Una racha de olivo,
un verde jade asomado a los párpados,
piel de soleada sal,
al mar y al aire, como un zumo de auroras,
tu presencia.
¿En qué talleres súbitos se hacía la ilusión,
que se alzaba entre nubes de vidrio,
como un duende de gasas encendidas?
Iba tu paso al aire, iba la vida
reconstruyendo cosas olvidadas... o muertas.
En un punto del mar tremendo
–mar sólo en ese instante–
tu mirada nadaba.
Flotabas tú en tus ojos como un cuento
dicho en el punto aquel de referencia.
Después...
qué sal de envidia en tu piel consumaba
su ejercicio de coágulo.
Mientras sobre tus hombros zodiacales
un coágulo de amor resplandecía.
A tu planta arenosa,
tu mejilla,
tus muslos de algas,
tus ojos de marejadas lentas y febriles,
he amarrado,
con un hilo de ensueño,
todas las playas que en tus pestañas crecen,
para que tu pisada de arena y transparencia,
me traiga,
filtrada entre la vida,
como un golpe de jade,
como un eco de olivo,
como un zumo de auroras,
tu presencia.