en dirección al pitcher blandiendo amenazante su bate. Los jugadores salieron del banco, algunos aficionados se tiraron al terreno, la policía roció gas pimienta y repartió patadas y bastonazos. Las cámaras que transmitían el juego apuntaron hacia otro lado y ningún televidente se enteró de lo ocurrido… en ese momento.

    Pero las nuevas tecnologías impidieron que la pacata censura se saliera con la suya y decenas de cámaras digitales y teléfonos celulares filmaron los detalles. La versión de los hechos se distribuyó entre miles de personas, grabada en CD y copiada en memorias USB. ¡Qué buenas discusiones tuvimos entonces en los parques!

    El candidato del cambio

    foto-jugar1

    Silvio fue llevado hasta su casa entre gritos de júbilo después de la reunión para nominar al delegado de su circunscripción. Sólo obtuvo 15 votos de un total de 120, pero la suya fue la victoria de la hormiga que logra excavar en el muro, el triunfo del pío pío que se hace escuchar en medio de la algarabía. Aunque se habían movilizado hacia el municipio de Punta Brava personas que no estaban en el registro de electores, el candidato oficialista sólo pudo saborear 45 manos levantadas a su favor. La abstención fue la forma en que el 50% de los congregados manifestó su inconformidad -o su indiferencia- ante un proceso asambleario con muy poca influencia en la vida real.

    Recuerdo cuando Silvio Benítez habló por primera vez de presentarse en las elecciones del poder popular de su circunscripción. Ni sus amigos más cercanos alimentamos la esperanza de que saliera nominado o al menos lograra que alguien -ajeno a su familia- lo propusiera públicamente. La frustración a prioi, priori, el desgano por anticipado, se han introducido demasiado en nuestras vidas. De ahí que nos sintamos derrotados antes de proyectar siquiera una fórmula con la que transformar el país. La balsa surcando el mar o el silencio cómplice siguen siendo las estrategias más usadas para solucionar los problemas personales de cada cual, visto que el “el problema” nacional parece perpetuo.

    Sin embargo, aquella noche en Punta Brava la telenovela no fue más atractiva que la desgastada maquinaria de optar por “el mejor y el más capaz”. La curiosidad hizo que se llenaran las calles y las aceras para saber si “el candidato del cambio” lograba la victoria. Silvio les había prometido un programa diferente, no marcado por la ideología sino por la gestión ciudadana. Aunque no logró registrar su nombre en el listado de más de 15 mil delegados de todo el país, al menos compulsó a la abstención a la mitad de los electores de su zona. Sin atreverse a optar por él, muchos de sus vecinos apretaron sus dedos dentro de los bolsillos, acariciaron la cabeza de sus hijos o aguantaron el cigarro frente a los labios cuando se les exigió que votaran a mano alzada. Su triunfo lo obtuvo del conjunto de brazos caídos, de todas aquellas bocas que no se aventuraron a mencionar su nombre, pero tampoco lo negaron.

    ------------

    El legado

     

    20100317elpepuint_7

    Vienen tiempos difíciles. Soy optimista a largo plazo, pero la desazón me embarga ante los años que se avecinan. Hay demasiada crispación acumulada. Han sembrado sistemáticamente entre nosotros el rechazo a la opinión diferente y eso no se borra en poco tiempo.  Ayer cuando vi a un ama de casa que en tono vulgar gritaba “la gusanera está revuelta” –refiriéndose a la peregrinación de las Damas de Blanco– constaté cuan largo es el camino de la tolerancia que nos queda por delante. Aprender a debatir sin ofender, a convivir con la pluralidad y a respetar las diferencias, tendrá que constituirse en asignatura obligatoria en nuestras escuelas. Será un proceso largo el hacer entender a todos que la diversidad no es una enfermedad sino un alivio.

    Temo que el grito se nos haga crónico y que la bofetada siga siendo la vía más rápida para acallar al otro. Me estremece presagiar una Cuba donde se continúa atacando física y legalmente a alguien por su filiación política o su tendencia ideológica. Qué triste país el que tendremos si a las autoridades les sigue pareciendo natural un escarmiento a quienes contradicen la opinión oficial. Ya me resulta bastante enferma una sociedad que asiste pasiva al acoso que sufrieron ayer unas pacíficas mujeres con gladiolos en sus manos. Pero el sectarismo no quedo allí, sino que intentaron justificarlo y por ello prepararon a la carrera un guión para el programa más tedioso de la televisión cubana: la Mesa Redonda. Sin embargo, los televidentes –después de dos horas de estoica escucha– confirmaron que la ausencia de argumentos les ha dejado sólo el insulto, la difamación y las maromas verbales.

    ¿Por qué no tienen el valor de invitar, a ese aburrido set donde hacen un monologo cada tarde, al menos un par de personas que piensen diferente? El más tímido y parco de los inconformes que conozco los desnudaría con un par de preguntas y con unas breves frases haría tambalear su teoría de la conspiración. Pero no se atreven. Amparados por el poder –no hay peor aliado para un periodista– sustentados su verbo y su pluma con las prebendas y los privilegios, saben que no soportarían la artillería de la crítica. De ahí que ensalzan el golpe, azuzan las consignas y ponen unos videos picoteados para probar que al diferente hay que aplastarlo. Alimentan así el fanatismo, ese germen que amenaza con prolongarse más allá de sus propias vidas: el legado de odios y desconfianza que pretende dejarnos este sistema.

