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ORFEO Y EURÍDICE



En las cuerdas de Orfeo que vibran
al conjuro del sueño y la carne.
A.C.



I

Orfeo va persiguiendo el canto,
y el canto hace los caminos.

Es el ungido.
Es sólo un elemento de universo
y, por eso, es distante.
Sin embargo, su nombre lo atrapa y acerca;
y al sitio de sus manos ha descendido el tiempo.
Ha venido: está, como la historia, allí.

Pudo haber dicho una palabra;
pero dijo la música:
su voz era el instrumento.
Va nombrar cada cosa en ese idioma;
sus ojos tienen una pupila diferente.
El acto mismo de vivir
le viene como una forma del quehacer.
Él es individual y unánime:
desde él mismo se asoma como extraño.

Hace surgir la luz de la mañana,
porque la luz se hace con cada obra que se crea:
ése es el símbolo del alba.

Todo es tan simple como crear la vida o repetirla
nueva y eterna como un dios impávido.
Por eso crea el amor desde otra imagen,
para instaurar el canto.

No hay otra magia que ésta: obediencia a un destino.
Debía amar con música de amor,
y amó en la música.
Y el canto universal, entonces,
tuvo un nombre de mujer.
Se hizo carne ese verbo de música.



II

Surgió desde un acorde:
Eurídice es la imagen de música
que en Orfeo se asoma:
un sueño ya en su cítara, antes de que llegara.
Venía destinada a hacerse de armonía.
La cuerda que faltaba era su cuerpo
y el sonido de su alma.
Cuando el árbol doblaba sus ramas
y se amansaba la fiera,
ella oficiaba el rito: ella era lo inefable..
Bifurcación del uno hacia el encuentro:
ella y él no se hallaron, ya venían.
Eran ya el episodio...
Y el episodio es tránsito.

Se hizo único el amor, y el canto único.
Era la plenitud de ambos.

Y vino el tiempo de romper la doble imagen
como desgarrando el abrazo.
Muerte o adiós,
Erebo o la distancia:
cualquier versión de lo enemigo.
Pero un acorde súbito que hunde
y hace una estampida de estrellas.
Y, luego, un pozo oscuro y hondo.

Trata de hundir las manos, en el rescate, Orfeo.
Inútil.
Eurídice es ya de otro tiempo y otra órbita.
Esgrime el canto,
pero la luz del canto le sirve sólo para volver el rostro
y constatar la nada.

Sale ahora al mundo
y canta
–misión de vida y canto–
y deja el testimonio del amor,
que existió,
que es posible;
y hace eterno su nombre:
eternidad de música
que hará surgir la más sublime aurora
de su dolor perfecto.

 

 

 

   

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