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CONVERSANDO
Emilio Adolfo Rivero
... es
la noble conversación hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma,
comercio de los corazones, vínculo de la amistad, pasto del contento y ocupación
de persona.
Baltasar Gracián
Quizá fué preocupación cardinal de muchos hombres en presidio, aparte de dejarlo,
la de sacar provecho de ese tránsito adverso mientras pasaban por el tiempo y la
vida. En mi caso, aparte de en los libros, el hatha yoga y el ajedrez, que me
ayudaban, busqué el diálogo útil. Frecuentemente la búsqueda fue proficua.
Recuerdo una conversación, entre otras muchas, porque mi interlocutor, iletrado,
enunció lo que consideré un juicio interesante sobre Fidel Castro.
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Prisión de
Isla de Pinos.
Principios de 1964.
Era al atardecer, la hora más difícil del cautiverio. Hablaba con un obrero de
Las Villas, de unos veinte y tantos años, delgado, rubio, serio, poco instruído.
Estábamos en la celda, cerca de la ventana, un rectángulo abierto en el concreto,
con barras hacia el exterior. Hacía poco que nos conocíamos y en esa
conversación inicial cada uno daba información somera sobre si mismo.
Llano, moderado en su forma de expresarse y gesticular, la honestidad en él era
sobrentendida. Daba muestras, al observador atento, de una gran lucha interior,
debida quizá a todo lo que habia dejado atrás, a las circunstancias que lo
llevaron a prisión, a la prisión misma, o a causas que él no mencionaba.
"A mi nunca me simpatizó Fidel Castro", dijo. "Por supuesto", pensé en dictamen
apresurado, "de no ser así no estarías aquí." Pero había algo en la forma en que
se expresó que me indujo a seguir en el tema.
"¿Por qué no?", pregunté. El se había sentado, de lado, en el descanso de la
ventana, contemplando el paisaje de afuera, que incluía otros edificios de la
prisión. Miró hacia mí y contestó: "Porque llegó al poder de rodillas".
Su respuesta me intrigó. ¿Por qué lo decía? Castro había llegado al poder
dirigiendo una sublevación armada. Más tarde había consolidado su posición
aumentando, multiplicando las fuerzas bajo su control. ¿Cómo podía conciliarse
eso con llegar al poder de rodillas?
Lo contemplé, esperando más comentarios, pero no habló. Mirando a lo lejos, más
allá de las rejas, parecía perdido en añoranzas, ensueños. Curioso, interrumpí
su silencio preguntándole, "¿por qué dices que llegó al poder de rodillas?" Volvió el rostro hacia mí. "Porque llegó engañando", fue su respuesta.
Siempre se disfruta la compañía y conversación de los eruditos, pues nos
instruye la vastedad de su horizonte. Si además podemos aprender del ignorante,
recordamos la frase de Hermann Hesse, "el hombre es una maravillosa posibilidad".
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