Ha venido una voz a ordenarme.
Ha dejado caer palabras que me son conocidas,
y que no las comprendo.
Pero extiendo mis manos
y a mi tacto viene, entre las luces del tiempo,
como en un fuego familiar,
tu nombre ahora surgido en el desorden del mundo.
De entre los tonos grises que la vida descuelga
en harapos de odio y de tristeza,
abre la voz un velo al fondo
y comienza a llamar.
Empiezo a hacer entonces las preguntas que se hacen siempre
como si no se conocieran.
Tú eres callada como de piedra transparente.
Tienes el gesto de quien nunca se asoma al entusiasmo.
Eres hermosa, pálida.
Tienes ojeras de demora:
días anclados, playas de desánimo
te circundan los ojos.
Traes algo del mar,
de sus naufragios, de abismos...
Suspendo entre mis dedos tu nombre
como un alga.
Miro tus labios apacibles,
tu cuerpo de espuma viva bajo la sed del aire.
Y escucho en el silencio,
cuando han caído todas las palabras,
en su voz conocida
el eco antiguo y nuevo
del amor.