    De que callada manera

    pablo_milanes

    Imagen tomada de http://media.photobucket.com/

    Caminar al borde y decir justo hasta el límite es práctica obligada para ciertos artistas críticos que aún radican en Cuba. De vez en cuando nos regalan una frase salpimentada de inconformidad que sale publicada en los periódicos extranjeros, aunque los nacionales no se hagan eco de ella. Con un pie fuera y el otro dentro de la Isla, debe ser difícil pasar de expresarse en voz alta a hacerlo en un murmullo. Las largas estadías en el extranjero se han convertido así en un catalizador de opiniones para algunos representantes de nuestra cultura. Evidentemente, la interacción con otras realidades-con sus logros y sus problemas-hace que las consignas triunfalistas suenen muy lejanas y la intolerancia del patio se torne insufrible.

    La última entrevista de Pablo Milanés tiene, por un lado, la mesura que le evita quemar las naves del retorno y por otro la osadía de quien está muy preocupado con lo que ocurre en su país. Hay un riesgo enorme, sin dudas, en clasificar como “reaccionario de sus propias ideas” a quienes nos gobiernan y han censurado a tantos escritores, músicos y actores por decir muchísimo menos. El autor de Yolanda transita así por el filo de una hoja, sobre la que otros han terminado despedazados. Lo protege en ese empeño de sinceridad su renombre internacional y la simpatía que le profesa gente de todas partes y de múltiples generaciones. A un desconocido trovador de barrio se la harían pagar muy cara, pero a Pablo lo necesitan.

    La emigración ha marcado demasiado el nivel artístico de nuestros escenarios. No sólo se han ido en masas mis colegas de la universidad y mis contemporáneos del barrio, sino que la cultura cubana tiene un porciento de sus representantes –que algunos cuantifican y califican como mayoritario– fuera de nuestras fronteras. Perder –ahora– esta voz potente sería reconocer que quienes compusieron el fondo musical que acompañaba la construcción de la utopía han dejado de creer en ella. Por eso no van a publicar en la web de ninguna institución oficial una diatriba agresiva y amenazante contra la franqueza del entrevistado. Tampoco le dejarán saber en el consulado de Madrid que ya no es bien recibido en su propia patria, ni lo acusarán de estar hablando con palabras del “Amo del Norte”. Ninguna de esas estrategias estigmatizadoras será desplegada contra Pablo, pero en los conciliábulos ministeriales y en los cerrados círculos del poder no le perdonarán haberse comportado como un hombre libre.

    Tropical mafia

    tropical_island

    Un chaparrón de sucesos está cayendo sobre Cuba. Las primeras gotas llegaron apenas comenzar enero, con la muerte por desnutrición y frío de varias decenas de pacientes del Hospital Psiquiátrico habanero. El aguacero de problemas arreció al fallecer Orlando Zapata Tamayo, empujado hacia el final por la desidia de sus carceleros y la testarudez de nuestros gobernantes. Sobrevino entonces la huelga de hambre del periodista Guillermo Fariñas y con ella nuestras vidas cayeron al centro de un tornado político y social cuyos vientos huracanados crecen cada día.

    Paralelamente a estas  borrascas,  una secuencia de posibles escándalos por corrupción ha venido a poner en jaque al poder en Cuba. Según rumores, se ha sabido de allegados a ministros con maletas de dólares escondidas en las cisternas, vuelos comerciales cuyos dividendos iban a manos de unos pocos y fábricas de jugos cuyas enormes plusvalías eran  sacadas a toda velocidad del país. Entre los implicados, parece haber hombres que bajaron de la Sierra Maestra y que se enriquecieron otorgando  licitaciones a empresarios extranjeros que les daban comisiones muy suculentas. El Estado ha sido saqueado desde el propio Estado. El desvío de recursos ha llegado  a niveles en los que robar  un poco de leche de una bodega parece un juego de niños. Los jerarcas del poder en esta Isla toman a manos llenas y a la  carrera, como si intuyeran que el chubasco de hoy terminará por desplomarles el techo sobre las cabezas. Da la impresión de que  el país está en liquidación y muchos – desde un uniforme verde olivo – aprovechan para llevarse lo poco que nos queda.

    La callada prensa,  mientras tanto, nos habla de glorias pasadas, de aniversarios  por cumplirse y  afirma que la Revolución nunca ha estado más fuerte.  Tras el telón, una serie de purgas se suceden y las auditorías palpan las vísceras de  nuestras finanzas para   determinar que no queda  nada por hacer ante el avance de la corrupción.  La generación de los históricos no sólo nos señaló el camino de la simulación, sino que nos ha sembrado la idea de que las arcas de la nación se manejan como el bolsillo personal.  Las aguas negras de las miserias éticas y morales,  que ellos mismos  han alimentado y propiciado,  acabarán por ahogarnos a todos.
     

    Narrar la noticia… vivir la noticia

     

    Contar lo que nos duele, escribir sobre aquello que hemos rozado, tocado y sufrido, trasciende la experiencia periodística para convertirse en un testimonio de vida. Hay un abismo de distancia entre las crónicas sobre un hombre en huelga de hambre y el acto de palparle las costillas que le sobresalen en los costados. De ahí que ninguna entrevista pueda reproducir los ojos llorosos de Clara –la esposa de Guillermo Fariñas– mientras cuenta que para la hija de ambos el padre está enfermo del estómago y por eso enflaquece cada día. Ni siquiera un largo reportaje conseguiría describir el pánico inducido por la cámara que –a cien metros de la casa de este villaclareño– observa y filma a quienes se acercan al número 615 A de la calle Alemán.

