Con horas de diferencia, casi el mismo suceso se repetía en distintos escenarios del mundo: comandos de un ejército regular que cruzaban sus fronteras en persecución de enemigos irregulares que, aunque incapaces de derrocar a los gobiernos que atacan, sí resultan lo bastante peligrosos e irritantes para que esos gobiernos se impacienten y decidan perseguirlos y castigarlos en sus bases extranjeras.
En los casos que mencionamos, los gobiernos de todos los países que han sido objeto de estas incursiones manifestaron su protesta, aunque con diferentes grados de vehemencia. Los iraquíes --y en particular las autoridades de la región autónoma de Kurdistán--, que ven en estos rebeldes un incordio, le han pedido amablemente a Turquía que retire sus tropas y, en busca de un avenimiento, el presidente de Irak viaja esta semana a Ankara a reunirse con su homólogo turco. La Autoridad Palestina, ante el número de muertos (más de un centenar) que dejaron los israelíes en su incursión, se sintió obligada a suspender unilateralmente las conversaciones con Israel, para dos días después anunciar que estaba en disposición de volver a conversar siempre y cuando Israel se abstuviera de llevar a cabo operaciones masivas que afectaran a la población civil. La reacción de Ecuador (e, inconcebiblemente, la de Venezuela y Nicaragua) fue la más dramática y desproporcionada de las tres, debido acaso a un mayor grado de contubernio entre el gobierno de ese país y los rebeldes colombianos atacados en su territorio.
Todos estos incidentes de los últimos días sirven para resucitar un antiguo dilema: ¿tienen derecho los estados a defenderse más allá de sus fronteras, o deben respetar la inviolabilidad del territorio extranjero aunque le sirva de santuario a sus más jurados enemigos? Sobre el particular deben haberse escrito una buena cantidad de tratados y ensayos que defiendan, con sobrados argumentos y precedentes, ambos puntos de vista; ejercicio retórico que los diplomáticos suponen que justifica la existencia de su profesión.
Siempre he creído que la seguridad de las naciones y el bienestar de los individuos debe prevalecer por encima de una demarcación territorial, que muchas veces no pasa de ser una línea ficticia impuesta o establecida por algún disputable protocolo. Esa frontera sólo es respetable si quienes la comparten están mutuamente comprometidos en preservar su sacralidad, y se convierte en una patética ficción si una de las partes ampara en su territorio a los que se proponen la destrucción del estado limítrofe. Ya sea por impotencia para frenar la actividad de elementos hostiles al país vecino (como es el caso de la Autoridad Palestina en relación con los ataques que lleva a cabo Hamás contra Israel), o de la abierta complicidad con esos elementos (como sucede en Ecuador y, por confesión propia del jefe de gobierno, en Venezuela), una frontera no puede servir, creo yo, para salvaguardar la agresión ni concederle impunidad a sus perpetradores.
En estos acontecimientos recientes no tengo duda de que la razón --no siempre respaldada por el derecho internacional-- está de parte de las naciones que han emprendido acciones punitivas extraterritoriales contra sus enemigos, cuya tolerada existencia en cualquier país compromete seriamente la neutralidad de éste y la respetabilidad de sus fronteras.
©Echerri 2008
el NuevoHerald.com
Publicado el viernes 07 de marzo del 2008
