Al final va llegándome el sosiego
de resignarme a lo que sólo he sido;
aceptar que morí en lo no vivido
y perdí lo dejado para luego.
A la premura de vivir me entrego
y, a veces, por vivir, de mí me olvido;
que a otro doble de mí, que a mí va uncido,
siento que le robé su tiempo, y brego
por no volver el rostro al repetido
llamado de su voz, pues que le niego
su espacio en el espacio en que he existido.
Y así, al final, a definir no llego
si es relegando al otro que he vivido
o es a mí al que he dejado para luego.