    Acumular párrafos, compilar citas y mostrar grabaciones, no alcanza a transmitir los olores del Cuerpo de Guardia a donde trasladaron ayer a Fariñas. Se me hace insoportable la culpa de haber llegado tarde a pedirle que volviera a comer, a persuadirlo de evitar que su salud sufriera un daño irreversible. Durante el viaje en la carretera hilvané algunas frases para convencerlo de no llegar hasta el final, pero antes de entrar en la ciudad un SMS me confirmó su hospitalización. Le iba a decir “Ya lo has logrado, has ayudado a quitarles la máscara” y en lugar de eso tuve que pronunciar palabras de consuelo para la familia, sentarme en su ausencia en aquella sala del humilde barrio de La Chirusa.

    ¿Por qué nos han llevado hasta este punto? ¿Cómo han podido cerrar todos los caminos del diálogo, el debate, la sana disensión y la necesaria crítica? Cuando en un país se suceden este tipo de protestas de estómagos vacíos, hay que cuestionarse si a los ciudadanos se les ha dejado otra vía para mostrar su inconformidad. Fariñas sabe que jamás le darán un minuto en la radio, que su criterio no será tomado en cuenta en ninguna reunión del parlamento y que su voz no podrá alzarse, sin penalización, en una plaza pública. Negarse a ingerir alimentos fue la forma que encontró para mostrar el desespero de vivir bajo un sistema que ha constituido la mordaza y la máscara en sus “conquistas” más acabadas.

    Coco no puede morir. Porque en la larga procesión funeraria donde van Orlando Zapata Tamayo, nuestra voz y la soberanía ciudadana que hace rato nos asesinaron… ya no cabe un muerto más.

    Casa de cristal

     

    radiografia

    Junto a la telenovela brasileña, los documentales pirateados al Discovery Channel y la aburrida mesa redonda, coexiste una modalidad de reportajes televisivos émulos de la saga de “Big Brother”. En nuestra pantalla chica, vemos a ciudadanos filmados por cámaras ocultas y asistimos a la divulgación de los mensajes contenidos en sus buzones de correo electrónico, sin que para ello haya mediado la orden de un juez. Como si viviéramos en una casa de cristal inspeccionada por el ojo severo del estado, hasta la propia empresa telefónica graba las conversaciones de sus clientes y las transmite a once millones de atónitos espectadores.

    La última modalidad de esta disección pública es poner a declarar a doctores que, violando la privacidad de lo dicho en una consulta –hecho tan grave como el del sacerdote que revela los secretos de confesión- hablan de los pormenores de un caso médico. Salen fotos del interior de las viviendas y de los refrigeradores de quienes han osado contravenir a la opinión oficial, mientras el paparazzi y el policía político se funden en un solo personaje muy cercano al voyeur. No me extrañaría que en algún dossier –esperando por ser sacado a la luz- aparezca el cuerpo desnudo de un inconforme, como si estar encuero fuera la prueba irrefutable de su “maldad”.

    Imágenes sacadas de contexto, frases editadas y ángulos desfavorables para generar aversión en la opinión pública, son algunas de las técnicas sobre las que se construyen estos informes televisivos. En ninguno de ellos se entrevista a la “víctima”, pues así evitan que la adocenada audiencia compruebe que comparte con ella las opiniones críticas. Para mala suerte de los burdos productores de este tipo de reality show, la tecnología en manos ciudadanas ha comenzado a hacer transparentes también las paredes de sus vidas.  Después de haber sido observados largamente, comprobamos ahora que hay un agujero para mirar al otro lado de la cerca.

    ------------------

    El voto baldío

     

    citacionVeo a mis conciudadanos ir como autómatas a la bodega, vegetar mansamente en el trabajo y colar sin esperanzas las boletas en las urnas. Sus vidas transcurren mientras compran el pan –cada vez más pequeño-, cobran el simbólico salario que no les alcanza ni para malvivir y alzan la mano en las asambleas de nominación de candidatos. Ninguno de los elegidos en el actual proceso electoral logrará resolverles esos problemas cotidianos que lastran la vida en Cuba. De los propuestos, apenas si se conoce su foto y una biografía colmada de “hazañas”, en la que se declara –casi siempre- que tienen “un origen humilde”. No aparece siquiera mencionada una palabra acerca de sus programas o intenciones después que asuman el nuevo cargo.

    Curiosamente, casi todos los que lleguen a delegados de circunscripción son militantes del PCC y ponen su disciplina partidista por encima de los deberes para con los electores. No van a representarnos frente al gobierno, ni a ser nuestra voz proyectada hacia las instituciones, sino que fungirán como los heraldos de las malas nuevas llegadas desde arriba, canales de transmisión de esas regulaciones y directrices que decidan unos pocos. En más de treinta años de su existencia estos representantes del Poder Popular no han logrado que la basura se recoja eficientemente, las panaderías trabajen con calidad y las fosas albañales no supuren por todas partes. Tampoco encarnan la heterogeneidad de tendencias existentes en nuestra sociedad. Han llegado a esos puestos más por su probada fidelidad que por su capacidad de gestión.

    Esta noche es la reunión para proponer candidatos en la zona de bloques de concreto donde vivo. La citación ha llegado desde hace un par de días mientras en la tele nos convocaban a elegir a los mejores y más capaces. Sin embargo, no me queda ni pizca de fe en un mecanismo que ha probado su inoperatividad y su sectarismo. Me gustaría levantar la mano por el vecino de verbo firme y proyectos concretos que vive al frente, pero hay órdenes de salirle al paso a quien nomine a un “disidente”, incluso a esos que sólo parecen ser proclives al cambio. Existen muchas posibilidades de que sea ratificado el mismo delegado que desde hace más de diez años nos promete soluciones, a sabiendas que no está en sus manos cumplirlas. Él es el cómodo candidato de estas elecciones baldías, y nosotros meros figurines que deben alzar la mano o rellenar la boleta.

