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Espejo

 

Por Emilio-Adolfo Rivero

 


      

Un amigo suele repetir la frase "nadie puede saltar sobre su sombra"; en otras palabras, nadie puede ser más de lo que es, nadie puede alzarse sobre sus propios hombros. Hay quienes tratan de hacerlo, ser hoy más de lo que fueron ayer, en afán de superación continua. Hay quienes lo logran. Es alentador identificar a uno de esos triunfadores, y más si está entre los humildes, a quienes pocos conocen

El público suele seguir, ávido, lo que los medios de difusión informan sobre celebridades. Pero nuestra prensa puede asomarse también a la vida de desconocidos. Gregorio Ariosa Rubio es uno de esos casos. Es originario de Zulueta, Las Villas. Trabaja en la cocina del restaurante Sergio, en la calle 40 del SW, en Miami, y durante muchos años fue locutor de Radio Cid.

En el presidio político se sabía que era creyente convencido, de memoria prodigiosa, infalible al recitar la Biblia, verso por verso, libro tras libro, desde el Génesis hasta el Apocalípsis. Lo que constrastaba con su caracter, irascible, presto a usar los puños ante cualquier provocación, cierta o imaginada. Adusto, era áspero al juzgar -"los hombres son malos, sólo Jesús era bueno, por eso lo mataron".

En 1965, en el Pabellón de Castigo de la prisión de Isla de Pinos, cuando nos hablamos por primera vez, advertí que era hombre de muchas espinas. El acababa de entrar al edificio, estábamos lejos uno de otro. Cuando oí que llegaba un nuevo recluso le pregunté a gritos quién era, desde mi celda, que era la última del pasillo:

Respondió: ¿Sabe Vd. cuál es mi color?

Le contesté: -No, pero se cuál no es. No eres verde ni azul, pues he viajado y leído sin saber nunca de hombres así.

Dijo: Soy negro.

Con el paso de los meses nos cambiaron de celda y entonces, cercanos, podíamos mantener diálogos. En él se combinaban inteligencia y caracter. Exceptuando la Biblia, sus lecturas habían sido limitadas. Adivinando sus posibilidades, yo le insistía, a diario - estudia Ariosa, estudia. Y sí, cuando salíó de aquella situación de castigo, se dedicó a estudiar. Y nadie en presidio tuvo tantos libros como él. Y no todos los profesionales alcanzan la erudición que él tiene.

En aquellos tiempos en que sabía tan poco, se podía aprender de él. Recuerdo algunas de aquellas conversaciones.

Una noche me preguntó: ¿Es verdad que en Estados Unidos le echan perros a los negros? Su voz se quebraba al hacerme la pregunta. Le contesté: Es cierto, allá hay muchos racistas, y odian a los negros. Pero son una minoría. Y la gran mayoría de los americanos los desprecian, porque ese odio contradice el caracter y valores de ese pueblo. Tiempo después tuve oportunidad de probar lo que le decía.

Por aquel entonces, y en protesta por las condiciones en el Pabellón de Castigo, cuatro reclusos mantuvimos dos huelgas de hambre, con una semana de intervalo, por un total de unos 35 días. Durante ese tiempo, al atardecer, Ariosa me recitaba pasajes del antiguo y nuevo testamento. Querìa distraerme. Me gustaron los salmos, y también Hebreos 11 y Hechos 26.

Pasaron dos años, y estando ambos en la prisión de la Cabaña, leí una revista Times, que recibió un norteamericano preso. En ella aparecía un reportaje de septiembre de 1957, cuando el presidente Eisenhower envió a Little Rock tropas de paracaidistas de la división 101, aerotransportada, para garantizar que estudiantes negros, en cumplimiento de un mandato judicial, pudieran entrar a un centro secundario. El gobernador Faubus, racista fanático, trataba de impedirlo, inclusive utilizando fuerzas estatales a su disposición.

El día señalado para la entrada a clases, una multitud enardecida gritaba insultos contra aquellos estudiantes negros, después conocidos como "los nueve de Little Rock". Entre los racistas, había uno que en sus gritos se proclamaba partidario de la violencia. Los paracaidistas, usando la fuerza, dispersaron la multitud. Y acompañaron a los nueve hasta que entraron al centro de estudios. En la revista estaba la foto del racista vociferante, con el rostro lleno de sangre. El pie de grabado decía: "para un partidario de la violencia, violencia"*

Aquel mismo día, ya en el centro de estudios, a la hora del almuerzo, varios estudiantes blancos los invitaron a sentarse a sus mesas. La revista señalaba "los estudiantes fueron mejores ciudadanos que sus padres".

Traduje aquella información a Ariosa. Aún lo recuerdo- satisfecho, sonriente, radiante.

Al salir de Cuba pasó años en Perú y también en Costa Rica, donde tuvo una hija, Ariana, que ahora trabaja en uno de los cruceros de la línea Carnival. Durante años, padre e hija han hablado frecuentemente por teléfono, pero sin verse, pues el dinero no es de goma.

Ama a Estados Unidos, llamándolo "el país de los pobres" pues él, con entradas módicas, tiene autómovil, y vive sin necesidades apremiantes.

Por conversaciones a través de los años he podido percibir que, a pesar de sus recursos limitados, ha ayudado a otros, dentro y fuera de Cuba. Le pedí detalles, que no quiso darme, citando versos del Sermón de la Montaña: "Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de tí, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres..."***

Ariosa, por lo visto y experimentado, y por lo que ha trabajado sobre si mismo, es hombre para mostrar a hijos y nietos. No sólo en la historia se encuentran héroes. Los hay también entre los que vemos a diario, sin conocerlos. Muchos hombres y mujeres tienen fortuna, y reconocimiento público, y lo merecen. Otros, como Ariosa, no tienen, pero son. Quizá eso valga mucho. Pues para conocernos, juzgarnos, y mejorarnos, podemos mirarnos en ellos.

 

 

* Abogado y periodista, radicado en Washington, D.C.

** Traducción aproximada de "To an advocate of violence, violence"

***Mateo, VI, 2

 

 
   

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