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                                                 La carta

 

                                          Emilio Adolfo Rivero

                                            


 
Isla de Pinos.
Cerca de Navidad, 1965.
 
Para entonces yo había estado en confinamiento solitario por más de un año, siendo el Decano, por así decir, de aquel lugar, seguido de Alfredito*, que llegó cuatro días después de mí. Mi única comunicación con el mundo exterior consistía en las noticias y comentarios traídos por prisioneros que eran castigados y envíados a las celdas de confinamiento, llamadas en conjunto "Pabellón de Castigo".  En Isla de Pinos había en aquel entonces alrededor de seis mil prisioneros, viviendo mayormente en las cuatro "Circulares", como eran llamados los edificios en forma de círculo. Aún dentro del edificio en que vivía el prisionero, era difícil, por ser tantos, conocer a todos los reclusos. De forma que debido sólo a las más favorables circunstancias podía yo recibir noticias de alguien que las tuviera de mi familia, que en esos tiempos estaba ya viviendo en Estados Unidos.    
 
La brutalidad estaba rampante en aquel entonces. La guarnición estaba decidida a someter los prisioneros en los trabajos forzados, y cuando éstos demoraban su tarea en forma demasiado ostensible, durante el tiempo que pasaban en los campos como miembros de las "brigadas de trabajo", además de ser golpeados, eran envíados a los "pabellones de castigo". Cuando ya venían cerca de nuestro edificio, los guardias se gritaban uno a otro: "¡Carne fresca!", y también "¿el rojo o el amarillo?", refiriéndose a las cubiertas plásticas de los cables de electricidad con los que golpeaban a los prisioneros. La represión era extrema, combinada con mala comida, comunicación escasa con las familias por visitas o correspondencia, carencia de atención médica, y toda clase de rumores contradictorios encaminados a quebrar la moral de los prisioneros.
 
Los reclusos eran envíados al Pabellón de Castigo por una o dos semanas. Un mes era considerado un caso severo. Pero a medida que pasó el tiempo, unos pocos prisioneros más, quizá cinco o seis, fueron mantenidos allí por cuatro o cinco meses, mientras que Odilo Alonso, un español, y Nerín Sánchez, ex-oficial del Ejercito Rebelde, habían adquirido condición de huéspedes permanentes, añadiendo su número a Alfredito y a mí. Para entonces, Alfredito y yo nos habíamos convertido en una especie de atracción turística.
 
Siempre que oficiales del G-2 o militares de la Unión Soviética o de países del Bloc Soviético, venían de La Habana, para inspecionar o simplemente visitar la Penitenciaría, eran traídos al Pabellón, caminaban a lo largo de los cuatro corredores, y a veces se paraban ante las puertas de barras de las celdas, y hacían preguntas a los prisioneros. Me acostumbré al hecho de que siempre se detenían ante mi celda, y el guardia de posta, o el oficial que guiába a los visitantes, la mayoría de las veces me miraba y decía la misma frase: "éste es la mierda de presidio". Al irse, los más de ellos repetían la misma frase -"¡te vas a podrir ahí!". A menos que sucediera en un momento que estuviera de mal humor, algo desacostumbrado en mí, yo siempre sonreía o me reía al oírlos, lo que los enfurecía, porque lo tomaban como una bravuconada. En realidad no era nada de eso, era simplemente que siempre he tenido buen sentido del humor. 
  
Por aquel entonces era parte de las regulaciones de la Penitenciaría que la orden de silencio era dada a las 9 p.m.  Era la hora en que, los que así querían, miraban en si mismos, tratando de ver lo que allí había. Era la hora de los recuerdos, la de hacer castillos en el aire, y también la hora de reprimir o dar rienda suelta a fantasías sexuales, la fuerza de la vida clamando lo que se le debía.

Una vez, alrededor de las 9:30 p.m., una voz rompió de repente el silencio de la noche: "¡Emiliooo Adolfooo...! ¡Emiliooo Adolfooo!!  ¡Tus viejos están bieeen! ¡Tus viejos están bieeen!". ¡Alguien** me estaba gritando desde una de las "Circulares"!  ¡Bajo la represión y golpizas que todos estaban sufriendo! ¡Arriésgándose a una represalia inmediata y brutal, no sólo para el que estaba voceando, sino también para todos los reclusos del edificio! ¡Y sólo para confortarme con saber de mi familia!  Y de nuevo los gritos: "¡Tus hijos están bieeen! ¡Tus hijos están bieeen!". Siguieron más gritos, pero no pude entender lo que decían, pues el guardia que estaba a la entrada del Pabellón se dió cuenta de lo que estaba pasando y empezó a golpear con su bayoneta contra las barras que cerraban uno de los corredores. El ruído que hacía ahogó el final del mensaje.                 
 
Entre los miles de tópicos de los que solían hablar los prisioneros, había algunos que recurrían una y otra vez, entre ellos la reencarnación-metempsicosis- la transmigración de las almas. Para entonces yo había expresado mi deseo de que, de existir tales cosas, yo mejor volviera a la tierra como pez, planta, serpiente, o ave, cualquier cosa menos humano. Había visto y oído tanto que llegaba a luz y voz desde los oscuros repliegues del espiritu, que me aborrecía participar de la condición humana. Pero esa idea mía no estaba profundamente enraizada.  Y quizá un giro en el tiempo, una vuelta en el camino hacia el orgullo de ser hombre, tuvo lugar aquella noche en que, a través del terror, la soledad y la desesperanza, me vocearon una carta, una breve, conmovedora y bella carta.
 
*Alfredo Izaguirre de la Riva.
** Más de veinticinco años después, ya en libertad, me enteré en Miami, casualmente, que fue Alberto Muller el recluso que me gritó
 

 

 
   

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