    En el corredor de los condenados a quedarse

     

    cerca

    La señora levanta el cuño y lo acerca a la hoja, para finalmente colocarlo a un lado sin haber estampado tu permiso de salida. “Usted no está autorizada a viajar” -te dice- y todos en la oficina escuchan la frase que te condena a quedarte recluida en esta Isla. En las otras mesas, los solicitantes se miran a los pies para evitar que tus ojos se topen con los de ellos buscando solidaridad. Los militares que pasan te escrutan de arriba abajo con el reproche de quien piensa “algo habrá hecho, para que no la dejen salir”.

    Hasta el último minuto pensaste que a lo mejor los archivos del Ministerio del Interior no estarían tan organizados y tu historial de inconformidades no saldría a relucir. Frecuentemente especulabas que una secretaria iría por una pizza justo en el momento en que revisaba tu expediente y los tirones de su estómago la harían ponerlo –a toda velocidad– en el montoncito de los aprobados. Bien sabes del efecto que el queso derretido y la salsa de tomate puede causar en un burócrata que mira su reloj a las tres de la tarde.

    Sin embargo, la opción de la negligencia estatal no funcionó esta vez. Detectaron tu caso desde que presentaste las primeras planillas para un viaje hacia el Sur. Algún jefe con rango de teniente coronel habrá sonreído al ver que finalmente estabas en sus manos. Después de creerte que podías actuar como un hombre libre, diciendo tus opiniones a viva voz y publicando artículos sin seudónimo, habías llegado al punto donde te harían sentir todos los muros, todas las rejas, todos los candados.

    No tienes antecedentes penales, jamás has sido condenada por un tribunal y tus delitos más frecuentes consisten en comprar queso o leche en el mercado negro. No obstante, acabas de comprobar que sigues purgando un castigo. Tu sentencia  es quedarte tras los barrotes de este archipiélago, recluida por esa franja de mar que algunos ingenuos consideran un puente y no el foso insalvable que realmente es. Nadie va a dejarte salir, porque eres una reclusa con un número pegado a la espalda, aunque creas que llevas la blusa que sacaste del armario esta mañana. Estás en el calabozo de los “peregrinos inmóviles”, en la celda de los obligados a permanecer.

    Por la ventana una voz te recrimina por no haberte callado, fingido un poco… llevado la máscara para poder viajar. ¡No podrás ver la luz hasta que se eche abajo toda la cárcel!

    Ganas de gritar

    gato

    La vida nunca vuelve a la normalidad. No retorna a ese momento antes de la tragedia que ahora –ilusoriamente- evocamos como un período de calma. Abro la agenda, intento reanudar mi vida, el blog, los mensajes en Twitter… pero nada me sale. Estos últimos días han sido demasiado intensos. Sólo tengo cabeza para repasar el rostro en penumbras de Reina Tamayo frente al necrocomio, donde preparó y vistió a su hijo para el viaje más largo. Después, se me apilan las imágenes del miércoles: detenciones, golpes, violencia, un calabozo con peste a orine que colindaba con otro donde Eugenio Leal y  Ricardo Santiago exigían sus derechos. El resto del tiempo ha sido caminar como un maniquí, mirar sin ver, teclear con furia.

    Así no hay quien escriba una línea coherente y moderada. Tengo tantas ganas de gritar, pero me quedé ronca el 24 de febrero

    Testimonio de la madre de Orlando Zapata Tamayo

    Esta tarde, horas después de la muerte de Orlando Zapata Tamayo, Reinaldo y yo pudimos acercarnos a las cercanías del departamento de Medicina Legal en la calle Boyeros.

    Un cordón de hombres de la seguridad de la estado vigilaba el lugar, pero logramos acercarnos a Reina, la madre del fallecido, y hacerle estas preguntas.

    Dolor, indignación en nosotros… tristeza y entereza en ella.
    Aquí les dejo la grabación, alternativa y sin apenas luz, pero testimonio desgarrador de la angustia de una madre.

    Cumbre Euro Latinomaricana

     

    Para presenciar en directo la transmisión vía Internet de la presentación de la próxima Cumbre Euro Latinoamericana por el Secretario de Estado para Iberoamérica del Gobierno de España Pablo de Laiglesia, he puesto varios enlaces al evento.

    Esta es una actividad organizada por la Sociedad de las Indias Occidentales para la blogosfera latinoamericana.

    Aquí tienen el video y más abajo el link para comentar lo que va ocurriendo, además de una transcripción en sólo texto de todo el acto.

    Para que los lectores puedan comentar este es el enlace:

    http://www.lasindias.coop/presentacion-de-la-cumbre-eurolatinoamericana-a-la-blogsfera-latinoamericana/#respond

    La transcripción en sólo texto de todo lo que ocurra, pueden verla aquí:

    http://www.lasindias.coop/presentacion-de-la-cumbre-eurolatinoamericana-a-la-blogsfera-latinoamericana/

    ---------------

    GPS

    gps

    A propósito de las conversaciones migratorias entre Cuba y Estados Unidos que están ocurriendo hoy en La Habana.

