La Cabaña,
Junio 15/69
Adolfo Rivero y Sra.
2727 S.W. 21 Terrace
Miami 33145, Fla.
Queridos Viejos:
Decía un escritor cubano que, al igual que los vivos, los muertos
necesitan de alimento. Y que los alimentamos con nuestro recuerdo, que
el recuerdo es el pan de los muertos.
El 14 de Febrero de este año debió ser en la prisión un día como tantos
otros. Quizá la fecha significativa haría que algunos sintieran un algo
más de nostalgia por esas mujeres de una sola pieza que contra
probabilidad, esperanza y consejo, esperan por su hombre. Sin embargo,
ese día, para todos nosotros, debía ser algo más. El espanto, buscando
donde asentarse, rondaba la prisión.
Era alrededor de las cuatro de la mañana y ya iba yo a levantarme para
mis ejercicios matinales de yoga, cuando sentí que abrían la reja de la
Galera. Un recluso, médico, entró corriendo por entre las hileras de
camas y al momento volvía a salir con un psicoanalista que vivía con
nosotros, corriendo ambos hacia el botiquín del patio. Me precipité
hacia la reja para ver que sucedía y pronto me dí cuenta. Un compañero
nuestro, en el patio de la prisión, caminaba rápido hacia el botiquín.
Cargaba en sus brazos un cuerpo desmadejado, roto, como exangüe.
Además de los que fueron asesinados, docenas de hombres enloquecieron en
Isla de Pinos durante el plan de trabajos forzados. Y aquí, en La
Cabaña, todavía quedan muchos traumatizados en cuerpo y mente por
aquellos años de barbarie.
A Rafael Domínguez Socorro, de Bolondrón, Matanzas, le decían "el
bitongo". Este apodo cariñoso era debido quizá a aquella su juventud
pletórica de sonrisas, alegrías y esperanzas; y a su aspecto de muchacho
bien criado y cuidado. Durante el plan de trabajos forzados se
advirtieron en él la aparición de algunos síntomas de inestabilidad
emocional que, en la situación que se vivía, fueron atendidos por
profesionales reclusos, sin gran alarma.
Trasladado ya para La Cabaña, donde la barbarie duró hasta 1968, ahogado
por las rejas, su razón comenzó a vacilar, se agravó su estado y cayó en
un desequilibrio mental agudo. Debido a repetidas y fatigosas gestiones
de sus compañeros, se logró que fuera trasladado a una galera vacía que
iba a ser reparada, y allí, presos que son psicoanalistas, médicos,
estudiantes de medicina y psicología, y otros como ayudantes voluntarios,
estaban junto a él las 24 horas del día, dándole la mejor atención que
les era dable ofrecer, que, aunque inapropiada en medios y
circunstancias, era calificada desde el punto de vista de la
capacitación científica.
Junto a Rafael dormían siempre dos hombres, que colocaban sus camas de
forma que bloqueaban la suya, a fin de que no pudiera levantarse sin
despertar a los que lo atendían. Pero, aún en las tinieblas de su
enfermedad mental, tuvo la luz necesaria para levantarse sigilosamente,
pasar por debajo de las camas de los que lo cuidaban, ir hacia la reja
de la galera y allí ahorcarse con una sábana.
No debía llevar dos minutos de muerto cuando lo descubrieron.
Aparentemente tenía fractura de la primera vértebra cervical. Aunque
pálido, su rostro no estaba desfigurado. Lucía tan juvenil como siempre
y en sus labios había como esbozada una sonrisa.
A los dieciocho años, apenas hombre, aunque muy hombre, Rafael Domínguez
Socorro creyó que en una revolución había derecho a disentir, a tener
opiniones. Y propagó sus ideas. Y ya en los primeros días de 1962 estaba
preso.
Como hombre joven, lleno de entusiasmos y rebeldías, debió tener
garantizado su derecho a pensar, a expresarse, a disentir, aún al error.
Pero lo que debió ser mero intercambio de ideas, se convirtió para él,
con el tiempo, en el simún que devastó su mente. Lo que debió ser simple
contienda cívica devino la trampa que acogotó su vida. Plauto dijo "Homo
homini lupus", el hombre es lobo para el hombre. Pero para Rafael
Domínguez Socorro el hombre no fué lobo, sino víbora.
Rafael Domínguez Socorro, de Bolondrón, Matanzas, murió por sus propias
manos, en ausencia de su razón, en la fortaleza de La Cabaña, la
madrugada del 14 de Febrero de 1969, a los 25 años de edad, después de
siete años de prisión, faltándole apenas dos años para extinguir su
condena.
Cuando se llevaban el cadaver, para entregarlo a sus desolados padres,
los presos de La Cabaña contemplaban en atención y silencio absoluto
aquella escena. Algo se desgarraba en todos nosotros.
Entre él y yo no había especial amistad. Eramos sólo conocidos y
compañeros. Pero como soy parte de Cuba, de la humanidad, me toca todo
aquello que fué su vida y muerte. Y temiendo que ese muerto añorado
pueda tener hambre de olvido, le ofrezco el pedazo de pan de mi recuerdo.