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                                     MENCIÓN DEL AIRE
                         


Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando.

E. M. de Villegas




I


Soplo sobre los siglos, mensajero;
testigo, papel desenroscado, acta impalpable,
protocolo transparente en el tiempo:
todo ha quedado en ti, todo se ha ido.
Resbalado cristal,
perennemente van tus ríos difusos, velos ingrávidos,
peinando historias, arrastrando mundos;
potro, cabalgadura, galopando llanuras y montañas.
Todo el recado de la vida es tuyo, mensajero.
Pero todo se queda sellado
en el perfecto secreto de tu transparencia.

Cauce para el sonido, imprescindible:
sorda fuera sin ti la tierra.
Todo,
el ruido del trueno, la magia de la música,
hasta la voz primera que dio orden a la luz,
tuvo tu proverbial cabalgadura.

Rugido sobre el mar en la tormenta;
pero, en la brisa de los litorales, suave flauta de sal.
Soplo de aterradoras embestidas
–toro gris de la muerte–,
si en espirales de huracanes vuelves.
Y, grato visitante de las frondas,
tus dedos acarician hojas, flores...
Siempre acogido allí, eres entonces
«dulce vecino de la verde selva».



II


¡Que música de esferas inauditas
canta en tu voz de mágica campana!
Y vienen himnos de remotas tierras
en tu garganta de cristal ausente.
Pentagrama del viento, alto coro de nadas ciertas,
con suboídos cánticos inundas
los campanarios de las catedrales.
El órgano celeste estás pulsando
en el ángelus dócil de la tarde.

Te usan la palabra y el gemido,
que difunden en ti voz y lamento.
Te utiliza la luz que descompones
en el milagro de los arco iris.
El mar de los trigales que atraviesas finge olas vegetales
cuando pasas peinando espigas de resacas verdes.
Murmullo en los metálicos pinares
donde, en las noches lúgubres,
te enredas y te desenredas
como arpegios breves de invisibles violines.
En la estepa desolada y helada
eres el frío aliento de invernales neveras.
«Oso blanco del viento», dijo Lorca a tu rostro de invierno.


Pero en las primaveras participas
en la unánime renacencia.
Das frescor a las yemas y las flores
–mensajero del polen– que fecundas.
Tú mimético en verde, por las hojas;
y rojo y amarillo, por los frutos,
te aposentas dormido en los remajes
donde parece que estuviste siempre.
Y, en el mes de la fiesta, eres entonces
«huésped eterno del abril florido».



III


Das a la voz eterna del Amor tu aposento:
reproduce tu aliento las palabras
que todos los amantes repitieron
y, en tu móvil espacio,
traes eco de palabra o sonido de beso,
desde Orfeo magnífico en su canto,
hasta todo el que sigue, como en turno, al Amor por el tiempo.
«Un amoureux qui parle est un poète», dijo Eluard.
(Acaso el misterioso Poema de la vida
fue un soplo del Amor inaugural,
que abrió la vastedad del Universo).
Vienes sobre mi frente,
rozas por la memoria como un diario:
dispersas páginas, papeles
y a un desorden de imágenes convocas.
Te he dicho a ti el poema muchas veces;
fui repitiendo, bajo la brisa de las noches,
esa antigua palabra que en cada amor se estrena
y el poema reafirma:
«Esta palabra que encendemos, se alza de las cenizas;
olas y sedimentos la trajeron,
viento de otras edades, polvo de otras estrellas».
Y mi voz se extendió por tus esteras intemporales...
Y te supe, entonces,
«vital aliento de la madre Venus».



IV


Llegan los años del hablar hacia adentro,
de remontar la vida.
Pasan columnas, pasan caminos,
pasan las cosas que se quedan... pasan.
Y la vida se ofrece como un libro
escrito a sangre diaria,
a sonrisa y tristeza cotidianas,
a derrumbe de mapas y esperanzas,
a muerte y renacencias.
«¡He vivido!», me digo... Y el viento de la tarde lo repite
y lo repite en tránsito a la noche.

Aire del tiempo, mensajero amigo,
vesperal aire que he rehuido tanto,
volviendo el rostro hacia otra parte,
ahora que hablo de frente, ahora que he comprendido...
aire azul de la vida, seme ahora
«céfiro blando».

 


 

 
   

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