    Carlitos llegó finalmente a Atlanta, después de intentar cinco veces cruzar el estrecho de La Florida. En dos ocasiones fue interceptado por los guardacostas norteamericanos y devuelto a la Isla. Guardó durante meses el sobre amarillo que ellos le dieron para que solicitara –de manera legal– una visa en la Sección de Intereses de Estados Unidos. Sin embargo, él prefería un camino más rápido para dejar atrás el cuarto que compartía con la abuela y el acoso de los policías de su barrio. Fue capturado también por la parte cubana, un 13 de agosto de hace tres años, cuando al bote se le partió la hélice y el viaje terminó en un calabozo en el poblado de Cojímar. Allí le pusieron una multa y desde ese día un agente vestido de civil comenzó a visitarlo para exigirle que buscara un vínculo laboral.

    Después de comprobar sus pocas dotes como marinero, este joven de 32 años logró irse a Ecuador, uno de los pocos países que aún no le exige visa a los cubanos. La nación sudamericana fue el trampolín para entrar a territorio estadounidense, donde hoy trata de comenzar una nueva vida. Dejó en manos de unos amigos el GPS que lo había ayudado en sus travesías y aquel formulario que nunca rellenó para pedir un visado humanitario. No se marchó hacia un determinado destino, sino que se fue espantado del cuarentón frustrado en que temía convertirse. Ni siquiera en sus días de mayor optimismo podía augurar que llegaría a tener un techo propio, ni un salario que le evitara desviar recursos del Estado para sobrevivir.

    Como tantos otros cubanos, Carlitos no ha podido esperar a que las promesas que nos hicieron cuando niños se materialicen. No quiso envejecer sentado en la acera frente a su casa, calmando su fracaso con alcohol y alguna que otra pastilla. Planeó todo tipo de escapadas, pero finalmente un tío pagó el boleto para que llegara a Quito con la ilusión de poder sacar después al resto de la familia.  Todavía sueña con lanchas que se acercan en medio de la noche y lo llevan esposado hacia Cuba oliendo a salitre y a petróleo. Se desvela y mira alrededor, para comprobar que sigue en el pequeño apartamento que ha rentado junto a una amiga. “Balsero una vez, balsero siempre” musita, al tiempo que se acomoda la almohada e intenta soñar con tierra firme.

    Autonomía universitaria

    con_fidel

    Escuché cientos de veces que el espacio universitario –como un camposanto– no podía ser invadido por los demonios de la represión. Me imaginé que estos revoloteaban alrededor de la escalinata sin poder entrar a esa zona de letras y fórmulas matemáticas donde se resguardan los alumnos. Pero esa supuesta inmunidad sólo vivía en mis fantasías, pues la historia cubana muestra las sucesivas transgresiones que han sufrido las universidades de mi país. Ante la mirada de Palas Atenea, el castigo ideológico ha irrumpido infinidad de veces en esos recintos destinados al conocimiento y a la erudición.

    Durante la primera mitad del siglo XX, varias protestas de estudiantes llegaron a exigir hasta la renuncia del presidente, evidenciando la fuerza social que emanaba de los pupitres. En los muros alrededor de la Colina, se observan aún las pintadas de la inconformidad juvenil que las posteriores purgas revolucionarias redujeron a la apatía. La Federación Estudiantil Universitaria ha dejado de ser aquel hervidero de ideas y acciones que más de una vez sacudió a la ciudad, para convertirse en una representación del poder ante los educandos. La organización perdió así todo su carácter rebelde y sus líderes ya no son electos por su carisma o popularidad sino por su confiabilidad política. El eslogan de “la universidad es para los revolucionarios” ha contribuido a imponer la máscara como el método más seguro de alcanzar un diploma.

    En estos dos años, desde que Raúl Castro llegó al poder, las expulsiones por motivos ideológicos se han mantenido –con tendencia al alza– en los centros de altos estudios. Cuando a Sahily Navarro –hija de un prisionero de la Primavera Negra– se le impidió regresar a su aula, supe que la maltrecha liga estudiantil había pasado de la agonía a la necrosis. Pocos días después, la lápida del sectarismo cubrió los restos de la FEU al apartar a Marta Bravo de su formación como profesora por exigir reformas en el país. Los acordes del réquiem fueron compuestos por quienes separaron de la docencia a Darío Alejandro Paulino, después de abrir un grupo en Facebook para discutir cuestiones de la facultad de Comunicación Social. Con estos tristes sucesos, la federación –que una vez lideró Julio Antonio Mella– ha confirmado su deceso a manos de los endriagos del dogmatismo y la intolerancia, que hoy se pasean libremente por su campus universitario.

    *En Facebook se ha creado un grupo llamado “Basta de expulsiones en las Universidades cubanas” para protestar –al menos virtualmente- contra estas arbitrariedades.

    Regresaron

    filh2010

    Estepas, nieve, manzanas y el ruido de  un hacha que cortaba la leña en trozos desiguales. De esas imágenes y sonidos ajenos se nutrió nuestra infancia, debido a la excesiva presencia de la Unión Soviética en la Cuba de los años setenta y ochenta. Tiritábamos de frío mirando los dibujos animados checos y búlgaros, mientras afuera el sol del trópico nos recordaba que seguíamos en el Caribe. Algunos supimos decir primero “koniec” que articular el monosílabo “fin”, hasta que un día los osos emigraron, dejándonos sin los filmes de soldados victoriosos y mujiks sonrientes.

