Abonado de silencio
–copa hacia adentro tendida–,
alto de sombra,
cauteloso mi árbol crece.
Se empina desde un surco casi virtual.
Como a volar sus ramas se despliegan,
y como rosa de los vientos
asume las direcciones todas;
bebe en el horizonte el infinito,
se marchita en algunas horas del tiempo
y renace con el rocío su verdor detenido.
¡Qué tránsito de grises y verdes lo acometen
También le acuden las tormentas:
lo combaten rachas del mal
como pecado antiguo y kármico,
y otoños que le imponen,
como en una sentencia,
vengativos areópagos.
Pero está ahí, en su sitio,
aún fruteciendo,
aún con cantos de flor,
aún persistiendo...
¡Oh , árbol de mi alma,
a pura tierra, a puro aire,
asumiéndose a sí mismo,
frente a la gran pregunta,
en el silencio.