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Obama en Buchenwald Comprendo que el presidente Obama estuvo ayer en Buchenwald, para celebrar la liberación del campo de concentración por las tropas norteamericanas en 1945. Hubiera podido, sin embargo, otorgar una fracción de segundo más a lo que sucedió en aquel campo inmediatamente después de la liberación. Durante la ocupación soviética de Buchenwald y las áreas circundantes, entre agosto de 1945 y febrero de 1950, más de 28,000 personas permanecieron allí cautivas, prisioneras bajo un régimen difícil de diferenciar de aquel del gobierno nazi. Más prisioneros fueron internados en Sachsenhausen, y hubo también al menos otros cuatro grandes campos soviéticos de concentración en alemania oriental. Algunos de esos prisioneros eran antiguos nazis. Pero otros, si nó los más, fueron arrestados por oponerse a la imposición de un comunismo estilo soviético en Alemania oriental- y si nó, en verdadera tradición soviética, fueron arrestados sin causa alguna. Aquellos miles que murieron-de inanición, de epidemias- seguramente merecen más que una breve mención de Obama. Pudiera señalar algo similar sobre la decisión del Presidente de conmemorar este año el aniversario 65 del Día-D, en contraste, digamos, con el aniversario 70 de la invasión conjunta alemana-rusa de Polonia, en septiembre de 1939, que en verdad marcó el principio de la guerra. Hasta el momento, no hay indicio de que el Presidente, o cualquier funcionario estadounidense importante, asistirá este otoño a la conmemoración en Polonia. Se pensaría que, después de todo este tiempo, hubiéramos descartado nuestro recuerdo tendencioso de la guerra. Sin embargo, los más de los norteamericanos piensan aún que la guerra terminó el Día-D, y piensan todavía que su final fue el triunfo de la democracia en Europa. De hecho, la mayor parte de la lucha tuvo lugar en el frente oriental, donde las batallas decisivas fueron Stalingrado y Kursk. Y para la mitad de Europa al menos, la guerra no condujo en forma alguna al triunfo de la democracia,sino a una nueva forma de totalitarismo. Sí, nosotros cerramos los campos de concentración de Hitler. Pero también permitimos que Stalin los hiciera mayores: a finales de los 1940s se expandieron numérica y geográficamente, no sólo en la Unión Soviética, sino a través de toda Europa central. De hecho, la segunda guerra mundial dió una lección excelente, no de la absoluta bondad de los norteamericanos, sino de las consecuencias no deseadas de la acción militar: una vez que se comienza la violencia, nunca se sabe donde terminará. Lo que es también una lección contemporánea importante. The Washingnton Post Miércoles, Junio 10, 2009
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