    Después de 1991, las cuantiosas tiradas de la editorial rusa MIR sólo podían encontrarse en las librerías de segunda mano bajo el manto polvoriento del abandono. Este febrero, sin embargo, la Feria Internacional del Libro ha dedicado su XIX edición al país que durante décadas fue mentor y soporte económico del proceso cubano. Los camaradas que antaño pagaban nuestra azúcar a precios astronómicos -mientras nos vendía su petróleo en una bagatela- han retornado vestidos con traje y corbata. Aterrizaron en la isla que una vez subsidiaron, pero esta vez para comercializar sus obras impresas en brillantes colores y de temáticas ajenas al marxismo.

    En la explanada de la Fortaleza de la Cabaña se entrecruzan las largas colas para comprar los nuevos títulos llegados desde el Este. Niños aquí y allá hojean láminas donde aparecen doradas espigas de trigo y gente cubierta con sombreros de enormes orejeras. Pero ya no es lo mismo. La obligada presencia que alguna vez tuvo esa iconografía en nuestras vidas es, para estos pequeñines de hoy, mera curiosidad por lo exótico. En sus mentes infantiles, los abetos no sustituirán a las palmas ni los zorros a las lagartijas; Rusia solo será  para ellos una región lejana y diferente.

    ----------------------

    Profesores emergentes y formación instantánea

    cuba_confidential

    La reunión fue sobria y asistieron a ella varios representantes de la sede municipal del Ministerio de Educación. Un murmullo se extendía entre los padres sentados en las mismas sillas plásticas que en las mañanas usan sus hijos. Cercanos a la fecha en que se anuncian las plazas para continuar estudios en la enseñanza media superior, parecía que en aquel encuentro nos dirían el número de preuniversitarios o tecnológicos asignados a la sede escolar. La noticia del fin de los “profesores generales integrales” nos tomó entonces de sorpresa, pues habíamos llegado a creer que la existencia de ellos se prolongaría hasta la pubertad de nuestros bisnietos.

    Formar adolescentes –en cursos acelerados- para impartir clases que iban desde gramática hasta matemáticas demostró ser un categórico fracaso. No por el elemento de la juventud, que siempre es bienvenido en cualquier profesión, sino por la celeridad de su instrucción en el magisterio y el poco interés que muchos de ellos tenían por tan noble actividad. Ante el éxodo de profesionales de la educación a otros sectores con ganancias más atractivas, surgió el programa de maestros emergentes y con él la ya maltrecha calidad de la educación cubana rodó por los suelos. Los niños llegaban a casa diciendo que en 1895 Cuba había vivido “una guerra civil” y que las figuras geométricas tenían algo llamado “voldes” que los padres traducíamos como “bordes”. Recuerdo especialmente a uno de estos educadores instantáneos que confesó a sus alumnos el primer día de clases “estudien mucho para que no les pase lo mismo que a mí, que terminé siendo maestro por no haber sacado buenas notas”.

    Encima de eso, llegaron las tele-clases a ocupar un porciento elevadísimo del horario escolar, desde la frialdad de una pantalla con la que no se puede interactuar. La idea era calzar, con estas asignaturas trasmitidas por televisión, la poca preparación de quienes estaban frente de los estudiantes. El teleprofesor sustituyó en muchas escuelas al de carne y hueso, mientras los salarios del personal docente aumentaron simbólicamente para no superar nunca el equivalente a 30 dólares mensuales. Enseñar pasó a ser más que un sacerdocio, un sacrificio. De ahí que, delante del pizarrón, aparecieron personas que no dominaban la ortografía, ni la historia de su propio país. Eran jóvenes que firmaban un compromiso para ser maestros, del cual estaban ya arrepentidos después de la primera semana de trabajo. Los incidentes y deformaciones educativas que este procedimiento trajo consigo están escritos en el libro oculto de los fallidos planes revolucionarios  y de los ridículos anuncios productivos que nunca se cumplieron. Sólo que, en este caso, no estamos hablando de toneladas de azúcar ni de quintales de frijoles, sino de la formación de nuestros hijos.

    Respiro aliviada de que el largo experimento de la educación emergente haya terminado. Sin embargo, no avizoro el día en que todas esas personas con preparación para enseñar dejen el timón del taxi, la barra del bar o el tedio de trabajar en casa para retornar a las aulas. Al menos me sentiría más tranquila si en lugar de la pantalla de un televisor, Teo pudiera recibir todas sus clases de un maestro corpóreo y que domine el contenido. Creo que para eso tendremos que esperar por los bisnietos.

    Cuidar lo propio, robar lo ajeno

    rejas

    Por la noche, vigila los surcos plantados de malanga y la cría de carneros, con una escopeta corta de fabricación casera. Es la obra de un improvisado armero que soldó un trozo de cañería de poco diámetro a la recámara rústica de la que sobresale el irregular percutor. Basta el sonido –en medio de la madrugada– del rastrillar del ingenioso artefacto para que salgan corriendo los que pretendan robarle la cosecha. Cuando la puerca está parida, llama a un hermano que vive en el pueblo y acompañados de aquel artilugio –creado por la necesidad– hacen guardia hasta que salga el sol.

    Muchos campesinos usan armas ilegales que han sido compradas o producidas de forma alternativa. Sin ellas, el fruto de meses de trabajo podría terminar en manos de los “depredadores” de sembrados, sombras escurridizas que se mueven en la oscuridad. Las penurias han aumentado los robos en los campos cubanos y obligado a los lugareños a salvaguardar ellos mismos sus recursos. De ahí que proliferen los perros agresivos y las escopetas manufacturadas, especialmente en las fincas donde hay vacas. La libra de carne de res se vende a dos pesos convertibles en un mercado negro que se nutre del hurto y sacrificio ilegal, a pesar de las prolongadas condenas de cárcel que estos delitos conllevan.

