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El respetable y elegible señor McCainPor Vicente Echerri
Si
algo le hace merecedor a John McCain del triunfo en las elecciones
de noviembre es su sinceridad y su seriedad, virtudes que lo han
llevado a no ceder, en algunas de sus posiciones, ni ante el
conservadurismo aldeano de su propio partido, ni ante una de las
grandes preocupaciones del electorado en general: la desprestigiada
guerra de Irak. Frente al discurso irresponsable o demagógico de
ambos candidatos demócratas (sobre todo en lo que a Irak respecta),
McCain ha tenido el coraje de mantenerse firme, poniendo, como debe
ser, el papel de Estados Unidos en el mundo por encima de sus
ambiciones políticas.
En tanto Barack Obama y Hillary Clinton han hecho del regreso de las tropas norteamericanas de Irak una de sus promesas electorales, MaCain ha llegado a decir que la sola idea de contemplar la retirada antes de lograr los objetivos últimos para los que se enviaron esas tropas, sería coquetear con la humillación y la derrota. La contienda en Irak tiene su propia dinámica y, si bien resulta válido el censurar todos los fallos en que ha incurrido este gobierno en la consecución del loable fin de derrocar a Saddam Hussein, sería muy lamentable que la política de Estados Unidos se viera secuestrada por este conflicto, como una vez lo estuvo por el de Vietnam. El mayor error, en mi opinión, de parte del gobierno de George W. Bush, es haberle declarado solemnemente la guerra al terrorismo en general y luego llevar a la práctica ese principio con unas campañas de baja intensidad libradas por unas cuantas decenas de miles de soldados voluntarios, mientras el resto de la ciudadanía se iba de discotecas y de compras. Ese enfoque fue medularmente erróneo. Ante el desafío de lo que significó la agresión contra el Centro Mundial del Comercio y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos debió haber respondido con la guerra total, formalmente declarada contra los estados que auspiciaban y amparaban el terrorismo, al tiempo de imponer en todo el país las condiciones propias de un conflicto a escala global, incluidos el llamado a filas de todos los reservistas y, de ser necesaria, la conscripción forzosa. Debió haberse aprovechado la coyuntura única de esa agresión para poner en pie de guerra a este gigantesco país y barrer las tiranías del tercer mundo, cuyos territorios debieron ocuparse con las tropas necesarias para esa empresa, tal como se hizo alguna vez, y con logros tan fecundos, en Alemania y Japón. Dicho de otra manera, Bush debió haber vendido este conflicto bélico como la tercera guerra mundial, un empeño apocalíptico entre el bien y el mal; pero no tan sólo en la retórica de algunos discursos, como de cierto modo hizo, sino en el campo de batalla. Siete años después, el reordenamiento mundial con que soñaron algunos ''halcones'' de este gobierno sería un hecho consumado, amén de que los mayores focos de subversión contra el orden occidental habrían resultado erradicados y Estados Unidos, lejos de estar a las puertas de una recesión, estaría disfrutando de una bonanza económica sin paralelo. Clinton y Obama se han hecho eco de los que piden la retirada unilateral de las tropas norteamericanas de Irak sin sopesar las consecuencias, lo cual los convierte en irresponsables (si de veras se disponen a hacerlo en caso de resultar electos) o en simples demagogos, si se trata tan sólo de un mero énfasis electoral. Frente a ellos, la respetable figura del senador McCain ha aceptado la enormidad del reto y ha llegado a afirmar no sólo la necesidad de que la presencia militar norteamericana en Irak se mantenga mientras sea necesaria, sino que él preferiría perder las elecciones antes que Estados Unidos fuera a perder esta guerra. Esa sola declaración lo consagra como estadista; por ella sola merece la confianza y el respaldo de sus conciudadanos.
©Echerri 2008
El Nuevo Herald Publicado el jueves 10 de abril del 2008
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