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                         A la democracia desde la autoridad


 


 

:Por muchos años, todos los que dura el castrismo, o casi todos, que ya se van acercando a la cincuentena, muchos cubanos hemos reclamado la democracia que falta en nuestro país; hemos hablado incesantemente acerca de ella y hemos escrito con igual frustración y nostalgia sobre un sistema político que, no importa cuán precariamente, amparó las libertades y la prosperidad de nuestro pueblo por más de medio siglo.

El retorno de la democracia ha sido el caballo de batalla de los que siempre vimos el régimen de Castro como una aberración y de muchos entusiastas de los primeros años --o décadas-- que han terminado de nuestro lado; la democracia es la diaria invocación de las agrupaciones disidentes dentro de Cuba como de la diversidad de organizaciones y partidos que se han creado en el exilio, y es en nombre de la democracia que el gobierno de Estados Unidos, nuestro aliado más fiel, ha legislado e impuesto restricciones y medidas punitivas contra la dictadura.

Sin embargo, a 47 años de que Castro ascendiera al poder y en medio de todas las especulaciones que suscita la ancianidad del déspota y los posibles escenarios de su sucesión, me atrevo a dudar de que la implantación súbita de un régimen democrático en Cuba --el mismo que tanto hemos deseado y soñado por casi cincuenta años, con garantías para todas las fuerzas políticas, y ejercicio irrestricto de todas las libertades consignadas en la Declaración Universal de Derechos Humanos-- sea lo mejor y lo más deseable para mi sufrido país.

Dicho esto sé que me adentro en un territorio donde pocos --si es que alguien-- tendrán la audacia de seguirme, al menos públicamente. Me espera la soledad y casi seguramente la denigración de los que violan o rompen un tabú; pero ciertamente, he dejado de creer que el establecimiento inmediato de un régimen democrático, una vez que se desplome o se reforme la sucesión castrista --con elecciones en seis o 18 meses y derechos humanos para todos-- sea la receta ideal para el restablecimiento del orden y la prosperidad en Cuba. Me inclino a pensar, más bien, que tal cambio súbito aumentaría notablemente los niveles actuales de corrupción --que ya son gigantescos--, acentuaría la presente disolución social y acrecentaría los índices de explotación de los segmentos más pobres de la sociedad. Es decir, que la unión de todas las libertades públicas a las que aspiramos sumadas a las devastadoras secuelas del Estado totalitario más la picardía de origen andaluz que nos distingue daría lugar no a la soñada república martiana, sino a un gigantesco burdel con sus chulos y sus mafias (igual que en Rusia, pero de otra manera; semejante a Irak y a Afganistán, aunque sin el fanatismo religioso).

¿Cuál sería, pues, la alternativa? ¿Existe algún paso intermedio entre la dictadura totalitaria y la democracia que ambicionamos?

Creo que el desmantelamiento del Estado totalitario en Cuba debería hacerse desde una gestión de autoridad donde las libertades que todos merecemos y deseamos se vean sopesadas por la imposición de un orden que ayude a restaurar la moral ciudadana, la disciplina laboral y la decencia administrativa; un régimen donde los poderes públicos serían árbitros poderosos y enérgicos, pero no para imponer una agenda ideológica ni un credo político, sino para afianzar los carriles por donde habrá de transitar la vida civilizada y eventualmente la democracia próspera de mañana.

El obstáculo, desde luego, estará en nuestra propia impaciencia por disfrutar de la libertad luego de tantos años de servidumbre. Vender una agenda de autoridad como portera de la democracia sería, sin duda, una ardua labor de mercadeo.

© Echerri 2005


El Nuevo Herald

Posted on Thu, Dec. 29, 2005

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