    Para los guardianes de lo propio, ha sido una sorpresa el anuncio oficial de que “con carácter excepcional y por sólo una vez (…) las personas naturales y jurídicas residentes en la isla que tengan en su poder armas de fuego sin la correspondiente licencia podrán obtener el debido registro”. Existe, sin embargo, la convicción tácita de que quien anuncie públicamente semejante posesión obtendrá como respuesta la confiscación. Ante ese temor, pocos confesarán que guardan el frío metal en algún lugar de su casa y seguirán prefiriendo el riesgo de no tener papeles a la inseguridad de quedarse sin protección. Para nuestra alarma, esos rústicos instrumentos también les sirven a quienes, sin tener  finca ni animales que preservar, acechan al otro lado de la cerca, dispuestos incluso a disparar con tal de llevarse lo ajeno.

    Sin rumbo

    tropical_island

    Nos habituamos a las cifras engordadas, al secretismo cuando algo iba mal y a un producto interno bruto que nunca reflejaba el contenido de nuestros bolsillos. Por décadas, los informes económicos tuvieron la capacidad de esconder, tras páginas llenas de números y análisis, la gravedad de los problemas. Entre los licenciados en la ciencia inexacta de las finanzas, hubo algunos que se atrevieron a desenmascarar  la falsedad de ciertos números –como Oscar Espinosa Chepe– y fueron penalizados con un “plan pijama” de desempleo y estigmatización.

    Esta semana, la lectura del análisis –serio y bien argumentado– publicado por el presbítero Boris Moreno en la revista Palabra Nueva ha aumentado mi nerviosismo sobre el colapso que se nos avecina. Con el sugerente título de “¿Hacia dónde va la barca cubana? Una mirada al entorno económico”, el autor nos alerta de una caída –en picada– del estado material y financiero de la Isla. Palabras que deberían aterrarnos, si no fuera porque los oídos se nos han vuelto un tanto impermeables a las malas noticias, de tanto zambullirnos en las aguas de la improductividad y la escasez.

    Concuerdo con el Máster en Ciencias Económicas en que la primera y más importante medida a tomar es “el compromiso formal del gobierno en reconocer la capacidad de opinar de todos los ciudadanos sin que esto implique represalias de ningún tipo. Deberíamos eliminar de nuestros entorno los calificativos que restringen el intercambio de ideas y opiniones”. Después de leer esto, me figuro a mi vecina, contadora retirada, diciendo en voz alta sus criterios sobre la necesidad de permitir la empresa privada sin que esto le granjee un mitin de repudio frente a su puerta. Cuesta trabajo proyectar algo así, ya lo sé, pero acaricio la idea de que algún día –sin el temor a que los acusen de “mercenarios a sueldo de una potencia extranjera”– miles pasarán a hacer sus señalamientos y a plantear soluciones. ¡Qué capital enorme recuperará Cuba!

    Aunque las arcas no van a colmarse sólo con propuestas y razonamientos, nuestra experiencia nos señala que el voluntarismo y las exclusiones sólo han contribuido a vaciarlas.

    ------------------

    “Ángeles de la guarda”

     

    legal_sonar1

    Veo policías por todas partes. No sé si los tengo pegados en la retina o es que en los últimos meses ha aumentado –alarmantemente– su número. Van en camiones Mercedes Benz, se paran de a tres en las esquinas y hasta muestran sus perros pastores en varios puntos de la ciudad. Mientras cientos de modernas y redondeadas cámaras nos miran desde arriba, estos uniformados nos controlan al nivel de la calle y de sus rotas aceras. Salen de la nada y desaparecen cuando más nos hacen falta. Sagaces en detectar un saco de cemento transportado sin papeles, rara vez surgen en la noche en un barrio marginal donde el número de delitos crece y crece.

    También están los vestidos de civil, esos “ángeles de la guarda” que tienen presencia fija en cualquier cola, centro cultural o aglomeración humana. Ya no son tan fáciles de detectar, porque han cambiado los pullovers de rayas, las camisas de cuadros y el corte militar de sus peinados, por disfraces que van desde las trencitas con cuentas de colores hasta los calzoncillos que sobresalen más arriba del pantalón. Ahora llevan teléfonos celulares, gafas de sol, sandalias de cuero, pero se les sigue notando que están fuera de lugar, con la expresión de quien no encaja en la situación sobre la que informa. Van al Festival de Cine, pero nunca han visto una película de Fellini; están en las galerías, no obstante ser incapaces de determinar si lo que ven es un cuadro figurativo o abstracto. En fin, les han enseñado a camuflarse, pero no han podido borrarles el rictus de desprecio que ponen ante esas “debilidades pequeñoburguesas” que son el arte y sus manifestaciones.

    Sin embargo, al que más le temo no es al grupo de los que llevan la placa de metal numerada sobre el pecho ni al de los encubiertos que redactan informes, sino al policía coercitivo que todos llevamos dentro. Ese que suena el silbato del miedo para advertirnos que no nos atrevamos y que sacude las esposas de la indiferencia cada vez que se nos acumulan las críticas o las opiniones. Ha pasado por la Academia de la autocensura y es un soldado diestro en señalarnos los caminos que no nos traigan dificultades. Su código penal tiene si acaso un par de breves artículos: 1ro. “No te metas en problemas“ y 2do. “Lo que tú hagas no va a cambiar nada”. Si nos levantamos un día con ganas de acallar el golpeteo de sus botas dentro de nuestra cabeza, entonces nos recuerda las rejas, los tribunales, la frialdad de una prisión de provincia. No necesita levantar la porra contra nuestras costillas, pues sabe tocar los resortes del miedo y ejecutar las llaves de kárate que dejan nuestro cuerpo adolorido por anticipado, inmovilizado, ante la frase de “Quédate tranquilo, es mejor esperar”.

