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EN DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS
Por Ernesto Díaz Rodríguez Secretario General de Alpha 66 Vicepresidente de Unidad Cubana
Alpha 66, junto a otras destacadas organizaciones del exilio cubano han juntado una vez más sus voluntades para decir presente ante un llamado de conciencia. En esta ocasión la cita de honor fue, primero ante el portón de la entrada principal de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y unas horas más tarde en la esquina de Lexington Avenue, y la 38 Street, en la misma ciudad de New York, donde se alza irónicamente en el mismo corazón de la democracia el edificio de la desvergüenza y la indignidad de la tiranía cubana.
Allí está la guarida de los asesinos de la libertad del pueblo de Cuba. Los que gestan sus conspiraciones en la ONU en apoyo de los más viles intereses internacionales tienen su madriguera allí, su cloaca para revolcarse en el estercolero del comunismo caribeño y del parlanchín Hugo Chávez, cómplice y soporte financiero principal de la tiranía de los Castro.
Por eso no fue para nosotros sorprendente que junto a la bandera de la estrella solitaria ondeara en esa tarde neoyorquina la insignia de esa nación hermana, oprimida brutalmente en los días actuales por ese otro tirano sin escrúpulos y sin otras luces de entendimiento que el poder, la ambición y la pérfida gloria de los que encadenan a sus pueblos y les imponen miserias injustificables. Allí estaban, para orgullo nuestro, hombro con hombro, garganta con garganta, defendiendo el valor de la libertad y exigiendo respeto para los derechos humanos un valeroso grupo de venezolanos.
Una razón poderosa nos llevó a coordinar, bajo una sola bandera de combate y consignas que recogen el sentir de toda la nación cubana, otra actividad, más importante aún y ejemplarizante:
Bajo gritos de “¡VIVA CUBA LIBRE!” y “¡VIVAN LOS DERECHOS HUMANOS!”, un importante grupo de irreductibles luchadores cubanos, entre los que se encontraba el Dr. Darsi Ferrer Ramírez junto a su valiente esposa, marcharon desafiantes por las calles de La Habana. Se conmemoraba el Día de los Derechos Humanos, instaurados en una fecha como esa, 10 de diciembre de 1948, en declaración ampliamente aprobada por los miembros de la ONU, bajo el título “Declaración Universal de los Derechos del Hombre”, de la cual Cuba no sólo fue uno de los países firmantes sino uno de los más destacados promotores de tan trascendental acontecimiento.
Pero la tiranía de los Castro se niega a respetar esos valores de civilización a los cuales tenemos derecho todos los seres humanos. Y es que en Cuba se sienten tan débiles los que desgobiernan a punta de pistola, a pesar de sus cárceles y sus campos de concentración, ampliamente diseminados como faros de vergüenza a través de todo el territorio nacional. Se sienten tan débiles que hasta una marcha de opositores pacíficos les asusta y los lleva a cometer la torpeza de agredirlos física y moralmente, utilizando para ello esa chusma envilecida y famélica que representa lo más bajo y denigrante de la sociedad cubana. No gente de pueblo, no, como intentan hacer creer en su propaganda para tontos los que dominan sus débiles mentes. Gente vulgar en todas sus manifestaciones, que inevitablemente dejan la impresión de haber sido sacadas de una fosa común y que representan el estercolero de la sociedad cubana. Gente devenidos, por obra y magia de los intereses gubernamentales, en agentes de la policía política; simples serviles mercaderes del odio y de esa envidia enfermiza y rapaz que les devora la inteligencia y les bestializa la conciencia.
Son estos los dos polos opuestos que hoy enfrentan a Cuba: los de los cubanos malagradecidos, los perversos, los que reptan por el lodo de la tiranía castrista. Y los que luchamos por poner fin a la opresión y el despotismo oficial. Los privados de conciencia, de decoro y de sensibilidad humana, que en servicio a la tiranía atropellan y matan, y los cubanos dignos, los cubanos honrados, los que no claudicamos ni aceptamos vendernos por míseras migajas.
Esta es la dolorosa realidad que desde hace casi cinco décadas enfrentamos los hijos de una nación bendecida por Dios en la naturaleza de sus campos, decorados en belleza con sus framboyanes, y su caña de azúcar y sus majestuosas palmeras tropicales. Una nación donde como señalara con su magia prodigiosa nuestro inolvidable amigo Agustín Tamargo, “hasta por los grifos de las cañerías brotaba música y alegría”, y hoy sólo brotan, desgraciadamente, lágrimas, tristezas y desesperanzas.
Pero llegará un día, más temprano que tarde, en que la alegría volverá a florecer en nuestro país, y no habrá más prisiones para encarcelas ideas, ni más náufragos por intentar escapar de las asfixiantes cadenas de una tiranía. Llegará ese día de gloria y regocijo donde todos los cubanos, en una fecha tal vez como hoy, nos juntemos para erigir sobre los escombros de la tiranía un hermoso monumento de amor y de bondad, en honor y recordación al respeto que merece en su dignidad y en cada uno de sus derechos fundamentales, en cualquier parte del mundo, sin importar su raza, origen social, religión ni su filosofía política todo hombre, toda mujer, todo ser humano.
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