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El que debe morir



 

Tal vez Pat Robertson, el teleevangelista y ex aspirante a la presidencia, se equivocó al decir frente a las cámaras que al presidente venezolano Hugo Chávez debían asesinarlo. Acaso es un poco difícil de conciliar esta aseveración con el mensaje de quien predica el Evangelio; pero, en principio, a mí me parece que la receta es de una lógica impecable y que la retractación de Robertson y la distancia asumida por el gobierno norteamericano responden a los tradicionales ademanes de la política, que suele ser hipócrita.

Que se horrorice la izquierda untuosa y corra Jesse Jackson (ese oportunista de la noticia) a darle excusas a Chávez y a fotografiarse con él en lo que bien podría ser un certamen de fealdades políticas. Que se escandalicen ciertos medios de prensa que, en los últimos días, han llegado incluso a proponer que Robertson sea excluido de la televisión. El populismo dictatorial de Chávez, en complicidad con el castrismo (el régimen más corrupto y criminal del continente), constituye una inmensurable calamidad para Venezuela y para todo la región. Chávez es un auténtico mal que padecen los venezolanos y, como bien se sabe, los grandes males exigen grandes remedios. La receta de Robertson no es desproporcionada.

Muchos esgrimen la legitimidad del gobierno de Chávez, democráticamente electo, para rechazar como inmoral el recurso del asesinato político, que podría justificarse mucho más en el caso de un líder que, prescindiendo de la consulta popular, usurpara el poder y lo conservara por la fuerza. Hay que recordar, sin embargo, que muchos de los grandes dictadores han sido inmensamente populares y que algunos, como el caso de Hitler y Perón, fueron electos por su pueblo. Las elecciones y el gobierno de la mayoría no garantizan, por sí solos, el ejercicio de la democracia, que tiene que conllevar el respeto a las minorías y a las instituciones que las amparan.

Pese a su popularidad y a sus triunfos electorales, Hugo Chávez es un gobernante que se ha dedicado a socavar la democracia venezolana, a debilitar sus instituciones tradicionales, a poner los cuantiosos recursos de Venezuela al servicio de un proyecto regional destinado a revivir artificialmente la desacreditada receta del socialismo y, en los pasos de Castro, su enloquecido mentor, a enfrentarse al liderazgo de Estados Unidos. Todo ese vasto designio puede tipificarse como un crimen, como un gran crimen, si se tiene en cuenta que conlleva una gigantesca corrupción y un engaño masivo: el tráfico desvergonzado con las esperanzas de los más pobres, en nombre de los cuales se emprenden estos ambiciosos planes continentales.

Un simple vistazo a Venezuela y a su peligrosa política exterior convencen de inmediato de que la permanencia de Chávez y sus socios en el poder puede dar lugar a una catástrofe continental de proporciones monstruosas, que los venezolanos y los demás pueblos de la región no tendrían por qué sufrir. Juzgado así, la recomendación del reverendo Robertson, no obstante su aparente tremendismo, me parece justificada. No son los pueblos los que deben poner los muertos cuando la culpa se concentra en una persona o en una cúpula delirante y corrupta. La salud y la felicidad de los pueblos está primero, aunque para lograrla --como en los ritos del chivo expiatorio--, el caudillo, el conducator, el peligroso líder carismático deba morir.

 

El Nuevo Herald

Posted on Thu, Sep. 01, 2005

 

 
   

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