    Dos monedas y cuatro mercados

     

    bucanero

    Tiene ocho años y una confusión enorme. Hoy en la mañana, su madre le puso en la mano una moneda de 25 centavos después de decirle “aquí tienes cinco pesos”. Miró la superficie brillante con el escudo de la república calado en una cara y al dorso la espigada torre de la ciudad de Trinidad. Aunque nació en un país económicamente esquizofrénico, aún no está acostumbrada a alternar de los pesos cubanos a sus parientes convertibles. En la escuela, la maestra nunca le ha hablado del asunto; para explicárselo se necesitaría toda una asignatura de todo un semestre. Tampoco en su casa le aclaran mucho, como si a los adultos les pareciera normal que en los bolsillos se mezclaran dos ejemplares monetarios.

    En Cuba, existen cuatro formas de mercado y dos diferentes tipo de dinero para pagar en ellos. Cada mañana las amas de casa esbozan en su cabeza –sin mucho aspavientos–  el plan de cuál de ellos usarán para comprar en qué lugar. Es una operación aritmética que lleva unos segundos, tras los cuales subyacen tres lustros de haber asumido la dolarización y su posterior “fantasma”, el peso convertible. La conversión se hace constantemente y hay vendedores que aceptan lo mismo esos simbólicos billetes que nos entregan en el salario que los otros con un valor 24 veces mayor. Por una piña podemos pagar tanto 10 pesos en moneda nacional –el sueldo de una jornada de trabajo– como cincuenta centavos del llamado popularmente “chavito”. Algunos turistas no están al tanto de semejante enredillo y adquieren a la reina de la frutas con una decena de pesos convertibles. Ese día el mercader cierra rápido el puesto y regresa a casa feliz del equívoco.

    La generación de mi hijo no alcanza a comprender cómo es eso de vivir con una sola moneda. Creo que tienen un desarrollo especial en la zona del cerebro donde termina por aceptarse lo absurdo, en esas conexiones neuronales que tramitan lo inadmisible. Realizan las conversiones cambiarias con la facilidad de quien ha aprendido dos lenguas desde pequeño y las intercala sin gran esfuerzo. Sólo que el aprendizaje de varios idiomas siempre es algo enriquecedor, pero el asumir como natural la dualidad financiera es aceptar que hay dos posibles vidas. Una de ellas es achatada y gris, como los centavos nacionales y la otra –que le está vedada en toda su extensión a una buena parte de la población– parece llena de colores y filigranas, al estilo del billete de veinte pesos convertibles.

    La información proscrita

     

    camara

    Rumores que se propagan, murmullos convertidos en notas oficiales y periódicos que cuentan –varias semanas después- lo que ya sabe todo el país. Hemos pasado del racionamiento informativo a un verdadero “destape” que fluye en paralelo a la censura de los medios oficiales. Nuestra glasnost no ha sido impulsada desde las oficinas y los ministerios, sino que ha surgido en los teléfonos móviles, con las cámaras digitales y las memorias extraíbles. El mismo mercado negro que nos ha abastecido de leche en polvo o detergente, ahora ofrece conexiones ilegales a Internet y programas televisivos que llegan a través de las prohibidas antenas parabólicas.

    De esa manera hemos sabido de los sucesos ocurridos en Venezuela durante la pasada semana. Mi propio celular ha estado casi al borde del colapso de tantos mensajes contándome sobre las protestas estudiantiles y el cierre de varios canales. Copia de estos breves titulares los he reenviado a toda mi agenda de contactos, en una red que remeda la transmisión viral: yo contagio a varios y ellos a su vez inoculan el vacilo bacilo de  la información a un centenar. No hay manera de parar esta forma de difundir noticias, pues no usa una estructura fija sino que muta y se adapta ante cada circunstancia. Es anti hegemónica, aunque la palabrita adquiere connotaciones diferentes en el caso cubano, donde la hegemonía la tienen Granma, la Mesa Redonda y el DOR*.

    Conocimos de las muertes en el hospital psiquiátrico días antes del anuncio oficial, de la suerte de los defenestrados de marzo de 2009 estamos al tanto a través de “radio bemba” y un día sabremos que ha llegado el “final”, antes de que autoricen a contarlo en la prensa. El caudal de informaciones se ha quintuplicado, aunque eso no obedezca a una decisión gubernamental de proveernos de mayores referencias, sino al desarrollo tecnológico, que nos ha permitido saltarnos los cintillos triunfalistas y los noticiarios vacíos de contenido. Cada vez dependemos menos de la papilla masticada e ideologizada de los telediarios. Conozco cientos de personas a mi alrededor que no sintonizan Cubavisión y el resto de los canales nacionales desde hace meses. Sólo miran la tele proscrita.

    La pantalla de un Nokia o un Motorola, la brillante superficie de un Cd o el minúsculo cuerpecito de una memoria flash, hacen jirones nuestra desinformación. Al otro lado de ese velo de omisiones y falsedades –creado durante décadas- hay una extensión desconocida y nueva, que nos asusta y nos atrae.

    *Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central que determina la política informativa de todos los medios del país.