Ya no se trata de las nalgas perfectas de....
Ni de los senos incomparables de aquélla
que, aún sin mi amor,
le dio una sombra amiga a mi existencia,
bajo un ala de intacta poesía.
Ni de la entrega de aquella mulata virgen,
que debió realizarse.
Ni de todas aquellas que, en sincero albedrío,
se doblaron sobre el fuego de abril de mis manos,
que después deshojaban una corola de humo
sobre crepúsculos e inviernos...
Se trata ahora de la inminencia última,
de este grito colgado en el vacío,
tabla convencional de los naufragios:
¡Amor, sálvame ahora de estos lobos,
que está podrido el universo!