El 18 de septiembre, el
presidente brasileño Luiz Inácio Lula da
Silva aseguró que su país estaba
completamente aislado de los problemas
en los mercados financieros de Estados
Unidos. "La prensa me pregunta una y
otra vez sobre la crisis estadounidense",
le dijo Lula a periodistas. "Yo les digo,
'pregúntenle a Bush'. Esta es su crisis,
no la mía".En
cuestión de días, Lula daba marcha atrás
con esa postura y el 29 de septiembre
aceptó que Brasil estaba de cierta forma
expuesto a lo que ocurría en EE.UU. "Es
importante que el pueblo brasileño sepa
que una crisis de recesión en un país
tan importante como Estados Unidos
podría causar problemas en todos los
países del planeta", afirmó en su
programa de radio semanal.
Eso ha resultado ser
una minimización enorme. La moneda
brasileña, el real, ha perdido 40% en
las últimas cuatro semanas y el índice
bursátil Bovespa, en São Paulo, también
ha tenido un descenso brusco. Cayó un
45% desde el final del segundo trimestre.
Brasil no está solo.
Un tsunami de ventas proveniente del
pánico en Estados Unidos y Europa le ha
dado una paliza a las monedas y las
acciones latinas. El peso mexicano ha
perdido más de 20% en comparación al
dólar desde agosto, y el viernes la
Bolsa de México cerró en su punto más
bajo de los dos últimos años. Perú,
Colombia y Chile también están
soportando duros golpes.
Dada la magnitud de la
venta generalizada, algunos observadores
podrían sorprenderse al enterarse de que
los sistemas bancarios de estos países
no están infectados con la gripe aviaria
financiera que se expande dentro del
G-7. En cambio, los inversionistas
escapan de Brasil, México, Chile, Perú y
Colombia, en búsqueda de calidad.
También se están yendo por la
contracción del crédito, el fin del boom
de las materias primas y una
desaceleración en el crecimiento de los
países ricos, que reducirá la demanda
para la producción de la región. Se
espera que el crecimiento se desacelere
en la mayor parte de América latina.
Aún peor es el daño
que se está haciendo en el campo de las
ideas. Los países con actitudes más
reformistas de la región ahora están
bajo ataque de socialistas que claman
que el derrumbe es motivo para abandonar
la economía de mercado. Todo lo
contrario a la verdad.
Gracias a las reformas
de las dos últimas décadas, las
economías latinoamericanas más abiertas
están en una posición mucho mejor que la
que tenían en los años 80 cuando el
presidente de la Reserva Federal Paul
Volcker restringió el crédito para
atacar a la inflación. No debería
permitirse que recaigan. En cambio, este
es el momento para que las autoridades
aceleren la liberalización con un ojo
puesto en una mayor flexibilidad
económica.
Como señaló Lula
acertadamente, "todos los países del
planeta" ahora tienen problemas como
consecuencia del fracaso del gobierno en
EE.UU. y Europa. Políticas monetarias
laxas por parte de la Reserva Federal
desde 2002 y políticas gubernamentales
diseñadas para expandir agresivamente la
propiedad de las viviendas en EE.UU.
crearon una burbuja de activos en el
G-7.
Esa burbuja reventó y
la explosión ha esparcido valores
dañados como metralla a través del
sistema financiero de Europa y Estados
Unidos. Los bancos necesitan ser
recapitalizados, y puede que la "ayuda"
del gobierno esté empeorando la
situación. El manejo del plan de rescate
que ha hecho el secretario del Tesoro
Henry Paulson parece haber reducido la
confianza en que una solución esté cerca.
No hay mucho que
América Latina pueda hacer en relación
al vacío de liderazgo en EE.UU. o Europa.
Pero puede timonear su propio barco de
forma inteligente. Las economías latinas
serias —obviamente no nos referimos a
Argentina, Venezuela, Ecuador,
Nicaragua, Honduras o Bolivia— han
pasado las últimas dos décadas
preparándose justamente para un momento
así.
Quienes reformaron el
mercado en la región comenzaron su
trabajo en los años 80 (Chile comenzó
antes). Con el tiempo, sus esfuerzos
pusieron un punto final al gasto estatal
despilfarrador y a la inflación
desenfrenada. Hoy, las reservas en
dólares son altas, la deuda extranjera
neta es baja o inexistente, y los bancos
son saludables. Las firmas que poseía el
Estado han sido vendidas y el comercio
es más abierto de lo que ha sido en 80
años.
Todos estos factores —cambios
que a los que la izquierda
latinoamericana se resistió— ahora
conforman la base de las economías más
prometedoras de la región. Pero no es
suficiente.
Un motivo por el cual
el capital se escapa de los mercados
emergentes en tiempos de crisis es que
está buscando el puerto más seguro
durante la tormenta. Los bancos
centrales latinoamericanos han estado
utilizando sus reservas para impulsar la
confianza pero quizás deban recurrir a
tasas de interés más altas, lo que
podría dañar el crecimiento aún más. Una
mejor forma de lograr que el capital
vuelva a fluir hacia estos mercados es
enviar señales a los inversionistas
diciendo que será bien tratado.
Para ese fin, la
región tiene mucho trabajo por hacer.
Los empresarios independientes de Brasil
se ven agobiados por tasas tributarias
que los castigan y una regulación
compleja. México restringe la inversión
en energía, telecomunicaciones y viaje
aéreo, y en los últimos años ha
aumentado el proteccionismo. Colombia y
Chile aún pierden el tiempo con
controles de capital. Perú tiene
derechos de propiedad inseguros, lo que
desalienta a los inversionistas. Los
mercados laborales a lo largo de toda la
región son inflexibles.
Cada crisis ofrece
oportunidades y esta no es diferente.
Los reformistas de la región ya han
hecho mucho. ¿Por qué no aprovechar el
momento y terminar con la tarea?