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Anne Applebaum - Columnist

                            La farsa caribeña de Rusia       

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"¡No! ¡No!" Eso es lo que un guardaespaldas ruso dijo a un reportero de McClatchy News cuando éste pidió un comentario sobre un incidente a bordo del Almirante Chabanenko, un destructor ruso que llevaba a Venezuela al presidente Dimitri Medvedev la semana pasada.

Siguiendo la pompa, circunstancia y saludo de 21 cañonazos que son obligados en tales encuentros, había, al parecer, un algo de incomprensión. Cuando del presidente venezolano, Hugo Chávez subió al barco, sus corpulentos guardaespaldas trataron de seguirlo en la pasarela. Fueron detenidos por sus igualmente corpulentas contrapartes. Los venezolanos, que presumiblemente no hablaban ruso, trataron de forzar su paso. Los rusos, que presumiblemente no hablaban español, se les opusieron.

Todo terminó rapidamente."Todo está bien", dijo más tarde un funcionario ruso. Y en ralidad era así: el resto de la visita de Medvedev a Latinoamérica se desenvolvió sin contratiempos. Durante su viaje a Venezuela Medvedev añadió un par de aviones de pasajeros a los $4,400 millones de equipos militares que Rusia ha vendido a Venezuela desde 2005. En Cuba, Medvedev se encontró con el paciente Fidel Castro, y visitó lugares de interes con su hermanol Raúl. Ayer, barcos rusos comenzaron maniobras en el Caribe. Pero estaban en juego más que armas y ejércitos. Como el mismo Chávez dijo hace unos meses, todo ese espectáculo estaba designado a enviar "un mensaje al Imperio". Rusia está de regreso, y puede jugar el papel imperial tan bien como puede hacerlo Estados Unidos.

Y, sin embargo, la persistente imagen de esos guardaespaldas matones, gritándose unos a otros en incomprensión mutua, se mantiene extrañamente apropiada. Porque Medvedev estuvo en Cuba y Venezuela la semana pasada en parte porque no hubiera recibido tal cálida acogida en Tbilisi o Kiev, y mucho menos en Varsovia o Praga– y también porque la política exterior rusa está basada, en este momento, en una paradoja extraña. Por un lado, los rusos han vuelto al lenguaje, iconografía y hasta la historiografía del imperialismo. Con el paso de cada año, el aniversario del fin de la segunda guerra mundial–y el momento más grande del triunfo imperial de la Unión Soviética–se celebra con más elaboración. Están de vuelta las canciones y símbolos soviéticos; las amenazas de despliegue de misiles nucleares son frecuentes; los dirigentes rusos se refieren a si mismos como "jugadores globales".

Pero, por otro lado, el sistema político ruso esta particularmente desprovisto de atractivo en una zona de influencia a la que los rusos siempre han cuidado más: Europa. Hay, es cierto, minorías rusoparlantes, a través de la mitad oriental del continente, que confían en Moscú para apoyo financiero y político. Hay también poderosos cabildeos comerciales económicos, notablemente en Italia y Alemania, en los que se puede contar para alabar a los dirigentes rusos, en cualquier cosa que hagan. Pero el sistema político ruso–basado en capitalismo de amigotes, ritos democráticos sin democracia, fuerte control de los medios informativos, criminalidad omnipresente–no interesa a nadie, y los rusos tienen problemas para crear un imperio a su alrededor. Durante la guerra fría, existían comunistas europeos (y norteamericanos) que admiraban la Unión Soviética, y cuyo apoyo podía ser realmente manipulado para fines soviéticos. En contraste, no tengo noticias de un solo movimiento popular en cualquier país europeo, oriental u occidental, que clame por un mayor papel económico para una oligarquía de estilo ruso, o más matones rusos del tipo de los que merodeaban en la pasarela del Almirante Chabanenko la semana pasada.

Algunas dictaduras hacia el este están , por supuesto, mejor dispuestas: muchos regímenes de Asia Central funcionan de forma parecida a un modelo ruso, algunos sin fachada democrática elaborada. Pero la influencia en esos países no da a la clase gobernante rusa el sentimiento de importancia que anhela, o la legitimidad doméstica que necesita para sobrevivir. De ahí la necesidad de Medvedev de viajar a tierras más lejanas. Venezuela y Cuba puede que, desde la perspectiva rusa, no sean tan significativas como Alemania y Georgia, pero la imagen de rusos en Cuba evoca una cierta nostalgia. Por lo menos prueba que Medvedev, como sus predecesores soviéticos, puede celebrar juegos en el traspatio norteamericano.

Uno espera que el Presidente Barack Obama tendrá el buen sentido de ignorar todo el asunto, conmo aparentemente lo ha hecho el presidente Bush. De hecho, para Estados Unidos la mejor forma de tratar esta particular escapada rusa es estimarla como el ejercicio de relaciones públicas para el que fue diseñada. Déjese a los buques rusos practicar en el Caribe todo lo que quieran, déjese a los matones rusos y venezolanos enfrentarse en las pasarelas, déjese que Medvedev pase tanto tiempo como quiera con Chávez y los Castro: De todas formas, su amistad no durará si los precios del petroleo se mantienen bajos. Una visita rusa a Venezuela no es una crisis cubana de los misiles, aunque se suponga que nos lo recuerde–lo mismo que Medvedev no es Khrushchev y Castro no es exactamente lo que era hace 50 años. Como dijo Marx, la historia se repite–pero como tragedia la primera vez, y como farsa la segunda.

applebaumletters@washpost.com

 

The Washington Post                                                                             Martes, diciembre 2, 2008; Página A21


 

 

 
   

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