En tu nombre el tiempo canta,
la luz del mundo cae como un agua seca
que va arrastrando soles y que crece:
la marca de los siglos establece su música
en el definitivo ritmo de las esferas.
Tú celeste, tú etérea, escurrida en las fugas infinitas;
tú palpable, tú tacto de flor,
tú apretada de pétalos, casi como mordible fragancia
que es carne y que es delirio,
y que es humo del alba
y cristal que se dobla y arde y tiembla;
y que es sangre y huella de paloma,
y alga de amanecida sombra en la arena del día.
Tu nombre vino como entre dioses griegos
a hacérseme presente.
Contemplé las columnas helénicas,
el perfil de las tardes donde Afrodita daba
un abrazo a la tierra;
los senos de uva,
las caderas de trigos aromados,
las sandalias que iban marcando el rastro
de una vacante nueva,
de ojos de aurora,
hacia la fiesta azul donde Dionisos alza
el canto de la vida.
No podía creerlo, y estabas a mi lado
amanecida;
visión tenida al tacto en el vaso, en el vino,
en tus ojos actuales,
en tus manos que eran ya la caricia,
aunque no me tocaran;
en tus labios que eran el beso ya;
en tu cintura
donde ya la distancia era la entrega.
¿Cómo nombrarte de otro modo?
¿Qué bautismo inventar para que fueras
la exclusiva fruta de un árbol sin especie?
¿Qué forma religiosa para mi ritual laico,
que fuera metafísica y materia?
Callo aquel nombre, porque había
como una profanación en santidad:
un agua de bautismo pura y limpia
caía sobre tu frente de estalactitas.
Y creo que hasta el alma se hizo buena
y el signo de los hombres fue distinto.
Fue el amor.
Fue después esa cosa que no sabemos definirla
sino con el temblor de nuestras células,
sino con mirar hacia arriba y decir: «Creo»,
sino con mirarnos las manos
y pensar que acabamos de apretar un lucero,
y sentirse distinto siendo el mismo por fuera.
Díme qué tiempo fuimos los dos un mismo abrazo;
cuántos siglos gastamos en el beso
creyendo que empezaba cada día
la realidad del tiempo.
Porque hay muchos veranos que me faltan
donde tú ya no estás y me lastima el hielo.
Vinieron estos hierros; sí, vinieron
estos que nos separan, estos que muerden como lobos,
estos feroces enemigos
de la felicidad donde crecían tus cabellos al viento,
tus dos piernas de azúcar,
tus senos apretados de rocío
y tu voz que nacía no sé si en tu garganta,
pero que ahora me asalta en cada piedra,
en un musgo de angustia,
y en las noches cuando no existen ya los carceleros...
Duermo y, aquí desde mi almohada,
sigue naciendo, aún sigue naciendo.
Mira, no sé mañana,
pero yo no te buscaré por otra parte
sino por esos rumbos donde fuimos,
por ser los mismos, diferentes.
(¿Habrá mañana, amor?).
Mañana no puede ser para nosotros
sino aquel tiempo llovido por las hojas
de un otoño sin fecha,
de una estación sin equinoccios;
sino el tiempo sin tiempo
que cada día se inventaba de tu blusa a mis cejas.
A ese tiempo te llamo,
te grito como un loco por las noches que vienen,
por las horas que nos perdimos
y están acumuladas en un reloj sin movimiento.
A ese tiempo de amor,
muchacha que una racha enemiga me ha cortado
y aún me sangra desde una herida de pétalos.
A ese tiempo te llamo,
te convoco como a las alas de regreso,
a un vuelco de algas,
a renacencia,
a arenas de colores,
a no sé qué silencio de elocuente pupila...
allí te espero.